Pintando casas blancas
Iker se adelanta alcanzando la cuenta que acaba de dejar sobre la mesa el camarero. La mira unos segundos y saca la tarjeta de crédito antes de que ninguno de nosotros pueda llegar ni siquiera a coger la cartera.
—¿Cuánto es? —pregunta Charles—. ¿Te hacemos un bizum? ¿O prefieres efectivo?
—Nada —señala cortésmente mirando a Desiré—. Invito yo por los viejos tiempos y por permitirme acompañaros esta noche —termina la frase dirigiendo su vista hacia mí y deteniéndose por una fracción de segundo en mi boca, lo que provoca que la piel se me erice.
—No necesitas comprarnos para que te volvamos a invitar a venir con nosotros —bromea sarcástica, Desiré—. Aunque, si esa era la idea, hubiéramos elegido un restaurante más caro.
—¡Cariño! —la reprende Charles, que aún no parece conocer del todo los inexistentes límites de la desvergüenza de su novia.
—Elige el siguiente. Prometo volver a invitar, es un lujo gozar de vuestra compañía —dice volviendo a entornar sus oscuros y profundos ojos en mí.
—¡Qué considerado! ¡Y cuánta pasta! —arremete Desiré, que, inentendiblemente, parece que continúa intentando buscarle las cosquillas, o la boca, no lo sé.
No entiendo a la cretina de mi amiga, en vez de apoyarme en mi conquista, parece que está totalmente obsesionada con que Iker y yo nos repelamos.
—No me va mal —le responde con una sutil nota de prepotencia que me descoloca, mientras mi amiga sonríe con suficiencia como si lo que le acabara de contestar le hubiera reafirmado algo que ya sabía, y se diera por satisfecha.
—Ohh, ¡cuántos aires, señor remilgado!
Iker, lejos de sentirse ofendido, le responde con una servicial sonrisa.
La cena ha acabado. La cuenta está pagada.
Y no nos queda más vino. Lo que significa que el temido momento ha llegado.
Charles y Desiré ya se han levantado, e Iker está planchándose la camisa con las manos a mi lado mientras se levanta.
Tiene que estar impecable, como siempre. Es igual de perfeccionista que yo.
Yo continúo unos segundos más pegada a la silla, rezándole al cosmos para que finalmente el tocapelotas de Markus decida largarse con su cita lo más lejos posible, en lugar de acoplarse con nosotros.
Estar los seis juntos no es buena idea. Nada bueno puede salir de ahí y, por cierto, como Desiré siga con esa actitud, le niego el habla.
En cuanto me incorporo, Iker me ofrece galante su antebrazo, y yo lo agarro encantada. Una gustosa sensación fluye por mi cuerpo al percibir su contacto, dejándome guiar por él hasta la mesa de Markus que acaba de ponerse en pie junto a la despampanante rubia vestida de stripper.
Quizás es que se dedica a eso, a hacer bailes eróticos.
La curiosidad vuelve a carcomerme. No sé por qué, pero necesito saber a qué se dedica.
Los seis salimos del bar hablando cada uno con su respectivo acompañante.
Voy encantada escuchando a Iker contarme cómo es el ático en el que vive en Madrid, en pleno centro, con vistas al Retiro.
Nada comparado con mi anticuado piso compartido.
Me comenta que tiene tres habitaciones y dos cuartos de baño y no puedo evitar hacer un puchero al oír lo del baño.
No solo no tiene que compartirlo, es que encima puede elegir en cuál quiere ir a mear, y dudo que sufra de cistitis crónica.
La vida es tremendamente injusta. Mi expresión no le pasa desapercibida, así que me pregunta al respecto, y acabo quejándome de lo traumático que es tener un baño para tres.
Y, de broma, porque es obvio que no puede ser en serio, me suelta algo que me acelera el corazón: «Siempre puedes mudarte a mi piso, tendrías uno para ti sola».
