Prohibido enamorarse del idiota Absolutamente nada
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Absolutamente nada

Lo he oído vestirse desde mi habitación y no porque estuviera prestándole atención, sino porque el repiqueteo de las perchas al colgar y descolgar la ropa ha durado más de lo normal, lo que quiere decir que ha estado probándose las camisas y los pantalones varias veces antes de elegir el dichoso atuendo.

Lo que me lleva a pensar que está muy interesado en la cena de esta noche, o, mejor dicho, en Blanca.

Y no es que me importe, la verdad. Ella y yo ayer solo compartimos fluidos, fue algo casual, fruto de la tensión sexual que habíamos ido acumulando con los rifirrafes que habíamos ido arrastrando.

Esta misma mañana tuve algunas dudas de que ella se hubiera ilusionado creyendo otra cosa; al fin y al cabo, es una buena chica de esas que buscan algo serio y hurgan en el interior de las personas.

Bla, bla, bla. Tengo bastante experiencia con las mujeres y suelo acertar casi siempre, pero reconozco que esta vez no he acertado ni una, porque Blanca oficialmente ha pasado de mi culo.

Cuando la he visto hoy, lo que menos tenía era interés en mí.

Sus bonitos ojos marrones centelleaban como estrellas iluminándole todo el rostro, y sus jugosos y dulces labios se extendían tanto que sus pómulos casi rozaban sus pestañas.

Estaba radiante, preciosa, feliz. Era una puta diosa.

Y el motivo precisamente no era yo. Era mi insulso y aburrido hermanastro quien extendía sus tentáculos sobre su delicado cuerpo, abrazándola justo por donde ayer yo paseé con ahínco mis labios.

La escena me ha dejado tan sorprendido que me he quedado mirándolos allí plantado como un pasmarote, con los puños apretados a ambos lados de mis caderas, tornándose blanquecinos por la presión que ejercía sobre ellos. No estoy seguro, pero creo que hasta se me ha tensado la mandíbula.

Estoy convencido de que la rabia que ha atravesado mi cuerpo era exclusivamente por él.

Iker. Mi maldito hermano.

No lo soporto. Llevamos unas horas conviviendo y ya he confirmado todas las sospechas que tenía sobre él, es un pedante y un estirado que anda por la casa con ínfulas de ser un superimportante hombre de negocios, siempre con la barbilla bien alta y ese tonito excesivamente educado, como si hubiera sido criado en la realeza, y yo en un estercolero.

Y encima, lo he cazado varias veces mirándome por encima del hombro con desdén.

Por si fuera poco, también he comprobado que es un maniático del orden que ha ordenado todas sus camisas y pantalones por tonalidades, desde las más oscuras a los tonos más claros.

¿Quién está tan tocado del ala como para hacer eso?

Y puedo continuar varias semanas más despotricando de su carácter sin excederme, porque es calculador, distante y tan aburrido como una sopa sin fideos. Sin olvidar el dato más importante, y es que me soporta tanto como yo a él.

Acabo de oír la puerta de casa cerrarse, miro el reloj y son las nueve de la noche.

Salgo de mi habitación y me encamino a la sala de estar.

Me siento en el sofá y pongo la tele, pero un zumbido molesto comienza a martillearme en las sienes.

Es como si tuviera una mosca en el cerebro susurrándome cosas sin sentido.

Me froto las manos, me las llevo al pelo, las vuelvo a bajar y me agarro las rodillas.

—¡Me cago en la puta! —blasfemo antes de levantarme de un salto y asomarme discretamente por la ventana.

No quiero que me descubran fisgoneándolos. En este momento están saliendo de la casa de Blanca, van muy juntos el uno del otro, pero no llegan a tocarse. Aun así, puedo palpar desde aquí las ganas de Iker de acercarse más a ella porque sus ojos recorren su vestido con deseo, y no lo culpo.

¡Está despampanante!

A mi mente vienen como fogonazos las imágenes de ayer de ella sujetándome la nuca con una mano y con la otra acariciándose sensualmente el pecho, mientras me cabalgaba.

Cómo se mordía el labio inferior con ese rubor en sus mejillas cuando mis caricias le hacían perder la cabeza. Yacía tan dulce y salvaje a la vez.

—¡Maldita sea! —mascullo entre dientes.

Doy varias vueltas por el pasillo, me miro en el espejo un instante y me dirijo rápidamente a la cocina, cogiendo de un manotazo la bolsa de basura y saliendo de casa con un portazo.

Bajo a zancadas las escaleras para alcanzarlos.

Quiero romperles el momento. Quiero joderles la noche.

Y, sobre todo, quiero que me vea antes de largarse con el imbécil de mi hermano.

Por mucho que corro, llego tarde. Ya han sobrepasado el cubo de basura y se encaminan hacia el coche, pero no pienso rendirme, no sin alterarlos, no sin molestarlos.

Echo la bolsa al contenedor haciendo mucho más ruido del necesario con la intención de que se giren, y aunque están vueltos de espaldas, al oír el estruendo lo hacen, se dan la vuelta.

—Pasadlo bien —digo, aunque por dentro pienso: «Ojalá se os joda la noche. Espero que descubras lo insulso que eres, jodido hermanito».

—Gracias —responde el asqueroso con un sutil recochineo que reconozco al instante, como si estuviera arrebatándome a la chica de mis sueños. Mientras, Blanca me dirige una mirada fugaz.

Lo que no sabe es que:

Uno: Anoche estuvo conmigo.

Dos: Fui yo quien me piré antes de que se despertara para que no se derritiera por mis huesos.

Tres: Que yo nunca me implico sentimentalmente, y que, por tanto, ella no significa nada para mí.

ABSOLUTAMENTE NADA.

Aunque ahora mismo tenga la cabeza hecha un lío y me note mareado.

¿O sí?

¡Joder! ¡Qué cojones me pasa!