Prohibido enamorarse del idiota Deja de hacer el idiota
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Deja de hacer el idiota

Tremendo rapapolvo me ha caído. Nunca he visto a mi amigo tan enfadado.

Desde que ha cogido el teléfono hasta que me ha colgado, no ha hecho más que gritarme y él nunca grita.

Siempre suele tener ese buen carácter que lo hace tan bonachón.

Si tuviera que describirlo, Charles, sería como un oso amoroso comiéndose permanentemente un barreño de miel gigante.

Eso unido a un apabullante físico, porque el tío es guapo, hay que reconocerlo.

Tiene la típica belleza nórdica, rubio, alto, ojos claros, pelo lacio y sonrisa cálida.

Podría decirse que guardamos cierta similitud física, en lo de rubios y ojos claros, pero en poco más porque sus rasgos son más angulosos.

Tiene la mandíbula y el mentón cuadrados.

Y mi perfil, sin embargo, cuenta con unos rasgos menos pronunciados, más suaves.

Él es más Action Man, y yo más tipo Ken.

Somos el agua y el aceite, sobre todo en lo que a personalidad se refiere.

No obstante, mi sarcasmo y su nobleza combinan muy bien, quizá tan bien que fue precisamente eso lo que nos hizo hacernos grandes amigos.

Él habla de mí como un cordero con piel de lobo; dice que debajo de tanta ironía solo se esconde alguien con muchas ganas de que lo amen.

Cosa que, por supuesto, yo niego en rotundo. El amor no es para mí.

Y yo, por el contrario, le digo que tiene genes de pacificador.

Y esos genes, por cierto, son ahora mismo los que no me tragan.

Por suerte, creo que se ha desahogado en la llamada, lo que me dará algo de tregua porque en media hora hemos quedado y espero fervientemente que ya se haya desinflado para entonces.

Cuando llego en la furgoneta, lo encuentro plantado en el aparcamiento esperándome con cara de fastidio y de brazos cruzados.

—¿Y tu equipo?

—En la playa.

Demasiado escueto viniendo de él.

—¿Ya lo has bajado?

—Sí, llegas tarde.

Pongo los ojos en blanco.

—Solo han sido diez minutos.

—Diez minutos que me has robado —masculla Charles.

—¿Aún estás así?

—Sí, Markus, sigo enfadado.

—Pero si ya lo hemos hablado esta mañana.

Me mira de arriba abajo, una vez, dos veces, tres, intentando reunir paciencia y tomando aire antes de responderme.

—Lo que hiciste estuvo fatal —bufa, ayudándome a sacar el equipo de kitesurf de la furgoneta.

—Venga ya, fue casualidad —insisto.

—¿Me tomas por tonto? —se vuelve a cruzar de brazos, fulminándome con la mirada—. Te conozco desde que medías media cuarta —puntualiza—. Sé cuándo tramas algo y también cuándo estás boicoteando una cita.

Pongo cara de sorpresa, en plan cómo puedes estar insinuando semejante barbaridad. Pero no me hace caso y sigue.

—Y por supuesto, también soy consciente de cuando me utilizas para todo lo anterior.

Debato conmigo mismo qué contestar a este tío de dos metros que me mira con mala baba.

Quizás sería mejor desembuchar; total, me conoce tal como dice, desde los dos años, y sabe que no lo llamé solamente para tomar unas cervezas al fresco.

Eso coló hasta que los vio aparecer. Desde ese momento se me vino abajo la patraña.

—Estoy esperando una disculpa.

Miro hacia arriba con fastidio. Odio tener que pedir disculpas, pero llegados a este punto no me queda otra. Dejo escapar una exhalación cansada.

—Perdona, no debí haberte involucrado —siseo.

—Tampoco debiste hacerle eso a Blanca. También te tienes que disculpar con ella.

—Eso ni de coña —refunfuño, alzando la cabeza airado.

—Te pasaste.

—No lo creo.

—Markus, cuando te pones idiota, eres el más idiota —me espeta. Y aunque idiota es el insulto más descafeinado de la historia, en sus labios, eso ya es como si te estuviera diciendo el abecedario de las ofensas—. Mira, paso de ti, te veo en la playa, baja tú solo las cosas.

—Venga ya, Charles, no seas así —le digo, mientras me da la espalda y se encamina sin volver la vista hacia el camino que baja a la playa.

—Será posible —rebufo haciendo malabares para coger todos los trastos como buenamente puedo mientras lo sigo a duras penas.

Ya en la playa, intento utilizar mi sentido del humor para rebajar la tensión entre nosotros.

Estamos montando el equipo y no me dirige la palabra, parece ser que lo de haberlo involucrado para arruinarles la última parte de la cita lo ha molestado más de lo que debería.

Pero qué debía hacer, quedarme de brazos cruzados y dejar que el imbécil de mi hermano la besara o que intentara terminar la noche con ella.

Es buena chica. No se merece que ese remilgado le hiciera el lío.

—Dime solo una cosa —retoma la palabra Charles—. ¿Por qué lo hiciste?

—Porque es un estirado.

Me mira entrecerrando los ojos como si quisiera escarbar en mi interior.

—¿Seguro?

—¿Por qué si no lo iba a hacer? —afirmo, aunque me tiembla un poco la voz.

Vale. La jodí. Cero convicción.

Noto cómo se me queda mirando unos segundos, valorándome en silencio. Después sonríe con incredulidad.

—No… no puede ser. —Se echa las manos a la cabeza—. ¡¡¡Te gusta!!!

Arrugo el entrecejo mucho, muchísimo, mientras pongo cara de: «¿Qué demonios estás diciendo, se te ha ido la cabeza?».

—Te gusta, no intentes negarlo —exclama boquiabierto.

—Me conoces. Sabes que estás diciendo una tontería.

—No, el que la estás diciendo eres tú, que sigues peleándote contigo mismo para no aceptarlo. Esa chica te gusta, Markus, y es la primera vez que esto te pasa. —Me señala serio, apuntándome con el dedo—. Así que no lo jodas.

—Se te ha ido la olla.

—Markus… —me reprende—, deja de hacer el idiota, piensa lo que te he dicho, procésalo y lucha por ella. Pero juega limpio, nada de malas artes como ayer. Me temo que a tu hermano le gusta, así que vas a tenerlo difícil. Y, por cierto, como esto salpique a mi relación, te mato.

—¿Tu relación? —repito, jocoso—. ¿Ya sois pareja?

—Se podría decir que sí.

—¿En dos días? —inquiero arrugando la nariz con sarcasmo.

—No me hacen falta más para saber que es maravillosa.

—¡Charles, por favor, que ni os conocéis!

—Que tú seas un negado en el amor no significa que yo deba serlo.

—Que yo sea un negado en el amor —afirmo mirándolo con chulería—, no significa que tú debas ser Cupido.

—En cuanto la conozcas, reconocerás que es perfecta para mí.

Esbozo un gesto de desaprobación. Sus flechazos suelen terminar complicándome la vida y me temo que esta vez no va a ser la excepción.

—Mira, ahí está —dice escudriñando el horizonte—. Ahí viene. Nada de ironías, ni tonterías de las tuyas —me advierte serio.

—Vale —le respondo con una mueca de hastío—. Oye, espera… —comento entornando la vista—. No viene sola, viene con Blanca.

—Sí, estás de suerte, amigo —añade dándome tres golpecitos muy molestos en la espalda.