Prohibido enamorarse del idiota Dos días #2
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Dos días #2

Al llegar, recorremos un par de tiendas, pero en ninguna encontramos una camisa blanca que se adecue al corte y al estilo de la suya.

Entramos en la tercera, y ahí sí. Me pide que lo acompañe al probador y yo acepto encantada, caminando a su lado como si fuera su pareja, como si este momento fuera cotidiano.

Siento unas burbujitas explotando en mi estómago.

Ojalá me pida entrar. Se quite la camisa y pueda inspeccionar con detalle cada músculo de su cuerpo.

Y si de paso, me acorrala entre el espejo y el finísimo bloque de madera que separa cada probador del siguiente, mejor.

Joder, Blanca, ¿qué te pasa?, estás descontrolada.

Me quedo fuera esperándolo y, por qué no decirlo, fantaseando en exceso.

Pero mis películas mentales no se hacen realidad.

Así que intento controlarme hasta que descorre la cortina.

Está guapísimo con esos pantalones azules y esa camisa que se adecúa perfectamente a las medidas de su cuerpo.

Una leve sonrisa corona mis labios al verlo y él me devuelve una mirada elegante, como quien sabe que la verdadera seducción está en la paciencia, esa que ahora mismo no tengo.

—¿Te apetece que merendemos?

—Sí.

—¿Otro Cola Cao?

—Por supuesto

Una risa baja se le escapa.

Nos sentamos en una de las cafeterías que vemos primero. Su ambiente es moderno. Las paredes se revisten en su mitad inferior de madera, y en la superior de unos bonitos azulejos marrones. Del techo cuelgan como si cayeran en cascada unas plantas del color del trigo.

—Es bonito —digo.

—Más bonita eres tú —responde con una admiración serena. Sorprendiéndome por ese comentario tan poco común en él. Encendiendo mis mejillas al instante.

—Iker…

—¿Sí?

Lo intento. Continuar. Decirle algo más. Llegar a donde espero ir, pero no soy capaz.

El camarero trae nuestras bebidas y su tarta de chocolate.

—Veo que tú tampoco pierdes las buenas costumbres.

Sus ojos se encienden divertidos.

—Es para los dos. Prueba —señala, cogiendo un poco de tarta en su cuchara y acercándola a mi boca sin apartar el contacto visual de mí.

Ay, Vigencita, que me desmayo.

—¿Te gusta?

Asiento levemente.

—Cuando volvamos a Madrid, me encargaré entonces de que en la cesta de la compra no falte Cola Cao, ni tarta de chocolate.

—¿Eso es porque no quieres que salga de tu casa? —pregunto divertida.

—Creo que acabas de leerme el pensamiento.

Noto la garganta seca de repente. En ningún momento ha dejado de lado su formalidad, ni la elegancia ha abandonado sus palabras, pero, aun así, está siendo mucho más atrevido de lo que imaginaba.

Seguimos hablando de lo que me gusta y lo enlazamos con algunos recuerdos de nuestra infancia.

Hablamos de mis padres, de los suyos y de cuando nos empeñamos en celebrar la Navidad en las dunas de Punta Paloma.

Fue un caos, en cuanto pusimos la cena sobre la manta que habíamos desplegado para el picnic, una ola de arena lo envolvió todo.

Por no hablar del frío que te calaba hasta los huesos.

Terminamos de merendar las bebidas y la tarta, y volvemos al coche.

Durante todo el trayecto de vuelta no somos capaces de parar de hablar.

El pasado se entremezcla con el presente y sigo convencida de que no podemos parecernos más.

A los dos nos apasiona el orden, nos da tranquilidad, nunca se nos pegan las sábanas, preferimos estar en casa en el sofá antes que salir de fiesta y ansiamos una familia tradicional, casarnos, niños… somos como dos gotas de agua.

Son las diez de la noche cuando, tras varias vueltas, aparca no muy lejos del apartamento.

Caminamos uno junto al otro, tan pegados que el olor de su champú vuelve a golpearme en los labios.

Abrimos la cancela, y cuando estamos subiendo las escaleras, su mano agarra la mía.

Su tacto es suave, firme, seguro. Ahogo un suspiro mientras recorremos el pasillo dejando atrás su apartamento en el que la luz se desborda hacia afuera, y en mi rellano me lo pregunta.

—¿Te apetece que cenemos juntos?

Lo dice despacio, con una precisión elegante, como si hubiera buscado las palabras adecuadas para que lo invitara a pasar juntos toda la eternidad.

—Sí —emito en un susurro.

Está en mi cocina, abriendo la nevera y sacando el vino, a la par que yo le acerco dos copas sobre las que vierte el líquido con una naturalidad tan elegante que me resulta terriblemente sexy.

Luego, me sugiere que me siente para disfrutar de su sabor dulce y a la vez amargo, mientras él prepara la cena.

No lo contradigo. Hago lo que me pide y observo cómo va sacando los alimentos que escoge de la nevera y los coloca todos organizados con una precisión casi quirúrgica.

Se pone un delantal que tengo de lunares rojos sobre un fondo blanco mientras me pregunta si me gusta la parmigiana.

Le contesto que sí, y me paso la media hora restante repasando con la vista lo bien que le sienta la camisa de espaldas.

La cena está para chuparse los dedos. Lástima que yo no haga esas cosas. Lo de chuparme los dedos, digo, porque por un momento pienso que sabría mucho mejor.

Cuando terminamos, insiste en recoger los platos y, incluso en esa tarea sencilla, me parece tan galante que llego a pensar que es demasiado perfecto para ser real.

Al acabar, se coloca junto a mí, apoyado en la barra, y su expresión se intensifica al fijarse en mí, sosteniendo ese gesto como si buscara mi consentimiento.

No me aparto y, entonces, su atención desciende hacia mi boca, acercándose lentamente.

Ya casi puedo imaginar el roce de sus labios.

Está tan cerca que mis piernas empiezan a flaquear, y justo cuando creo que el mundo entero me pertenece, un irritante sonido me devuelve a la realidad.

Su móvil.

Otra maldita vez.

—¡Joder! —brama molesto—. Espero que sea de vida o muerte —añade al descolgar.

Lo próximo que oigo son tres ajam, seguidos de ahora mismo salgo directo hacia el aeropuerto.

—Blanca —dice volviendo a mi lado, muy serio—. Lo siento de nuevo, pero acaban de pedirle a mi jefe una reunión urgente en Madrid en la que se decidirá si construimos o no el dichoso hotel —arguye frotándose las sienes.

Estoy confusa, no sé ni siquiera qué responderle, así que me tomo un segundo antes de dejar salir mi voz.

—No pasa nada.

—Sí que pasa… —Deja en suspenso, mientras se acerca y pone sus manos en mi cintura—. Blanca, son solo dos días. Voy y vuelvo y… —carraspea hasta cambiar a una tonalidad tan masculina e íntima que me revuelve—. Y… entonces no habrá nada que me impida probar tus labios y que continuemos con esto.

Y lo dice así, como si no fuera lo que llevo toda la vida ansiando escuchar.