Prohibido enamorarse del idiota La consulta ginecológica #3
31%

La consulta ginecológica #3

NO, Blanca, NO. No caigas en las garras del demonio con bata.

—No te pongas así —dice conteniendo la sonrisa—. Eres la primera paciente que me recibe con semejante hostilidad.

—¡Déjame ir al baño a por mi ropa! ¡Ahora!

Sospecho que con la que estoy montando, en cualquier momento entrará alguien a rescatarme. Porque deben, literalmente, estar pensando que me están descuartizando.

—No seas así, Blanquita, relájate, que no tienes ahí nada que no haya visto antes —se mofa el muy sinvergüenza, apartándose uno de sus rizos de los ojos con un deje demasiado seductor para ser legal.

—¡Lárgate! ¡Ya!

—Es mi consulta, Blanquita, ¿dónde quieres que me vaya exactamente? —arremete con este tonito de gañán que me incita a agarrarlo del cuello como a un pollo y estrangularlo.

Me sale humo de las orejas. Pero ¿qué se cree el imbécil este, que voy a abrirme de patas delante de él.

A ver, si las cosas no se hubieran dado así, como son, ganas no me hubieran faltado. Pero no es el caso.

—¡Pervertido! ¡Acosador! —Él alza una ceja, divertido.

—Eso que me dices está muy feo. Es insultante. Además, si has venido tú a mi consulta… ¿Cómo voy a estar acosándote yo? Y ahora que lo dices, fuiste tú la que también viniste a mi clase.

Da otro paso. Lento. Peligroso.

—¿No será que eres tú la que me acosa? ¿O es que echabas de menos mi enorme instrumental? —Un destello tentador y pícaro realza su asombrosa y malévola sonrisa.

—¡Dirás tu minúsculo instrumental! ¡So guarro! ¡Vete de una maldita vez!

—¿No quieres remediar tu problemita? —insiste, disfrutando claramente de mi sufrimiento.

Y lo peor de todo es que sus ojos brillan con esa diversión arrogante que debería hacerme odiarlo. Más. Mucho más.

Pero, por desgracia, también consigue que me tiemblen un poco las piernas. Y eso me cabrea todavía más.

De repente comienza a faltarme el oxígeno cuando, para colmo de males, caigo de nuevo en la cuenta de que no he desbrozado la selva Amazónica, y que, si sigue acercándose, va a verme el matorral.

¡Maldita sea! ¡Qué mierda habré hecho yo en esta vida para merecer semejante castigo cósmico!

Sigo intentando que no se me salga de la escueta tela una teta.

El culo, está ya al aire libre, pero por suerte da a la pared, así que por ahora está a buen recaudo de los ojos incisivos y malévolos de mi vecino, que sigue de pie frente a mí con una estúpida sonrisa de oreja a oreja, henchido de satisfacción, recreándose con la bizarra escena y con mis enormes, inmensas, inconmensurables ganas de llorar.

Me sorprende que aún no se me haya caído ninguna lágrima, esto es más de lo que cualquier ser humano puede soportar.

Siento que me voy a desplomar justo en el momento en el que la puerta se abre de par en par y la enfermera entra.

—Disculpe, doctor, ¿sucede algo? —pregunta, cortada.

—No, no. —Tiene la gallardía de asegurar, con toda la tranquilidad del mundo, el muy asqueroso.

Hace una pausa deliberada.

—Es que la señorita... ¿cómo era?, Blanca Pinto Casas, por cierto, buen nombre, bastante creativo...

—Oculta una mueca divertida tras el puño de su bata—.

No sabía que la iba a atender un hombre y está un tanto nerviosa.

Estoy tratando de explicarle que no tiene de qué ponerse nerviosa, que soy bastante profesional, y que, al venir de urgencias, me da mucho reparo que se vaya sin revisarla.

HIJO DE SATANÁS.

—Claro —interviene la enfermera, comprensiva—. No tiene usted de qué preocuparse, está en muy buenas manos. Ya ha podido comprobar la enorme lista de espera que tiene el doctor. Es una eminencia llegada directamente desde Noruega.

Y ahí estoy yo. Semidesnuda. Colorada como un tomate. Pareciendo oficialmente una desequilibrada mental.

Por un instante estoy tan cortada que parece que se me ha tragado la lengua un gato, tal como dice el refrán. El muy cretino ha sabido darle la vuelta a la tortilla, y que parezca que estoy tan tarada como dice. Estoy acorralada.

Ahora tengo dos opciones: Abrirme de patas y que la cabeza de Markus navegue en los entresijos de mi vergüenza. O quedar como una puta loca y decir que me parece genial, pero que me marcho sin mirar atrás, con los pocos restos de dignidad que aún no han muerto calcinados.

Obviamente, elijo la segunda. Y como ya he puesto toda la carne en el asador, y estoy roja como un maldito carabinero, después de hervir media hora en el infierno, hago lo único que, llegados a este punto, puedo hacer.

Seguir con los brazos y las manos dislocadas tapando mi delantera y dando por perdido mi trasero.

De esta guisa, ante los atentísimos ojos de Markus y de la enfermera, cruzo la estancia dejando a la vista mis turgentes nalgas hasta meterme en el baño.

Me cambio más rápido que Superman y salgo sin mirar atrás, cagando leches de la clínica.

Ya fuera, el aire intenta volver a mis pulmones. Ahora mismo, daría todos mis ahorros para que un enfermero me electrocutara con un desfibrilador y poder desmayarme a gusto en la camilla de la ambulancia camino al hospital.

Puto día.

Puto cosmos.

Puto destino.