El primer casi beso
La cena ha ido sobre ruedas, no se han producido silencios incómodos ni momentos aburridos.
Lo he visto reír tantas veces que hasta he creído que yo era divertida, y eso que no considero que el sentido del humor sea una de mis grandes virtudes, ni tampoco una de las suyas.
Iker siempre ha sido un hombre serio, recto y reflexivo.
De los que hablan cuando tienen algo que decir, y no solo por llenar silencios.
Nos hemos terminado la botella de vino, hemos compartido un par de postres y ahora estamos en el aparcamiento dejando que pase un poco el tiempo antes de volver. Quiere que el alcohol desaparezca de su sangre para poder conducir tranquilo. Así es él, fiable.
Llevamos ya media hora aquí, nos hemos subido a su coche porque comenzaba a hacer frío.
En este pueblo las noches veraniegas se divierten jugando con las temperaturas que oscilan con facilidad.
Está hablándome de que se ha aficionado a las maratones.
No es un tema del que sepa mucho. La verdad es que el verbo correr y yo nunca hemos estado conjugados en la misma frase.
Pero le presto atención, porque una llama se enciende en sus ojos grises cuando habla de ello.
Es la misma llama que espero que nazca en algún momento de la noche hacia mí.
Lo cierto es que sigo sin tener claro qué está pasando entre nosotros. O quizá sea él quien no quiere que lo tenga claro. Podría jurar que en varios momentos he percibido un interés romántico hacia mí y, apenas unos minutos después, la sensación contraria. Así que sigo en tierra de nadie.
Cuando ve prudente conducir, me indica que me abroche el cinturón y se pone en marcha. Al llegar, aparca en la calle y subimos juntos las escaleras.
Sigue sin rozarme ni un maldito dedo.
Recorremos el pasillo, y entonces diviso algo que me descoloca, sobre todo porque son las dos de la mañana.
Dos sillas plegables de playa, con dos cuerpos, cada uno con una cerveza en la mano. Sus cabezas se giran hacia nosotros. Una lentamente y la otra veloz. Una con cierto asombro y la otra con la cachaza victoriosa de ver exactamente lo que esperaba.
—Buenas noches, tortolitos —saluda con un tonito que no me gusta ni un pelo.
—Hola, Blanca —dice Charles, impresionado y avergonzado a la par.
Me da la sensación de que no sabía que yo iba a llegar, y que su maldito amigo se lo ha sabido esconder bastante bien. Porque que él esté aquí no es casualidad. Ni mijita. Lo conozco demasiado bien como para saber que esto lo ha urdido él, a saber, con qué despreciable intención.
—Buenas noches, Charles.
—¿Y mis buenas noches? —entremete Markus.
Le dedico una mirada de odio, a lo que responde con una de sus ladeadas sonrisas.
—No seas así, vecinita.
Vuelvo a observarlo con inquina, mientras él sigue con esa absurda mueca tatuada en su rostro.
Iker está a mi lado, tenso.
—¿Lo habéis pasado bien?
—Muy bien —le espeta cortante Iker, escaneándolo de arriba abajo con una mueca de disgusto en los labios.
Advierto que repasa con la vista el atuendo de Markus.
Como siempre, lleva unos pantalones cortos coloridos, una camiseta de algodón amarilla y sus chanclas, pero esta vez ningún color combina con nada; parece que lo ha vestido un payaso y, aun así, en contra de todas las gamas de colores que existen sobre la faz de la Tierra, y aunque me fastidie reconocerlo, hay que admitir que se ve atractivo.
—Hermanito, cuánta seguridad —sisea—. Sé más caballeroso, deja que ella lo valore.
No me pasa desapercibido cómo Iker se engarrota ante la pulla que acaba de soltarle Markus. Si algo va contra los principios de Iker, es ser irrespetuoso.
Pestañeo varias veces, incapaz de entender de qué va esto.
¿Está intentando sacar de sus casillas a Iker? ¿Este circo no tiene nada que ver conmigo?
¿O sí?
—Y bien, Blanca, ¿has disfrutado? —pregunta el muy traidor.
—Sí, mucho, gracias —farfullo zanjando el tema antes de que el asunto termine yéndose de madre.
—¿Más que las últimas noches?
Auchhhhhhhhhhhh.
Tocada y hundida.
