Prohibido enamorarse del idiota Mi hogar
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Mi hogar

Bajo los peldaños de tres en tres. Como siga así, voy a acabar con la cabeza abierta tras rodar como una maldita longaniza escaleras abajo.

Pero no puedo parar. No puedo detenerme ahora que por fin sé lo que siento.

Ha sucedido de repente como una maldita revelación.

Como si quedarme sin oxígeno cuando ha desaparecido de mi campo de visión, por sentir que lo perdía para siempre, me hubiera revelado de sopetón lo que dictaba mi corazón.

Ni siquiera soy capaz de comprenderlo. Llevo enamorada de Iker desde niña y ahora que sus sentimientos me correspondían, no me ha temblado el pulso en dejarlo atrás.

A pesar de que él y yo somos iguales. Educados, correctos, meticulosos, ordenados.

Mi razón parece haber cogido un tren directo a los confines del mundo porque te juro que ahora mismo quién ha tomado el mando es el que me golpea el pecho como si se me fuera a salir de él.

Llego al último peldaño y una ola enorme de desesperanza me descoloca.

No he llegado a tiempo.

Y es en ese instante cuando lo entiendo. No era la calma lo que había ido a buscar escaleras abajo. Era el miedo. El miedo insoportable a perder a alguien que, sin darme cuenta, ya se había convertido en imprescindible.

Camino hacia la calle, miro hacia un lado y luego al otro, y no soy capaz de ver a ningún rubio despeinado por la maldita acera. Cierro los ojos unos instantes. Busco mi móvil, pero estoy tan nerviosa que ni siquiera soy capaz de desbloquearlo. Se me acaba de olvidar el pin.

¡Maldita sea!

Entonces alzo la vista de nuevo con las lágrimas a punto de desbordarse y todo se detiene.

La veo. Su furgoneta. Aparcada en doble fila.

Está dentro. No me ha visto porque tiene la cabeza apoyada en el volante como si le acabara de arrollar un tren de mercancías.

Siento el corazón palpitándome desbocado, mientras mis pulmones exhalan desahogados, y en ese justo instante todas las dudas desaparecen por completo, y lo que queda es la verdad.

Estoy enamorada de él.

De sus comentarios sarcásticos, de su aire insolente, de sus heridas y de quién es al completo.

Acelero los pasos para alcanzarlo; no quiero que se reponga, arranque la furgoneta y se escabulla entre el tráfico sin verme. Llego a su ventanilla y, como la primera vez que nos conocimos, golpeo con mis nudillos varias veces con fuerza sobre ella.

Y entonces, alza la vista. Y me ve.

Y es el jodido instante más emocionante de toda mi vida, porque su cara…

su cara… creo que no existen en el mundo palabras para describir la expresión que atraviesa sus ojos al encontrarme.

Creo que una parte de él sigue sin creérselo durante varios segundos más, porque está tan paralizado como lo estaba yo hace escasos minutos.

Abre la puerta sin despegar su atención de mí, con una sonrisa tan genuina y sincera que consigue que me tiemblen las piernas.

Baja de un salto y se coloca a escasos centímetros.

La electricidad nos envuelve, arrollándonos por completo.

No hay palabras que decir, no ahora. Porque ambos sabemos lo que significa que yo esté aquí.

Veo cómo sus labios se acercan con necesidad a los míos, que le responden con urgencia y con otra cosa que todavía continúa sorprendiéndome.

Amor. Una de sus manos reposa en mi nuca, la otra está perdida en mi cadera, acercándome a él con necesidad, mientras nuestras bocas expresan todo lo que no hemos sabido decirnos antes.

Nuestro beso es un conjunto de emociones, es tierno, salvaje, dulce y, sobre todo, es promesa.

Promesa de que tenemos un futuro nuevo que descubrir juntos. Los dos.

—¡Maldita sea, Blanca! Estaba seguro de que te había perdido —susurra emocionado.

