Prohibido enamorarse del idiota El amor platónico
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El amor platónico

Acabo de despertarme y no hay rastro de él, ni en el sofá, ni en el baño, ni en ninguna otra estancia.

No está, y no es que me sorprenda, no esperaba declaraciones de amor ni que me tendiera una bandeja con un desayuno en plan romántico.

Pero no puedo evitar que esto me moleste, me parece muy poco maduro por su parte largarse a escondidas de mi casa sin ni siquiera decir adiós.

¿Qué se ha creído? ¿Qué iba a despertarme enamorada de él, rogándole que se quedara para siempre?

Sigue siendo el mismo idiota de siempre, aunque anoche, por un momento, me hiciera pensar que no.

Con este comportamiento, lo único que ha conseguido es que la idea de cruzármelo en el rellano se vuelva una amenaza real. Y me lo cruzaré, de eso no hay duda, ¡porque es mi maldito vecino!

Desde que he llegado, todo ha girado en torno a él, desde mi estado de ánimo a mis berrinches, e incluso mi vida social. Empiezo a agobiarme con la idea. Me quedan quince días de vacaciones y ahora mismo lo único que me apetece es hacer la maleta para volverme a mi casa cuanto antes.

Y no por la decisión que tomé de acostarme con él, eso estuvo bien. No me arrepiento. Descubrí una parte de mí que me gustó, me sentí sexy, poderosa y, sobre todo, libre.

Fui capaz de dejar a un lado el pudor, los pensamientos intrusivos y mis inseguridades. Deseaba hacerlo. Deseaba pasar la noche con él.

Reproduzco en mi mente la forma en la que sus ojos se oscurecieron y sus pupilas se dilataron al verme sentada a horcajadas sobre él en el sofá, y no puedo evitar sentir que el aire se me espesa en los pulmones.

Fue todo demasiado intenso, la forma en la que me tocaba, la urgencia en sus labios y lo peor, es que todavía no lo entiendo, por más vueltas que le doy, no sé a qué se debe, pero me atrae. Mucho.

Desconozco si es su sonrisa, la presencia magnética que proyecta o ese odioso rizo que le cae sobre la frente y le hace parecer un rebelde sin causa. Me saca de quicio y, aun así, me arrastra como la luz a las polillas.

¿Eso seré? ¿Una polilla desorientada?

Me niego.

Paso el resto de la mañana en casa y no porque esté evitando verlo, sino porque Desiré está trabajando y hace demasiado viento para ir a la playa. Podría ir de compras al centro, pero sinceramente estoy cansada y la resaca aún impregna mi cuerpo.

Qué malo es beber, y de paso, hacer ejercicio físico también, porque las posturas de anoche son el equivalente a un mes de sentadillas.

Tengo que repasar la agenda y ampliar de verdad las horas de gimnasio o terminaré usando andador en menos de cinco años.

La mitad de la mañana me la paso en el sofá tendida con una botella de agua de litro y medio en una mano y el mando del televisor en la otra.

Hasta que veo que están echando Notting Hill , y decido dejar de hacer zapping para verla por cuarta vez.

Siempre me han gustado las comedias románticas, sobre todo las que son superinverosímiles, pero te dejan flotando de amor y deseando ser la protagonista de una historia igual de intensa.

La otra mitad de la mañana la ocupo limpiando a fondo. Incongruente, quizás, pero estoy tan enojada con el gilipollas de al lado, que tengo que distraerme como sea. Y tenerlo todo bajo control, ordenado y pulcro siempre me aporta sosiego, que es lo que no tengo ahora y necesito en altas dosis.

A las cinco de la tarde ya he limpiado sobre limpio, tres veces, así que decido que, para no comenzar a arrancarme los pelos en esta crisis compulsiva que estoy experimentando, voy a ir a casa de Desiré.

Me visto con unos vaqueros cortos, y una vaporosa camisa blanca con unas transparencias por las mangas en las que hay bordadas unas bonitas flores.

Me la compré hace algunas temporadas y la uso muy a menudo.

Me parece de esas prendas atemporales que siempre combinan con todo.

En los pies, elijo unas sandalias de tono marrón, planas, para poder ir cómoda andando hasta la casa de mi amiga.

Cojo el bolso, las llaves y cierro la puerta concentrándome en la cerradura, sin mirar bajo ningún concepto hacia la casa de Markus.

Oigo el clic del cierre. Y, dos segundos después, la puerta de al lado se abre.

Mierda.

Me giro encaminándome rápidamente hacia el pasillo común, alzando la frente con dignidad sin desviar la mirada.

