Prohibido enamorarse del idiota Nunca tomas ningún riesgo
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Nunca tomas ningún riesgo

Nos acercamos a la pequeña camioneta que han convertido en una minicocina rodante.

Está bastante coqueta. La han pintado de turquesa y en el techo le han colocado un cartel donde se muestra el nombre del negocio.

Las letras que lo componen tienen insertadas varias bombillas que le dan un toque muy vintage y que, a su vez, sirven para iluminar la zona.

Oteo antes de nada el interior, por si veo mugre cayendo a borbotones de las paredes.

No me fío de este tipo de sitios, por llamarlo de alguna manera, porque ni siquiera es un establecimiento al uso, dado que no tiene un emplazamiento fijo.

Hay varias planchas en las que hacen las hamburguesas y las verduras que las condimentan.

Todo está minuciosamente ordenado y envasado, lo que provoca que me relaje y comience a leer el cartel en el que está escrita a tiza la carta.

—La mejor es la Surf Raider —lo siento decirme justo en el cogote.

—Esa lleva demasiadas cosas.

—Nunca son demasiadas si tienes hambre —afirma—. ¿Cuál te apetece? Invito yo por las molestias.

—Es justo —emito en modo respondona—. He tenido que cargar contigo todo el día, lo mínimo es que me invites por no abandonarte en la primera curva que vimos.

Pídeme la misma que elijas tú —resuelvo, sentándome en una de las varias mesas que se sitúan en la parte frontal de la camioneta, mientras lo espero.

Sigue sin apoyar el pie en el suelo, pero ahora se le ve más cómodo. El médico le dio una muleta antes de marcharnos y se le aprecia cierta maestría en su manejo. Cuando sale nuestra comanda, me levanto y cojo la bandeja. No quiero que intente traerla él solo y todo termine en el suelo.

—No esperaba terminar el día así —digo mientras me meto una patata en la boca.

—Ni yo —contesta mirándose la pierna.

—Míralo por el lado bueno, parece que no hay que amputarla.

Se ríe con ganas ante mi ocurrencia.

—Es una pena, porque ya había estado mirando una de esas piernas robóticas que fabrican ahora.

—Lo que me faltaba era aguantarte siendo Robocop.

—Sería Terminator .

Arrugo levemente el labio.

—Te restaría encanto.

—¿Eso era una especie de cumplido? —Alza levemente las cejas, a la vez que ladea una sonrisa pícara.

Le saco la lengua en respuesta.

Sus manos grandes, fuertes, despliegan el cartón donde reposa la hamburguesa de al menos cuatro pisos. La saca y la aguanta utilizando todos sus dedos. Se la lleva a la boca y le da un gigantesco bocado, mientras pone los ojos en blanco, como si fuera lo más delicioso que ha probado en su vida.

Me quedo observándolo comer, alucinada.

Lo primero que me viene a la mente es que es un cerdo, y que no tiene modales.

Ninguno. Come como si fuera un prehistórico que acaba de cazar un jabalí y está devorando la pata a bocados después de estar tres meses sin echarse nada a la boca.

Lo segundo que me viene es que dos pequeñas manchas de salsa se le están escurriendo por las comisuras de la boca, y que está increíblemente sexy con ellas. Me sobresalto ante este pensamiento.

Qué cojones estoy pensando, NO es sexy comer como un auténtico gorrino.

—Pruébala antes de que se enfríe —habla aún con los carrillos llenos.

Tengo ganas de coger una servilleta y restregársela por la boca, en primer lugar, porque tenerla así de pringada va contra cualquier código de modales, y en segundo, porque creo que estoy perdiendo el juicio.

Reviso la bandeja por si encuentro cuchillo y tenedor, pero no los hallo.

Siempre utilizo cubiertos para comer, ni una sola vez en mi vida he utilizado mis manos, salvo para tomar alguna pieza de fruta, y normalmente también suelo utilizarlos.

Me educaron así, con la convicción de que podía ir a comer a cualquier parte, que no desentonaría ni siquiera con la mismísima realeza, estaría a la altura.

Engullir como ahora mismo lo está haciendo él, es de mala educación y, por supuesto, de una falta de decoro absoluta.

—Cógela con las manos —suelta como si pudiera leer mi mente.

—Eso es una guarrada, además, tiene tantas cosas que se desborda —expongo, observándolo, esta vez con cara de asco—.

Tienes dos churretones —no termino de decir la frase cuando saca su lengua y recorre suavemente y con presteza sus labios, eliminando casi todos los restos de salsa.

Solo le han quedado unas pequeñas gotas de las que no soy capaz de apartar la mirada.

—Solucionado. Venga, atrévete. Te prometo que está mucho más buena así, con las manos.

—¿Está más buena engulléndola como un cochino? —cuestiono perpleja—. Vaya idiotez.

