Lo inevitable
No me ha soltado de la mano desde que hemos salido de la discoteca.
Vamos atravesando las callejuelas en la dirección opuesta a la que se ubican nuestros apartamentos.
Debería preguntarle hacia dónde se dirige, pero me gusta tanto la calidez que me profiere su tacto que no quiero que mi curiosidad nos separe.
Su mano ancha, fuerte, decidida sigue ejerciendo su poder sobre mí, guiándome con confianza.
Tras unos pocos pasos más, veo aparcada su furgoneta azul repleta de pegatinas.
Genial. Esto es mejor que andar más de veinte minutos para llegar a casa. No creo que soportara esa caminata con estos zapatos.
Me abre la puerta, galante, con una sonrisa torcida.
Al subir, nuestros cuerpos se rozan levemente, recorriéndome de nuevo esa corriente eléctrica que he sentido cuando ha estampado sus labios en los míos.
Me parece percibir que él también siente algo, porque se estremece a mi paso, y sin pudor alguno me dice:
—Estoy deseando llegar.
Trago saliva como puedo. Esto se está poniendo al rojo vivo, y temo que esta Blanca empoderada, segura de sí misma y sin pudor alguno, tiene las horas contadas, tan pronto como el nivel de alcohol baje en sangre, se desvanecerá como la Cenicienta, volviendo a su estado original.
A la comedida, la recatada, la pudorosa. En resumen, a la Blanca de siempre.
Y es un rollo porque estoy disfrutando bastante de ser desvergonzada e ir besuqueándome en público como una adolescente.
No puedo evitar mirarlo conducir durante todo el trayecto, es tan atractivo que distrae, va en silencio con la vista pegada a la carretera mientras la música suena de fondo, acompañándonos en el recorrido.
Llegamos y lo miro de reojo, intentando que no se note demasiado que me falta el aire.
Subimos las escaleras en silencio y él sigue sin soltarme la mano, como si no tuviera ninguna intención de hacerlo.
Cada peldaño convierte esta locura en algo un poco más real.
Al llegar arriba, seguimos un par de pasos más por inercia hasta que ya no hay más recorrido.
Estamos frente a mi rellano. Y ahí, de repente, todo se queda demasiado quieto.
Empiezo a estar tremendamente nerviosa y él lo sabe.
No puede no saberlo. Es demasiado obvio.
—Blanca…
No termina la frase.
Me doy cuenta de que está esperando algo.
—¿Sí? —digo al fin.
El aire entre los dos se vuelve mucho más pesado.
—¿Te gustaría que pasara?
Permanezco en silencio unos segundos, intentando reunir el valor suficiente para contestarle.
¡Joder! ¡Estoy tan desubicada, que ni siquiera me salen las palabras!
Entonces, él se acerca aún más a mí con una curiosidad que parpadea en su mirada, mordiéndose levemente el labio, apoyando sus brazos en la pared de la entrada y acorralándome entre ellos.
En respuesta, me pego a la fachada buscando algo de espacio, para darle un respiro a mi pecho que late desenfrenado.
Unos centímetros insignificantes separan sus labios de los míos.
—Blanca, sé que has bebido, y quizás… —Se aclara la garganta.
Tiene la voz ronca, áspera, cuando prosigue.
—Quizás no estás segura de esto. Si es así, quiero que me lo digas. No quiero…
No lo dejo terminar, alzo mi mano paseando mi pulgar sobre su labio inferior, notando cómo de entre sus dientes se escapa un pequeño gemido. Y lo beso con ansias, con necesidad y con una seguridad que no sé de qué parte de mí ha surgido.
—¡Joder, Blanca! —suspira manteniendo su postura, con los antebrazos apoyados en la pared, encarcelándome entre ellos.
Su presencia me atrapa y me resulta imposible apartar la vista de él.
Hay algo tan sexy en ella que me abruma.
Percibo cómo su mirada paulatinamente comienza a descender hasta mi cuello, acompañada por sus labios que van esparciendo sobre él pequeños y húmedos besos.
Lo recorre con vehemencia, ascendiendo por él hasta alcanzar el lóbulo de mi oreja, apresándolo de una forma muy erótica entre sus dientes.
—¿Entramos?
