Otra bajada de defensas #2
—Rompiste corazones ese día —bromea Iker, mientras Desiré le da un codazo—. Auch, oye, que es verdad, tres octogenarios me pidieron tu teléfono.
Desiré le hace un corte de mangas y todos reímos, lo que me deja mucho más tranquila. Parece que la tensión se ha relajado, y que mi amiga, por fin, ha comenzado a recordar lo bien que le caía Iker.
La conversación va tomando forma y poco a poco vamos participando todos, contando anécdotas del pasado con las que Charles ríe, y me aventuro a decir, que también va conociendo más a Desiré. Todo está saliendo bien, hay buena armonía, las palabras fluyen y el ambiente es distendido.
De vez en cuando, me evado unos segundos de la conversación para fijar mi atención en él, en su forma de limpiarse la boca con la servilleta, con pequeños y rítmicos golpecitos, como si sus movimientos siguieran el compás marcado por una elocuente partitura de Vivaldi.
Él es como escuchar música clásica, armonioso, estructurado, refinado, y se percibe en las pequeñas cosas, como en la forma que coge los cubiertos, con elegancia, con distinción. Estoy inmersa en uno de esos pensamientos cuando un inusual silencio se hace por unos instantes.
Algo ha pasado.
Algo ha roto la sintonía de la que gozábamos.
Y no soy capaz de saber el qué, hasta que alzo la vista.
No es posible. Debe tratarse de una broma.
¿Hay alguien en el maldito universo empeñado en joderme la existencia?
Markus va acompañado de una chica rubia, alta, guapísima, con un vestido demasiado corto para mi parecer.
Julia Roberts llevaba más tela cuando conoció a Richard Gere en Pretty Woman .
Esa chica va a por todas. Va agarrándolo del brazo con una sonrisa incrustada en el rostro y una mirada de te quiero desnudar, o que me desnudes.
Él está hablando con el camarero, que le señala dos mesas más allá de la nuestra.
No nos ha visto. Va distraído escuchando lo que su acompañante está diciéndole.
Va muy guapo y me fastidia admitirlo siquiera.
Lleva una camisa de un tejido fluido con unos estampados marrones que parecen jeroglíficos, sobre un fondo beige.
Es horrorosa. Es la última camisa que cualquier persona con un poco de sentido del gusto escogería.
Para colmo, la ha acompañado de unos pantalones largos marrones que no casan con la tonalidad de la camisa.
En los pies, unas sandalias de romano que parecen del mismo siglo que cuando construyeron el Coliseo en Roma.
Y, aun así, bajo toda esta horrible capa de ropa, está increíble y absurdamente atractivo con el maldito rizo cayéndole por la frente.
Desiré me da una patada por debajo de la mesa avisándome de su presencia, por si acaso, estoy ciega, y no he notado que, en cuanto Charles y ella lo han visto, se han quedado de piedra.
Creo que tampoco le ha pasado desapercibido a Iker, que diría que evita a toda costa dirigir la vista hacia él.
No sé qué tendrán entre ellos, qué problema insalvable hay entre los dos, pero todo apunta a que se detestan.
Hay unos segundos dudosos, en los que Charles parece que con la mirada está consultando a Desiré si sería apropiado ir a saludar a su amigo, o es mejor hacerse el sueco.
Mi amiga me mira y vuelve a mirar a Charles, se encoge de hombros y le asiente con un gesto, cosa que su novio interpreta como que debería ir.
En cuanto la mano de Charles se apoya en el hombro de Markus, este se levanta sorprendido, le da un apretón de manos y le presenta a su nueva amiguita.
Por cierto, ¿es normal que nunca le falten las amiguitas?
Yo no suelo ligar ni a la de tres, y él, cada vez que me lo cruzo, tiene una nueva.
Lo siguiente que noto es cómo mira por encima de su hombro y localiza nuestra mesa en general, y a mí en concreto.
Sus efervescentes ojos celestes se posan sobre mí por unos instantes, y mi cuerpo entero reacciona de una forma tan desproporcionada que hace que se me caiga el tenedor al suelo.
