Apóyate en mi hombro
Me está costando horrores seguirla. Va caminando como si la estuviera persiguiendo la Santa Inquisición para quemarla en la hoguera.
Menos mal que estoy preparado físicamente, porque si no, hace más de dos metros que estaría convulsionando en la arena.
Obviamente, sin que esto supusiera que se volviera para ayudarme.
No la culpo. Llevo fustigándola toda la mañana.
Demasiado que me va a acercar al maldito centro de salud.
Estoy terriblemente enojado conmigo mismo.
Yo nunca bajo la guardia, siempre que practico este deporte estoy totalmente centrado en lo que hago.
No es como jugar al fútbol o al tenis, aquí te juegas la vida.
Un mal movimiento, una racha de viento más fuerte de lo normal, alguien que se cruce inesperadamente en tu trayectoria, y puedes acabar estampándote con una piedra en el fondo del mar, o revolcado, tal como me ha pasado a mí.
He dejado de prestarle atención a lo que estaba haciendo solo dos segundos.
Lo he visto acercarse con su bañador verde oscuro, sus gafas de marca y su toalla en el hombro, le faltaba el periódico en la mano, en vez de estar en la playa, parecía que iba a un maldito desfile de Cibeles.
Llevaba el pack completo de revista de moda; tan aparatoso como ostentoso.
¿Cómo pudiendo salir de los genes del mismo padre, podemos ser tan radicalmente opuestos?
No hemos cruzado más de veinte palabras desde que estoy aquí, pero ya doy fe de que es pretencioso, altivo, petulante y terriblemente aburrido, y, aun así, Blanca lo miraba como si estuviera viendo a un artista de Hollywood. Con devoción.
Noto cierto malestar cuando vuelvo a recordar cómo le sonreía. No sé qué coño me pasa últimamente que estoy raro.
Me está esperando apoyada en la furgoneta, con un pie sobre el guardabarros, mirando distraída el móvil, mientras una encandilada sonrisa atraviesa su rostro. Me apuesto un riñón a que la causa de su regocijo tiene por nombre Iker, y está escribiéndole ahora mismo.
—¡Es para hoy!
—¿Crees que puedo ir más rápido? —farfullo malhumorado.
—Si no era nada, podías conducir —instiga, metiendo el dedo en la llaga.
—Y puedo —aseguro, aunque voy de farol—. ¿Quieres que lo intente?
Niega con desdén.
Llego a donde está, faltándome el aire, me va a dar un jamacuco de tanto correr con solo una maldita pierna. Ella me mira con una mueca de sorna asomando en sus mejillas, mientras le tiendo la llave. Está disfrutando muchísimo de mi desgracia.
—Mucho cuidado, es la segunda cosa que más quiero en el mundo.
Alza las cejas con gesto burlón.
—No quiero saber cuál es la primera —espeta, subiéndose al asiento.
Bordeo el coche, abro la puerta y maniobro como puedo para montarme. Tener disponible solo una pierna es una auténtica mierda.
—Esto está hecho una pocilga —emite con una cara de asco horrible, observando el salpicadero donde tengo varios paquetes de patatas vacíos, alguno más a medio consumir, varios tickets de haber pagado diferentes parkings, una libreta, dos bolis y unos calcetines, que, siendo sincero, desconozco si están limpios o sucios.
En la caja de marchas hay un cúmulo inquietante de polvo, y en los asientos traseros yace depositada la mitad de mi armario, y mentiría si dijera que todo está doblado y ordenado, es más bien una amalgama de prendas lanzadas sin ton ni son.
—Pues espera a ver mi cuarto —suelto insolente.
—Ni muerta entro ahí. Habría que llamar a un exterminador para que acabe con las cucarachas y las ratas —recalca lo de rata, refiriéndose nuevamente a mí.
—¿Vuelves a llamarme rata? —La miro con una expresión de fingida inocencia.
