Prohibido enamorarse del idiota Esta noche sí
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Esta noche sí

No he querido anular la cita, voy a morirme de vergüenza, lo sé.

Pero teniendo en cuenta los últimos acontecimientos en los que parece que el universo se ha confabulado contra mí, pienso que será mejor que me depile.

No vaya a ser que termine en la UCI y mi felpudo acabe siendo portada en los periódicos o digno de estudio clínico.

En cuanto salga la persona que está dentro, será mi turno. Ya puedo sentir el ardor en mis mejillas. Oigo mi nombre y una mujer de unos cincuenta y tantos me recibe con una candorosa sonrisa en una pequeña sala con paredes pintadas de color azul claro.

—Tú debes de ser Blanca.

—Sí.

—Encantada, bonita. Desvístete y túmbate en la camilla.

Hago lo que me dice y, con todo mi reparo, me tumbo desnuda de cintura para abajo.

—¡Anda, chiquilla! ¡Pero qué poblado lo tienes! —Ríe guasona al fijarse en mi monte de Venus.

—Yo… —balbuceo, sin saber qué contestarle.

Mi cara es luminiscente en estos momentos.

—Ay, muchacha, no te pongas así —rectifica al darse cuenta del escarlata de mis mejillas—. Que donde hay pelo hay alegría.

Creo que está intentando restarle importancia, pero a mí me provoca justo lo contrario. Ardo. Siento que ardo.

—¡¡Pero qué mal rato estás pasando!! Tranquilízate, mi vida, que esto lo despejo yo en un santiamén, ya verás.

—No suelo tenerlo así —me excuso como puedo—. No tendría que haber venido con tanto… —Dejo en el aire las palabras. Tengo ganas de lloriquear.

—No digas tonterías, si para eso estoy yo aquí.

Si no tuvieras pelo, ¿de qué iba a vivir yo?

Además, en mi época esto era lo normal, una buena pelambrera entre las piernas tenía su morbillo.

Ahora hay tanta tontería… Se ha puesto de moda tener el chumbo como si fuera el de un bebé.

¡Vaya majadería! Como si nada más verlo no se notara que a alguna se le descuelga más que la papada de un pavo octogenario.

¡Hay cada higo chuchurrío que estaría mucho mejor con una buena pelambrera como la tuya!

Me atraganto con mi propia saliva.

—Eso sí, cariño, el tuyo luce mucho más bonito despejado, que tienes edad para enseñarlo con orgullo.

—Gracias —contesto por pura educación.

Ojalá el martirio acabe lo antes posible y deje de hablar. Porque, a mi parecer, tiene incontinencia verbal. Igualito que mi apreciadísima Ivanka, que es puro hermetismo y solo se pronuncia mediante monosílabos.

Cómo debe de ser.

Ocho tirones insoportables después, que me hacen aullar como un lobo malherido a punto de espicharla, y unas pinzas trasteando algunos pelos indomables ubicados en sitios que ya han perdido toda la sensibilidad, le pago a la mujer y salgo escopeteada de allí, esperando no tener que volver nunca más.

Ivanka, desconozco si será por sus genes rusos o por su educación estoica, es mucho menos habladora y mucho más profesional.

Y, por supuesto, nunca en la vida me ha valorado el chichi.

Vuelvo a casa caminando por el paseo marítimo.

Son las doce de la mañana y hace un día maravilloso, no corre nada de viento y el sol irradia una calidez que invita a disfrutar de él.

Los kilómetros de playa están repletos de cuerpos, sombrillas y sillas.

Todo el mundo parece disfrutar de sus ansiadas vacaciones y eso me hace replantearme la semana de autosabotaje que llevo con mi absurda elección de encierro.

Estoy en un lugar increíble, en el que mucha gente mataría por estar, y no lo estoy disfrutando.

Qué más da lo que haya pasado, soy una mujer adulta que lleva las riendas de su vida. Me niego a seguir así.

Me paro en el primer chiringuito que veo y me pido una cerveza bien fría. ¡Y Dios … qué bien sabe! ¡Y qué bien sienta!

Sentada frente al mar, con mi refrigerio en la mano, todas las situaciones que me parecían tan molestas y vergonzosas empiezan a perder importancia.

Sí, he tenido algunos altercados con el vecino, y sí, está siendo un jodido incordio, pero no puedo dejar que mi vida gire en torno a él.