Abro la puerta, no sin cierta dificultad. Mis manos temblequean de la emoción y los nervios. Entro la primera seguida por él, pensando que es irreal tenerlo aquí, después de todo lo que nos hemos hecho el uno al otro.
—¿Quieres beber algo? —pregunto, intentando ganar algo de tiempo.
—No —contesta.
No desvía la atención de mí cuando lo dice. Luce descaradamente seguro, provocador.
Se dirige hasta el sofá con paso decidido y toma asiento.
—Quiero que vengas aquí conmigo —ordena tocando el asiento sin apartar la vista de mis tímidos ojos.
Hago lo que dice y camino hacia él con la respiración agitada. Estoy tan acalorada que siento el cuerpo entero arder. Es la escena más provocativa que he vivido en mi vida. Él está sentado en mi sofá, observándome con expectación mientras ladea esa preciosa sonrisa cargada de deseo contenido.
Estoy totalmente fuera de mi zona de control.
Todas mis anteriores veces han sido en pareja, nunca he tenido un rollo ni una noche loca, ni mucho menos me he atrevido a desnudarme delante de alguien con el que no tenía una relación.
Quizás estoy chapada a la antigua o quizás sea mi pudor excesivo, pero esta era mi verdad, hasta hoy, el día en el que he decidido romper todos mis esquemas.
Cuando llego a su lado y me siento, tengo la sensación de que todo da vueltas a mi alrededor.
—Me gusta cuando te sonrojas así —susurra, causando que mis mejillas ardan aún más.
—Odio ruborizarme tan fácilmente.
—No deberías. Te pones muy sexy —asegura acariciando suavemente mi labio inferior, provocándome que respire con dificultad al oírlo. Está tan increíblemente guapo que me cuesta horrores que mi corazón no se desboque.
Me tomo un segundo para contestarle.
—Me delata.
—¿Eso quiere decir que quieres que te vuelva a besar? —resuella con una voz ronca que me remueve por dentro.
Jadeo como respuesta, y lo toma como un sí, acercando sus labios a los míos con necesidad, con pasión. Y en ese preciso instante el mundo entero se desvanece. Solo estamos él y yo saboreándonos, entregándonos.
Hay algo terriblemente excitante en la forma en la que me acerca a su cuerpo y me sienta a horcajadas sobre él, frente a frente, mientras me observa fascinado.
La respiración de ambos se oye entrecortada, y siento su aliento caliente pegado a mi piel. Vuelve a besarme en el cuello, esparciendo pequeños bocados que me hacen enloquecer, a la vez que eleva lentamente sus ojos hacia los míos, torciendo una endiablada sonrisa:
—Joder, Blanca. Me estás volviendo loco.
Y eso me da alas. Ante su afirmación me crezco y comienzo a rozarme suavemente con su entrepierna.
Oye que sea una buena chica, no significa que sea tonta.
Él jadea en mi oído al notar la fricción y yo me abandono a mi parte más irracional, acelerando el roce, cargada de intención.
Sintiéndolo duro, para mí. Markus responde salvajemente a los movimientos de mis caderas, provocándome un sonrojo que se mezcla con una excitación difícil de describir.
Apoya sus manos en mis costados y una de ellas se dirige al final de mi vestido, deslizándolo hacia arriba hasta deshacerse de él, quedándome en ropa interior.
Gracias a Dios, es negra y de encajes. Y lo más importante, estoy depilada. Voy a tener que agradecérselo eternamente a Desiré y a esa señora con incontinencia verbal.
Markus observa mi cuerpo con calma, como si quisiera memorizarlo, apareciendo de nuevo esa sonrisa ladeada que me desestabiliza.
Movida por la situación, meto mis manos por debajo de su camiseta y mis dedos palpan con ansiedad su atlético torso.
Es puro acero, y ahora mismo yo soy su horno de fundición.
Le mantengo la mirada mientras le arrebato la camiseta, sintiendo que verlo al desnudo es casi tan excitante como palparlo, en respuesta, él muerde su labio inferior como si apresara en él sus ganas.
Confiada, alzo mis caderas un poco hasta lograr el suficiente espacio para desabrocharle el botón de su pantalón.
Ansío deshacerme también de los calzoncillos, pero mi verdadero yo sigue estando presente en alguna parte. Y me aguanto las ganas.