Voy a saludarlo como siempre, con indiferencia.

Mostrándole que no ha significado nada, solo una simple noche de sexo consentido entre dos adultos que no buscaban nada más que pasárselo bien.

Giro la vista hacia él, y entonces, todo mi jodido mundo se detiene y se pone patas arriba.

Mi corazón se ha saltado tres latidos. O cinco, no estoy segura.

Esto no puede estar sucediendo.

Una tímida sonrisa se dibuja en mis labios, mientras mi mirada se desliza por su rostro y se detiene en sus ojos. Los de él, que me observan con inusitada sorpresa y una pizca de lo que interpreto como ¿ilusión?

—¿Blanca?

No reacciono. Lo observo incrédula.

—¿Eres tú?

Continúo en babia. Él me pone en babia. Siempre lo ha hecho y por lo visto, no ha dejado de hacerlo.

Me repongo como puedo para contestarle.

—Sí, soy yo —musito con una voz pequeñita que emerge cohibida desde mis tripas—. Iker —balbuceo.

—¡Cuánto tiempo! ¡Qué alegría! —exclama viniendo hacia mí, hasta envolverme en un abrazo que me resulta de lo más placentero.

Su abrazo es cálido, firme. Familiar.

—¡Cuántos años han pasado! ¿Ocho? ¿Diez? Estás muy diferente —añade, resultándome un cumplido por la forma en la que me observa.

—Creo que diez —respondo sabiendo que son exactamente diez. Llevo la cuenta exacta, incluso los meses.

Está guapísimo y muy elegante. Lleva una camisa blanca, impecable, de un tejido fino. Parece cara, como el resto de su look . Pantalones largos, arreglados, quizás incluso demasiado para estar en la playa.

Aunque no fuera él, mi amor platónico, aunque se tratara de un simple desconocido, captaría mi atención.

—Todavía me cuesta creérmelo, Blanca, qué maravillosa sorpresa.

Lo tengo a escasos centímetros de mí, mirándome con un brillo que nunca le había visto en sus oscuros ojos o, al menos, no cuando me miraba a mí.

—Tenemos que ponernos al día. Diez años —dice moviendo la cabeza de un lado a otro como si no se creyera que me tiene frente a él—. Son muchos años.

—Sí —emito en una especie de susurro.

Estoy tan impactada que las palabras se me siguen atragantando.

—¿Estás viviendo aquí, en Tarifa? —se interesa.

—No, estoy de vacaciones. Estoy viviendo en Madrid.

—¡Yo también! —asegura, extendiéndosele una amplia sonrisa de satisfacción—.

Solo voy a estar unos días, vine para cerrar algunos negocios.

Sigo sin poder creerme que estés aquí y que vivas en Madrid.

No puede ser que no nos hayamos cruzado nunca por la Gran Vía, o por el Retiro, o en algún restaurante.

—Ni yo —contesto.

Siento un revoltijo de sentimientos difusos recorriéndome el estómago, que se acrecienta exponencialmente cuando soy consciente de que no estamos solos.

Markus está plantado delante de nosotros, más concretamente frente a mí.

Ha debido subir de la calle, quedándose a espaldas de Iker, el cual todavía no se ha percatado de su presencia.

No sé exactamente cuánto tiempo lleva ahí, pero creo que el suficiente como para ver que hay una enorme complicidad entre Iker y yo, y que mi sonrisa se extiende demasiado.

Tiene una mueca rara en la cara que no consigo determinar si es de disgusto, de apatía o de inquietud. Tampoco sé si va dirigida hacia mí o hacia su compañero de vivienda.

¿Serán amigos?

Ay, Diossss. Puede que haya dinamitado la única posibilidad que tenía de tener algo con Iker, por el jodido imbécil este.

Quién se interesaría en una chica que acaba de estar con un colega. Nadie. Absolutamente nadie.

—¿Tienes planes esta noche? —Oigo preguntarme a Iker, haciéndome salir de mis pensamientos—. ¿Te apetecería que cenáramos juntos para ponernos al día? —me propone bajo la atenta mirada de Markus, que sigue sin despegar la vista de nosotros.

No me ha saludado, ni parece tener la intención de hacerlo, ¿o sí?

Está tan raro que no consigo determinarlo.

¡Joder! ¡Acabo de verlo abrir la boca! ¡Blanca, prepárate para el impacto!

—Buenos días, vecina, ¿qué tal estás? ¿Cómo has dormido? Creí escuchar sonidos raros anoche provenientes de tu casa —me lanza con una sonrisa cautivadora e irónica a la vez, mientras frunce levemente el ceño.

