Prohibido enamorarse del idiota El rey del mar
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El rey del mar

Desiré me ha llamado a primera hora de la mañana, ansiosa de noticias.

Me ha propuesto pasar la tarde en la playa para que le cuente mi cita de ayer y le he dicho que sí.

Y aquí estamos, cargadas con una silla cada una y dos bolsos repletos, con toallas, cremas solares, neceseres, agua y algunos imprescindibles más.

También llevo una sombrilla, hoy hace mucho calor y no quiero terminar como un langostino.

Es curioso, cuando era una niña, y más tarde una adolescente, lo único que necesitaba era una mísera toalla.

Lo que me lleva a confirmar que la edad comienza a llamar a mi puerta porque parece que estoy haciendo una mudanza.

No veo la hora de llegar a la orilla, los cachivaches pesan una tonelada y me siento exhausta, además de sudando.

Me detengo a mitad de camino para descansar antes de que me dé una insolación. Cuando estoy exhalando la tercera bocanada de aire, percibo que mi amiga alza su brazo y comienza a saludar animadamente.

La miro a ella, y luego deslizo mi vista hacia el lugar al que dirige su efusivo saludo.

—¡No me puedo creer que hayas quedado con ellos! —suelto alterada.

—No lo hice, tranquila. Charles va a hacer kitesurf. Yo solo voy a darle un besito y desaparecen.

La miro con pelusilla, y la sigo a regañadientes maldiciendo.

—Hola, preciosa —la saluda Charles, plantándole un piquito cariñoso.

—Hola. —Sonríe de oreja a oreja mi amiga.

—¿Qué tal, Charles?

—Genial, Blanca, me alegra verte. Disculpa por lo de ayer, yo no sabía… —deja en suspenso las palabras.

—No te preocupes, sé que no fue cosa tuya, tu mirada lo decía todo.

—¿Insinúas que yo sí que hice algo? —interviene con un tonito de inocencia que me enerva—. Solo estaba tomando unas cervezas al fresco con mi amigo.

—Sí, claro —rebufo, cruzándome de brazos.

—¿Qué pasó ayer? —interviene Desiré.

—Luego te lo explico —murmura Charles.

—Que el psicópata este —lo señalo— estaba esperándonos, y no paró de tirarnos puyitas, a Iker y a mí, cuando volvimos.

—¿Estaba fuera esperándoos? —pregunta mi amiga mirándonos con expresión juguetona.

—Sí —aseguro muy convencida de lo que digo.

No fue casualidad. Nada en esa enrevesada y maquiavélica cabeza es casualidad.

—Te crees demasiado importante —tiene la insolencia de decirme.

Mi amiga se lleva las manos a la boca e intenta disimular una traicionera sonrisa.

—¿Cuál de los dos dice la verdad?

—Yo —aseguro sulfurada—. Quería joderme la cita.

—Ahhh, pero ¿eso era una cita? —pregunta Markus sarcástico.

Le lanzo una mirada de resentimiento.

—El día anterior conmigo y el siguiente con mi hermanastro; Blanquita, no pierdes el tiempo.

—¿Y a ti qué te importa? ¡Qué más te da lo que haga o deje de hacer con mi tiempo y mi vida! —le grito acercándome a él, dándole pequeños golpecitos con mi dedo en el pecho.

Estamos a escasos centímetros, su aliento roza mi frente, y un calor que no sé de dónde sale se propaga rápido por mi cuerpo. Este tío me crispa hasta volverme irreconocible.

—Me importa porque no te has preocupado de mis sentimientos —argumenta irónico, mientras me dirige una de sus malditas miradas de suficiencia—.

Tú no tienes de eso —continúo dándole sobre el pecho con mi dedito amenazante, mientras oigo a mi amiga hacerle a Charles un millón de preguntas que va contestando en un tono demasiado bajo como para que yo pueda oírlo.

Está pescando, como ella diría en su jerga de bióloga.

—¿Yo? ¿No serás tú la que estás jugando con nosotros? —pronuncia lentamente las palabras sin dejar atrás ese deje irónico, mientras sus ojos se clavan en los míos, asaltándome una sensación desconocida en el pecho, que me late arrítmicamente.

Está poniéndome histérica. Con sus palabras. Con su cercanía. El aire que nos envuelve está tan condensado que me nubla las neuronas, porque inconscientemente acabo de subir mis ojos a sus labios.

A sus malditos y pendencieros labios.

Los que sabían realmente bien.

¡Joder, Blanca, qué mierdas haces!

—Pírate. —Planto la palma de mi mano en su duro pecho, empujándolo.

En respuesta, me sonríe rebelde, se acerca a mi oído y me susurra un «vale» que me pone la piel de gallina.

