La rendición
Pido una copa y segundos después me encamino hacia el baño, hubiera sido mejor hacerlo al revés, pero me han entrado ganas de hacer pis al segundo buche.
Lo raro es que no haya ido ya treinta veces al váter con la que llevo encima, y es que percibo que voy una mijita perjudicada, sobre todo porque tengo la sensación de que camino en zigzag.
Y si yo creo eso, la realidad debe ser mucho peor.
Debo parecer un potro desbocado intentando mantener el equilibrio.
Decido volver a la pista de baile, no quiero volver a interrumpir a Desiré, la única neurona que me queda sobria me dice que les deje intimidad. Así que bailaré un poco, me acabaré la copa y me largaré a casa.
Me siento un poco rara. Desubicada. Es la primera vez que estoy sola en una discoteca y no puedo parar de pensar que la gente que pasa a mi alrededor debe preguntarse qué estoy haciendo aquí sin amigas.
Además, estos antros no suelen ser de mi agrado y normalmente intento evitarlos a toda costa en Madrid, y para colmo, no puedo parar de darle vueltas a los malditos hongos.
Será desgraciado.
Decido retirarme cuando ya solo me quedan los hielos.
Ya está bien por hoy, me digo escabulléndome entre la gente mientras la música sigue golpeando fuerte detrás de mí, como si el local no quisiera dejarme ir tan fácil.
Los destellos de las luces me marean un segundo más de la cuenta, aun así, respiro hondo y, con paso decidido, me dirijo a la salida.
Estoy de camino al exterior cuando en mitad de la pista lo veo, tan atractivo como siempre, con ese deje de seguridad en sí mismo que destila arrogancia a mansalva. Está inclinado sobre una morena de escote escandaloso, susurrándole algo al oído.
Será asqueroso, pienso, dejándolo atrás.
Me chafa la maldita noche y se queda tan pancho. Divirtiéndose, mientras yo me largo muerta de vergüenza por su tropelía.
Y entonces sucede.
Me da un aire.
Un viento.
Un chispazo en las neuronas, que me hace darme la vuelta.
—Cariño, te estaba buscando —expreso cariñosamente metiéndome en medio del cretino y la morena de enormes pechos.
Ahora es él el que tiene cara de panoli.
Me está mirando ceñudo, con una morbosa curiosidad asaltándole en los ojos, que se debate entre el desconcierto y la sorna, a expensas de descubrir lo que le tengo preparado.
—Hola, guapa. Gracias por cuidar de mi marido mientras iba al baño —le suelto con descaro a la chica, que se queda de piedra mientras mis brazos se despliegan con ternura alrededor de la cintura del psicópata.
—¿Tu marido? —sopesa, inquieta.
—Sí, mira. —Le muestro mi dedo.
Es un anillo de bisutería que me acabo de cambiar de dedo, y que me ha venido genial porque tiene un brillantito que da bastante el pego.
—Un diamante. Todo le parecía poco. Me lo pidió en Roma, frente a la Fontana de Trevi.
—Ahh, yo, pues… —balbucea, nerviosa.
—Espera, ¿no me digas que estabas intentando ligar con él? —increpo recelosa.
—No… yo no…
—¿Insinúas entonces que mi marido era el que estaba intentando algo contigo?
Giro mi vista hacia Markus y prosigo con mi actuación.
—No me digas que ya estás intentando ponerme los cuernos después de mes y medio de casados.
—¡Cómo piensas eso, cariño! Si ya sabes que soy todo tuyo —intercede Markus, clavando sus ojos con desvergüenza en los míos, mientras asoma una sonrisa arrebatadora entre sus blancos dientes.
Lo observo por unos segundos como si lo nuestro fuera amor verdadero, mientras mis manos ajustan el cuello de su camisa con ternura. No dice nada. No se mueve. Solo me sostiene la mirada, como si estuviera esperando a ver hasta dónde soy capaz de llegar.
—Te ibas ya, ¿no, bonita? —recalco, victoriosa.
Ojo por ojo, diente por diente.
Acabo de darle de su propia medicina.
¡¡Y qué bien sienta!! ¡¡Que se joda!! ¡¡A tomar por culo su noche!!
—Sí. Sí —dice la chica huyendo al instante.
Markus me mira disimulando una expresión divertida que me descoloca por completo.
Yo esperaba fervientemente sacarlo de sus casillas, mosquearlo, crisparlo, tal como él me ha hecho a mí, pero encima parece que acabo de causarle justo lo contrario.
Está disfrutando. Se lo ha tomado muy bien, tanto como si acabara de hacerle un gran favor.
Empiezo a pensar que la chica estaba incordiándolo y acabo de allanarle el terreno para que desaparezca. No puedo ser más patética. Ni tener más mala suerte.