Las piernas me flaquean solo por el hecho de que haya bromeado con la posibilidad de vivir juntos. No en plan pareja, claro, en plan amigos, pero tanto me da porque con él me instalaría hasta de sirvienta.
Le sonrío tontamente al escucharlo y él me devuelve una tierna sonrisa desde la que juraría que salen mariposas que me aletean en el pecho.
Tras lo que continúa explicándome que compró el inmueble con la idea de que se convirtiera algún día en la futura casa de su familia.
Mi expresión de bobalicona sigue expandiéndose tras esa confesión.
La niña de cinco años que se enamoró de él, en estos momentos, está organizando la boda.
Y sobra decir que ya la tiene guionizada paso a paso.
Rellené una agenda entera de más de doscientas páginas con las flores que pondríamos, el cristal de Bohemia de las copas, la cubertería de plata, la forma exacta de las sillas y los dos mil detalles más que serían imprescindibles para ambos, en base a nuestros sofisticados gustos.
Estoy viéndome en el altar besándolo, al segundo me veo embarazada, e instantes después veo a nuestra hija lavándose los dientes mientras ve posarse una golondrina en la copa de un árbol. Un minuto después me sacan a golpes de mi ensoñamiento.
—Reacciona —chasquea sus dedos a dos centímetros de mi cara—. ¿Qué quieres tomar? —pregunta con un tono bastante antipático—. Voy a la barra y solo faltas tú.
—Nada. No me fío de que me escupas en la copa —respondo de mala gana—. Ya voy yo.
—Como quieras.
Los dos nos encaminamos dando zancadas a la barra como si fuera una carrera.
Vamos separados como si no nos conociéramos o nos fuera a brotar un sarpullido por estar más cerca de la cuenta.
Al llegar, ponemos los brazos sobre la barra, en la que hay tres personas que con sus cuerpos nos hacen de escudo, separándonos.
Desafortunadamente, vienen juntos y acaban de atenderlos, así que se retiran con sus bebidas dejándonos al lado.
—¿Te pongo lo mismo de siempre?
Estaba tan centrada en deshacerme de Markus que no me he dado cuenta hasta ahora de que es el camarero del otro día. El que me pidió el teléfono y al que no le he contestado, por cierto.
—Sí, por favor —digo un poco apurada.
Se coloca frente a mí, coge el vaso, los hielos y comienza a prepararme la copa. Cuando me la entrega, ya tengo el dinero en la mano listo para pagarle.
—Vuelve a invitar la casa, por si te lo replanteas y decides contestarme a los mensajes.
No puedo evitar sonreírle avergonzada.
—Yo quiero dos ron con Coca Cola, un Beefeater con limón y un whisky solo —interrumpe Markus—. Y si todo esto sale gratis por responderte a los mensajes, aquí tienes mi número —ironiza lanzándole una mirada entrecerrada.
El chico lo observa unos segundos debatiendo si esa respuesta se debe a que venimos juntos y se ha excedido, o simplemente a que es gilipollas. Como no consigue determinarlo, le cobra y se escabulle rápidamente al otro lado de la barra.
—¡Cuánto público, Blanquita!
—No más que el tuyo, Markusito —le digo falseando una sonrisa.
Cojo mi copa y la de Desiré, y me vuelvo con los demás que se han quedado en un hueco libre para que no nos lo quitaran. Cuando llego, le digo a Charles que ayude a su amigo a traer el resto, pocos segundos después todos estamos alrededor de una mesa alta.
—Iker nos estaba contando que se ha aficionado a las maratones —explica Desiré a Markus y a mí.
—A mí también me encantan —dice de repente la rubia.
Parpadeo varias veces. Es lo último que me esperaba escuchar hoy.
—El año pasado fui a la de Nueva York —continúa.
—¿De verdad? Yo estoy deseando ir. Este año estuve a punto, pero el trabajo me lo impidió —añade Iker con ilusión.
