Prohibido enamorarse del idiota La disculpa
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La disculpa

Son más de las cinco de la tarde y todavía sigo sofocada. He pasado el peor rato de mi vida. Cuando alcé la mirada y lo encontré frente a mí con la bata blanca por poco no me muero de la impresión.

¡Ginecólogo! ¡El muy desgraciado es ginecólogo! El tío que me ha hecho la vida imposible desde que estoy aquí, es nada más y nada menos que ¡¡Ginecólogo!!

¡¡Y a puntito ha estado de ser el mío, y verme la almeja al descubierto hasta alcanzarme la perla!!

Nunca en la vida mis mejillas habían llegado a alcanzar ese tono, aquello no era vergüenza, era actividad volcánica. Las he notado derretirse hasta desintegrarse en pedacitos como los cirios en Semana Santa.

Por más vueltas que le doy, no puedo parar de pensar en que es una macabra broma del destino, eso, o que alguien me ha puesto dos velas negras.

Nunca antes había creído en la magia negra, hasta ahora.

Porque tengo claro que esto no puede ser coincidencia.

No existen en este mundo tantas coincidencias juntas, que puedan terminar desembocando todas en ÉL. El demonio de ojos azules.

Todavía puedo ver su asquerosa sonrisa de satisfacción tatuada en sus jugosos labios, al verme. El tonito mordaz que envolvían sus palabras, llamándome, encima, acosadora. A MÍ.

Sí, sí, a mí que no quiero verlo ni en pintura. Que huyo de él. Que no ansío otra cosa que tenerlo cuanto más lejos mejor. Puñetero narcisista. Creído sinvergüenza.

Y, por si fuera poco, no he solucionado mi problemita.

Sigo pareciendo un cachorro con incontinencia, meándome por las esquinas.

A ver, cómo leches consigo yo los antibióticos.

Sinceramente, ahora mismo cualquiera me valdría.

Droga. Necesito droga. Una potente que me quite esto y de paso me borre de la memoria la imagen de Markus mirándome con expresión divertida en mitad de su consulta, cuando no llevaba más ropa que una bata translúcida.

He llamado a Desiré, por si por casualidad tiene alguna cajita de antibióticos descarriada en casa, del tipo que sea. Sé que no está bien automedicarse, pero ¿qué opciones tengo? ¿Ir al centro de salud? ¿Estar tres días más así?

Empiezo a estar tan desesperada que por una décima de segundo pienso que, que me hubiera atendido clínicamente no hubiera sido tan malo. Obviamente, está hablando por mí el escozor que siento ahí abajo. Lo tengo en carne viva.

Desiré me ha dicho que va a mirar en casa, y que luego a la tarde se acerca a verme, y espero que también a curarme.

Aún no sabe el circo que he vivido esta mañana.

He preferido guardar secreto de sumario, o de confesión, al menos hasta esta tarde, porque vaticino que me va a poner la cabeza como un bombo cuando se entere.

Se va a estar descojonando de mí hasta las próximas Navidades. Y con razón.

Estoy tumbada sobre la cama, cuando oigo el timbre. Debe ser Desiré.

Ojalá me traiga los medicamentos.

Arrastro mis pies con desgana, hasta llegar a la puerta y al abrirla me quedo congelada.

NO. NO puede ser.

Segunda vez que me quedo petrificada hoy.

Lo miro de arriba abajo, sin saber cómo reaccionar.

Por un lado, tengo unas ganas enormes de gritarle, y pegarle una buena bofetada, lo mismo eso lo encauza y deja de ser tan imbécil, por otra, sigo tan avergonzada que me gustaría enterrar mi cabeza bajo tierra para siempre.

Así que me callo y lo observo boquiabierta, a la espera de que diga algo.

O se prenda fuego a sí mismo para mi total disfrute y tranquilidad.

—Hola, vecina —saluda arrugando levemente la nariz, con un gesto que lo hace demasiado atractivo para ser el enemigo.

Me cruzo de brazos y permanezco en modo silencio, sin mover ni media pestaña, con expresión desconfiada.

Blanca, mantén posición, que no te tiemblen las piernas.

—Esta mañana, ha sido toda una sorpresa, encontrarte —dice, pareciéndome adivinar un atisbo de sonrisa en sus pómulos—. Quizás, solo quizás, me he pasado un poco.

Parpadeo. Varias veces.

¿Esto es un intento de disculpa? ¿Está disculpándose? ¿Es eso?

Como no estoy segura del todo, continúo impertérrita.

—No estuve muy profesional. La verdad, aproveché la ocasión, para sacarte un poco de tus casillas, obviando que venías por un problema médico relevante. Toma. —Extiende su mano con una bolsa.

Por un instante, algo en mi interior se agita cuando nuestras manos se rozan levemente al coger la bolsa. Tengo el pulso desbocado, y noto la boca seca. Como si para afrontar este instante, necesitara beberme seis vasos de agua, o diez zumos de piña.

