La mañana después
Continúo tendido en su sofá, es cómodo, aunque no muy amplio, lo que implica que nuestros cuerpos desnudos aún continúan rozándose.
Se durmió sobre mi pecho a los pocos minutos de que nuestras respiraciones jadeantes volvieran a la normalidad.
Tiene el cabello despeinado, sus mechones oscuros, casi negros, se desparraman sobre mi piel, desenfadados, y sus labios continúan levemente enrojecidos por la intensidad con la que apresaban los míos.
No estoy incómodo. Incomprensiblemente, me gusta tenerla aquí, entre mis brazos.
Siento cierta paz que hace años que no experimentaba y eso me sorprende.
No es habitual en mí quedarme a pasar la noche después de tener sexo.
Siempre he pensado que alargar esos instantes solo sirve para complicar las cosas y acabar provocando malentendidos y falsas ilusiones.
Yo nunca prometo nada por la sencilla razón de que no quiero nada más allá de sexo, sin sentimientos, sin vínculo emocional.
Jamás he tenido una relación, ni estoy hecho para ellas. No después de la niñez que pasé.
No sería capaz de hacerle a nadie lo que nos hizo a mi madre y a mí, pero tampoco soportaría que alguien me lo hiciera. Por eso, la única forma de asegurarme de que nunca suceda es cerrarme al amor.
Vivo bien con la decisión que he tomado, con la manera en la que he decidido afrontar mi vida apostando solo por los rollos, sin pretender nada serio. Cuando las cosas comienzan a adquirir un matiz más personal, desaparezco.
Aunque no soy un capullo. Siempre lo advierto antes. No me gustan los engaños, ni mucho menos dar falsas esperanzas. Por eso, el discurso es el mismo una y otra vez, esto es lo que soy capaz de dar y, si buscas un final feliz, no es conmigo.
La mayoría acepta, aunque no todas se lo terminan tomando tan bien cuando mi promesa se hace realidad.
Son las siete de la mañana. He dormido unas horas abrazado a su silueta, pero ahora algo me grita que tengo que salir de aquí.
Me levanto con cautela para no despertarla, su mano continúa sobre mi torso, se la aparto con cuidado y me deslizo con sigilo hasta tocar el suelo con mis pies.
Una sensación extraña me incomoda sin saber por qué, intento obviarla vistiéndome rápidamente sin hacer ruido.
En cuanto termino de vestirme, me detengo a mirarla unos segundos que se me antojan insuficientes antes de salir por la puerta cerrando con suavidad.
Ya en casa, me preparo un café y una sonrisa absurda se me escapa cuando recuerdo cómo se presentó como mi esposa, y sin esperarlo, terminamos en su sofá.
Es la primera vez que una mujer me parece tan desconcertante.
Me causa una extraña curiosidad la facilidad con la que cambia de registro, del sonrojo a la rabia en escasos segundos.
Por un momento, dejo de pensar en Blanca y me centro. Es domingo y hoy es el maldito día en el que llega. Estoy completamente seguro de que va a ser una mierda. Todavía no soy capaz de entender por qué no me negué en rotundo cuando mi padre me lo pidió.
Acogerlo durante unas semanas. En qué coño estaría pensando, como si fuera tan fácil convivir de buenas a primeras con un maldito desconocido.
Vale que esta no es mi casa y que estoy de prestado, pero joder, esto no era lo acordado.
Mi padre, como siempre, haciendo lo que le sale de los putos cojones.
Comienzo a envenenarme yo mismo, resoplo varias veces y me pongo a dar vueltas por el apartamento con la cabeza hecha un ruido constante, maldiciéndolo todo como si eso fuera a mejorar algo, como si fuera posible dar marcha atrás.
El apartamento no es pequeño, le daré la bienvenida y me ocuparé de intentar pasar de él y coincidir lo menos posible. Podré soportarlo, me intento autoconvencer cuando el timbre me arranca de golpe de mis pensamientos.
Rebufo.
Genial, ya está aquí.
Me levanto arrastrando las zapatillas por el suelo con desgana, abro la puerta y al otro lado me espera un chico de pelo negro, ojos rasgados y una sonrisa exageradamente forzada, lo que me aclara que esta encerrona le resulta tan incómoda como a mí.
Por lo demás, puedo asegurar que la persona que tengo delante es lo más opuesto a mí que he visto en mi vida.
Va con una camisa de manga larga de rayas verdes y blancas y unos pantalones chinos, con unos mocasines de la prehistoria en pleno julio.
Lo que me confirma que es un maldito pijo de los del pelo repeinado y gomina suficiente como para acabar con todo el jodido planeta.
Eso sí, debo reconocer que es guapo, aún con las pintas de vivir en plena Moraleja y ser de alta alcurnia, se ve atractivo.
Imagino que le han debido ir bien las cosas, aparenta tener pasta y ocupar algún puesto importante. ¿De qué? Pues ni puñetera idea, mi padre no me lo dijo y a mí me daba exactamente igual, así que no pregunté. No quiero ninguna relación con él. Lo tengo claro.
—Hola.
—¡Qué pasa! —digo a modo de saludo—. Entra. Estoy instalado en la habitación de la izquierda; puedes quedarte con la de la derecha.
—Esa es la mía. Muévete tú.
Intento que no se me note que estoy frunciendo el ceño y que mis puños se han cerrado a ambos lados de mis costados. Me están entrando unas ganas descomunales de partirle la cara por semejante recibimiento. Pero respiro, y lo dejo estar.
—Moveré mis cosas —afirmo con acritud.
Si había alguna posibilidad de llevarnos bien, acaba de aniquilarla.