No sé por qué, pero me encanta cuando se pica, se pone respondona y pasa de cero a cien en un segundo, por alguna inquietante razón, me resulta extremadamente divertida.
—Nunca dejé de hacerlo —añade con una ladina sonrisa.
—Pues bien que te gustan —me recochineo.
Tuerce la vista hacia mí y se mete dos dedos en la boca simulando que tiene arcadas.
—Eso no es lo que decías el otro día.
—El otro día tenía las defensas bajas por el alcohol.
—¿Y ahora cómo las tienes? —digo con aire seductor, acercándome un poco a su cuello y subiendo mi cara lentamente hacia su oído—. ¿Vuelven a estar bajas? —siseo sugerente.
—Tan altas, que como no vuelvas a posar tu culo en el asiento, paro aquí mismo y te dejo en mitad de la curva —gruñe.
Suelto una enorme carcajada que resuena por el pequeño espacio que compartimos tan estruendosamente que hace eco.
Ella reprime una sonrisa, mientras fija de nuevo su atención sobre la carretera.
Está preciosa. Tiene el cabello ligeramente despeinado, las mejillas un poco azoradas, y sus rasgados y enormes ojos chispean alegría.
Sus manos, las dos, están sobre el volante.
Sus movimientos son gráciles, livianos. Lleva las uñas pintadas de un tono que, si no te fijas bien, dirías que ni siquiera están pintadas.
Todo en ella es elegante y a su vez sencillo, como si fuera natural.
—Por Dios, pisa el acelerador —digo emulando un bostezo—. A este paso, si tengo algo, tendrán que amputarme la pierna.
Deja escapar una risilla.
—¿Te duele?
—Un poco.
—¿Qué crees que tienes?
—Nada mortífero.
—Vaya respuesta para un médico.
Ahora el que ríe soy yo.
—¿Quieres que te hable con tecnicismos?
—Dudo que sepas alguno, por lo que veo, en Noruega deben regalar los títulos.
Otra risotada emerge de mi garganta, es tremendamente graciosa, o al menos a mí me lo parece. Quizás sea porque no me baila el agua como la mayoría de las tías, o porque siempre tiene una respuesta para todos mis comentarios sarcásticos, enfrentándome con picaresca. Desaprobándome.
—Me lo dieron por ganar una carrera callejera de coches.
Hace un mohín.
Llegamos al ambulatorio y Blanca sale del coche. Yo abro la puerta y me coloco de tal manera que, apoyándome sobre el salpicadero y el asiento, creo que podré bajarme sin terminar de escalabrarme, pero, esta vez, ella viene a ayudarme.
—Venga, apóyate en mi hombro, te costará menos.
Hago lo que me dice porque no quiero contradecirla y porque huele muy bien, demasiado bien.
Lo he percibido durante todo el trayecto, pero ahora que la tengo a menos de un palmo de mí, no puedo evitar que su olor a protector solar de vainilla, mezclado con su olor corporal y el aroma del mar, me vuelva loco.
Pongo mi mano sobre ella y una sensación cálida serpentea por mi cuerpo.
No sé si ella también la ha sentido, diría que sí, porque sus mejillas se han enrojecido levemente y sus ojos por una fracción de segundo se han concentrado en mis labios.
Tengo ganas de besarla, de sumergir mi lengua en su boca, de agarrarla de la nuca y que terminemos como la otra noche.
¡Follando! ¡Joder! ¡Me muero porque follemos otra vez!
—¿Vamos?
Oigo que me dice, sacándome de mis pervertidos pensamientos.
—Sí, sí.
Me ayuda a entrar al ambulatorio. La sala que nos recibe es más bien pequeña. Hay un mostrador justo en el lado izquierdo, frente a él, varios bancos de plástico en los que hay cuatro personas esperando que los atiendan.
Le explico a la recepcionista lo que me ha ocurrido, es una mujer de treinta y tantos, muy amable, quizás demasiado.
Creo incluso que está intentando flirtear conmigo.