—Pues te lo recomiendo muchísimo. Es la mejor de todas las que he hecho.
—Yo no entiendo cómo os puede gustar correr —agrega Desiré—. Y gratis.
—No creo que sean precisamente gratis —masculla Markus con ese tonito ácido que suele usar—. Solo el viaje cuesta una fortuna.
—Más a mi razón.
—El dinero es lo de menos —puntualiza Iker—. Es la sensación de superación, de exploración personal y sobre todo de disciplina —remata mirando directamente a Markus—. Esto último muchos no saben ni lo que es.
Markus le mantiene unos segundos la mirada, a la vez que mueve lentamente la copa como si quisiera mezclar mejor el alcohol con los hielos, tomándose un instante para responderle.
—Pobres de ellos que no saben lo que hacen por no compartir tu devoción por la disciplina y el orden de las camisas por colores —punza, provocando que Iker tuerza el gesto.
El ambiente se está caldeando demasiado. Estaba claro que esto no podía ser una buena idea. Desiré también lo percibe e intenta rebajar la tensión intercediendo.
—¿Y a ti, Markus? ¿Tienes algún hobby últimamente?
—Sí. Pintar.
Charles deja de beber en cuanto lo escucha y alza sus cejas extrañado.
—¿Eso te relaja? —pregunta Mabel.
—No, más bien lo contrario. Es excitante.
—¿Pintar te resulta excitante? Empiezas a estar en el lado de los que ordenan las camisas por colores —ironiza Iker, intentando devolvérsela.
Esto parece un partido de tenis, las pullas saltan de un lado a otro.
—¿Y qué pintas si se puede saber? —continúa preguntándole Desiré, curiosa.
—Claro que se puede. Pinto Casas Blancas. —Tiene el muy asqueroso la indecencia de decir.
Desiré escupe la bebida en cuanto lo oye y finge un ataque de tos para disimular. Y yo le meto una patada en la espinilla a Markus por debajo de la mesa mientras le dirijo una mirada mortífera.
Markus hace como si ni siquiera la hubiera notado, y la conversación continúa gracias a Charles, que comienza a hablar del kitesurf. Cuando la tensión se diluye un poco, intervengo preguntándole a Mabel a qué se dedica, por descabellado que sea, la curiosidad sigue arañándome.
¿Qué stripper hace maratones y encima se costea un viaje a Nueva York?
Termina diciendo que es oftalmóloga. Y sí, también me pega. Porque no ha dejado en toda la noche de atravesarle con los ojos la ropa a Markus hasta verle incluso el pensamiento.
Continuamos charlando un rato más sobre el trabajo, las vacaciones y los chiringuitos que más se ambientan este año.
A la una, Desiré mira el reloj y dice que se marcha.
Y yo aplaudo al cielo. La reunión sigue llenándose de indirectas de un hermano a otro, y temo que en cualquier momento la situación se vaya de madre, y mi nombre salga a relucir junto a la palabra sexo.
—Pero es temprano aún. Venga una copita más, Desiré —ruega Mabel, que parece estar muy a gusto.
—Ojalá pudiera —se disculpa—. Pero mañana tengo una excursión a las ocho de la mañana con niños de siete años.
O descanso o seguro que me entran ganas de tirar a alguno por la borda, y no quiero acabar entre rejas ahora que encontré a mi Charles —bromea acercándose a él y dándole un beso demasiado intenso para estar acompañada.
—Yo también me voy. Mañana tengo citas desde las siete —dice Markus.
—No —sisea Mabel poniéndole morritos—. Media horita más —susurra—. Una última copa en mi casa, vivo aquí al lado —sugiere en un tono muy sensual que hace que no pueda apartar la mirada de ellos.
Veo cómo Markus ladea una de sus sonrisas en cuanto la oye, y eso, no entiendo por qué, me hace acercarme dos pasos en su dirección.
