La disculpa que nunca quise
Llevo toda la semana sin salir de la clínica.
No voy a quejarme porque el dinero extra que estoy consiguiendo me viene bastante bien.
Algún día quiero montar mi propia consulta.
Volver a Noruega. Asentarme allí, en mi país, con mi familia y amigos.
Este lugar es transitorio, me quedaré hasta que resuelva mis problemas y consiga hacer las paces con mis demonios.
Tengo una lista interminable de pacientes.
Empiezo a sospechar que casi ninguna viene por un problema real de salud, porque últimamente me llueven los post-its con números de teléfonos o incluso proposiciones directas, de las más lanzadas.
Esta misma semana me han invitado a cenar diez veces, me han hecho llegar siete números de teléfono y las frases sobre lo guapo que puede llegar a ser un ginecólogo han ido desfilando por mis oídos continuamente.
No voy a decir que me sorprenda. Soy guapo, lo sé. Pero en mi país las mujeres no suelen ser tan desvergonzadas. Se limitan a intercambiar algunas miradas y cierto coqueteo mucho más sutil, lo cual, curiosamente, me resulta más llevadero.
Aquí he tenido que repetir más de un centenar de veces que me siento muy halagado, pero que mis normas éticas me impiden traspasar la línea de médico-paciente.
Y, aunque suene rocambolesco, creo que eso las incita aún más.
Es como si esa prohibición les añadiera un punto de morbo por conseguir lo que no pueden tener.
Para colmo, es sábado y esta mañana he recibido otra de sus llamadas. Llevo intentando evitarlo durante toda la maldita semana. Le he dicho que estaba hasta arriba, pero hoy ya no encontraba ninguna excusa más a la que echar mano.
Resultado: Me he puesto unas playeras, un pantalón corto verde fluorescente, una camiseta ancha blanca y estoy caminando hasta un chiringuito en plena playa para comer con él.
Estoy de mal humor. Esto me pone de muy mal humor.
Necesito que algún día se me pase el enfado intrínseco que tengo con él, pero joder, es difícil. Muy difícil.
Entro en el local que está alzado unos cuantos metros sobre la arena mediante pilares de madera. Tiene un amplio salón acristalado desde el que se puede observar el mar y una terraza exterior del mismo material.
Salgo a la terraza, y en su ala derecha, se despliegan varios sofás rojos con mesas bajas para tomar algo. A la izquierda, mesas para comer. En la tercera de ellas, sentado, me espera mi padre.
—¡Hola! ¿Qué tal estás, hijo?
—Bien —respondo escuetamente con los labios apretados en una línea fina.
No soy capaz de recibirlo con una sonrisa. Y más si utiliza tan a la ligera esa palabra.
Hijo.
Aún se me atraganta que me llame así después de veintiocho años sin verle el pelo. Me impacta la naturalidad con la que lo dice, la ligereza con la que lo pronuncia, como si se le hubiera olvidado que se esfumó y que nos abandonó.
—¿Y el trabajo?
—Muy bien—contesto siguiendo en la línea de los monosílabos.
—Me han dicho que tienes las consultas llenas, que hay hasta colas.
—Sí. —Fuerzo una sonrisa, intentando que no se note la tensión que me recorre por dentro.
—Markus, no me gustaría que siguiéramos así. —Me mira ceñudo mientras se aclara la voz—. Sé que he sido un padre horrible, que no he estado, y te entiendo. Entiendo que me odies.
—Yo no te odio —respondo con la boca pequeña.
No es cierto. Lo hago.
Lo odio.
Tengo una especie de rencor que me acompaña en cada maldito segundo de mi vida. Desde niño lo he considerado el foco de todas mis desgracias, de todas mis carencias. Es como si él encarnara todo lo que me niego a ser.
—No tienes que negarlo, Markus. Eres bastante transparente en lo que se refiere a mí.
Y te entiendo. Entiendo que ha debido ser difícil para ti crecer sin un padre, y no hay cosa de la que me arrepienta más que de no haber estado.
Me equivoqué —se disculpa, mientras se frota la cara en un gesto de mucha frustración—.
Estuve unos años saliendo con tu madre, y al poco de que nacieras me di cuenta de que no la quería.
Huí de ella, pero también de ti. Soy consciente de que no existe nada en el mundo que pueda borrar lo que hice, ni existen palabras para pedirte perdón, Markus —agrega afligido.
