Prohibido enamorarse del idiota Dos días
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Dos días

Llegué a casa tan acelerada que no podía dormirme.

Puse la tele, hice un poco de zapping y acabé viendo un documental muy oportuno sobre el apareamiento de los leones en la sabana africana, hasta que dos horas después, fui capaz de dejar de reproducir mentalmente la agitada noche y poner la mente en blanco.

Me remuevo en la cama maldiciendo llevar despierta un rato.

Aún no he mirado la hora, pero por la luz que entra en la habitación deduzco que no son más de las ocho.

Sigo siendo una excelente madrugadora. Me levanto y lo primero que hago es cepillarme los dientes.

Ayer volví tan descolocada que ni siquiera me acordé de lavármelos.

Luego me peino un poco la melena enredada y, en ese instante, la pantalla de mi móvil se ilumina. Es un mensaje de Iker.

¿Estás despierta?

Sí.

Contesto con rapidez.

¿Has desayunado?

Aún no.

Pues sal un momento.

Una tontuna sonrisa se me escapa de los labios.

Aprovecho que estoy en el baño para retocarme un poco más antes de salir.

Me miro el pijama compuesto por unos shorts de rayas finísimas rosas y blancas, con un top de tirantes a juego, y me doy por satisfecha con lo que veo.

Cuando abro la puerta, lo encuentro delante recibiéndome con una bandeja en sus manos.

—Buenos días, Blanca.

—Buenos días —digo enfocándome en sus ojos hasta descender a la bandeja, donde encuentro unos croissants, algo de pan y un plato con embutidos y fruta tan perfectamente cortadas y colocadas que parecen salidos de una revista.

Al lado, una jarra de zumo de naranja y un vaso de Cola Cao junto a su humeante café.

—He pensado que podríamos desayunar juntos antes de mi reunión.

No soy capaz de pronunciar ni una sola palabra, pero estoy segura de que mi cuerpo lo dice todo.

—¿Te apetece que nos sentemos aquí? —añade señalando la pequeña mesa de hierro y las dos sillas que tengo en la entrada justo en el lado derecho de mi puerta.

Asiento con la cabeza, nos sentamos, y él me acerca el Cola Cao.

—¿Sigue siendo tu bebida favorita?

Vuelvo a asentir mientras inconscientemente me muerdo levemente el labio inferior.

—Todavía te acuerdas.

—Cómo olvidarlo —prosigue observándome fijamente—. Templado, con una cucharada de azúcar.

Le doy un pequeño sorbo, y volteo los ojos al cielo. Me encanta. Está justo como a mí me gusta. Atrapo una tostada y selecciono un poco de queso y jamón cocido, mientras él alza su taza de café sin quitarme la vista de encima.

—Lo he echado de menos.

—¿El qué?

—Desayunar contigo —suelta rompiendo su formalismo habitual.

Casi consigue que me atragante.

—De pequeños lo hacíamos mucho, ¿recuerdas?

—Cómo iba a olvidarlo —le respondo utilizando su misma frase, dejando entrever un millón de cosas sin llegar a decirlas.

Tuerce una sonrisa por unos breves segundos antes de continuar.

—Pues no estoy dispuesto a que volvamos a perderlo.

Y no hace falta que diga más porque yo ya sé que me acaba de hacer la jodida declaración con la que llevo más de diez años soñando. Lo sé por cómo está sentado, por la forma en la que su mentón se alza, por la cadencia de sus hombros y porque lo conozco desde que tenía cinco años.

Lo miro con el corazón en un puño mientras él desliza su mano lentamente por la mesa para rozar la mía. Tengo el pulso tan desbocado que creo que va a ser capaz de sentirlo tan solo con rozar las yemas de mis dedos.

Y entonces el sonido de una llamada nos interrumpe. Iker mira su móvil, tuerce el gesto y me dice que lo siente, pero que tiene que cogerlo. Y a mí me da exactamente igual porque acaba de dejarme claro lo que siente.

—Vale. Sí, voy para allá, que no se vaya, dame quince minutos.

Cuelga y su atención se vuelve a posar en mí.

—Lo siento, tengo que irme.

—No pasa nada —le respondo levantándome y cogiendo la bandeja. Hemos terminado de desayunar y lo menos que puedo hacer es fregar los platos, pero entonces él se acerca e intenta quitármela con suavidad de las manos.

—De esto me encargo yo —dice atrayendo hacia él la bandeja con tan mala suerte que no la suelto a tiempo y un poco del café que permanece todavía en la taza se desparrama por la bandeja, manchando su impoluta camisa blanca.

—Lo siento. —Me tapo la boca con la mano—. Soy una patosa de manual. Quítatela y te la limpio en un segundo —señalo nerviosa con los ojos muy abiertos.

—No pasa nada, Blanca.

—Sí que pasa —respondo avergonzada.

Su mano sube hacia mi barbilla y da dos pasos hacia mí, quedándonos muy pegados el uno al otro, tanto que creo que por fin va a suceder.