No es interés. Ni mucho menos celos. Es simplemente curiosidad.
La misma que tuve antes con la profesión de la maratoniana.
Solo quería saber qué iba a responder. O eso me repetía.
—Iría encantado, Mabel —le responde con una voz ronca que hace que ella se muerda el labio con deseo contenido—. Pero el trabajo me lo impide —añade desviando por unos segundos la atención hacia mí, encontrándose con mis ojos y sosteniendo el contacto con descaro.
Aparto la mirada instantáneamente y retrocedo dos pasos.
¿Por qué acababa de mirarme precisamente a mí ?
Noto la mano de Iker en mi espalda, me giro y con una expresión dulce me pregunta si quiero irme.
—Sí, vámonos.
Salimos a la calle y un viento frío sacude mi cuerpo.
Es poniente y el aire viene del mar, así que la sensación térmica es más de estar en invierno que de una noche de verano.
Iker se quita la chaqueta y me la pone en los hombros al notar mi reacción, y yo no puedo evitar que su olor me haga suspirar.
—Ha estado genial —se despide Desiré—. Tenemos que repetirlo.
La observo con ganas de ahogarla. Espero que lo esté diciendo por compromiso. No pienso repetir esto, ni aunque me amenacen con la soga.
—Sí —expresa ilusionada Mabel.
Yo, en respuesta, sonrío enseñando demasiado los dientes.
—¿Charles, me acercas a casa? —pregunta Markus—. Vine andando para ahorrarme el martirio del aparcamiento.
—Tío, lo siento. Me quedo en casa de Desiré —responde envolviéndole la cintura en sus brazos.
—Tu amigo hoy tiene que pintarme el cuerpo entero con la lengua.
—¡Desiré! —regaña Charles avergonzado.
—Cariño, solo digo la verdad, aunque sea demasiado excitante, eso de pintar, y les ponga a todos los dientes largos.
¡Hija de su … madre!
—Pero, Markus, seguro que puedes irte con Iker. Él sí que se trajo el coche, no quería que le dolieran los pies a Blanca.
Iker suelta un bufido casi inaudible, y yo volteo los ojos poniéndolos en blanco.
No sé por qué me empeño en que siga siendo mi amiga.
Terminamos de despedirnos y nos quedamos solos los tres andando hacia el coche.
Iker y yo vamos unos pasos por delante. Markus parece no querer adelantarnos.
En cuanto ha oído la excelente idea de Desiré, la cara se le ha iluminado, pero luego, al quedarnos solos, su semblante se ha tornado más serio.
Cuando llegamos al coche, Iker me abre la puerta del copiloto, y yo me acomodo en el sillón, recibiendo con gusto el calor de su interior.
Markus abre la puerta de atrás y se sube refunfuñando.
—¿A mí no me la abres? —reclama mordaz.
—Tú puedes solito.
—¿Insinúas que la mujer fuerte, independiente e inteligente que tienes al lado no?
Me quedo callada por dos motivos. El primero, quiero saber qué le responde Iker para cerrarle la bocaza. El segundo, y aunque me cueste admitirlo, porque ha usado adjetivos tan magníficos para describirme que acabo de soltar un pequeñísimo suspiro.
Al llegar al apartamento, el ambiente se enrarece mucho más. Iker sigue caminando a mi lado y Markus continúa observándonos atento detrás. Cuando llego a la altura del apartamento que comparten, me paro. No quiero que ocurra lo del otro día.
—Gracias por la chaqueta. —Se la devuelvo utilizando un tono coqueto.
—Quédatela —susurra con una voz demasiado atrevida para ser él—. Así mañana tendré una excusa para verte.
Noto cómo la saliva se me espesa y me despido de él con un leve gesto. No creo que sea capaz de decir nada coherente después de eso. Le hago otro gesto a Markus antes de entrar a casa y parece que sus hombros se relajan.