—Muy bien jugado —afirma alzando su comisura derecha mucho más que la izquierda en una sonrisa enigmática.
—¿No te ha molestado?
—No. No me interesaba.
—¿Cómo que no te interesaba? Era guapísima —afirmo, molesta—. Mucho más guapa que tú. Y menos psicópata.
—Eso quiere decir que, ¿te parezco algo guapo? —me susurra al oído con descaro.
Me río por lo bajo.
—No te flipes —gruño, sintiéndolo demasiado cerca, percibiendo que su mandíbula roza levemente mi pelo y a veces, incluso mi mejilla.
Huele bien. Muy bien. A sal mezclada con loción corporal de coco.
Y eso me irrita. Mucho.
—Eres horroroso. Repulsivo. Antiestético. Por dentro y por fuera —le replico con la voz más baja de lo que desearía.
—No te creo —contradice en mi oído.
—Porque eres un engreído.
—¿Eso piensas de mí? —vuelve a susurrarme.
Trago saliva con dificultad.
—Tienes muy mal concepto de mí. No me parece bien que me hayas juzgado sin darme una oportunidad —aduce con un jadeo ronco que me remueve por dentro.
—Es lo que has demostrado con creces.
Me mantengo impertérrita en mi discurso, aunque las piernas me están empezando a flojear al tenerlo tan cerca.
Él continúa frente a mí sin apartarse, sin romper la escasa distancia que nos separa, sosteniéndome la mirada un segundo más de lo normal, como si estuviera midiendo algo en mi cara.
Y entonces, noto cómo me toma de la mandíbula con su mano y me acerca lentamente a él. Puedo notar sus ojos proyectados en mi boca, mientras la música y la gente nos envuelven. Me gustaría decir que no, pero ahora mismo tengo un nudo en el estómago.
—Puede que tenga que disculparme por algunas cosas.
—Por robarme el aparcamiento.
—Por robártelo.
Gime en mi oído.
—Perdona.
—Por cortarme el paso con el pescado.
—Por eso también, perdón.
—Y por querer explorarme en la clínica.
Hace una pausa eterna.
—En eso, no tuve tanta culpa, tú viniste a mí —aclara, sugerente. Deslizando su pulgar lentamente sobre mi mejilla, poniéndome la piel de gallina.
—Yo no sabía que trabajabas allí —afirmo, casi ahogada por la sensación electrizante que me sacude el cuerpo.
Noto tanto calor en las mejillas que creo que el resto de mi cuerpo está sufriendo una subida de tensión.
¡Madre mía! ¡Estoy que ardo!
—Solo hacía mi trabajo, pero quizás me excedí un poco.
—¿Solo un poco?
Hace otra pausa eterna antes de responder.
—Está bien. Disculpa, no debí querer abrirte las piernas —masculla de una forma tan sexy y atrevida que empiezo a derretirme más rápido que los casquetes polares.
¡Virgen Santa!
—Allí, era inapropiado —puntualiza, travieso.
No sé si voy a poder seguir hablando o el sofoco me hará desmayarme. A duras penas, intento recomponerme para pronunciar la siguiente frase.
—Y por espantarme al chico con el que estaba hablando ahora, diciéndole que tenía hongos. Eso ha sido… lo peor… muy rastrero… repugnante…
—Por eso no pienso disculparme.
Jadea.
—¿Cómo?
—Que de eso estoy bastante orgulloso —afirma mordiéndose el labio inferior, repasándome con la vista.
—¿Estás orgulloso de dejarme en evidencia y mentir?
Me molesto de nuevo, volviendo a resurgir en mí esa parte guerrera que me impide bailarle el agua al engreído de mi vecino, aunque la atracción que siento intente a toda costa pasar por alto todas sus barbaridades.
OHH NO. NO.NO.
Recomponte, Blanca.
—Ajam.
Asiente con la cabeza. Afirmando que está orgulloso de ello.
—Ha estado horrible. Me iba a dar un infarto de la vergüenza. ¿E insistes en que no te arrepientes?
Me enrabieto apretando los puños a mis costados.
—Sí, de la forma en que lo hice… digamos que debí elegir algo menos específico —exhala—. Pero… por otro lado, ni un poco. —Me sonríe, pícaro—. Porque cuando te he visto con ese chico, me ha sentado tan mal que he terminado comportándome como un imbécil.
No aparta la mirada al decirlo. Ni un segundo.
Extrañamente, me falta el aire.
—¿Mal? ¿Por qué? —logro pronunciar con la voz quebrada.
—¿No te lo imaginas?
Mi cuerpo ante sus palabras parece reaccionar de un modo desproporcionado.
Qué me pasa.