—Blanca, no es nada. Solo es una camisa —agrega con un tono mesurado, deteniendo su mirada en mi boca—. Además, así te puedo pedir que me acompañes esta tarde a comprar una nueva para la reunión de mañana.

—Vale —pronuncio en un susurro ahogado al sentir su mano aún en mi barbilla.

Otra vez su teléfono suena. Sopesa unos instantes si cogerlo, intentando ocultar una mueca de disgusto antes de acabar descolgándolo. Asiente varias veces con la cabeza y luego responde que está ya de camino. Cuando cuelga, vuelve a mí.

—¿A las seis?

—Ajam —respondo aún sin aire.

El resto de la mañana decido pasarlo en la piscina.

Salgo de casa nada más que con la toalla y un simple neceser con dibujos marinos, que estoy segura de que le encantaría a Desiré.

Dejo atrás el apartamento de Iker e inconscientemente giro la cabeza por si veo algo a través de la ventana.

Sé que Iker ha salido, pero me extraña que Markus no nos haya interrumpido.

Seguramente estará en la clínica, tal como dijo anoche.

Me tumbo con la cabeza debajo de la sombrilla y el resto del cuerpo al sol. Necesito serenarme un poco y normalmente tomar el sol me funciona. La calidez que los rayos del sol van esparciendo por mi cuerpo suelen relajarme.

No quiero pensar en qué pasará esta tarde.

Ni en cómo acabaremos. Iker no es de los que te besan con fiereza en la puerta de tu casa, te piden pasar y te apoyan en la pared con rudeza mientras te levantan las piernas con descaro.

Iker es de los que se toman su tiempo, te miman, te cuidan y van creando un vínculo mucho más emocional que algo físico.

Es de los que besan diciendo quiero esto, pero sé que hacerte esperar nos llevará a algo mucho mejor.

Me levanto acalorada, sintiendo que no es solo por el sol, y decido darme un baño en la piscina.

Hay varios vecinos nadando y de nuevo mis ojos instintivamente se alzan hacia su apartamento.

No entiendo qué busco. Después de unos largos, vuelvo a salir y decido ponerme a leer.

Esther y María me regalaron esta novela por mi cumpleaños y estaba reservándola para comenzarla en un momento en el que pudiera disfrutar de ella como se merece, porque es de mi autora favorita.

Echo un poco de menos a mis amigas. Aunque tengamos gustos distintos, solemos formar un buen equipo.

He hablado con ellas varias veces por WhatsApp desde que estoy aquí.

Les he contado por encima las barbaridades que han pasado con mi vecino, aunque me he callado la parte del sexo.

Ni siquiera creo que se lo creyeran. Dirían algo así como: «¿Tú teniendo un calentón?

Venga ya, Blanca, esto lo dices porque quieres que tus vacaciones sean mejores que las nuestras en la Costa Amalfitana».

A las tres decido subir para prepararme algo rápido de comer y comenzar a arreglarme.

Iker me ha dicho que me recogerá a las seis a la salida de la urbanización, y que vendrá directo de la reunión.

Esta vez sí veo luz en el interior. Fisgoneo un poco sin acercarme, pero las cortinas están demasiado corridas y no alcanzo a vislumbrar nada.

Me hago un sándwich con tomate, lechuga y pollo y, después, me meto en la ducha.

Aprovecho para depilarme las piernas, porque nunca está de más, y sonrío al comprobar que lo de ahí abajo continúa sin selva.

Lo cual me da mucha tranquilidad. Me pongo un conjunto interior mono y un vestido rojo ceñido de cintura para arriba y con un poco de vuelo en la falda.

En cuanto el reloj marca las seis menos cinco, salgo de casa. Desvío un poco la mirada recorriendo el pasillo, extrañada porque todo está demasiado en paz.

Qué tranquilidad. O quizá no tanta.

Salgo fuera cerrando la cancela comunitaria y a los dos minutos lo veo llegando en su coche.

Lleva la ventanilla bajada, así que me ve mucho antes de parar.

Sus ojos recorren mi rostro lentamente hasta descender hacia mi cuerpo con una delicadeza casi ceremonial, deteniéndose en cada detalle.

Se baja, y como si fuera ya un ritual, me abre la puerta con galantería. Otra vez ese olor tan suyo me envuelve.

Suena una canción de un grupo independiente.

Suelo escuchar música de ese estilo, pero esta canción en concreto no me gusta.

Aunque esta vez no me pregunta y el álbum nos acompaña durante todo el trayecto.

El centro comercial está en el mismo pueblo que estaba el hospital, así que digamos que no está cerca.

Mientras tanto, me cuenta que está teniendo algunos problemas con el tema del hotel.

Al parecer, el ayuntamiento le está poniendo algunas trabas y hay un grupo de ecologistas que también están intentando parar a toda costa el proyecto.

Lo noto un poco agobiado, suele ser muy perfeccionista y riguroso, y ver que la operación se le puede derrumbar lo estresa.

Lo percibo en la forma en la que sostiene el volante y en cómo sus ojos se concentran en el horizonte.

Aun así, no deja de alzar sus pómulos como si no hubiera otro lugar en el que ahora mismo quisiera estar.