El hijo de satanás
Es una auténtica locura la cantidad de gente que hay entre las callejuelas. Casi no se puede pasar. Los pubs se concentran en escasos metros y todo el mundo se reúne en el exterior disfrutando de la noche con una copa en la mano.
Desde pequeña lo recuerdo así, con la salvedad de que ahora es casi intransitable.
Me posiciono detrás de Desiré, que comienza a abrirse paso entre la marabunta, me ha dicho que quiere ir a un nuevo pub que ha montado un amigo suyo, yo me dejo guiar.
Oigo varios piropos a nuestro paso y algunos «hola» que esquivamos, cosa que me sorprende.
No es normal que mi amiga no se haya parado a charlar por los codos con los tres últimos chicos que se han dirigido a nosotras. Eran muy monos.
Obviamente, yo he continuado andando, solo con escuchar que decían que la morena era guapísima, se me han subido los colores.
La verdad, tengo un problema. Como dice Desiré, no es normal que a mi edad me ruborice con cualquier nimiedad que se salga un poco de lo habitual.
Al final, voy a tener que ir al psicólogo porque este viaje me está dejando peor de lo que ya estaba.
Llegamos al bar, entramos y Desiré se pone a charlar animadamente con el camarero. Segundos después, nos tiende dos copas, sin ni siquiera pedirlas. Me sorprendo por nuestra buena suerte, ya van dos veces esta noche que no pagamos las bebidas. Estamos en racha.
Acerco los labios y degusto el líquido, parece que es ginebra con un toque afrutado. No es lo que suelo beber, pero tampoco es que suela beber mucho, así que no pongo objeción. Creo que le estoy cogiendo el gusto a esto de no tener que sacar la cartera.
Hace calor, y hay demasiados cuerpos apretados en este espacio al que parecen faltarle metros, por lo que se agradece el fresquito del alcohol descendiendo por mi garganta.
—¿Te gusta?
—No está mal. Sabe a papaya.
—¡La bebida no! ¡El camarero! Es bastante mono —subraya Desiré con una energética obviedad.
Giro unos centímetros la cara con disimulo para mirarlo de reojo y me gusta lo que veo. Es bastante atractivo. Alto, delgado, con porte atlético. Ojos negros envueltos entre unas pestañas enormes y densas.
—Es guapo.
—¡Aleluya! —exclama, risueña—. Lo has dicho sin sonrojarte. Estás progresando.
—¡Qué graciosa! —rechisto haciéndole burla.
—Creo que le has gustado. No me ha dejado pagarlas —dice, señalando nuestras copas.
—Será porque te conoce.
—Primera vez que lo veo. Lo juro.
Alza la palma de la mano.
La miro con recelo, intentando esclarecer si miente.
—Tienes que confiar más en ti. Eres guapísima, Blanca. Deja de decirte lo contrario.
Vuelvo a mirar de reojo al camarero, que me pilla in fraganti, y me devuelve una enorme sonrisa. Pues va a ser verdad, me digo sorprendida, notando cómo mi autoestima se infla un poquito.
Desiré comienza a bailar. Suena una canción que ni siquiera reconozco, pero ella dice que le encanta. Me toma de la mano y me obliga a mover las caderas con ella. Me contoneo al ritmo de la música y, contra todo pronóstico, me siento cómoda, evadida. Disfrutando. Por fin.
Esto ya empieza a sentirse como unas vacaciones. No es Italia, pero… a falta de pan, buenas son tortas, como diría mi padre.
—¡Esta es la Blanca que quería ver! —me grita entre la música mientras yo río, alzo la copa y descubro que solo queda hielo.
—Se me ha acabado —gimoteo haciendo pucheros.
Creo que el alcohol ya está haciendo sus primeros estragos en mi sistema sanguíneo.
¿Por qué lo creo? Pues porque todo comienza a parecerme muy divertido.
Tipo: No sé por qué leches no suele gustarme salir si hay chicos guapos entrándote todo el tiempo, la bebida es gratis y tus tetas se ven enormes y muy bien puestas.
Esto último es una clarísima señal de alerta.
¿Cuándo he querido yo mostrar mis pechos? ¡Nunca!
Mi amiga me mira, sonríe y suelta:
—Esta vez te toca pedirlas a ti.
—Pero…
—Ni peros ni nada. ¡Ve!
Resoplo y, animada por el alcohol que circula por mi cuerpo, me acerco a la barra. El camarero termina de servir unas copas en el otro extremo y, obviando las diez personas que estaban antes que yo, se acerca directamente.
—¿Quieres que te ponga lo mismo? —pregunta con una mueca peligrosamente cautivadora.
—Sí, por favor.
Comienza a preparar las bebidas sin quitarme el ojo de encima. Yo, movida por una curiosidad impropia de mí, le sostengo la mirada con cierta picardía.
—¿Cuánto es?
—Nada. Invita la casa.
—¿De verdad?
—Sí. Me has hechizado.
Sonríe y se le marcan dos hoyuelos muy sexis en la comisura de los labios.
Contra una declaración así no puedo hacer nada, mis mofletes se encienden al instante.
—Si no te parece mal, me gustaría pedirte el teléfono.
Por un segundo me quedo bloqueada, mirándolo embobada. Entonces Desiré aparece a mi lado y toma el control de la situación.
—Claro que te lo da. Espera, que cambió de número hace poco y todavía no se lo sabe. Mira, es este.
—Espero verte pronto —añade él sin apartar la vista de mí.
Le sonrío torpemente y mi amiga tira de mí hacia la pista de baile.