Él al darse cuenta, ladea una sonrisa con la vista aún fija en mí, lo que me hace sonrojarme tanto como cuando en el instituto la señorita Figueras me sacó a la pizarra a resolver aquel problema de matemáticas, se me rompió la falda y todo el mundo vio mis bragas de Snoopy.
Estoy tan acalorada y nerviosa que me agacho para recogerlo y la servilleta se me escurre y termina también en el suelo, como siga así, voy a terminar tirando toda la vajilla.
Con el ímpetu de intentar revertir la situación, la silla se comienza a tambalear y noto cómo mi cuerpo a cámara lenta y de manera muy, muy vergonzosa pierde la estabilidad y cae igual que la boñiga de una vaca.
Porque eso soy. Así me siento.
Estoy despatarrada en el suelo, agarrando la servilleta con la mano derecha y el tenedor con la izquierda.
Podría levantarme, pero creo que no mejoraría la situación.
Ni tampoco lo haría esconderme debajo de la mesa el resto de la noche, que es lo que me apetece.
Me quedo allí unos segundos cubriéndome la cara con la servilleta de tela.
—¿Estás bien, Blanca? —Se arrodilla Iker a mi lado, despegándome la servilleta de la cara.
—Eso creo —siseo deseando desaparecer, mientras oigo los cuchicheos y las risas extendiéndose por el local, incluidas la de mi amiga Desiré, que sigue sentada limpiándose los ojos con su respectiva servilleta.
Traidora.
Una mano grande, segura, se extiende ante mí, y para mi sorpresa, no es la de Iker, que continúa arrodillado a mi lado.
—Vamos —emite con un tono firme, apareciendo de nuevo en su rostro esa pícara sonrisa ladeada de chico malo.
Dudo unos segundos, y luego mi mano instintivamente va hacia la suya, y al tocarlo, de nuevo esa sensación cálida serpentea desde mis dedos hasta cada una de mis terminaciones nerviosas.
Me alza sin esfuerzo, y cuando ya estoy de pie frente a él, dirige sus dedos hacia mi barbilla, acariciándola, mientras me pregunta:
—¿Te encuentras bien? ¿Te has mareado? Por favor traed algo de azúcar, una Coca Cola mismo —ordena, provocando que los murmullos y las risas cesen ante la preocupación.
Mi caída acaba de pasar de ser una patosidad por idiota a ser un acuciante problema de salud.
¿Me lo estoy imaginando o está intentando que no parezca idiota?
—Soy médico y creo que ha sufrido una bajada de azúcar —continúa. Y corroboro por cómo lo dice que sí, que me está echando un cable—. O quizás es una bajada de defensas —remata con retintín, mientras me guiña un ojo.
Ohhhh. Es hábil. Muy hábil. Acaba de lanzarme un órdago, acaba de soltarme una pullita que reconozco bien, porque se la dije yo, en su coche, cuando lo llevaba al médico, e hizo referencia a la noche que compartimos, le dije exactamente eso, que fue solo por una bajada de defensas.
El camarero se acerca presuroso, le tiende la bebida y él me la ofrece a mí con los ojos chispeantes.
—Deberías acomodarte en la silla por si vuelves a encontrarte mal —aconseja sin borrar esa estúpida sonrisa de sus labios.
Le hago caso, primero por intentar proteger mi dignidad, y segundo, por continuar con el teatrillo y que acabe lo antes posible.
—Gracias —bisbiseo, sorbiendo varios tragos.
—Nada. Ha sido un placer —responde divertido.
—Mira que se lo tengo dicho —interviene Desiré colocando su silla pegada a la mía—, tienes que tomar algo de azúcar, tanta dieta saludable terminará matándote.
Menos mal que estaba Markus, que es un cielo.
Por algo es el mejor amigo de Charles —señala a boca llena, mientras dirige su vista a Iker, que está rígido ante la situación.
—Si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy —me lanza con cierta picardía, antes de alejarse y volver a su mesa.