Tengo que darle carpetazo al asunto y pasar al modo «evitarlo e ignorarlo» para gozar del resto de mis vacaciones.

Si no, volveré a Madrid frustrada por haber desperdiciado mi tiempo y con la misma tensión con la que me fui.

Estoy absorta mirando a una familia que juega a la pelota con sus dos hijos pequeños cuando descuelgo la llamada.

—Dime que has ido a la esteticien.

—Sí, pesada. Ya fui.

—Aleluya —canturrea, Desiré—. Entonces dime que vas a dejar de ser tan aguafiestas y que esta noche salimos a celebrar mi cumpleaños, que como sigamos así, la celebración se me va a unir con el siguiente —protesta.

—Sí, salimos.

Oigo palmadas al otro lado de la línea.

—¿Quedamos a las diez en la alameda y cenamos juntas?

—Vale.

Paso el resto del día en la playa hasta que, llegadas las ocho, subo a casa para comenzar con el ritual de preparación para la salida.

Continúa haciendo demasiado calor, así que me ducho con agua tibia mientras me enjabono el cuerpo con ahínco para eliminar la arena, y aplico en mi pelo un poco de champú de mango.

En realidad, lo compré solo para olerlo, no pretendía usarlo porque siento que es raro echármelo yo misma, no desprende el mismo perfume en mi cabello, es como si su olor en mí fuera diferente.

Pero ¡sorpresa! Me he quedado sin champú, así que no tenía más opciones.

Al salir del baño, me seco el pelo y me lo aliso por capas con la plancha hasta que la melena me queda completamente lisa.

Luego comienzo con el maquillaje: aplico la base, delineo los ojos, un poco de corrector, polvos iluminadores, rímel y un labial marrón chocolate.

Al terminar, me observo y me gusta lo que veo.

Esta vez no me ha salido del todo mal la chapa y pintura, porque hay otras veces que me entran unas ganas enormes de volver a meter la cabeza debajo del grifo para volver a empezar.

Esos nefastos días siempre termino diciendo que necesito apuntarme a uno de esos cursos en los que te enseñan a maquillarte tú misma. Aunque, al final, siempre me da pereza ir.

Me planto frente al armario y, tras probarme casi todo lo que he traído, me decido por un vestido corto de color chocolate con pequeñas pedrerías de cristalitos, tipo Swarovski, que marca mi silueta a la perfección.

Esta noche estoy decidida a pasármelo bien.

Que le den al cúmulo de altercados que he sufrido.

Tengo un vecino idiota, sí, pero no es el fin del mundo.

Ni tampoco es para siempre, en quince días estaré de nuevo en mi aburrida oficina tratando los mismos temas de siempre, gracias a los que puedo subsistir holgadamente compartiendo piso y, de paso, agasajarme algunos meses a mí misma con ropita de marca y bolsos caros.

Cuando decidí estudiar Economía fue, como siempre, atendiendo a mi meticulosa racionalidad. Lo que te apasiona no suele pagar tus facturas. En cambio, tener una buena planificación y elegir una materia útil que se someta a unas directrices pautadas y ya establecidas sí.

Me miro por última vez en el espejo antes de salir y me doy la aprobación. Esta noche voy con buena actitud; presiento, como dice la canción de Rafael que tanto le gusta a mi madre, que esta va a ser mi gran noche.

Al salir veo luz en la casa de mi vecino. Aumento el paso decidida. Quiero evitar a toda costa que esos rizos del color del trigo aparezcan por el quicio de la ventana y sean acompañados de alguna frase molesta que me haga replantearme volver a encerrarme en casa.

Llego al punto de encuentro cinco minutos antes.

Siempre soy extremadamente puntual. Una buena agenda se caracteriza por seguir con vehemencia los tiempos.

Mi amiga es otro cantar, la espero quince minutos maldiciéndome por haber elegido estas cuñas monísimas pero muy incómodas.

Cuando llega, me planta dos besos y un abrazo en modo de saludo, y se me pasa la acritud.

—Estás despampanante —me halaga, repasándome con la vista de arriba abajo con satisfacción, provocando que me ruborice.

—Anda ya. No es para tanto —le resto importancia—. Tú también estás preciosa.

Lleva un vestido corto, ceñido, de color rojo, a juego con su impactante cabellera. Es como la diosa del fuego. Quema a su paso. Y no es un decir, al caminar por las callejuelas buscando el restaurante, son cientos los rostros que se giran hacia ella.