Mi respiración está acelerada, y siento unas ganas locas, desmedidas, de acercarme a sus labios.
¿Será esto otra de sus estratagemas? ¿Estará intimidándome para volver a reírse de mí?
—Yo…
—Tú… —dice lamiéndose el labio inferior, de una manera tan sexy que creo que me voy a caer de espaldas—. Espero que tengas las mismas ganas que yo… —me susurra sugerente sin acabar la frase.
—¿De qué?
—De esto.
Se acerca lentamente a mis labios, mientras yo, anhelante, le dejo que se aproxime. Su boca comienza a rozar la mía con una suavidad que me descoloca.
Sabe bien. Mucho más que bien.
Joder, mi cuerpo entero tiembla al notar que su mano se posiciona en mi nuca, enterrando sus dedos en mi pelo y acercándome más a él, mientras sus labios siguen torturándome.
No entiendo qué me está pasando, hace tres escasos minutos lo odiaba y ahora la idea de que su boca se separe de la mía me provoca un nudo en el estómago que me asfixia.
Creo que me gusta.
¿Me gusta?
¡Joder, Blanca, estás cayendo muy bajo!
O no. Quizás no.
Puede que no sea exactamente eso.
Puede que lo que siento no sea más que una descomunal e insensata atracción sexual por él, que quizás haya dejado salir gracias al alcohol que me circula por la sangre, dándome el valor para alejarme de mi parte organizada, de la cabal, la que no se deja arrastrar por los impulsos.
Estoy en medio de la pista rodeada de extraños con la música sonando de fondo y con esta actitud desvergonzada que me descoloca.
Yo no soy así. Yo no hago esto.
Pero unas cosquillas internas me gritan cosas que nunca había sentido, sospecho que es el maldito líquido que me está cegando, porque ahora mismo solo deseo arrancarle la camiseta y recorrer sus pectorales centímetro a centímetro con mi lengua.
Virgen Santa, qué me ocurre.
Parece que estoy poseída.
Percibo que sus labios se despegan lentamente, quedándonos a escasos centímetros, los suficientes para que sus ojos deambulen curiosos hasta los míos. Capturándolos. Interrogándolos.
Solicitando algo más.
¡Joder, me nubla! ¡Me nubla la razón! ¡Ha mandado al cuerno todos mis reparos!
—Besas muy bien, vecina —sisea en mi oído con descaro.
Trago saliva.
Si volviera la Blanca normal, la que es incapaz de hacer locuras, le sonreiría cortésmente y saldría por patas antes de que este desvarío fuera a más. Pero, no sé por qué motivo, esa Blanca parece haberse esfumado esta noche. Dejando a una que quiere más. Mucho más.
—Tú no lo haces tan bien —le vacilo, juguetona—. O quizás, para puntuarlo, debo volver…
No me deja terminar la frase, levanta las cejas, pícaro, y se acerca con contundencia a mis labios, intensificando el beso a niveles que hacen que mi corazón se desboque, saltándose un par de latidos.
No quiero que esto acabe, estoy en una maldita nube y codicio con ansias que su mano siga en la parte baja de mi espalda, mientras me pega a su cuerpo y el calor embarga cada ápice de mí.
—Me gusta esta nueva Blanca —gime.
—Y la anterior, ¿no? —bromeo.
—Esa, también —sigue susurrándome al oído—. Me gusta cuando me desafías, cuando te sonrojas y me mandas al cuerno poniéndome en mi sitio. No suelen hacerlo.
—¿No sueles encontrar oposición a tus fechorías?
—No mucha —afirma, colocándose frente a mí, uniendo su frente con la mía—. ¿Te apetece que volvamos a casa juntos?
Ahí está. La propuesta. El momento en el que debo decidir si freno esta insensatez o continúo jugando con fuego.
Pero hoy. Ahora. En este instante. No estoy confusa. Tengo claro lo que quiero.
No hay titubeos. Ni dudas.
Mañana… mañana será otro día.
Hoy la Blanca liberada quiere sucumbir a sus deseos y que le den a los reparos, los sonrojos y los protocolos. Total, en quince días todo esto será agua pasada.
—Sí, vámonos.
Sus ojos brillan al escucharme, mientras se aparta un mechón de pelo que le cae despeinado sobre el rostro.
Está jodidamente atractivo. Ahora mismo, entiendo a toda esa cola de chicas que se agolpan en su consulta con la única intención de llamar la atención del hombre que tengo delante. Aunque solo sea una vez.
Me coge de la mano y con determinación va apartando los cuerpos que nos separan de la salida. Ya en la calle, respiro una bocanada de aire mientras me dejo guiar por él, dejando atrás la estruendosa música y el agobio casi asfixiante del local.