Prohibido enamorarse del idiota El amor es para fracasados
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El amor es para fracasados

Vuelvo a tomar asiento frente a mi acompañante de esta noche.

¿Cómo se llamaba? ¿María? ¿Marta?

Lo tengo en la punta de la lengua, empezaba por «Ma», de eso estoy seguro. ¡Maldita sea! No logro recordar el jodido nombre, y no suelo ser tan capullo.

Sí, siempre quedo con muchas tías. Y sí, a veces, en unos meses, olvido cómo se llamaban, pero eso nunca me pasa cuando estoy en plena cita.

Si quedo con alguien, procuro saber siempre tres cosas básicas, su nombre, su edad y qué llevaría a una isla desierta.

Quizás esta última parte no sea tan básica, ni tan siquiera normal, pero siempre me da curiosidad, porque se puede conocer mucho de una persona por su respuesta.

Volviendo a lo que estoy, no tengo ni puta idea de su nombre, ni de su edad, ni mucho menos de si elegiría llevarse las gafas de sol de Gucci o a mí, como me zampó sin reparos la anterior chica con la que quedé.

Y es que estoy descentrado. Y no solo por lo que acaba de pasar, lo del desfallecimiento ficticio de Blanca que me acabo de inventar para que dejara de parecer un tomate a punto de sufrir una embolia.

¿A quién se le ocurre coger lo que se le había caído poniendo la silla a dos patas?

A nadie.

Aunque quiero pensar que lo que le ha pasado no es más que una consecuencia directa de lo que ha sentido al verme. Hay algo en mi interior que me susurra que es así. De igual forma, algo también me dice que esto se me está yendo de las manos.

Lo cierto es que estoy así de distraído desde que cenamos juntos el otro día y me dijo aquello que no consigo quitarme de la cabeza: «No le llegas ni a la suela del zapato…».

Pensaba que era porque la comparación la hacía con Iker, mi hermanastro, al que he estado culpando toda mi vida por la falta de mi padre en mi niñez.

Pero tras darle un millón de vueltas, he comenzado a pensar que quizá lo que más me dolió no fue la comparación con Iker, sino que aquellas palabras vinieran de ella.

Creo que Charles tenía razón.

Creo que me gusta Blanca.

Y eso me fastidia. Me jode. Y me deja absolutamente descolocado.

Porque yo nunca he llegado a sentir nada por nadie, ni tampoco quiero, y enfatizo mucho en esto último. El amor es para fracasados, y yo me niego a serlo.

Por eso estoy aquí, frente a Mabel, o Mayca, o Macarena, vete a saber. Necesitaba quitármela de la cabeza, volver a ser yo. Y para eso, no hay nada mejor que un buen revolcón con una mujer guapa que no busca nada más allá de sexo.

El inconveniente es que la cosa se ha complicado, y como de costumbre, por alguna extraña y misteriosa razón que comienza a ser bastante inquietante, he terminado coincidiendo en el mismo bar que ellos.

Y mira que en este pueblo lo que sobran precisamente son bares; hay uno en cada jodida esquina.

Si hubiera imaginado que esto pudiera pasar, le hubiera preguntado a Charles dónde cojones iban.

Me obligo a atender a, llamémosla Mamen, por darle un nombre.

—Me ha gustado verte en acción —dice, provocadora—. Has estado muy sexy, doctor.

Ladeo una sonrisa en respuesta y entro al trapo. Puede que quedar con Mamen haya sido justo lo que necesitaba para sacarme de la cabeza la forma en que Blanca jadeaba encima de mí.

—Si tienes alguna dolencia o alguna palpitación extraña —extiendo mis antebrazos en la mesa, acercando mi cuerpo a ella con desvergüenza—, no dudes en decírmelo, que te auscultaré enseguida.

—Ya que lo dices, toca aquí. —Me coge la mano derecha y sin ningún reparo la coloca en su pecho—. Ves, creo que está demasiado frenético —añade insinuante.

No aparto la mano. La dejo ahí unos segundos mientras sus ojos encuentran los míos y me dedica una atrevida mueca a la que respondo dejándome llevar, hasta que, de nuevo, recuerdo su jadeo.

