Prohibido enamorarse del idiota La lista
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La lista

Estoy en el coche de Iker sentada en el asiento del copiloto sin poder creérmelo aún.

Nos dirigimos a un pequeño hotelito a las afueras del pueblo llamado Punta Sur, en el que me ha dicho que ha hecho una reserva.

Llevaba años imaginándome cómo sería encontrármelo de nuevo ahora que ya no somos unos críos y que las cosas se podrían tornar diferentes.

Ahora que podríamos estar juntos, por fin.

Sería como ver que todos los objetivos personales que me propuse cuando era niña se cumplen.

Desde pequeña, comencé a planificar al detalle cómo debía ser mi vida adulta, lo que quería estudiar, dónde quería vivir, en qué quería trabajar, con quién deseaba terminar casándome y un millón de cosas más.

Y, en general, no puedo quejarme, porque la mayoría de mis metas se han cumplido o están a punto de hacerlo, lo único que se me resistía una y otra vez era ÉL.

El chico que tengo ahora justamente al lado, con las dos manos sobre el volante, respetando rigurosamente las señales de velocidad, a la par que se concentra en la vía con una serenidad pasmosa. No soy capaz de dejar de mirarlo. Sigue siendo tan elegante y responsable como lo recordaba.

Por un segundo desvía la mirada hacia mí y un gesto afable se dibuja en sus labios.

—Espero que te guste el sitio.

—Seguro que sí —respondo sabiendo que yendo con él es imposible que pueda ponerle alguna pega.

—¿Te gusta esta música? Puedo cambiarla si quieres.

—No, esta es perfecta —miento deliberadamente.

No me gusta este grupo, pero no quiero romper el momento o hacerlo sentir incómodo.

—¿Recuerdas cuando Desiré se empeñó en ir a las dunas, y como no conducíamos aún, tuvimos que hacer autostop?

—Sí —alzo la voz emocionada—. Fue aterrador —digo poniéndome la mano sobre el pecho, trágica—. Ese anciano que nos paró conducía como un presidiario que acaba de escaparse de la cárcel. Además, no veía tres en un burro, casi atropella a una motocicleta y nos salimos del carril.

Iker ríe estruendosamente y yo giro la vista hacia él, pensando que su risa y el Cola Cao son las dos cosas que más me gustan del universo.

—No fue exactamente así, Blanca. Ese hombre iba a la velocidad adecuada, fue la moto la que lo adelantó como un rayo, y casi nos echa al arcén —afirma convencido, posando la vista en la siguiente curva, desacelerando y volviendo a mirarme—.

Ibas tan asustada creyendo que iba a secuestrarnos y matarnos, que no eras capaz de ver nada bueno de ese pobre hombre desde que te sentaste en el asiento trasero.

Arrugo el labio contrariada.

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es. —Vuelve a reír—. Es una de mis anécdotas preferidas.

Frunzo el ceño intentando recordar la escena, pero por más que hago memoria, sigo anclada en lo mismo, el anciano era un kamikaze.

—Pasamos un día increíble deslizándonos por las dunas. Había unas vistas espectaculares —rememora Iker con una expresión cargada de nostalgia.

—Me encantó el picnic que hicimos al atardecer—puntualizo con media sonrisa, recordando la brisa, el olor de la tortilla de patata y cómo él se limpiaba con la servilleta de papel sus comisuras. ¡Maldita sea! Deseé durante el resto del verano ser esa servilleta para rozar sus labios.

Antes de que me dé cuenta de que hemos llegado, aparca en una de las plazas delimitadas sobre la gravilla y se baja enseguida del coche.

Lo veo rodear el vehículo a grandes zancadas hasta llegar a mi puerta para abrírmela.

Hizo exactamente lo mismo cuando me subí.

Me tiende la mano galantemente y bajo de un pequeño salto.

El coche es bastante alto, es una especie de SUV con acabados en alta gama, de color plata.

No he alcanzado a ver la marca hasta ahora, es un Tesla, pienso que le va al pelo.

Me ofrece su brazo y yo lo agarro gustosa.

Caminamos hasta la entrada, donde un camarero nos recibe, y tras comprobar la reserva, nos guía hasta un precioso y amplio jardín en el que se despliegan varias mesas posicionadas sobre una extensión de césped.

Varios árboles se emplazan a los lados, de los que cuelgan guirnaldas de bombillas que reposan sobre nuestras cabezas.

Y para culminar la maravillosa estampa, un lago artificial lo recorre.

El lugar es precioso, como nuestra mesa, que está un tanto más apartada de las demás, sobre ella hay un jarrón pequeño con tres flores frescas blancas, y una vela de la misma tonalidad dentro de un cilindro transparente. Las sillas y la mesa son de madera oscura.

Iker me aparta la silla y, mientras me acomodo, su mirada acaricia la mía.

Pero para mi sorpresa no me siento nerviosa, estoy serena.