Me dice que tome asiento, que hay varias personas delante, pero que pronto me atenderán y que, si necesito cualquier cosa, no dude en pedírselo, que hará lo necesario para que lo tenga.
Esta última parte la dice sin despegar la vista de mí, mordiéndose el labio con descaro.
Percibo cómo Blanca la observa atónita, mientras nos sentamos en dos asientos contiguos de los bancos que hay repartidos por la sala, y a los pocos minutos, se acerca la recepcionista y me tiende un vaso de agua con una extensa sonrisa.
—He pensado que tendrías sed.
—Sí, gracias, eres… —aclaro mi voz— muy considerada —le digo mientras le devuelvo el gesto con amabilidad.
—Solo es mi trabajo. —Ríe, nerviosa, mientras vuelve a su asiento y me observa como si quisiera desnudarme.
—No doy crédito —bisbisea Blanca, para ella. No creo que tuviera intención de que la oyera, pero lo hago.
—Es maja —azuzo mientras estudio su rostro con interés.
—No es tan maja, a mí no me ha ofrecido nada. Es una maleducada —añade airada.
Disimulo como puedo la risa.
—Toma. —Le ofrezco el vaso de agua.
Y para mi sorpresa, no lo rechaza como había imaginado, sino que lo coge, y mirando con provocación a la recepcionista, se lo bebe de un solo trago. Tras eso, se levanta con decisión y le planta el vaso sobre el mostrador dándole las gracias.
Estoy sentado sobre la camilla, frente a Blanca, que se ha empeñado en entrar conmigo.
El doctor es mayor, unos cincuenta y muchos, pelo canoso y gafas de intelectual.
Me pregunta si puedo hacer una serie de movimientos.
Le confirmo que sí, pero sintiendo cierto dolor.
Tras lo que certifica lo que ya sé, que no hay nada roto.
Le revelo que, aunque elegí otra especialidad, sé de la materia y acabamos hablando de ligamentos como dos putos frikis, que es lo que entre ambos diagnosticamos.
Me aclara que en este momento no hay radiólogo en el centro de salud y que, salvo que prefiera ir hasta Algeciras para que me hagan hoy mismo la prueba en urgencias, tendré que esperar a mañana. Le confirmo que mañana está bien, a pesar de que Blanca insiste en que puede acercarme hasta allí.
Antes no quería traerme y ahora parece lo suficientemente preocupada por mí, como para querer conducir cuarenta minutos para que yo me haga una prueba.
¿Qué ha cambiado? Ni idea, pero que quiera cuidar de mí me hace sentir bien.
Y quizás se deba a que puedo contar con los dedos de una mano las personas que se interesan o se han interesado realmente por mí.
Salgo con una receta de antiinflamatorios y analgésicos que yo mismo me podría haber expedido; eso sí, con la tranquilidad de corroborar que no tengo nada grave.
Nos volvemos a montar en la furgoneta, y cuando Blanca ya ha encendido el motor, mi estómago comienza a rugir tanto que hasta siento vergüenza, yo que no tengo de eso.
—Creo que tienes un león ahí dentro a quien no has alimentado.
—Creo que tengo a la manada entera.
Los dos reímos.
—Oye, ¿te importaría hacer una parada más?
Me mira de soslayo, aprieta los dientes levemente y me contesta que no le importa.
—Pues, vamos a La Búrguer Truck.
—¿Eso qué es?
—No me puedo creer que lleves aquí más de dos semanas y no hayas ido a probar aún las mejores hamburguesas de la zona, o miento, del país.
Voltea los ojos ante mi afirmación.
Y luego, sigue mis indicaciones conduciendo hasta detenernos frente al pequeño puestecito móvil, donde estaciona a un lado y me ayuda de nuevo a bajarme. Otra vez, al agarrarme la mano, siento cómo mi sangre se calienta.
¡Maldita sea! ¿Por qué coño sigue preocupándose por mí?