—Prueba, si tan segura estás.

—Yo no hago eso, es asqueroso.

—Prueba, hazme caso solo por una vez —repite.

Me dejo arrastrar por su persistencia y utilizo mis dedos, que actúan como garfios, para sujetarla mientras abro la boca a todo lo que me da de sí y la aprisiono entre mis dientes con fiereza.

—Está deliciosa —me sorprendo gratamente después del primer bocado.

—Y acabas de decírmelo con la boca llena. Ya puedes considerarte humana.

Le lanzo a la cara varias servilletas, mientras se descojona.

—¿En qué sector trabajas? —cambia de tema.

—En banca, soy analista de riesgos —respondo cuando no estoy masticando.

—Te va al pelo.

—¿Por?

—Nunca tomas ningún riesgo.

—Eso no es verdad. —Me cruzo de brazos mirándolo ofendida.

—Ah, ¿no? Conduces tan lenta que dudo que alguna vez hayas pasado de segunda, y pones los intermitentes sin excepción.

Abandonas las batallas cuando intuyes que no vas a ganar, antes siquiera de intentarlo.

No comes con las manos para no mancharte y te van los tíos sosos y predecibles.

La única parte que no me cuadra es la de intentar hacer kitesurf.

—¡No me van los tíos sosos y predecibles! —exclamo, como si diera por válidas el resto de las afirmaciones.

Siendo coherente, lo son. Intento siempre ajustarme a lo planificado, a lo programado, es decir, a todo aquello que no me provoque sobresaltos. Y odio los imprevistos, sobre todo porque quizás no consiga manejarlos. Y yo necesito tener siempre el control.

—Sí que te van.

—¿Y te basas en algo? ¿O son meras suposiciones? —lanzo segura de que nada sostiene esa premisa.

Le da un último bocado a su hamburguesa y con la boca aún llena, dice:

—El tío con el que hablaste en la discoteca, ropa cara, con planta de cayetano, modales muy correctos, de los que solo hablan del trabajo y de lo que les encanta el pádel o, en su defecto, el tenis. Seguramente viviría en una gran ciudad tipo Barcelona o Madrid. Típico patrón de pijo soporífero.

—Nada de lo que describes es aburrido.

—Blanca, lo es, créeme. Ese chico nunca sopesará viajar de mochilero, ni irá a hacer ninguna ruta por el campo, ni cogerá una moto a ciento cincuenta kilómetros por hora, tampoco hará paracaidismo, ni comerá en un puesto ambulante.

—No hacer esas cosas no significa ser aburrido. Yo tampoco hago ninguna de ellas —arremeto alzando las cejas contrariada.

—No es verdad. Mira, ahora mismo estás comiendo en un puesto callejero. —Sonríe orgulloso.

—Eso es culpa tuya —espeto bravucona.

—Gracias, por lo que me toca, y de nada por la excelente experiencia.

Lo miro con inquina.

—¿Quién dice que me está gustando? Además, no me conoces, me juzgas solo por verme hablar con un único chico.

—Con dos —responde—. También has salido con mi hermanastro.

—Iker no es soporífero —lo defiendo con uñas y dientes, alzando la voz. Una cosa es que se meta con un desconocido, y otra bien distinta, con mi Iker.

—No lo conozco, pero por lo que he podido observar en estos días, es el rey de los aburridos.

—¡Exacto! No lo conoces y no deberías ni opinar de él, porque no le llegas ni a la suela del zapato —le respondo  envalentonada—. Ya quisieras tú —remato airada.

Se me queda mirando unos segundos con la mandíbula apretada, sin responderme.

Diría que se está aguantando para no decirme lo que realmente quiere soltarme.

El brillo que irradiaban sus ojos se ha esfumado y solo permanece una especie de oscuridad instalada en ellos.

Toda la diversión que encarnaba su rostro también ha desaparecido, quedando solo una expresión sombría que nunca había visto en él antes.

Pasan unos minutos más, hasta que habla.

—Es tarde, deberíamos irnos ya —dice levantándose y caminando hacia el coche.

Son las últimas cinco palabras que le oigo pronunciar.

No vuelve a hablar en todo el trayecto. Tampoco cuando aparcamos, ni cuando entramos en la urbanización, ni cuando le digo buenas noches con un nudo enorme apretándome el estómago.

Creo que lo he ofendido por primera vez desde que nos conocemos.

Le he hecho sentir realmente mal, y una parte de mí se jacta de ello, se enorgullece de haberlo conseguido después de las recurrentes putadas que me ha hecho y de la de veces que he intentado salir victoriosa sin resultado, pero, por otra parte, me siento fatal.

Porque sé que he tocado hueso y que mis palabras han conseguido ahondar en alguna herida que ya de por sí le debía resultar bastante profunda.