Maldito presuntuoso. Me muerdo la lengua como puedo. Sé lo que está haciendo. Lo que quiere. Quiere zampárselo. Restregárselo. Se llevan tan mal que quiere destruirlo y para ello yo soy su munición. Va a decirle que ayer él y yo nos acostamos.
¡Pero por Dios bendito, en qué estaba pensando cuando hice eso!
Para una vez que hago algo loco, me explota en la cara.
Para rematar, no me pasa desapercibido cómo Iker arquea apenas una ceja, aunque enseguida recompone el gesto.
—No le hagáis caso, ha bebido demasiado —interviene Charles, que le lanza una mirada de desaprobación—. Buenas noches, chicos. —Da por terminada la conversación, permitiéndonos que continuemos. O que yo continúe, porque esto es muy dudoso, no sé si Iker entrará en su casa o me seguirá.
Entonces percibo claramente que Iker mira de reojo a Markus, le sonríe con malicia y agarra mi mano.
¡¡¡¡MI MANO!!!
—Vamos, Blanca, te acompaño a tu puerta.
Markus lo fustiga con la mirada.
Tres pasos después estamos en mi rellano. Estoy nerviosa y ni siquiera sé exactamente por qué. Quizá sea la emoción de que me haya cogido de la mano. Quizá la forma en la que me está mirando. O tal vez la complejidad de toda esta situación, que hace que una parte de mí solo quiera desaparecer.
—Me ha encantado cenar contigo —murmura, con una voz suave, aterciopelada, mientras pasea su vista por mis ojos, y veo cómo a cámara lenta su mano sube hasta alcanzar un mechón de mi pelo y colocarlo tras mi oreja.
—A mí tam…
No logro terminar la frase porque Markus está tosiendo muchísimo, parece haberse comido un maldito tractor en plena recolección.
Giro la cabeza hacia él con una mueca de fastidio y me devuelve una expresión de soslayo en la que intenta ocultar su satisfacción, aunque no lo consigue. Está interrumpiéndonos deliberadamente.
Charles le da un codazo en las costillas y le señala con el dedo el interior de la casa, intentando que deje de molestarnos.
Se ha levantado y está frente a él, empujándolo para que entre.
La situación me hace gracia. Markus se resiste mientras Charles sigue haciendo fuerza sobre su hombro para que desaparezca de una vez.
Pero Markus planta los talones en el suelo y se agarra al marco de la ventana como si fuera un maldito chupón.
Escucho murmullos y forcejeos cada vez más altos hasta que termino fijando toda mi atención en ellos.
Los dos están tan enzarzados que no se percatan de que han robado toda nuestra atención.
Tengo a Iker a un palmo de distancia de mí; hace un instante me ha apartado el pelo con delicadeza, ha posado sus dedos unos breves instantes sobre mi oreja, acariciándola, y yo estoy dispersa por culpa del idiota de Markus, que se está cargando mi momento.
Me gustaría que Iker se acercara a mí y me besara.
Sentir sus delicados labios sobre los míos y saborear el tiempo que hemos perdido.
Pero no así. No de este modo. No estoy dispuesta a que nuestro primer beso esté empañado para siempre por un cretino, egocéntrico y sarcástico, y menos si resulta que es su hermanastro, con quien, para colmo, he tenido un affaire y puede soltar el bombazo en cualquier momento para arruinar todas mis posibilidades de futuro con Iker.
—Yo también lo he pasado muy bien —digo con la intención de que también lo perciba por mi expresión corporal—. Gracias por la cena.
—Gracias a ti, Blanca, siempre es un placer tenerte cerca —me susurra oscureciendo sus ojos.
Captándome de nuevo y provocando que me olvide de todo mi alrededor, hasta que oigo gritar un «¡Adiós, Charles!», seguido de un canturreo fortísimo que me devuelve a la realidad.
Está claro que no va a parar. Se ha empeñado en joderme la cita.
Le dedico una última sonrisa a Iker, que detiene su vista en mi boca unos instantes. Da un paso más hacia mí, y se inclina ligeramente, rozando mi mejilla con un casto beso.
—Buenas noches, Blanca. Espero que duermas bien.
Antes de meter la llave en la cerradura, elevo la mano unos centímetros para despedirme. Cuando ya estoy en casa, no puedo evitar recostarme sobre la puerta llevándome la mano al pecho, ilusionada.
Ha sido exactamente como lo imaginé durante años.