El peor descubrimiento
Llamo varias veces a la puerta y, aunque nadie responde, veo que hay luz dentro, así que vuelvo a intentarlo.
Escudriño con la mirada y consigo atisbar por el reflejo de la ventana que el televisor está encendido.
No la avisé de que venía, así que es posible que esté duchándose o vistiéndose, por eso insisto hasta que la puerta termina abriéndose.
Parpadeo varias veces desconcertada al ver que quien está al otro lado, no es mi amiga, es Charles. Ni por asomo se me había pasado por la cabeza que pudiera estar ocupada. Ahora mismo estoy muerta de vergüenza. Acabo de interrumpirlos.
—Volveré más tarde —suelto sobresaltada, intentando volver rápidamente sobre mis pasos.
—No, espera, Blanca. —Me retiene del brazo—. Yo ya me iba. Tengo trabajo —dice, llevándose las manos al pelo, peinándoselo.
Es la única parte que podría delatarlo, el resto del atuendo está intacto. Lleva puestos unos pantalones, y la camiseta está un poco arrugada, pero pasaría totalmente desapercibido si no fuera porque acaba de salir de casa de mi amiga.
Dudo unos segundos.
—Adiós, me alegra verte.
—Y a mí.
Al entrar, compruebo que mi amiga es otro cantar. Está en bragas y sujetador sobre el sofá sin ningún atisbo de pudor porque la vea así, ni mucho menos, porque sepa que acaba de acostarse con Charles. Al revés, diría que está disfrutando o incluso pavoneándose.
—Es un semental.
—¡Desiré! —grito, tapándome la boca con las manos.
—¡Qué! ¡Tenías que saberlo! Las amigas se lo cuentan todo.
—No hace falta ser tan específicas.
—¡Cómo que no! Las verdaderas amistades nacen de compartir los detalles más escabrosos, de la generosidad que hay en contar tus secretos. Y el mío —entorna los ojos— es que ese hombre es un tiburón en la cama. Salvaje, exótico y depredador, no hay parte de mi cuerpo que no se haya comido.
Ríe encantada con su símil, mientras yo me echo las manos a la cabeza, pensando que tiene deformación profesional, no hay cosa que no compare con algo acuático.
—No sé si quería saberlo.
—Deberías, por si necesitas hacer comparaciones.
—¿Comparaciones? —pregunto—. ¿Con quién?
Me mira de reojo, se aparta la melena roja que le cae por los hombros y se la sujeta haciéndose un moño alto mientras me suelta:
—Con quien hayas o vayas a pasar la noche.
Vale, Cazada. Lo sabe.
Pretendía callarme la boca y no contarle lo que pasó anoche, porque de alguna manera pienso que, si no lo cuento, es que no pasó. Venía exclusivamente para hablarle de mi cita con Iker esta noche. ¿O supuesta cita? La verdad es que no estoy muy segura de cómo encasillarlo aún.
Pero parece ser que alguien se ha ido de la lengua, y creo intuir quién ha sido. Puñetero tocapelotas.
—Lo sabes, ¿no?
—Sí —frunce el ceño con malicia—, y creo percibir que no pretendías contármelo —sisea con inquina.
Suelto un profuso suspiro por la boca.
—Iba a llevármelo a la tumba.
—Me siento traicionada —dramatiza Desiré.
Pongo los ojos en blanco y comienzo a narrar la noche mientras ella pone caras que van desde la sorpresa a la alucinación. Me interrumpe un par de veces preguntándome cosas que hacen que me coloque un cojín en la cara para ocultarme, porque no soy capaz de contárselas mirándola.
—Es una ballena azul.
—¿Qué? —Levanto una ceja sin entenderla.
—Que Markus, ese con el que tuviste la mejor noche de sexo de tu vida, aunque no quieras reconocerlo —chasquea la lengua—. Y no digas que no, no te atrevas, se te nota en la cara. Es una ballena azul.
—¿Eso qué significa?
Estoy harta de sus acertijos y analogías imposibles de descifrar.
—Que están en peligro de extinción, es una especie única y hay muy pocos. —Me guiña un ojo.
Hace una pequeña pausa para darle cierto misterio al asunto y prosigue.
—Su lengua puede pesar tanto como un elefante, a lo que asemejo en este caso, que la usa muy, muy bien.
Y su corazón es como un automóvil pequeño.
Así que, si lo piensas bien, gana la lengua, de sentimientos no va muy bien provisto.
Y suelen ser solitarios. Por lo que me ha contado Charles, creo que ese animal lo describe bastante bien —dice orgullosa.
Alzo las cejas en respuesta a todas sus extrañas afirmaciones, esperando que diga algo más para que todo este discurso tenga algún sentido.
—Nunca ha tenido una relación, huye de ellas y está acostumbrado a ser el rey del mambo y a desaparecer luego —suelta de un tirón mi amiga, como si estuviera quitándome una tirita, y no quisiera hacerme daño.
—¿Crees que me gusta? —pregunto perpleja.
—Claro —afirma mirándome fijamente—. No te hubieras ido con él, sino.
Resoplo, exasperada por sus precipitadas conclusiones.
—Me fui con él porque te hice caso, me dijiste que hiciera algo alocado y lo cumplí, pero no hay nada más. Lo verdaderamente importante es lo último que te he contado, Iker —suspiro soltando corazoncitos por los ojos.