—¿Qué ha sido eso?
—Has ligado, amiga, y con un bombón.
Las dos nos reímos y continuamos bailando. Está siendo una noche genial. Desiré siempre consigue hacerme sentir que nuestra amistad no se resiente, aunque pasen meses sin vernos, o incluso años.
—Venga, nos vamos.
—¿Ya?
—A casa no, tonta. Vamos a la discoteca. Nos van a meter directamente y, si nos retrasamos, tendremos que hacer una cola inmensa.
La sigo entre calles todavía repletas de gente hasta que llegamos a una pequeña plazoleta donde cientos de personas esperan para entrar al mismo sitio que nosotras.
Desiré se coloca tras una valla en el lateral derecho y, en menos de cinco minutos, un seguridad que parece un armario empotrado con cara de ogro —y que misteriosamente se transforma en osito amoroso al verla— nos saluda y nos deja pasar guiñándole un ojo.
Increíble. Y muy poco ético, por cierto. Protestaría si no fuera por el alcohol que llevo encima y porque me apetece muchísimo entrar.
Accedemos y corroboro al instante que el local está hasta arriba. Dudo muchísimo que toda la gente que sigue fuera consiga entrar esta noche.
La música es buena, me gusta. Es animada. Paseo la vista por la pista de baile y me agrada el ambiente en general. Hay muchísimos extranjeros mezclados con gente local y turistas. Además, sorprendentemente, casi todo el mundo es atractivo, es como si el ogro solo dejara pasar a gente guapa.
¿O es que voy ya tan perjudicada que solo veo buenorros?
Ay, Diosito, apiádate de mí.
Cuando giro la cabeza, veo que Desiré ya ha conseguido más alcohol y me lo tiende. Esta es la última, me prometo, aceptando el vaso, sabiendo que ya me siento bastante achispada.
Vale, un poco borracha.
Desiré comienza a bailar y yo no puedo despegar mis ojos de ella, se mueve como si fuera una sirena nadando en el mar. Su melena roja destella con las luces. Es como Ariel, y yo podría ser Sebastián, el cangrejo. En versión femenina. Total, la mayor parte del tiempo estoy color crustáceo.
—¡Vamos, Blanca! —grita eufórica.
De repente, noto que alguien me toca suavemente el brazo. Me giro y veo a un chico moreno muy guapo que me resulta extrañamente familiar.
—Hola, me llamo Óscar —se presenta educadamente.
—Hola, soy Blanca. Y mi amiga es Desiré.
—Él es Raúl —agrega señalando a su amigo—. Os vimos antes en el bar.
—Sí —respondo, fingiendo que los había reconocido al instante.
Lo cierto es que soy bastante despistada, nunca hubiera caído en que son los chicos que nos invitaron antes.
—Gracias por la cerveza. —Le sonrío.
—Ha sido un placer —dice con galantería, mostrando una dentadura perfectamente alineada—. ¿Eres de aquí?
—No, estoy de vacaciones. Vivo en Madrid.
—Igual que nosotros. Llevamos unos días aquí, pero en cinco volvemos a la realidad, y creo que no estoy preparado.
Se señala el pecho dramáticamente mientras hace un puchero adorable.
—A mí todavía me quedan quince días.
—Ah, ¿sí? ¿Quieres darme envidia? —bromea sonriendo.
—Un poco —respondo siguiéndole el juego.
—Entonces tendré que aprovechar bien los cinco días que me quedan. —Se inclina diciéndomelo al oído.
Ay, madre. Esto se está poniendo intenso.
Blanca, esta es tu noche. Este vestido te da suerte. ¿Cuándo te han entrado a ti dos tíos el mismo día, y encima guapos?
Te lo recordaré: NUNCA.
Coquetea. No seas idiota.
—¿Bailas?
Estoy a punto de decirle que sí cuando noto que alguien se planta a mi lado.
NO. NO PUEDE SER.
¡¡Maldita sea mi estampa!!
—Hola. —Lo escucho decir con ese tono sereno y confiado que consigue sacarme de mis casillas y, a su vez, provocarme ese maldito hormigueo por todo el cuerpo.
—¿Hola? —respondo mirándolo de reojo con suspicacia, torciendo el gesto con visible disgusto.
Me vuelvo de inmediato para darle la espalda y que capte la indirecta, o más bien la directa de «lárgate, jodido idiota». Cuanto antes.
¿Pero qué mierda hace este tío aquí?
Encima interrumpiéndome.
Algo malo trama. Seguro.
Dirijo la vista hacia Óscar y le sonrío genuinamente mientras continúo de espaldas al cretino de mi vecino. Que sigue justo detrás de mí. Dando por saco. Como siempre.
Casi puedo notar su aliento golpeándome la nuca. Aguijoneándome.
El chico retoma la conversación contándome que es ingeniero y que tiene un proyecto cerca del barrio donde vivo que le ocupará varios años.
Es muy majo y educado. Continúo escuchándolo e intentando poner toda mi atención en sus palabras, pero no puedo.
Es superior a mí. Me resulta imposible concentrarme con el imbécil detrás observándome.
Y me desquicia. Me enerva.
¡Será posible! Estoy incómoda. Muy incómoda.
Sin pensarlo demasiado, me doy la vuelta. Y ahí sigue. Escaneándome de arriba abajo. Juro que tengo ganas de darle una patada en los cojones, muy merecida, por cierto. Es un incordio. Un jodido incordio. Eso sí, uno ridículamente guapo.
¡Maldita sea! A su lado, hasta Óscar parece del montón.