Charles se acerca, lo coge del brazo y lo arrastra hasta la orilla, donde comienza a murmurarle algo antes de que entren en el agua con sus equipos.

—Es lo más emocionante que he visto en años —suelta mi amiga—. Sois como una de esas novelas turcas.

La miro con inquina.

—¡No me mires así! Proyectáis tensión sexual a raudales.

—No es eso —concluyo hostil.

—¡No qué va!

—Nos odiamos.

—Eso dices tú.

—¿Recuerdas que estoy enamorada de Iker o te han borrado el cerebro?

—Eso no tiene nada que ver. Además, no estoy segura de que siga siendo exactamente como dices.

Levanto los brazos teatralmente, rogándole al cielo para que le devuelva la cordura, mientras mi amiga se carcajea.

—Charles, me ha hecho un breve resumen de lo que pasó ayer cuando llegaste con Iker, nuestro amigo sosaina.

—No es sosaina —la interrumpo defendiéndolo.

—Sí que lo es. Y siempre lo ha sido. ¡Por Dios, Blanca! Nunca improvisa, ni nos sigue el rollo cuando bromeamos.

—Yo tampoco improviso. —La miro molesta.

—Pues yo acabo de presenciar lo contrario justo ahora mismo. Acabas de aporrearle el pecho a Aquaman.

Me muerdo la lengua. Puede que en esto sí que tenga razón. El idiota este me descontrola, hace que pierda las formas, lo que es sumamente horrible. Yo no soy así. Ni me gusta serlo. Prefiero ser sosegada, cabal, coherente o, como prefiere llamarlo mi amiga, una sosaina.

—¿Aquaman? —Arrugo la frente. Está como una cabra.

—Sí, es el puto rey del mar, aunque pensándolo bien —chasquea la lengua— creo que Charles tiene el mismo puesto, o no, no, Charles es Zeus.

Pero volviendo al tema que te quema —salsea con ojos chispeantes—, ¿Iker es el hermanastro de Markus?

¿El tío con quién acabas de tener un encontronazo de lo más sexy, y con quien, para rematar, te acostaste un día antes de tener una cita con Iker?

—Ajá —corroboro tapándome la cara con las manos.

—Quiero decirte que me sorprende gratamente tu nueva actitud. Dicho esto, cuéntame qué tal la cita.

Le narro todo al detalle. No quiero pasar por alto nada que pueda ser determinante para que me dé una opinión juiciosa. Ella va poniendo caras que pasan de la expectación al aburrimiento, de la sorpresa a la risa. Cuando termino, una enorme sonrisa se desparrama por su cara.

—Y bien, ¿qué opinas? —pregunto atacada—. ¿Crees que le gusto a Iker?

—Creo que sí. —Arruga la nariz.

—¿De verdad? —sopeso ilusionada.

—Sí.

—¿Y me darías algún consejo?

Desiré fija la vista en el horizonte unos segundos, como si estuviera pensándolo, y luego una mueca divertida se extiende en sus labios.

—Solo te diré que, si no puedes esquivar la ola, deja que te coja —añade frotándose las manos con diversión.

—¿A qué te refieres? —pregunto con cara de no entender absolutamente nada.

—A eso —señala, juguetona.

Giro la cabeza hacia donde señala, y veo que es Iker, que está andando hacia nosotras.

—Oh, Dios, ¿cómo estoy? ¿Cómo me sienta el bikini? ¿Me tapo? ¿Me pongo el pareo?

—¿Quieres gustarle? —murmura Desiré.

—¡Claro!

—Pues entonces, quédate quieta —ordena, mientras desliza unos centímetros de más la parte de arriba de mi bikini mostrando mis pechos. Demasiado diría yo.

La miro horrorizada, pero ya es tarde. Está aquí.

—Hola, Blanca —me saluda con una galante sonrisa—. Desiré, me alegro muchísimo de verte. ¡Cuánto tiempo!

—Hola, Iker. Ven, dame un abrazo. ¿Qué tal estás? Ya me ha contado Blanca que ayer cenasteis juntos para poneros al día.

La madre que la parió.

Anda que ha tardado en cascárselo.

—Sí. —Gira la vista hacia mí, y de nuevo sus labios se curvan.

—¿Y para cuándo es la nuestra?

—¿Cómo? —pregunta confuso, entornando la vista en Desiré.

—Nuestra cena —suelta de sopetón— para ponernos al día.

—Yo —titubea—… Cuando quieras…

—Esta noche —propone mi amiga sin darle tregua.

—Lo siento, hoy no puedo. Estoy con unos amigos, vamos a estar en la playa y luego iremos a cenar.

—Pues mañana, y así te presento a mi pareja.