—No sé —me escruta desconfiada—. No acabo de ver lo de una noche alocada porque sí.
Deja en el aire la frase y continúa con lo que me interesa. Iker.
—A ver, Blanca, ¿estás segura de que quieres volver a meterte ahí? Llevas media vida tras él. ¿Y si de nuevo no es capaz de verte como algo más que una amiga? ¿Estarás bien?
Sopeso lo que me dice, a decir verdad, no lo había pensado. Fue verlo, y se me nubló la razón.
A mi mente vuelven cada uno de los recuerdos en los que poco a poco fui enamorándome de él.
Su olor. El tacto de su piel. La vez en la que construimos dos castillos de arena, el mar arrasó el mío y mis lágrimas descendieron por mis mejillas.
En respuesta, él me regaló el suyo poniéndole mi nombre sobre la arena mojada.
El día que estaba enferma y me trajo un Cola Cao a la cama, pasando desde ese instante a convertirse en mi bebida favorita.
La vez en la que yo iba en tirantes, nos sorprendió la lluvia y se quitó la sudadera para cubrirme.
Me repito a mí misma que estaré bien antes de decírselo a Desiré, que me mira con cierta condescendencia.
—Está bien. Entonces, ve por él, tienes mi bendición. —Arruga el labio al decirlo—. Eso sí, no te encasilles, tontea y, si ves que las aguas están revueltas, abandona el barco antes del naufragio.
Pongo los ojos en blanco.
—¡Otra vez! ¡Por Dios, Desiré! Debiste estudiar moda, al menos las comparaciones serían mucho más interesantes.
Mi amiga suelta una carcajada enorme, y yo la abrazo entusiasmada.
Voy a cenar con Iker, con mi Iker.
Soy un auténtico flan, llevo una hora quitándome y poniéndome vestidos, porque tenía claro que iba a ir en vestido.
He terminado eligiendo el de color blanco, Desiré me ha dicho que de las trece fotos que le he mandado, es el que mejor se ciñe a mis sinuosas curvas y ha añadido que si no quiere arrancármelo en cuanto me vea, es que es de la otra acera y que eso explicaría que aún no hubiera querido tener algo conmigo.
Le he hecho caso porque los nervios me tienen completamente anulada y no soy capaz de pensar con claridad. Antes de salir de su casa, mi amiga se ha empeñado en hacerme ondas en el pelo, la verdad es que siento que me endulzan el rostro y me dan cierta gracia.
Para acompañar el look , he elegido unas sandalias de tacón, que me desafiarán por el empedrado, pero que espero mantener a raya. En cuanto al maquillaje, he acentuado mis labios porque ansío que no pueda despegar la vista de ellos.
Son las nueve, no estoy segura de si llamará a mi puerta o si preferirá que salga.
Estoy dando vueltas por la casa atacada intentando adivinarlo cuando el timbre me saca de mis pensamientos.
Está aquí. Ha venido a por mí. Sigue siendo tan caballeroso y puntual como siempre.
Y joder, adoro que sea puntual; es una cualidad imprescindible para ser mi futuro marido, porque obviamente quiero que sea mi futuro marido.
Blanca, vuelve a la Tierra.
Me acerco a la puerta e inspiro y espiro varias veces antes de abrir la hoja de madera. Al desplegarse una enorme, maravillosa y cálida sonrisa, me recibe al otro lado, unida a una intensa mirada que atrapa la mía.
Está muy atractivo, lleva una camisa azul clara, con unos pantalones de pinza de varios tonos más oscuros y unos zapatos de marca que complementan al detalle su outfit . Me fijo en sus manos y en sus dedos finos, de pianista, deseando que rocen mis muslos.
Estoy demasiado pervertida. ¡Qué me pasa!
Sigo observándolo con cierta timidez, sigue tan esbelto, alto y delgado como siempre. Intuyo que debajo de toda esa ropa hay una silueta definida, aunque sin demasiado músculo, ni pectorales marcados como los de Markus.
Por Dios, Blanca, qué leches haces pensando en Markus y comparando.
—Estás preciosa —me adula, tan caballeroso como siempre.
—Gracias.
—¿Nos vamos?
Me ofrece su brazo para que lo agarre y, aprovechando, palpo un poco, certificando lo que pensaba. Hay cierta definición, pero no son tan vigorosos y fuertes como...
¡Joder! ¡Puñeteros pensamientos intrusivos!
Nos encauzamos hacia la salida y no puedo evitar desviar unos centímetros la mirada hacia su casa, no sé si será por simple curiosidad o quizás por el alivio que me da no verlo. Continuamos andando, bajamos la escalera y, cuando cerramos la cancela de la urbanización, una voz por detrás nos habla:
—Pasadlo bien.
La voz es áspera, cortante.
Iker se vuelve, provocando que yo me gire con él.
—Gracias, hermanito —responde con un tono rancio y petulante que nunca le habría imaginado.
Literalmente, me atraganto con mi propia saliva al escuchar esa última palabra: hermanito
Creo que me voy a desmayar. Esto es mucho, muchísimo peor de lo que esperaba. Es una auténtica pesadilla, de todas las posibilidades que existen sobre la faz de la tierra, ¡tenían que ser hermanos!