—A puntito has estado por idiota —le digo con media sonrisa.

Una pequeña carcajada brota de su interior iluminándole los ojos.

—Tendré que recompensarte entonces —añade divertido.

—No sabes cuánto.

—Quizás podemos empezar por una clase de kitesurf privada.

Alzo las cejas, pícara.

—No me estarás proponiendo restregarme de nuevo el gusanillo, ¿no? —pregunto con guasa.

—No veo la hora —me responde lanzándose de nuevo a mis labios.

—Si sigues así, quizás hasta me convences.

—Súbete al coche, o no me hago responsable —contesta con una mueca traviesa que me enciende por completo.

Esa misma noche, doy gracias al universo, el karma o el jodido cosmos porque mi jefe me anulara las vacaciones en el último instante.

También por haber planeado un maravilloso viaje a la Costa Amalfitana al que acabaría no yendo, pero sí mis amigas.

Porque ahí empezaron a romperse todos mis planes y, sin saberlo, nació una nueva Blanca; más segura, más impulsiva y, sobre todo, más humana.

También agradezco el viaje, porque nos va a regalar una intimidad que sería imposible en circunstancias normales. Si mis amigas vieran cómo hemos entrado en el piso, entrarían en paro cardíaco.

Markus me ha cogido en peso, me tiene en volandas, con las rodillas envolviendo su cintura, mientras nuestras bocas vuelven a encontrarse.

Y es que nuestra piel ya no habla de deseo. Habla de hogar.

Hemos pasado la semana entera recorriendo cada palmo de Madrid.

Markus nunca había estado, así que le he tenido que hacer de guía.

Y cada vez que consideraba que mis explicaciones le gustaban, o que el sitio al que lo había llevado era increíble, aprovechaba para darme un beso bastante atrevido, que volvía a encenderme, ya solo un poquito, los colores, mientras él se reía satisfecho.

Hemos estado en las barcas del Retiro, como si fuéramos dos adolescentes.

Markus se ha levantado varias veces simulando que volcábamos mientras yo lo agarraba de la camiseta y él se reía a carcajadas.

Creo que cada vez que se ríe así, sumo minutos a mi vida.

También estuvimos en el Palacio de Cristal, donde se empeñó en que nos hiciéramos veinte fotos distintas solo para elegir la que más le gustaba para enviársela a su madre.

Le ha prometido que me llevará en cuanto consiga convencerme.

Ella está ya mucho mejor, y en casa. Hemos cenado hamburguesa al menos dos noches seguidas, y con las manos.

Si me viera mi madre, sería capaz de desheredarme, pero es que es cierto que saben mucho mejor.

En cuanto al sexo, se ha convertido en algo de otro planeta.

Nunca hubiera pensado que se podía sentir y disfrutar así, supongo que es la complicidad que hemos ido creando poco a poco, sin darnos cuenta, unida al deseo enorme de complacer al otro.

Ha sido la semana más intensa y perfecta de mi vida.

Aunque acumule un millón de imperfecciones, como ser un auténtico desastre andante que me tiene el piso patas arriba.

He encontrado tres de sus camisetas tiradas por el suelo, pero qué más da.

Le he amenazado con mi dedito acusador y él, entre sonrisas y comentarios sugerentes, ha tirado también la camiseta que llevaba puesta, y así lo hemos arreglado.

Eso sí, luego las ha metido en la lavadora y las ha tendido.

Sus minivacaciones están a punto de terminar, y yo no deseo otra cosa más que se quede a mi lado.

Creo que él también, porque cuando habla de volver, sus ojos se ensombrecen.

No sé cómo lo haremos, pero sé que la distancia no será suficiente para diluir lo que ahora mismo sentimos.

Porque cuando eres plenamente consciente de que esa otra persona te hace ser mejor y consigue sacarte siempre una enorme sonrisa, ya no hay vuelta atrás.

Es él, Markus.

Mi Markus.

Mi hogar.