El hijo de satanás #2
Lleva un pantalón largo beige que parece de lino y una camiseta blanca ancha que no deja entrever sus marcados pectorales…
aunque yo ya sé perfectamente cómo son. Los rocé bastante bien durante mi fatídico intento de vuelo.
Un rizo le cae sobre la frente, ocultándole parcialmente uno de sus rasgados ojos celestes, empiezo a pensar que ese mechón rebelde es parte de él, porque siempre parece empeñado en invadirle la mirada.
Tiene los labios fruncidos, tanto que están rojos por la presión que ejerce sobre ellos, parece que está molesto. No sé si será porque le repatea tanto como a mí, que nos hayamos encontrado otra vez, o porque todavía le duele un huevo por mis patadas voladoras.
Lo único que sé es que quiero que se largue. Necesito que se largue. YA.
—¿Qué sigues haciendo aquí? —le espeto de mala gana.
Me coloco frente a Markus, dándole ahora la espalda a Óscar, que espera paciente detrás de mí.
—Avisarlo —suelta con tono de reproche.
—¿Qué? ¿Avisar? ¿A quién? ¿De qué? —pregunto sin entender absolutamente nada.
—Pues a este pobre chico. ¿A quién va a ser?
Sus palabras captan inmediatamente la atención de mi intento de ligue.
—¿De qué hablas? —empiezo a alzar la voz.
No sé qué trama, pero me huele a chamusquina.
No sale nada bueno de esa poblada cabeza.
Markus se vuelve hacia Óscar. Le sonríe. Y entonces suelta:
—Tiene hongos vaginales. Me los pegó la semana pasada.
Literalmente le escupo toda la bebida en la cara en cuanto lo escucho decir semejante barbaridad. ¡¡Pero qué coño dice!!
Estoy abochornadísima. A niveles infrahumanos.
Niego con la cabeza varias veces hasta que soy capaz de recuperar la voz.
—¡¡Pero qué cojones dices!!—grito haciéndome oír por encima de la música—. ¡¡Eso no es cierto!!
Vuelvo a chillarle, encarándolo, mientras saco mi dedo acusador y se lo clavo repetidas veces en el pecho. Y entonces la veo. Esa estúpida sonrisa disimulada entre sus dientes, disfrutando de su victoria mientras aguanta estoicamente mis empujones.
—¡Eres un gilipollas!
Entonces advierto que Óscar está sudando, nervioso. Se lo ha creído.
¡Joder! ¿Y quién no? ¿Quién coño no se creería semejante barbaridad?
Los hongos vaginales no son algo que la gente suela ir inventándose por la vida. Es tan grotesco, tan específico, tan absurdamente rebuscado que cualquiera asumiría que tiene que ser verdad.
—Yo… —tartamudea—. Yo…, bueno… esto es demasiado raro. Creo que voy a irme.
—Espera… —Intento detenerlo—. No es cierto…
Pero ni siquiera se para. Y sinceramente, no puedo culparlo porque yo también habría salido corriendo sin mirar atrás.
Justo en ese instante me giro y veo a Markus con las manos sobre el estómago como si le doliera de tanto reírse, y es normal porque está descojonándose.
Estoy MUY enfadada.
No. Muy no. ASESINAMENTE ENFADADA.
Ha cruzado todas las malditas líneas rojas, es la humillación más rastrera y vergonzosa que he sufrido en mi vida. Tengo ganas de golpearle con una piedra en la cabeza hasta que deje de mantenerse en pie.
—¡Qué mierdas te pasa en la cabeza! ¡Lo has espantado!
¡Y me has dejado en ridículo! ¿Hongos? ¿De verdad?
¿Tenías qué decir eso? ¡No había otra maldita cosa!
—lo vuelvo a encarar empujándole el pecho con ambas manos mientras le grito tan fuera de mis casillas que probablemente parezca una perturbada.
—Te hice un favor —responde sonriéndome con altanería—. Deberías darme las gracias, ese chico no tenía buenas intenciones.
—¿Buenas intenciones? ¿Qué intenciones te crees que tenía? ¿Matarme? —rebufo mirándolo con todo el odio que cabe en un cuerpo de metro setenta.
—Solo quería llevarte a la cama —dice con absoluta tranquilidad.
Me quedo ojiplática. Anonadada. Y tremendamente mosqueada.
—¿Y tú qué crees que quería yo? —le ladro sin intención de retroceder ni un milímetro—. ¿Casarme? —ironizo.
Obviamente no quería un rollo.
No soy de rollos.
A mí me van las relaciones serias, esas en las que tienes a alguien con quien hacer la cucharita, que te prepare tostadas y zumo por la mañana, y te reciba con un piquito amoroso y un «te quiero, hermosa».
Pero eso él no lo sabe y yo no pienso ceder ni un milímetro con este psicópata que parece disfrutar humillándome.
—No digas tonterías. Tú no rayas coches ni tampoco te acuestas con el primero que te dice tres tonterías.
—¡Y tú qué cojones sabes! —increpo confirmando, una vez más, que es un puñetero presuntuoso que se cree que me conoce.
—Te he calado, vecina. Deberías darme las gracias por haberte evitado el mal trago y no tratarme con tanto desprecio.
Lo dice casi ronroneando, con una sonrisa altiva tatuada en esos malditos labios mientras me sostiene la mirada con descarada curiosidad.
Me aguanto como puedo las ganas de soltarle la galleta que se merece.
Estoy haciendo un ejercicio de contención impresionante, no quiero que vuelva a pasar lo mismo que con la tarta.
O sí. No lo sé. Estoy dudosa.
Una voz interna reclama venganza, pero mi sensatez, por otro lado, me suplica que respire hondo y deje de iniciar más conflictos bélicos con este perturbado mental. Gana la sensatez, aunque, siendo sincera, por muy poco.
Aprieto los puños con rabia mientras siseo insultos mentalmente y le deseo enfermedades dolorosas del tipo que se le fracture el gusanillo y no pueda utilizarlo nunca más, dándome la vuelta y dejándolo atrás.
Voy a buscar a mi amiga.
Desiré, ¿dónde leches estás metida?
Avanzo entre la gente escudriñando cada rincón de la sala, esperando verla, pero nada, Desiré no aparece por ningún sitio y yo estoy comenzando a agobiarme mucho. Tras varias vueltas, por fin la encuentro en la barra. Acompañada.
¿Pero ese no es el amigo de Markus? ¿Charles?
¿Pero qué crímenes cometí en mi vida pasada para que el maldito universo me castigue así?
¿Fui familiar cercano de Hitler o qué?
Me acerco hecha una furia.
—Tu maldito amigo acaba de decirle al chico con el que estaba hablando que tengo una enfermedad de transmisión sexual.
—¿Cómo? —pregunta Desiré boquiabierta, aunque claramente conteniendo la risa.
—¿Que ha hecho qué? —pregunta Charles, avergonzado—. Lo siento muchísimo, Blanca. Lleva un día malo, pero esto… esto es inaceptable. Voy ahora mismo a obligarlo a disculparse.
—No. No —lo freno sujetándolo de la camisa—. Déjalo. No tiene remedio. Me voy a pedir otra copa.
—Espera, voy contigo.
—No, quédate aquí —le digo lanzándole una mirada cargada de significado.
Creo que con mi profunda irritación he interrumpido algo entre ellos. Parecían estar bastante… cercanos. Me ha parecido que tenían bastante química y no quiero estropearlo. Ese chico se ve que es un encanto, no como el amigo, que es el hijo de Satanás.