Va vestido con unos jeans oscuros y una camiseta blanca con el cuello desbocado, unas Converse desanudadas y esa sonrisa rebelde que siempre lo acompaña.

Es pura tentación. Estoy segura de que, si las cosas no se hubieran tornado así, y simplemente me lo hubiera cruzado en la piscina, estaría babeando por las esquinas, y no llamándolo psicópata.

Lástima que la cosa se haya torcido desde el primer día, y entre nosotros no quede espacio, más que para el resentimiento.

Sostengo la bolsa en mis manos, y bajo la vista hacia su interior.

Contiene mi salvación. Los medicamentos.

Lo miro aturdida.

—¿Y por qué demonios haces esto?

—Porque eres mi paciente.

—Mentira.

—Vale. Porque me sentía culpable —explica sosteniéndome la mirada con una expresión, que si no lo conociera diría que es hasta de arrepentimiento.

—Gracias, supongo —murmuro bajito, con desconfianza. Aún no me termino de creer este gesto de buena voluntad, a ver si en vez de antibióticos me ha metido laxantes.

—No hay de qué —me responde desplegando una sonrisa.

Cuando cierro la puerta, no puedo evitar apoyar mi cuerpo sobre la hoja cerrada de madera. El aire se me ha condensado en los pulmones. Eso ha sido… ha sido, un gesto muy noble. Ha estado bien.

Una hora más tarde tengo a Desiré sentada en mi sofá, preguntándome cómo me ha ido en el ginecólogo.

Dudo si desembuchar o llevarme el secreto a la tumba.

Elegiría con gusto la segunda opción, pero sé que tarde o temprano se enterará.

Al fin y al cabo, ella va a la misma clínica, es cuestión de tiempo que lo vea, o la atienda y entonces la próxima vez que vaya a ver los delfines me tirará del barco para que me coma una ballena.

—Fatal.

—¿Qué ha pasado? ¿No es cistitis y es una enfermedad de transmisión sexual de las chungas? —pregunta con preocupación.

—Peor que eso.

—¿Qué hay peor, por Dios, Blanca? —se alarma—. ¿Te vas a morir? ¿Cuánto tiempo te queda?

—¡Oye! Que no me van a comer los gusanos.

—¿Entonces? Por favor, Blanca, que me tienes en ascuas, ¿qué ha pasado tan grave?

—Que no estaba Ana.

—¡¿Que estás asustándome de esa manera, que casi me da un infarto y te organizo un funeral, porque te ha visto otra ginecóloga?! Al final te mato yo, Blanca, te mato.

—Ginecólogo.

—¡Y eso qué más da! Tienes que ir al psicólogo. Apúntatelo en tu agenda, esa que siempre llevas encima. En cuanto llegues a Madrid, coges cita y le zampas el trauma infantil que debes arrastrar, no se puede ser tan vergonzosa.

—Era el vecino.

—¿¿Qué, quéééééééé?? —pregunta sujetándose el pecho por la impresión.

—Que estaba abierta de patas, como Dios me trajo al mundo, y el doctor era el maldito vecino.

Las risas se pueden oír desde Frankfurt.

Mi amiga está literalmente, muriéndose de un ataque de risa, mientras yo frunzo el ceño mosqueada, y la miro con los ojos entrecerrados deseándole cosas horribles.

La gente dice que, si manifiestas las cosas, se consiguen.

Pues eso hago, desearle unas buenas cagaleras, que le quiten esas carcajadas tan inapropiadas.

Se seca las lágrimas con los dorsos de las manos, mientras hipea algo incomprensible ante mi cara de «no estoy entendiendo una mierda de lo que dices y tú deberías ser precisamente la que me apoyara y no la que se estuviera descojonando de mi desgracia». Al percibirlo, lo repite.

—Amiga, creo que eres la única que no se ha dado cuenta de que los astros, el cosmos, o el jodido horóscopo está diciéndote claro clarito, que tú y ese, ese semental, estáis predestinados.

Frunzo el ceño, la observo con mucha, demasiada inquina, me levanto y la invito a irse.

Ya está bien por hoy de aguantar tanta tontería.

Literalmente la arrastro a la puerta con un cabreo monumental, mientras ella sigue riéndose como si un ejército entero estuviera haciéndole cosquillas por todo el cuerpo.

Abro la puerta, la empujo al exterior y doy un portazo.

El timbre suena al menos siete veces, acompasado con unas enormes risotadas que hacen que me mantenga firme en mi decisión de NO volver a dejarla entrar.

Decidido, después de hoy, definitivamente doy por arruinadas las vacaciones. No hay forma humana de remontar esta debacle…

No salgo más. Pienso recluirme entre estas cuatro paredes, y no pisar la calle salvo para ir al súper, porque cuando lo haga para otra cosa, será para montarme en mi coche y conducir con destino a Madrid sin mirar atrás.