La miro ceñuda, no sé qué pretende. ¿Desde cuándo quiere cenar con Iker, si le parece un sosaina? A ver, son amigos de toda la vida, pero hay algo que no termina de encajarme en este repentino ataque de interés.

—Está bien —acepta Iker.

—Y también podrían venir su amigo y Blanca. Cenamos todos.

Ohhhhh. La descuartizo.

Será hija de su madre. Para amigas así, mejor tener enemigas.

—Mañana nos vemos entonces, por cierto, no tengo vuestros teléfonos. Ayer —carraspea— no pudimos intercambiarlos al final —dice posando sus ojos unos breves instantes en mi pecho, provocando que un leve rubor se instale en mis mejillas.

Un fuerte ruido me devuelve de sopetón a la realidad.

Alzo la vista. Oteo el lugar del que proviene. Y advierto que Markus se ha caído. Ha debido perder el control de la cometa porque ha impactado estrepitosamente contra el agua y Charles parece estar bajándose de la tabla para ayudarlo.

Desiré comienza a correr hacia allí para asegurarse de qué ha pasado, mientras yo termino de darle el teléfono a Iker entusiasmada.

—Te hago una llamada para que tengas el mío.

—Sí.

Me observa como si estuviera haciendo algo importante mientras guardo su número en mi agenda.

—Luego hablamos —afirma con seguridad.

Asiento con timidez.

Tras eso, me acerco a la orilla a comprobar qué sucede. Charles está sujetando a Markus, al que parece que ha debido pasarle algo en la pierna derecha, porque no la apoya. Está acercándose, dando pequeños saltos con la izquierda, dejando doblada la rodilla derecha para no tocar el suelo.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta Desiré, preocupada.

—He perdido el control —masculla, molesto, Markus.

—Estaba atento a lo que no debía —sisea, Charles, con un tono que no logro determinar si es divertido o preocupado—. A ver, intenta apoyarla.

Planta el pie sobre la arena y un agudo alarido sale de su garganta.

—Vale, roto no está —asevera Charles.

—Eso ya lo sé —asegura con cara de fastidio Markus—. Soy médico, ¿lo recuerdas?

—La mitad de las veces se me olvida —carcajea Charles—. ¿Cuál es tu diagnóstico, señor puntilloso? ¿Piensa usted ir al médico a que le hagan una radiografía o se cura usted mismo? —dice con sorna.

Markus le lanza una mirada de resquemor, mientras el otro se ríe abiertamente.

—Voy al centro de salud —añade molesto—. ¿Me llevas?

—Claro.

—Espera —le interrumpe Desiré—. Hoy le había dicho a mi abuela que irías a conocerla —balbucea poniendo cara de pena, mientras juraría que le guiña un ojo.

—Ah, cierto, no me acordaba —se disculpa Charles—. No me gustaría que pensara que no he querido conocerla, no sería un buen comienzo —carraspea con cierto pesar.

—Blanca, ¿te importaría llevarlo tú? —me pregunta Desiré.

—¿Yo? —repito incrédula.

No puedo creer que me esté pidiendo esto.

La miro molesta, esperando que me diga que es una broma, o que ha tenido un lapsus de memoria de segundos y acaba de volver a caer en la cuenta de que este tío y yo nos odiamos.

Básicamente, porque este señor no hace otra cosa que incordiarme, joderme y zancadillearme.

Todo el maldito tiempo.

Pero no, la indeseable de mi amiga me hace un leve gesto con la cabeza y para rematarme, me lanza una sonrisilla triunfal. Como si se enorgulleciera de endosármelo.

—No hace falta, conduciré así —interviene Markus, gallito, al percibir mis apabullantes ganas de ayudarlo.

—¿Con una sola pierna? —espeto con un tono burlesco, mofándome de él.

—Puedo.

—No puedes. Deja de decir sandeces.

—Ya verás como sí.

—Tan idiota como siempre.

—Markus, obviamente no puedes —recalca Charles.

—Venga —suspiro sonoramente expulsando el aire con pesadez—. Te llevaré. He venido con Desiré en su coche, así que iremos en el tuyo.

—No pienso darte las llaves de mi furgoneta.

—¿Por?

—Eres horrible conduciendo, vas a dos por hora.

—Así no le pasará nada. —Volteo los ojos.

—Así se provocan los accidentes. Ir tan despacio es más peligroso que correr —relata.

—Eres insufrible.

—Gracias.

—Venga, muévete.

—No es fácil.

—Pero si estabas genial, podías hasta conducir —suelto respondona, mientras recojo mis cosas y me pongo en marcha.

Mi amiga, o debería decir examiga, me dice adiós, y yo le echo una mirada de resquemor que estoy segura de que la hace zarandearse. Luego continúo.

Markus va saltando a la pata coja detrás de mí, soltando por la boca palabrotas de todas las clases y dimensiones.