Creo que es porque no quiero precipitarme, ni hacerme falsas ilusiones.

No me gustaría acabar independizada en mi futuro nuevo piso en Madrid sin mis amigas, ni nadie que me consuele, llorando a moco tendido otra vez porque Iker ha decidido que no soy lo que busca.

Que él y yo nacimos para ser siempre los mejores amigos.

El camarero se acerca en cuanto estamos sentados y nos pregunta qué deseamos tomar. Yo pido un vino blanco común, pero Iker niega con la cabeza, interviniendo y solicitando la carta de vinos. Cuando el camarero la trae, pasea la vista por ella y selecciona una botella de Meursault.

No he mirado la carta y seguramente no sabría esto de no ser porque en una de las últimas reuniones que tuvimos con las altas esferas del banco y algunos clientes extremadamente selectos, cenamos con esa misma botella que valía más de ciento cincuenta euros.

Debato mentalmente si la ha pedido para impresionarme o porque le gusta lo caro.

—Creo que te gustará el vino.

Asiento levemente con la cabeza, a este precio es imposible que no me guste.

El camarero nos llena las copas y nos toma nota de la cena. Yo elijo atún y él selecciona de nuevo lo más caro de la carta, bogavante. Eso me lleva a pensar que o es rico, o le encantaría serlo.

—Y bien —su atención vuelve a centrarse en mí—, ponme al día, quiero saberlo todo —entona, desprendiendo un genuino interés.

—¿Todo? —pregunto arrugando la nariz con un atisbo de sorna—. Te has perdido muchos años, voy a aburrirte con tanta información.

—Tú nunca me aburres, Blanca —desliza lentamente las palabras, mientras ensancha su sonrisa y me observa atentamente, provocándome un pequeño vuelco al corazón.

Está guapísimo. Lleva el pelo perfectamente peinado con uno de esos productos que dejan una especie de efecto mojado que no permiten que ni un solo mechón de pelo le caiga desordenado, no como al cretino de su hermano.

En cuanto a la camisa y el pantalón azul que lleva, no he podido dejar de observar que están milimétricamente planchados, es como si todo en él rezumara clase.

Me aclaro la garganta y le lanzo una tímida sonrisa, disponiéndome a hacerle un breve resumen sobre los últimos diez años de mi vida.

—Estudié Económicas.

—No lo dudaba. Es lo que siempre habías planeado.

Que lo recuerde hace que mis comisuras se extiendan aún más.

—Estoy en el sector de la banca.

—De nuevo —dice, haciéndome una breve reverencia con la cabeza—. De todas las metas que te propusiste, dudo que alguna haya fallado —añade, mordiéndose levemente el labio inferior—. Siempre has sido muy concienzuda y aplicada.

—No te creas, aún vivo en un piso compartido.

Sus facciones se contraen en un gesto divertido mientras me observa.

—¿Y cuándo prevés que eso acabará?

—Espero que en menos de seis meses —añado.

Hago una breve pausa y me llevo un sorbo de vino a los labios. Sabe genial.

—Estoy pasando aquí mis vacaciones, solo para conseguirlo.

—Otro próximo hallazgo a la vista, señorita Blanca.

—Eso espero—agrego entornando los ojos.

—¿Y qué hay del tema pareja? —lanza con un tono mucho más serio y formal, mientras me observa con demasiada curiosidad.

—En ese tema… —Arrastro las palabras—. Creo que voy suspendiendo —digo, mientras percibo cómo mis latidos se aceleran.

—¿Y eso?

Eleva sus cejas con extrañeza, llevándose la copa a la boca con un movimiento muy masculino.

—¿Qué hay de lo del noviazgo serio de al menos cinco años antes de la boda?

Suspiro profusamente, juego un poco con mi pelo remoloneando y termino arrugando levemente la frente antes de contestar.

—Eso está siendo un poco más difícil de conseguir —añado, desviando la vista hacia la copa—. Digamos que, por mucho que lo detallara en mi agenda y lo estableciera en mis planes, encontrar a alguien que reúna todos los requisitos que quería se está tornando demasiado complicado.

—Ahora que recuerdo… Tenías una lista, ¿no? —rememora de repente con un enorme interés.

—No —niego, intentando escabullirme.

—Sí. La tenías —se reafirma con los ojos iluminados—. Recítamela, por favor —suplica.

—De eso hace ya muchísimos años. No la recuerdo —digo, intentando obviar el tema antes de que me dé una angina de pecho.

—Blanca —carraspea mi nombre con diversión.

Miro al cielo, luego a la guirnalda de luces, para terminar concentrándome en el agua del lago, intentando evitar a toda costa la respuesta.

—Tú no has olvidado nada en tu vida, y mucho menos, nada que hubieras detallado en tu amada agenda.

Frunzo el ceño y me cruzo de brazos. Me conoce demasiado bien.

—No pienso decírtelo. Ni muerta.

—No seas así —me reprende con una expresión cálida—. Venga. No me voy a rendir.

