Otra bajada de defensas
Hemos estado hablando por WhatsApp toda la mañana.
Estaba en una importante reunión, mientras me preguntaba todo tipo de cosas sobre mi vida.
Me he sentido relevante para él, para Iker.
Sé que es bastante serio con los temas laborales y que me anteponga a lo que estaba haciendo significa algo. Seguro.
Tenía el corazón desbocado entre mensaje y mensaje, me lo imaginaba con el móvil debajo de la mesa tecleando con disimulo, a la vez que en la sala se barajaban asuntos millonarios, y no podía evitar tener una sonrisa socarrona en mi rostro.
Le intereso. Me lo he repetido unas cien veces durante todo el día, y sigo haciéndolo ahora mismo, frente al espejo, mientras me arreglo.
Esta noche vamos a cenar los cuatro al centro.
Desiré me la jugó e invitó también a Markus, pero hoy me ha confirmado que, tras avisarlo, le ha dicho que ya tenía planes.
No imagináis lo que lo he celebrado, llevaba con ansiedad desde que la traicionera de mi amiga tuvo semejante ocurrencia. No sé en qué cojones estaba pensando. Vale que el odioso de Markus quiera boicotearme, pero ¿ella? ¿Una de mis mejores amigas?
Se suponía que tenía que echarme un cable, no querer ahorcarme con él.
Invitarlo a la cena es lo peor que me ha hecho, ¿acaso quería que volaran los cuchillos?
¿Acaso sufre demencia y no se acordaba de que son hermanastros y que me he acostado con uno de ellos?
Añadiendo, además, que, para colmo, no es en el que estoy interesada desde prácticamente cuando me salieron los dientes de leche.
He debatido mucho conmigo misma si debería retirarle el habla, tacharla de mi reducido listado de amigas y, finalmente, he decidido que se lo voy a perdonar. Pero, solamente, porque estuvo muy hábil proponiéndole a Iker la cena.
Esta especie de cita a cuatro me dará la oportunidad de acercarme más a él. Además, me permitirá estar más relajada. Con Desiré de Celestina estoy convencida de que no habrá silencios incómodos, y de que, si me quedo embobada observándolo, me dará una patada en la espinilla para que vuelva en mí.
Y, de paso, me servirá para conocer mejor a Charles.
Parece que van muy en serio. Todas las veces que lo he visto me ha parecido un buen tío, no como su amigo, claro.
Tiene aspecto de ser bonachón y de no ir con secretos ni dobleces, y francamente, hoy en día, eso es un valor al alza bastante escaso.
La mayoría de los hombres mienten más que hablan y solo quieren lo que quieren.
Y en ese rango de querer no suele estar comprendida una relación seria, formal y duradera.
Charles, me da la sensación de que es transparente, de que se arriesga y no le da miedo reconocer que siente algo más.
Es bonito que te quieran así. Mi amiga, si no me equivoco con mi primera impresión, tiene mucha suerte; ha encontrado a alguien noble que no titubea en su amor, ojalá yo algún día tenga la misma fortuna.
Llaman a la puerta y sé que es Iker, son las nueve y media en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos.
No puedo evitar pensar que es tan puntual como siempre.
Como yo. Me miro una última vez antes de abrir la puerta, llevo una minifalda blanca con un top de volantes amarillo.
Considero que los dos colores me sientan bastante bien ahora que estoy morena.
Para rematar el look me he puesto unos zapatos altos y un bolso de marca para la ocasión.
Con el maquillaje he querido acentuar unos labios llamativos, os podéis imaginar para qué, y en el pelo me he hecho un semirecogido.
Al abrir, percibo cómo sus ojos me escanean con sutileza, y una amplia sonrisa se ensancha en su cara.
—Estás preciosa, Blanca.
—Gracias, tú tampoco estás mal —contesto, aplaudiendo agitadamente en mi interior.
Va vestido con unos pantalones de vestir negros y una chaqueta, debajo de ella, una camisa blanca abotonada que deja ver de su cuerpo tan solo tres centímetros por debajo de su cuello. Está guapo a rabiar, y elegante como de costumbre.
Salimos, y esta vez no veo a nadie más, ni en el descansillo, ni en la puerta, ni tras la ventana.
No he vuelto a verlo desde que ayer se metió en su casa sin despedirse.
No ha bajado a la piscina durante todo el día.
Lo sé porque he bajado por la mañana y luego por la tarde; y, cuando no he estado allí, me he asomado desde la ventana de mi apartamento.
Supongo que es porque me he sentido un poco culpable por lo que le dije.
Lo hice sentir mal, y tengo un absurdo reconcome.
Lo más probable es que haya estado en la clínica trabajando sin pensar en mí, ni en lo que le dije, continuando con su vida normal, pero aun así algo no me deja descansar.
Hemos quedado en el centro, y a pesar de que le insisto a Iker para ir andando bajo el alegato de que no encontraremos dónde aparcar, ya tengo experiencia en ello, reincide en que está lejos y que me dolerán los pies.
Siempre tan caballeroso y atento.
Terminamos dando más de diez vueltas con el coche por la misma zona, antes de que me obligue a quedarme en la puerta del local, y él continúe buscando aparcamiento para que yo no tenga que andar más de quince minutos.
