El verano que me rompió el corazón
Esta semana solo he puesto un pie en la calle para ir al supermercado, y porque la nevera estaba ya pidiéndome a gritos socorro.
Resulta que un pepino y salsa boloñesa no combinan entre sí.
Lo sé porque, antes de salir, intenté convertir esos dos alimentos en algo digno de un plato Michelin y terminé a punto de vomitar sobre el fregadero.
La salida me sirvió para aprovisionarme de chocolate y galletas suficientes para varios lustros. Cuando estoy baja de ánimo, me da por engullir azúcar como si fuese un mecanismo de supervivencia. Aunque lo mejor fue lo que encontré por casualidad cuando paseaba por el pasillo de higiene.
El champú. El de mango. El que huele a Iker.
No me lo podía creer.
Como llevaba años sin encontrarlo, y ante el desorden mental y personal que está zarandeándome estos días, decidí comprar un pelín compulsivamente. Dieciséis. Compré dieciséis champús. Y solo porque no quedaban más existencias, sino, habría arrasado la estantería entera.
La cajera me miró bastante raro y no la culpo, seguramente estaba pensando que, si llegaba un ataque nuclear, en mi zulo particular solo habría champú de mango, tabletas de chocolate y galletas. Lo que me aseguraría estar superlimpita, mientras muero de obesidad mórbida.
Cuando volví a casa, me quedé un par de horas con la nariz literalmente pegada a uno de los botes que había abierto. Olía tan bien. Tan fresco, y al mismo tiempo, tan embriagador. Olía a él.
Y aquella tontería absurda me sirvió, porque consiguió calmarme un poco, y a la vez provocó que comenzaran a desfilar por mi cabeza algunos recuerdos con Iker, que incluso ahora, siguen pareciéndome mágicos.
Recordé cuando teníamos ocho años y fuimos a la feria del pueblo.
Iker iba guapísimo, con una camiseta de rayas celeste y blanca, que le iluminaba sus profundos ojos grises.
Desiré se empeñó en montarse en una atracción altísima, y aterradora, de caída libre.
Yo siempre he sido bastante miedosa, pero no quería decepcionarla, así que compré mi entrada intentando disimular el pánico.
Cuando llegó nuestro turno, las manos me temblaban tanto que Iker se dio cuenta enseguida. Me agarró con delicadeza y dijo:
—Vamos juntos. Podemos hacerlo, Blanca. Nos tenemos el uno al otro.
El miedo no desapareció del todo, pero sentir que no me soltó durante los ocho segundos que duró aquella caída infernal hizo que mereciera completamente la pena.
Estuve dos días sin lavarme la mano derecha.
Cuando se lo conté a Desiré me dijo que la línea entre estar loca de amor y ser un poco guarrilla por falta de higiene personal suele ser peligrosamente fina.
Que, por mi bien, me quitara ya la mugre que comenzaba a acumularse bajo mis uñas, o que de lo contrario nadie querría estar a menos de cinco metros de mí. Incluido Iker.
Siempre ha sido muy directa, y no suele faltarle razón. Así que, a regañadientes y con todo el dolor de mi corazón terminé haciéndole caso.
Después recordé la noche en que, con nueve años, decidimos acampar en el jardín para mirar las estrellas.
En teoría íbamos a hacerlo los tres, pero, en el último momento Desiré me guiñó un ojo disimuladamente y dijo que le dolía la tripa, que prefería irse a casa.
Poco después, Iker cruzó al quiosco de enfrente y volvió con dos helados.
Luego me enseñó cuáles eran las principales constelaciones de la Vía Láctea y mientras hablaba de estrellas, galaxias y planetas con esa emoción que solo aparece cuando alguien habla de algo que ama de verdad, yo no era capaz de apartar la vista de sus bonitos labios ni un segundo. Ni uno.
Me pasé toda la noche rezándole a la Osa Mayor para que se fijara en mí, y pudiera probar de su boca el sabor del helado de chocolate.
Nunca pasó. Él nunca se fijó en mí. Pero yo soñé mil veces con un final distinto para aquella noche.
A los doce, tenía mi cuarto de Madrid recubierto con fotos nuestras. Cada noche me quedaba embobada mirando sus enigmáticos ojos, deseando que el amor dejara de ser una ilusión absurda y, por fin, llamara a mi puerta.
Por entonces no había estado con ningún chico porque el único capaz de hacerme latir el pecho con fuerza era él, aunque durante gran parte del año nos separaran cientos de kilómetros de distancia.
Mi vida entera se convirtió en una cuenta atrás hacia el verano.
Literalmente, tachaba los días del calendario que quedaban para llegar a final de junio, con la esperanza de que, esta vez sí, algo ocurriera entre nosotros.
A los catorce nos escapamos por primera vez a bailar al centro. Les dijimos a nuestros padres que íbamos a estar en el paseo marítimo y terminamos entrando en un pub, gracias a un amigo de un amigo de Desiré, que conocía al segurata.
Estaba tan nerviosa por salir con Iker que me castañeaban los dientes.
Me puse una falda negra que me encantaba y un top de tirantes con un poco de brillo.
Cuando me vio, pensé que por fin iba a suceder aquello con lo que llevaba años soñando porque me dedicó una sonrisa enorme y su mirada se quedó en mi boca durante unos segundos.
Juro que el corazón se me salía del pecho.
Aquella noche probé el alcohol por primera vez.
Malibú con piña. Estaba riquísimo, y hacía tanto calor que dos vasos me parecieron insuficientes.
Necesitaba más. Muchos más. Necesitaba ese frescor para apagar la quemazón que sentía por dentro cada vez que Iker se acercaba demasiado a mí en la pista de baile.