Abro la boca tanto como un buzón de Correos.

¿A qué mierdas está jugando?

Menudo gilipollas.

¿Qué pretende que le conteste?

—Regular, supongo. Creí ver una rata en mi apartamento. Juraría que se metió en mi cuarto, o quizás huyó, lo cierto es que he dormido en el sofá y ha sido demasiado ingrato con mis riñones. ¿Y tú? —Le dirijo una mirada repleta de suspicacia y mala fe.

Necesito saber qué mierda trama, si son amigos y si ya le ha contado lo que pasó anoche, aunque por la forma en la que lo observa Iker, diría que no.

Percibo cierto desdén en su rostro al ser consciente de su presencia.

Se ha posicionado de lado, de modo que su vista se pasea por ambos, pero cuando se centra en Markus, su mandíbula se tensa, y sostendría que aprieta con fuerza los dientes.

—Regular también. —Achina los ojos—. No estoy seguro de si la rata también entró en el mío —lanza sarcástico.

—Ahora que lo dices, seguro —continúo irónica—. Ten cuidado, le gustan los dormitorios.

—Tendré que comprobarlo entonces —interpone Iker, preocupado—, porque hoy hemos cambiado los cuartos.

—Compruébalo. Esta mañana estaba cien por cien seguro de que estaba allí —afirma Markus.

No estoy entendiendo muy bien esta especie de partido de ping-pong dialéctico que estamos teniendo.

Yo acabo de llamarlo rata y sé que Markus lo ha captado, le encanta jugar con la ironía, se mueve como pez en el agua en ella.

Pero si mis sentidos no fallan, acaba de usar mi insulto para lanzárselo directamente al ingenuo de Iker, que se dispone a buscar a esa alimaña entre sus paredes sin percatarse de que la tiene al lado.

Vale, Blanca, no parecen ser amigos. No se ríen juntos, no se saludan, y rezuma un enrarecido ambiente entre ellos.

—Disculpa, Blanca, voy a entrar, por si… es cierto y… —Sacude la cabeza con cara de asco.

—Sí, claro —le digo sin poder apartar mis encandilados ojos de él.

—En cuanto a lo que te había preguntado —se aclara la voz con elegancia—. ¿Te gustaría?

—Sí, claro —respondo.

Llevo media vida esperando este momento y juro que si al imbécil que tengo delante se le ocurre intentar boicotearme por segunda vez, lo mato.

—¿A las nueve te va bien?

—Me va genial. —Esbozo una tímida sonrisa.

—Pues hasta después.

Vuelve a entrar en el apartamento ignorando concienzudamente a Markus, que continúa mirándome fijamente con una expresión que sigo sin poder descifrar.

—No te muevas —ordena—. Voy por la fregona, que te puedes resbalar.

—¿Cómo? —pregunto confusa.

—Sí, con el charco de babas que acabas de formar —añade mordaz—. Se te ha visto el plumero, vecinita.

—¡Y a ti qué coño te importa! —alzo la voz, aunque controlándola para que Iker no nos escuche.

—Ab-so-lu-ta-men-te na-da —separa lentamente las sílabas con dejadez.

—Pues eso.

—Solo que no pensé que olvidaras tan pronto cómo te comía el cuello anoche —me susurra con una voz áspera, provocativa, intentando claramente desestabilizarme.

—Gilipollas.

—Anoche no me decías eso.

Me suben los colores al instante.

—Anoche había bebido —tartamudeo, excusándome como puedo, mientras él se acerca, quedándose a dos palmos de distancia.

—¿Solo te acostaste conmigo por el alcohol? —susurra en mi oído.

No sé por qué, pero siento un calor enorme por todo el cuerpo.

—Sí.

—Mentirosa —gime de nuevo en mi oído, erizándome la piel.

Gracias a Dios, la camisa es de manga larga y logro disimular la maldita electricidad que he sentido.

—Eso es lo que te gustaría, cretino —zanjo, soberbia.

Antes me tiro por el maldito balcón que reconocer que me fui a la cama con él porque lo deseaba, y que esta mañana me ha molestado que se hubiera largado.

Me dirige una sonrisa amplia, de satisfacción, antes de darse la vuelta y encaramarse de nuevo a la calle.

Imbécil.

Casi echo espuma por la boca cuando me ha preguntado cómo había dormido.

La parte buena es que esos dos, no sé por qué, parecen no llevarse bien, y eso me tranquiliza. Iker no sabe que pasamos la noche juntos y Markus no parece querer contárselo.

Pero ¿por qué viven juntos si se detestan? Espero poder averiguarlo esta misma noche.