Entro, y una bonita sala me recibe, busco con la mirada al camarero y me acerco para preguntarle por la reserva, me indica que nuestra mesa está en la zona del patio, le sigo y, tan pronto salimos, localizo nuestra mesa porque Desiré y Charles ya están sentados.
El exterior es incluso más cautivador que la sala anterior.
Las paredes son de piedra. Hay repartidos varios maceteros enormes con exuberantes plantas.
Y pequeños focos que se reparten por la zona, dotándola de una luz tenue, no demasiado apagada como para no ver, ni demasiado insidiosa como para molestar.
Es perfecta, íntima y cálida. Y permite ver las estrellas.
—¿No vienes con Iker?
—Sí, es que no había aparcamiento y me ha dejado aquí.
—Qué considerado —señala mi amiga con cierto tonito que interpreto de burla.
—Lo es, y no sé qué ves de malo en ello.
—Nada. —Alza las manos en son de paz, con una sonrisa—. Charles hubiera hecho lo mismo ¿Verdad?
—Claro. —La abraza y le da un pequeño beso en la mejilla—. Mi chica no merece menos, y tú, Blanca, tampoco.
—Cada vez me caes mejor.
Charles me dedica una mueca cómplice en respuesta.
—Pero entonces, ¿a qué ha venido ese tonito? —tanteo a Desiré, decidida a no dejarlo pasar.
Mi amiga carraspea.
—Suéltalo.
—Mejor que no —replica.
—Desiré…
—Vale, pero no te mosquees.
—Lo intentaré.
—Prefiero al otro.
—¿Cómo? —pregunto sin entenderla.
—Que de los dos hermanos me gusta más para ti el otro.
Abro tanto la boca cuando comprendo lo que acaba de decirme, que creo que se me desencaja la mandíbula.
Voy a responderle que, si se ha caído de un cuarto piso y se ha quedado tonta, cuando la figura de Iker aparece en el patio, y cierro pertinentemente la boca antes de desencadenar una guerra nuclear contra mi queridísima y estimada amiga.
—Buenas noches. —Se acerca Iker dándole dos besos a Desiré, y un decidido apretón de manos a Charles antes de sentarse a mi lado—. Disculpad la espera, ha sido una odisea aparcar.
—No te preocupes —le disculpa Charles—. ¿Te apetece vino? Hemos pedido una botella.
—Sí, claro, gracias —contesta, dándole permiso a Charles para llenar su copa—. Y bien, contadme, ¿desde cuándo estáis juntos? —pregunta Iker sacando conversación.
—Desde hace unos días —responde Desiré.
—Ohhh —masculla—. Yo no… había imaginado… que llevabais unos años —dice abochornado, sin saber si ha tocado un tema complicado.
—No pasa nada. No es ningún tema tabú para nosotros. —Desiré coge de la mano a Charles—. Ya ves, cuando conoces a la persona indicada, no titubeas, ni mareas la perdiz, no te hacen falta meses o años para saberlo, es instantáneo.
Le lanzo una mirada de no sigas por ahí bastante fulminante. Quizás Iker no se haya dado cuenta, pero acaba de lanzarle un dardo envenenado, y de paso, me está dejando bastante claro por qué no lo quiere para mí.
Gracias a Dios, el camarero se acerca a tomarnos nota antes de que la conversación se enrarezca tanto en los primeros cinco minutos que se convierta en insalvable.
—Y ¿qué te trae por aquí? —se interesa Desiré, aunque ya lo sabe, yo misma se lo he contado.
—Trabajo. Soy socio en una empresa de inversión y estamos interesados en comprar un edificio para construir.
—No me digas. ¿Más apartamentos turísticos, otro hotel? —sisea Desiré.
—Un hotel de lujo.
Desiré chasquea la lengua, y como sé lo que viene ahora, me anticipo y le doy una patada por debajo de la mesa. Esta vez, la que me lanza una mirada afilada es ella. Pero tanto me da porque surte efecto y se calla.
Mi amiga está en contra de la colonización turística que está sufriendo el pueblo y de cualquier intento de seguir fomentándola.
Defiende el turismo sostenible y responsable, y no la barbarie que reconozco que está experimentando este lugar.
Ya no se puede salir a cenar al centro sin esperar cuatro horas, tampoco bañarte en la Playa Chica sin que varias personas te rocen el hombro, y mucho menos comprarte una casa siendo de aquí, si naciste en este pueblo, tienes un noventa por ciento de posibilidades de tener que largarte a otro porque el metro cuadrado vale más que el oro o los diamantes.
Conclusión, si ya no lo tragaba, la cosa va a ir a peor.
—¿Sabes que Desiré está trabajando en el barco de los delfines? —intercedo dirigiéndome a Iker para desviar el tema.
—¡No me digas! Enhorabuena, Desi, siempre quisiste ser la guía.
—Gracias.
—¿Os acordáis cuando fuimos los tres a verlos y Desi le robó el micrófono a aquel señor que habían contratado? No se le entendía ni una sola palabra, y ella había ido ya tantas veces que tenía memorizada cada explicación.
—Sí —río al recordarlo—, lo hizo tan bien que el grupo de pensionistas de Vigo nos invitó a comer con ellos.
—Aún recuerdo ese arroz con bogavantes —babea Desiré.