Prohibido enamorarse del idiota Definitivamente, algo malo me pasa
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Definitivamente, algo malo me pasa

Lo de hoy ha sido apoteósico. No me he divertido tanto en toda mi jodida vida.

Cuando me han pasado la nota de que había una chica que necesitaba un servicio de urgencias, que a primera vista parecía una infección de orina, he estado a punto de negarme.

Tenía la consulta repleta. Con citas que me llevaban a más de dos horas extras de mi turno habitual.

Últimamente esto es un no parar, parece que en este pueblo todas las mujeres han adoptado el «prevenir es curar» como religión.

Algunas, en apenas dos meses que llevo aquí, ya han venido hasta tres veces.

Pero Mireia me ha mirado como si la decisión correcta no fuera la que yo estaba a punto de tomar, así que he cedido. No me gusta saber que alguien necesita ayuda, que tengo la posibilidad de dársela y no hacerlo. Eso no sería profesional.

Cuando al entrar en la sala he saludado y al alzar la vista me he encontrado con ella, no he podido evitar regocijarme con la situación.

Estaba tan increíblemente roja. Tan sobrepasada por verme allí diciéndole «Hola, soy tu ginecólogo», que no he querido ninguna otra cosa más que incomodarla y hacerla pagar por el ridículo que me hizo pasar el otro día en la playa, cuando aseguró delante de más de un centenar de personas que era un pervertido, con un anacardo entre las piernas.

Lo cual hunde la reputación de cualquiera.

La he sacado de sus casillas, pero a niveles extremos.

¡¡Qué risa, por DIOS!! ¡¡Aún me duele la boca del estómago de reír tanto!! Cada vez que daba un pasito más hacia ella, gritaba como si el mundo fuera a explotar. Si no ha terminado afónica, me parecería un milagro.

Aunque, para ser completamente sincero conmigo mismo, debo decir que haberla explorado no me hubiera resultado del todo cómodo, al fin y al cabo, aunque me dedico a esto y mi enfoque en consulta es puramente médico, verla a ella como estaba, semidesnuda bajo esa finísima tela verde, me ha afectado.

Estaba tan hermosa, con esos mechones cayéndole despeinados sobre los hombros, en esa pose un tanto dislocada, mientras intentaba enmascarar su semidesnudez. Había algo en esa mezcla de rabia y vergüenza que la hacía imposible de ignorar.

No sé qué tiene, pero me irrita y descoloca a partes iguales.

Por no mencionar cuando me ha enseñado el trasero. ¡Joder, por un momento casi se me olvida que era mi paciente!

Como soy consciente de que me he portado como un auténtico imbécil en la consulta, luego, me han invadido los remordimientos y no he podido evitar pensar que trabajo en la única clínica decente del pueblo y que seguramente estaría en casa muriéndose de angustia por no haber tenido la asistencia que necesitaba.

Así que he hecho lo que consideraba correcto. Cuando he llamado a su puerta, me han entrado dudas de si me abriría o no. O incluso, si me arrojaría un cubo de agua con lejía directamente a la cara al verme. En cierta parte me lo merecía.

Por capullo.

Afortunadamente, no me esperaba y la ha cogido tan de sorpresa encontrarme por segunda vez en el día que no ha tenido tiempo de reacción para accionar su merecida venganza contra mí.

Cuando le he dado la bolsa con los antibióticos, se le ha iluminado la cara.

Debe estar bastante perjudicada. Creo que ya la voy conociendo un poco, y si no fuera así, me hubiera lanzado la bolsa al puto careto.

Al desandar los cinco pasos de su casa hasta la mía, he notado cómo me palpitaba fuertemente el pecho.

Creo que ha sido por la diminuta sonrisa que me ha dedicado antes de cerrarme la puerta.

Ha sido bastante parca en palabras, pero sus ojos lo han dicho todo.

Estaba muy agradecida con mi gesto, y yo me he sentido muy bien al hacerlo.

Le daría todos los malditos días una caja entera de Monurol solo para que me volviera a mirar así.

Y eso, sí que debería preocuparme más de lo que lo hace. Definitivamente, algo malo me pasa.

El resto de la semana transcurre sin altercados. Tranquila. Muy tranquila. Por no decir, aburrida de cojones. Me ha faltado ir al chino a comprarme dos agujas y un manojo de lana para hacerle una funda de ganchillo a mi equipo de kitesurf.

No he vuelto a cruzarme con ella, ni en la piscina, ni en la playa, ni en el chiringuito.

Le he preguntado a Charles, por si por casualidad ha acudido a las dos clases de kite que le quedaban, pero me ha dicho que no, que solo ha acudido su amiga Desiré.

No me sorprende, después de lo mal que se le dio la primera clase, si hubiera vuelto, sería un milagro.

Y una temeridad. Es pésima para ello. No he conocido a nadie en toda mi vida al que se le hubiera dado tan mal.

A ese nivel, si continúa, seguramente acabará ahorcándose con las cuerdas de la cometa sin necesidad de entrar en el agua.

Pero lo que me tiene más descolocado es que, por alguna absurda razón, no paro de darle vueltas a qué estará haciendo y dónde estará.