Me remuevo en la silla sin responder, frunciendo el ceño antes de terminar recitando el listado de cualidades que debía tener mi chico ideal.

—Debía ser cariñoso, respetuoso, formal, educado, debía vestir elegante, ser ordenado, atento y tener un perro o un poni.

Una carcajada resuena poderosa al oír lo del poni. Supongo que a mí también me hace gracia porque no puedo evitar soltar otra risotada.

—No me juzgues, la hice con ocho años.

—Prometo no hacerlo. —Muestra sus alineados dientes en una sonrisa—. ¿Y solo pedías esto? —añade cuando toma aire y deja de reír.

Subo y bajo varias veces la cabeza gesticulando un sí insonoro. Aunque miento. Otra vez. La lista no terminaba ahí. El poni no era la guinda final del pastel. El listado se cerraba con una única frase: Ya encontré a quien las reúne. Iker. Él es todo mi listado.

—Debe haber más de un millón de personas que reúnen esto, Blanca —afirma muy serio, pero con demasiado brillo en la mirada.

—Ahhh, ¿sí? ¿Estás insinuando que no tengo pareja porque no quiero? —le contesto pizpireta, mirándolo por encima del hombro, simulando cierto desaire.

—Exacto.

Entorno los ojos.

—¿Conoces a alguien así? Listillo.

—Sí, claro. Lo tienes delante.

¡Joder!

Hay dos posibilidades para esa frase: una, sabe que hablo de él, que siempre hablé de él y está jugando conmigo.

Dos, me está tirando los tejos, esto es una cita, y de verdad está interesado en mí.

Trago saliva intentando calmarme antes de abordar una respuesta.

—No me habrás traído aquí para declararte, ¿no? —suelto, con las mejillas levemente enrojecidas por mi desvergüenza.

Yo no soy así. Nunca soy tan lanzada, pero tengo que aprovechar esta oportunidad porque no sé si se presentará alguna más.

Me mira entre tímido y confuso.

—No, yo, no… —tartamudea visiblemente desconcertado, bajando la vista un instante hacia la copa de vino antes de volver a sonreír con cierta timidez—. No esperaba esa pregunta.

Vale, Blanca… te has precipitado.

Cambia de tema. Disimula.

—¿Qué hay de ti?

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

Otra sonrisa comedida se dibuja en sus labios. Pone sus manos sobre la mesa, se ajusta un poco el puño izquierdo de la camisa, volviendo a esconder su reloj debajo de ella, y comienza.

—Soy socio en un importante grupo empresarial de inversiones que ahora mismo quiere construir un hotel, aquí mismo.

—¿Bromeas?

—No. —Su expresión se vuelve más cómica—. Estudié una doble licenciatura, trabajé duro y supongo que tuve algo de suerte.

—Deduzco que no compartes piso. —Alzo las cejas divertida, con un poquito de envidia.

—Deduces bien.

—Suertudo —siseo.

Resuena, de nuevo, su portentosa risa.

—Para poder pagar ese apartamento he tenido que hacer ciertos sacrificios. No todo ha sido tan bueno —añade.

—¿Cómo cuáles?

—Trabajo mucho, para mi expareja demasiado, según me dijo cuando me abandonó.

Aplaudo mentalmente. Expareja suena bien.

—Seguramente lo hizo porque era más de compartir piso —bromeo.

—Yo pensé lo mismo —formula, risueño, siguiéndome el rollo—. ¿Algo más que quieras saber?

Lo cierto es que sí que hay algo. Algo que me ha rondado en la cabeza desde que salimos del apartamento, lo he intentado desechar de mi mente, pero es como el zumbido de una mosca, continuo, molesto y demasiado aturullador.

—Hay algo… —Selecciono poco a poco las palabras, intentando saber cómo proseguir—. Algo… que no sabía de ti, y que me ha sorprendido mucho —continúo.

—¿Te refieres a lo de mi hermano?

—Sí.

Nos conocemos demasiado bien. Los años han pasado, pero aún puede leerme la mente, tal como lo hacía cuando éramos niños.

Advierto cómo tensa los hombros e incluso los brazos, desde que estamos aquí, es la primera vez que lo noto inquieto.

—Mi padre tuvo un escarceo antes de conocer a mi madre, algo sin importancia —dice tajante mientras se quita la servilleta de las piernas y la vuelve a poner en la mesa—.

Lo sé desde pequeño, pero lo conocí ayer.

Mi padre le ha dicho que podía quedarse en el apartamento el tiempo que quisiera —añade, con altanería y cierto menosprecio.

Me sorprende mucho el tono de su voz, el deje con el que se refiere a él.

Como si no lo soportara, como si no estuviera a su altura.

Hago un leve gesto con la cabeza, y aunque tengo mil millones de preguntas más, y una curiosidad que me araña por dentro, decido que es mejor dejarlo estar.

No me gustaría arruinar nuestra noche hablando de Markus.