Markus dirige sus manos a mis pechos, rozándolos levemente por encima del sujetador con dedicación, provocándome que ahogue un jadeo sordo y me recoloque sobre él.
Me desabrocha el sujetador con un único y preciso movimiento, y lo lanza detrás del sofá en un gesto muy erótico sin dejar de mirarme mientras lo hace, ni siquiera cuando su boca roza por primera vez mis pezones.
En ese instante, el aire se me atraganta en la garganta y no puedo evitar arquearme sobre él.
Joder, nunca antes había estado tan absolutamente excitada por las caricias de alguien.
Continúo, a duras penas, rozando mis caderas contra su miembro, que ha adquirido unas dimensiones que no se ajustan para nada a las enormes mentirijillas que le solté en la playa a pleno pulmón.
Vale, soy una embustera.
Puedo palpar que es enorme, y que el gusanillo ha terminado siendo una maldita anaconda.
Sus dedos continúan acariciando mis pechos y descienden lentamente por mi torso hasta mi barriga, a la par que sus ojos solicitan con ansias mi permiso.
Y mi cuerpo se lo da. Introduce lentamente su mano en mis bragas hasta alcanzar mi punto más sensible, haciéndome gemir.
Mucho, muy fuerte. Más aún cuando mueve sus dedos ágiles en mi humedad una y otra vez hasta introducirlos en mi interior.
Me está volviendo loca sentir sus dedos explorando todo mi ser, mientras su boca devora toscamente la mía.
Estoy tan excitada que dejo a un lado mis pudores e inserto mi mano bajo su ropa interior.
Un gruñido ronco sale de su garganta al notar mi tacto.
Jugueteo un poco, quiero que se deshaga con esto, que lo anhele, que me suplique.
Otro bufido me da la señal que espero, agarrando su miembro y comenzando a deslizarlo arriba y abajo con dedicación.
—Los calzoncillos —susurra.
—¿Te los quito?
Jadea ansioso, mientras le sonrío con suficiencia jugando a su mismo juego, para terminar quitándoselos.
Mis manos vuelven a su erección, y se demoran en ella.
—Blanca, para o esto va a durar muy poco. Me estás matando —aúlla gravemente.
Yo saco la sonrisa más lasciva que he puesto en mi vida y me concentro entonces en su boca.
—No creo que seas de esos —gimo en su oído.
—Si sigues así…
Su expresión suplica que pare y, al mismo tiempo, que continúe.
—Aguanta. Te quiero dentro de mí.
—Vas a conseguir matarme.
—¿Tan fácil?
Un quejido rudo brota como respuesta. Me alza un poco dirigiendo su mano derecha a mi cuello, agarrándolo, a la vez que noto sus dedos incrustarse salvajemente en mi cadera, encontrando la manera de introducirse en mí de una sola estocada.
Grito de puro placer. Un pequeño dolor atraviesa todo mi cuerpo al acoger su enorme envergadura, sintiéndolo en cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
Cuando ve que recupero el aliento, tuerce de nuevo sus labios en una jugosa sonrisa. Perversa. Masculina.
—Puede que mi gusanillo esté causando grandes estragos —dice mientras inserta dos de sus dedos en mi boca.
Mi respiración es frenética.
—Me vuelves loco. Muévete sobre mí.
Y lo hago. Se lo concedo. Ahora mismo le concedería cualquier cosa.
Continúo encima de él, sentada sobre sus rodillas, subiendo y bajando cada vez con movimientos más rápidos y continuos, hundiéndome en él centímetro a centímetro con nuestras respiraciones entrecortadas.
Su mirada está fija en la mía cuando un gemido se me escapa de los labios pidiéndole más, y él obedece a mis súplicas respondiéndome con movimientos más toscos y seguidos hasta que una explosión recorre todo mi cuerpo y de alguna manera se extiende al suyo, recayendo ambos en un estruendoso y placentero orgasmo.
Nuestros cuerpos siguen tendidos en el sofá, pegados el uno al otro, al no haber mucho más espacio.
Noto que me acaricia el pelo, mientras mi respiración va volviendo a la normalidad.
Me siento un poco cansada; deben de ser más de las cinco de la madrugada y la paz que ahora embarga mi cuerpo me lleva a cerrar los ojos y dormirme en el calor que emana de su pecho. Estoy a gusto.