¡Maldita sea, Blanca! ¡Qué mierda me has hecho!

Instintivamente, giro la cabeza hacia ella, y entonces, la veo, con sus iris fijos en mí.

Observando la escena y mi mano que continúa descansando sobre el pecho de mi acompañante.

Un ligero rubor se extiende de nuevo por su rostro al notar que acabo de cazarla mirándome, antes de girar la cara con un mohín de desprecio.

¡Qué cojones ha sido eso!

No estoy seguro, pero diría que acaba de joderle que mi mano estuviera plantada sobre el pecho de Mamen, lo que me da cierto regustillo.

Joder, eso no debería haberme gustado tanto.

La conversación y las insinuaciones se quedan en suspenso al acercarse el camarero con nuestras pizzas.

La mía es de pepperoni y aceitunas. La de ella, de champiñones y jamón.

Cojo el primer trozo con la mano y pongo los ojos en blanco al primer bocado, a la par que Mamen atrapa con los dedos la suya y se relame sin pudor.

Y ese maldito gesto hace que no pueda evitar pensar que Blanca utilizaría el puto tenedor y el cuchillo, y que le quedaría tan refinado como irresistible.

Desvío mi mirada hacia ella, y esta vez lo que veo me sienta como una patada en los cojones. El imbécil de Iker está contándole algo sin despegar su vista de ella, que le regala una inocente sonrisa, mientras sus brazos parecen que se rozan levemente.

Una mala hostia enorme empieza a circularme por el cuerpo.

Me disculpo, y me levanto para ir al baño.

Necesito serenarme y dejarme de idioteces.

Al llegar al lavabo, me agacho un poco y me echo agua fría en la cara.

Vuelvo a hacerlo dos veces más, y parece que el mal humor comienza a disiparse.

Salgo de nuevo, y en contra de mis propios deseos vuelvo a centrar mi atención en ella.

Está tan guapa con ese top amarillo. Le da más luz de la que ya de por sí desprende.

Está mucho más morena. Cuando llegó, parecía un vampiro al que hacía décadas que no se le posaba un rayo de sol; en cambio ahora, si fuera mi brazo el que estuviera junto al suyo, diría que llevamos años bronceándonos juntos.

Esta vez, me es imposible sortearlos para llegar a mi mesa, porque han colocado un carrito de bebé en el estrecho pasillo que los evitaba.

—Oye, espera. —Oigo a Desiré al pasar por su lado.

—¿Sí? —Me vuelvo

—Es una pena que ya hubieras quedado, Markus. Nos habría encantado que cenaras con nosotros —suelta Desiré—. Charles me ha hablado maravillas de ti, y Blanca me ha contado que habéis coincidido mucho en estos días.

Noto claramente cómo Blanca la acribilla con la mirada. No sé qué intenta su amiga, pero está claro que no le ha hecho gracia, y eso, como siempre, me incita a perturbarla.

—A mí también me habría encantado. Además, estoy seguro de que habría cogido esa bajada de defensas a tiempo —espeto, haciendo alarde de toda la doble intención que puedo, provocando que de nuevo le ardan las mejillas.

—Bueno, aún estamos a tiempo —añade Desiré, jocosa—. Cenar, no, pero os podéis unir a las copas.

Veo claramente cómo Blanca le atiza una patada en la espinilla a su amiga, y no puedo evitar que una diminuta carcajada se me escape.

—Desiré, no seas entrometida. Se les ve bastante acaramelados. No quieras interrumpirlos —interviene Blanca revolviéndose en su asiento, que parece que por nada del mundo me quiere aquí.

Y de repente, lo que me parecía un plan horrible comienza a parecerme bastante interesante, incluso agradable.

Me apetece soberanamente tocarle los cojones.

El motivo principal puede ser porque me jode no conseguir sacármela de la cabeza mientras ella está en otros menesteres, intentando que el señor perfecto se fije en ella, o por darle una bofetada sin manos a mi hermano que me mira con antipatía y aires de suficiencia, como si yo no fuera más que un indigno plebeyo.

—No te preocupes, Blanca, retomaremos el acaramelamiento más tarde. Nos apuntamos a esas copas en cuanto terminemos de cenar —concluyo con satisfacción.