Bailamos durante más de tres horas seguidas.
Desiré, en varios momentos, me susurró que iba a saludar a algunas amigas para que yo por fin reuniera el valor suficiente para intentar besarlo.
No lo hice.
No pude.
Ni siquiera el alcohol logró desinhibirme tanto. Porque, muy en el fondo, había una vocecilla cruel recordándome que, si cruzaba aquella línea, podía perderlo para siempre, que quizá Iker nunca me había mirado de esa manera.
Y entonces llegó el verano de los quince. El verano en que me rompió el corazón.
Me enteré nada más bajar del coche, los vi enseguida, de la mano. Y justo en ese instante, el corazón me frenó en seco y noté cómo se me hacía añicos. Tenía novia.
Era una chica rubia, de ojos ceniza y rostro alegre.
Desiré me pidió perdón por no contármelo antes, dijo que había esperado por si rompían y así podía evitarme el sufrimiento, pero no ocurrió.
Durante las primeras semanas apareció con ella en cada plan que hacíamos. Fue durísimo. Cada vez que se daban la mano, se abrazaban o se besaban, yo me sentía morir por dentro. Nunca he vuelto a sentirme tan desamparada, era como si una parte de mí se hubiese roto para siempre.
Sin embargo, lo que llevé peor es que la chica era encantadora. Me hubiera resultado mucho más fácil odiarla si no hubiera tenido siempre palabras amables para mí, o me hubiera dejado relegada. Pero no, cada vez que me veía cabizbaja, se acercaba a mí e intentaba sonsacarme una sonrisa.
Nunca sospechó el motivo de mis eternas miserias, creo que ninguno de los dos lo hizo. Desiré fue la única que se prestó conscientemente a ser mi paño de lágrimas. Supongo que a ella tampoco le resultaría fácil, porque estuve anclada al llanto todo el verano.
Con el paso de las semanas empecé a evitarlos, porque daba igual cuánto intentara ignorar lo que sentía: mis sentimientos siempre terminaban encontrándome otra vez, dispuestos a torturarme. Así que pasé el resto del verano huyendo de ellos.
Tardé un año entero en superar aquel desamor.
A veces la gente piensa que los adolescentes no saben lo que es amar de verdad, que son demasiado jóvenes y que las heridas importantes llegan después, con los años.
Pero yo no estoy de acuerdo, porque nunca me había costado tanto desprenderme de una tristeza: era como si me circulara por la sangre.
Ese mismo año, a los dieciséis, salí por primera vez con un chico. Iba conmigo a clase. Era alto, simpático y tenía un gesto radiante. Coincidimos como compañeros de pupitre.
Por ese entonces, yo vivía permanentemente cabizbaja, como si el motor de mi ilusión se hubiera roto para siempre.
Como si llegar al verano ya no significara nada, y los días solo se hubieran convertido en una sucesión interminable de horas grises.
Cada mañana, a pesar de mi apatía, mi compañero de mesa me recibía con una sonrisa enorme y con una galleta de la fortuna.
Dentro siempre contenía un proverbio, una escueta frase capaz de remover algo dentro de mí.
Y lo más fascinante era que todos los mensajes parecían venirme hechos a medida; todos eran motivadores y alegres, como él.
Con los meses descubrí que no los compraba en ningún restaurante chino, los hacía él, cada tarde en su casa, con la única intención de animarme e impresionarme.
Ahora, mirando atrás, creo sinceramente que es una de las cosas más románticas que nadie ha hecho jamás por mí.
Por eso fue una lástima, porque nunca conseguí sentir por él lo mismo que por Iker.
Lo intenté. Mucho. Muchas veces. Porque aquel chico tenía todo lo que cualquier chica podía desear, era atento, cariñoso, popular.
Era esa clase de persona que todo el mundo quiere tener cerca y, aun así, el corazón seguía sin salírseme por la boca cada vez que me agarraba la mano o nos quedábamos a solas en el cine.
Me gustaba, sí. Disfrutaba pasando el tiempo con él, sí. Pero no llegaba a ponerme la vida patas arriba como lo hacía Iker.
Estuve saliendo con él casi un año, hasta que comprendí que, por mucho que me esforzara y me agarrara al deseo de querer quererlo, no podía mandar en mi corazón ni obligarlo a anhelar quedarse con él. Esto no solo sería injusto para mí, sino también para él, que se desvivía por mí.
Merecía que lo quisieran mejor. Merecía a alguien que sintiera por él lo mismo que yo sentía por Iker, fuegos artificiales en el estómago.
El verano que cumplí diecisiete decidí quedarme en Madrid.
Convencí, tras muchas súplicas y discusiones, a mis padres para que me permitieran pasar las vacaciones con mis abuelos.
No me apetecía revivir la frustración de verlos juntos, ahora que me sentía un poco mejor.
Me daba un miedo atroz retroceder a esos instantes en los que notaba que me faltaba el aire, que me ahogaba.
Así que me abracé a la idea de «Ojos que no ven, corazón que no siente».
Los siguientes veranos fueron distintos, Iker tenía otro grupo de amigos, y yo quería evitar a toda costa tenerlo cerca porque no quería volver a pasar por lo mismo. Me daba pavor volver a sentir ese vacío tan inmenso acomodado en mi pecho.
Y, poco a poco, terminamos distanciándonos. No fue hasta unos años después, una vez que ya lo había superado por completo, cuando volví a sentir ese gusanillo por saber de él. Pero ya nunca más volví a cruzármelo, él simplemente se esfumó.
Y yo me quedé atrapada en el eco constante de lo que podría haber sido si él y yo, en algún preciso e inesperado instante, simplemente nos hubiéramos besado.