Agolpo toda la ropa que tengo amontonada sobre la cómoda en una especie de bola enorme y la saco en volandas hasta el otro dormitorio, allí la lanzo sobre el escritorio de madera, tras lo que vuelvo a entrar y repito el mismo proceso con todos los libros, la tablet, los zapatos, el traje de kitesurf y las dos maletas que me acompañaron desde Noruega.
Cuando ya lo tengo todo en el otro dormitorio, le dirijo una sonrisa tensa y le espeto que es toda suya.
Tras eso, me encierro en la habitación con un portazo, dedicándole un corte de mangas y varios insultos insonoros.
—Pijo de mierda. Se cree que, en vez de ir a la playa, va a un congreso.
Con la mala hostia que me abrasa el cuerpo, decido ponerme a ordenar todo lo que he lanzado de mala gana a la cama.
Soy muy desordenado, convivo bastante bien con el caos.
Me acostumbré a ello a los tres años y ahora enmendarlo se me hace cuesta arriba.
Pero estoy tan sumamente enojado que golpear las perchas al colocar la ropa sobre la barra de metal del armario me otorga cierta satisfacción.
Sobre todo, porque me imagino que es su cabeza la que recibe el impacto.
He quedado con Charles tras haberme escrito esta mañana, así que a las doce me coloco las playeras, las gafas de sol, un bañador que me queda unos centímetros por arriba de las rodillas con un estampado playero de Hawái y me marcho.
Ayer no me despedí de él. Le perdí la pista cuando fue a pedirse una copa.
Supuse que habría mucha cola y que luego habría ido al baño, pero al rato me encontré con Blanca y se me fue por completo la cabeza.
Más tarde me quedé charlando con la chica de enormes pechos, que me entró, hasta que Blanca hizo su aparición estelar plantándose delante de ella.
Y con ese carácter explosivo que muestra cuando consigo hacerla rabiar, la espantó, con mucho arte y bastante desvergüenza.
Es poderosamente divertida e ingeniosa cuando deja a un lado toda su formalidad, su rectitud y su altivez.
Río en voz alta.
Me la devolvió bastante bien, la verdad es que me pasé de frenada con eso de los hongos.
Fui un auténtico capullo. Me acerqué con la intención de molestarla, pero cuando vi que aquel tío no podía apartar los ojos de ella, una especie de latigazo me recorrió el cuerpo.
Fue una sensación rarísima, desconcertante, que me llevó a decir un disparate, con la idea de que el baboso ese se pirara.
Y lo conseguí, aunque luego me quedé raro, inquieto, como si hubiera hecho algo que no debía y aun así quisiera repetirlo.
Nos saludamos con un apretón de manos mientras lo miro de arriba abajo, varias veces. Mi amigo luce mucho peor que yo, parece que no ha dormido ni media hora, y si no fuera porque lleva otra ropa distinta, diría que viene directo de la discoteca.
—Estás horrible.
—Ohh, gracias. Tú también.
Río con ganas.
—Pero en mí no es ninguna novedad.
— Touché .
Esta vez reímos los dos.
—Tú primero —le incito a que me cuente, muerto de curiosidad.
—Pasé la noche con Desiré —desvela bebiendo un sorbo enorme de agua.
—¿Qué Desiré? —pregunto sorprendido.
No puede ser la que estoy pensando.
Maldita sea. No puede ser. Porque Charles es de los que se enamoran, llevan flores y se ennovian. Y si eso pasa, estoy jodido.
Primero, tendré que ver a Blanca día sí, día también, y después de lo que ha pasado entre nosotros, no estoy seguro de que ella ahora mismo no esté echando corazoncitos por los ojos por mí.
Ayer no fui muy claro con ella, no sé qué me pasó que me salté todos mis filtros y no puse límites.
Y para colmo, le espanté al tío ese diciéndole que solo quería follársela y que ella buscaba otra cosa.
Quizá las señales fueron demasiado ambiguas y ahora piense que busco algo más.
Y segundo, si estoy en lo cierto con lo primero, me querrá hacer la vida imposible cuando entienda que le he dado carpetazo.
¿Por qué se lo he dado? ¿No?
A ver, el sexo fue el mejor de mi vida, tuvimos una conexión brutal y, ¡joder!, ¡cómo se movía sobre mí! ¡Parecía una diosa!
Estoy poniéndome cachondo de nuevo solo con imaginármela…
—Markus, vuelve a la tierra, tío.
—Sí, sí —pronuncio, saliendo de mi bucle mental.
—¿Que si te fuiste con la chica que te entró?
—No exactamente —digo con cara de circunstancia.
—¿Por qué no me está gustando esa cara? ¿Hay algo malo que hayas hecho y deba saber?
No le va a gustar. Lo sé.
Trago saliva antes de contarle que ayer me fui con Blanca y que esta mañana he salido a hurtadillas de su casa. Y al oírlo, sé solo por su mirada que estoy en lo cierto, y que me va a caer un sermón tremendo.
—Es una buena chica, y lo sabes.
—Ya.
—Le dijiste a su ligue que tenía hongos.
—Me pasé. Estuvo fatal —reconozco.
—Y eres un puto imbécil por largarte antes de que se despertara. Te vas a arrepentir.
Lo miro con desconcierto, asegurándome mentalmente de que lo que me dice es una locura. Yo nunca me arrepiento.
—Y encima, me vas a joder lo que he empezado con la amiga.
Me quedo callado oyendo las perlitas que mi amigo suelta por la boca, circulando por mi sistema auditivo como en un segundo plano, y, pese a que me joden, reconozco que la mayoría, si no todas, son ciertas.