Sus ojos parecen llorosos, como si dijera la verdad, como si se estuviera quitando una espina que realmente le robara el sueño por las noches—.
Pero me gustaría que, a partir de ahora, las cosas cambiaran.
Me gustaría que poco a poco pudiéramos conocernos y que los restantes años que me quedan de vida me permitieras enmendar, al menos un poco, lo que hice.
—No sé si puedo hacer como si nada —respondo, intentando que no se me quiebre la voz. Llevo toda la vida esperando esta disculpa y ahora ni siquiera creo que la quiera, que me sirva, que me alivie.
—No te estoy pidiendo eso —aclara con un nudo en la garganta—. Solo conozcámonos. No evites mis llamadas ni salir a comer conmigo. Solo regálame tu tiempo, ¿vale?
Lo observo fijamente durante unos segundos, con todos los músculos de mi cara rígidos, vacilantes, indecisos.
—Vale —termino aceptando, encogiéndome de hombros, tratando de fingir tranquilidad.
—Ahora miremos la carta. Aquí hacen un tartar de atún para chuparse los dedos.
Sonrío y paseo la vista por los platos. Necesitaba terminar ya con el momento incómodo y que el ambiente se volviera más ameno, más liviano.
Mis sentimientos no van a cambiar de la noche a la mañana, pero quizás, si de verdad me muestra que está arrepentido, puede que en algún momento podamos tener una relación más sana.
Quizá incluso consiga decirle todo lo que llevo años guardándome.
Todo lo que sé. Porque, que no se autoengañe, no es tan simple como que solo nos abandonó.
Jamás tendremos uno de esos vínculos de mutuo apoyo, de confianza, de encontrar en el otro un lugar seguro. Jamás podré otorgarle ese lugar que él mismo rehuyó, pero será un consuelo dejar, al menos, de odiarlo.
El resto de la comida, mi padre se esfuerza porque la conversación fluya.
Es un hombre muy atractivo, a pesar de su edad, y con cierto magnetismo.
También es gracioso, tiene unos toques de humor un tanto sarcásticos que te invitan a reír.
Quizás hay un poco de eso en mí, puede que heredara sus notas ácidas y parte de su carisma. Algo bueno tuvo que darme, supongo.
Unas horas después nos despedimos. Me da un abrazo y me agradece que le esté intentando dar una oportunidad. Pero, justo antes de irse, me pide un favor.
Como si se lo mereciera. Como si pudiera pedirme algo. Como si disculparse hubiera sido suficiente como para abrirle la puerta a mi vida.
Y, para colmo, soy incapaz de negarme.
Puto civismo y educación nórdica.
¡Me cago en la hostia!
Vuelvo a casa cabreado. Muy cabreado. Pero ¿quién se habrá creído que es el muy cabrón? Muchas palabras de arrepentimiento, «mucho te entiendo», y gol por la maldita escuadra. Estoy que echo chispas.
Entro en casa maldiciéndolo, blasfemando, dando portazos, como si la puerta de la entrada o la de los armarios de la cocina tuvieran el poder de absorber mi frustración.
—Necesito una copa —siseo con acritud, dándole una patada al sofá mientras llamo a Charles.
—Hola.
—Necesito beber —sentencio con una voz tan fría que parece cortar el aire, sin ni siquiera molestarme en saludarlo.
—¿Qué te ha pasado?
—Mi padre.
Silencio al otro lado.
—Amigo, vas a tener que darme un poco más de información.
—Reunión familiar.
—Entiendo. ¿Quieres que vaya o prefieres salir para despejarte?
—Salir. Necesito salir.
—Venga, nos vemos a las once en el centro.
Cuelgo.
Me quedo con el móvil en la mano un segundo de más, como si no pudiera acallar el maldito ruido que hay en mi cabeza, antes de dejarlo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Me cago en todo —murmuro, como si el enfado hubiera adquirido vida propia y no encontrara dónde colocarse—. Pero ¿por qué cojones le habré dicho que sí? —vuelvo a preguntarme caminando por el salón—. Es su casa. Vale. Pero me la ha dejado. Me lo propuso él. Eso no le da derecho a pedírmelo.
Me detengo.
Respiro por la nariz, fuerte.
El muy cabrón es bueno, más que bueno, llevándote a su terreno con las risitas, la vocecita esa…
—¡Joder! —estallo otra vez—. ¡Mañana regalito! ¡Y de los gordos! ¡Si lo hubiera sabido, le habría dicho que se metiera el apartamento por el orto!