Podría parecer, al ir juntas, que están interesados en las dos. Pero no. Yo soy consciente de que nunca he despertado ese anhelo en los hombres.

Cenamos en El Lola, un bar muy de moda, con camareros elegidos sabiamente por su arte y simpatía.

No hacen reservas, pero Desiré ha tirado de contactos.

Lleva toda la vida aquí y conoce hasta a las palomas de la plazoleta.

Siempre ha sido muy extrovertida. Tiene millones de conocidos y amigos.

Y no me extraña, porque goza de una facilidad pasmosa para las relaciones sociales, es capaz de entablar conversación de la cosa más absurda e inesperada que te imagines y siempre, sin excepción, cae bien.

Es un don. Un envidiable don, en el buen sentido.

Yo siempre he sido más comedida y mucho menos alocada. Eso, unido a mi enorme pudor, me deja siempre un paso por detrás de ella.

Cosa que no me molesta, sino todo lo contrario: así me siento más segura, más cómoda.

Pedimos dos cervezas y, antes de acabarlas, sin ni siquiera solicitarlas, tenemos ya otras dos. El camarero nos señala tres mesas más allá.

—Esos chicos os han invitado.

—Maravilloso, comenzamos bien. —Ríe mi amiga.

Cuando el camarero se va, continúa diciéndome:

—Son bastante monos.

Me da vergüenza mirar, así que no tengo ni la más remota idea. Pienso en seguirle el rollo, pero como me conoce tan bien, me obliga a echar un vistazo.

—Gira la cabeza. ¡¡Ahora!!

Hago lo que dice antes de que se ponga insoportable, y lo que veo me impresiona. Son dos chicos morenos, altos, vestidos con camisas y vaqueros. Uno de ellos, el de la camisa azul, tiene una sonrisa embaucadora y unos ojos verdes que te transportan a la selva de Costa Rica.

Mi amiga levanta la copa de cerveza y les sonríe, mientras yo hundo el culo en el asiento.

—Hoy vamos a arrasar, Blanca. Prométeme que vas a tener una actitud más abierta.

La miro con el entrecejo fruncido.

—¿A qué te refieres?

—A que estás de vacaciones, y lo que pasa en las vacaciones se queda en las vacaciones.

O lo que es lo mismo: aquí nadie te conoce, puedes ser quien quieras ser.

Gózalo, libérate por una vez. Deja los reparos, que el pelucón ya lo arrancaste de raíz —se mofa—, y aprovecha los quince euros que te gastaste en la esteticien.

¡Enseña el berberecho, amiga! ¡Con orgullo!

—¡Estás pirada! —Río.

—Tienes veintiséis años, disfruta. Llevas toda la vida pareciendo que tienes cuarenta.

Eres la tía más sensata, aplicada y cuadriculada que conozco.

Y no creas que no me encanta, tienes unas virtudes que envidio porque yo soy el mayor desastre andante que existe sobre la Tierra.

Pero creo que necesitas soltar las riendas alguna vez y dejarte llevar.

Tener una noche loca que poder contar a tus futuros hijos, cuando te cases con el exitoso directivo del banco con el que estás predestinada a estar y viváis en una casa en plena Moraleja, con tres plantas, piscina y servicio de limpieza.

—Estás como una cabra.

—Prométemelo —insiste.

—No puedo prometerte algo que no me sale.

—Sí que puedes. Además, yo te voy a ayudar un poquito. Prométeme que no vas a decirme que no a ninguna copa que te ofrezca.

La miro entornando los ojos con desconfianza, y en respuesta me recuerda que la he dejado tirada con las dos clases que faltaban para completar su regalo de cumpleaños. Que se lo debo.

Acabo aceptando a regañadientes. Total, solo es alcohol.

¿O no?

La cena transcurre entre risas, anécdotas de cuando éramos pequeñas y un sinfín de tonterías. Las dos cervezas pronto se convierten en cuatro, y mis pudores empiezan a desvanecerse. Es placentero sentirse libre.

Voy a disfrutar de la noche. Voy a dejar a un lado mis reparos e imaginarme que soy lanzada, divertida y sensual. Sí, por qué no.

Total, mañana será otro día y nadie me conocerá.

O al menos, ese era el plan.