La consulta ginecológica #2
Los minutos van pasando lentamente, las mujeres van entrando y saliendo de la consulta, mientras yo parezco abonada al baño.
Se me está haciendo la mañana eterna. No es hasta después de tres horas que la sala de espera parece que comienza a despejarse.
Ya incluso veo caras a mi alrededor que han llegado después que yo.
Espero que se apiaden de mí y me llamen pronto.
—Blanca Pinto Casas, ya puede pasar a consulta.
—Oigo que me llaman. Unas disimuladas risas se agolpan en la sala de espera.
No me pilla de sorpresa, han dicho mi nombre completo, y eso suele provocar esa reacción.
No los culpo. Mis padres no estuvieron muy acertados con el dichoso nombrecito que me pusieron.
A veces, dudo de que me quisieran, lo mismo fui un bebé no deseado y esa fue su forma de vengarse.
Me levanto de la silla en la que estoy sentada, hará una media hora que he podido conseguirla. Tenía los pies como dos botijos de estar tanto tiempo en pie. Me acerco y pego con los nudillos a la puerta. Una voz femenina muy jovial me indica «adelante».
—Buenos días —saluda una chica joven.
—Hola.
—Puedes pasar al baño a desvestirte, dentro encontrarás sobre la estantería situada a la izquierda varias batas, ponte una de ellas y sitúate en la camilla. En unos minutos, cuando estés lista, te atenderá el especialista.
—Gracias —contesto envuelta en mi habitual timidez. Estos momentos me ponen bastante tensa.
Me meto en el baño y me pongo la bata, por utilizar la misma jerga que la enfermera, porque esto de bata tiene bien poco.
Es una especie de papelillo casi translúcido verde que, con suerte, te difumina las tetas y el chichi, y digo difumina porque la palabra tapar creo que le queda demasiado grande.
Deja completamente al descubierto la espalda y el trasero.
Por mucho que intento amarrarme la escueta tela, el lazo que consigo anudarme atrás, no mejora el asunto.
Estoy en bolas, sin depilar, y con los mofletes de la cara, aunque también podría aplicarse a los del culo, burdeos.
Salgo de nuevo a la sala, posiciono mi culo como puedo en el sillón de las torturas y alzo las piernas, dejándolas completamente abiertas.
Una apunta hacia la izquierda y la otra a la derecha, como si se hubieran peleado y estuvieran castigadas cada una en una esquina.
Un fresquito criminal circula por mis partes, apenas cubiertas por la ridícula bata de papel.
Intento calmarme. Cierro los párpados, inspiro y espiro varias veces, suplicando para que mi rubor desaparezca, cuando oigo entrar a la doctora.
—Buenos dí… —Oigo alertada una voz masculina.
¡¡Maldita sea!!
¡¡No… no había ni siquiera imaginado que la ginecóloga pudiera ser ginecólogo!!
No ha terminado la frase cuando abro los ojos de sopetón, y lo que veo me provoca un cortocircuito mental tan brutal que, durante unos segundos, mi único deseo en esta vida es MORIR.
Así. Sin más.
¡¡Juro por Dios que no quiero otra cosa!!
¡¡Que me parta un rayo!!
¡¡Que me dé un infarto!!
¡¡Que un guerrero masái me atraviese el pecho con su lanza como si fuera un pinchito de pollo!! ¡¡Ojalá ser un puto pinchito de pollo en mitad de una barbacoa de caníbales!!
Estoy segura de que me iría mucho mejor.
—¡¡Joder!! ¡¡Joder!! ¡¡Más que joder!! —grito entrando en pánico, atacada.
Pego un salto del sillón y me tapo histérica con ambas manos todas las aberturas estratégicamente diseñadas para arruinarme la vida.
Aprieto las rodillas entre sí, que me tiemblan por el ataque de nervios que estoy sintiendo, en un desesperado intento por dejar a buen recaudo el pozo de los deseos.
—Pero ¡qué grata sorpresa! —exclama mi vecino.
Alias Satanás se queda corto, muy corto.
Me observa con una chispa de disfrute en el semblante, mientras una sonrisa lenta y traviesa se instala en su cara. Se recrea en la grotesca escena que acabo de ofrecerle en bandeja de plata.
Está bastante guapo, una cosa no quita la otra, la verdad, la bata blanca le sienta insultantemente bien, le da un aire interesante. Sexy. Tan alto, con esos potentes ojos, esos labios jugosos.
Ahora entiendo el harén de mujeres que le esperan fuera, seguro que le llaman el doctor Bajabragas.
Maldita sea, Blanca, no te vayas por las ramas. Céntrate.
Cómo siga acercándose, vas a caerte espatarrada al suelo con el estropajo para arriba. Te desmayas, seguro que te desmayas.
—¡No te acerques! ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Ni se te ocurra dar un paso más! —lo señalo gritando desmedida.
Siento que me va a dar una angina de pecho y me voy a caer desplomada en cualquier momento.
Continúa respirando, Blanca. No puedes desmayarte.
Mis ojos, bizcos, vuelven a centrarse en su maldita silueta, esperando que sea un jodido espejismo. Pero NO. NO… Es él. ÉL, la personificación de todos mis males, de mi horrible suerte, de mis reiteradas penurias.
De pie. Frente a mí. En bata. Blandiendo una asquerosa sonrisa. Disfrutando, el muy mamón, de la patética escena que estoy orquestando.
—Pero, Blanquita, no seas así, cálmate. —Tiene el muy gañán la desfachatez de decirme, con esa maldita chispa divertida bailándole en los ojos azules.
—¡Tú…! ¡Tú…! Es imposible… ¡Qué haces tú aquí! —lloriqueo a duras penas, dando pequeños pasitos para atrás, retrocediendo.
—Atenderte. —Estira sus comisuras, alzándolas divertido, gozando del momento—. Soy tu ginecólogo.
—No puede ser —tartamudeo gimoteando.
—Claro que puede
—Tú, tú, tú eres monitor, la cometa, el otro día… —consigo balbucir palabras sueltas.
—Le estaba echando un cable a Charles. Montó el negocio hace unos meses —explica con aire burlesco, juraría que dirigiendo su mirada hacia mis tetas, mientras yo solo pienso en asesinarlo o suicidarme.
Sigo de pie con las rodillas tan apretadas entre sí que no conseguiría pasar ni un alfiler entre ellas, temblando de vergüenza, incredulidad y odio.
Muchísimo odio.
—Venga, siéntate, veamos ese problemita que requería de mis habilidades médicas. Me han pasado la nota de que tenías una urgencia —señala, divertido con una mueca de regodeo que me insta a arrojarle el instrumental que tengo más a mano.
Las tijeras, por ejemplo. Quedarían tan bien clavaditas en su pecho, tan monas, perforándole su podrido corazón.
—¡Ni muerta! ¡Vete! —me desgañito, rezándole al universo para que no me entren ganas de ir al baño de nuevo o, lo que es peor, que se me salga el chorrito pierna abajo.
—No te hagas de rogar, mujer. Siéntate —dice comenzando a dar pequeños pasitos hacia mí.
Es tan alto, tan corpulento y tan absurdamente musculado, que me siento una hormiga en su presencia, una que de un momento a otro teme que la espachurren. Y para colmo huele demasiado bien y tiene esa seguridad arrogante que debería resultar insoportable.
Y lo es. Por unas décimas de segundo casi me dejo convencer.