Prohibido enamorarse del idiota La consulta ginecológica
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La consulta ginecológica

No puedo aguantar más.

—¡Maldita sea! ¡Jolines! ¡Que no llego! ¡Que no llego! ¡Que me meo!

Me levanto de un salto de la cama y corro por todo el pasillo, aguantándome mis partes en un descomunal intento para que el pipí no se me escape antes de llegar al inodoro.

Es la quinta vez que me levanto en menos de tres horas. Esto empieza a ser una pesadilla. Por suerte, llego antes de que la primera gota manche mis bragas.

—Uffff. ¡Qué alivio, Dios! —me desahogo soltando un suspiro de gusto cuando vacío mi vejiga.

Vuelvo a la cama tan pronto como tiro de la cisterna.

No es la primera vez que me pasa esto. Llevo media vida así.

Meándome por las esquinas. Es lo más incómodo, molesto y agotador que existe.

Cada vez que me encuentro así, el mundo entero se detiene.

Porque, ¿qué puedes hacer en tu vida cuando cada diez minutos, y sin previo aviso, sientes que necesitas imperiosamente y sin falta, vaciar la escotilla?

Ya te lo digo yo. Nada. Absolutamente nada.

Esto paraliza tu existencia. Por no mencionar, cuando estoy en el trabajo…

Eso es para grabarme. Alguna vez he pensado llevarme una escupidera y colocarla debajo de la mesa.

Porque lo de faltar cada vez que me invade la infección de orina no es una opción.

Terminaría de patitas en la calle, por coger dieciocho bajas en el año.

Así que convivo con el problema como buenamente puedo.

Con paciencia. Mucha paciencia. No me queda otra.

La noche transcurre entre la cama, el pasillo y el baño. Y no soy capaz de asegurar en qué estancia he pasado más tiempo. Lo que sí sé es que, en cuanto dan las nueve de la mañana, telefoneo sin demora a Desiré.

—Buenos días, cualquiera diría que estás de vacaciones. Si yo fuera tú, no me levantaría de la cama hasta las once de la mañana, como pronto.

—Buenos días, aunque no son tan buenos para mí —musito de mal humor, moribunda de sueño por no haber pegado ojo.

—¿Qué pasa? ¿No me digas que tu vecino te ha quitado el sueño otra vez? —pregunta con una aguda risilla—. Y si es así… espero que esta vez haya sido enseñándote el gusanillo que dices que tiene.

—¡Desiré! —la regaño—. No, esta vez no. No tiene nada que ver con él. Es que estoy otra vez con la dichosa infección de orina.

—Ohhhh —pronuncia desencantada—, me había hecho ilusiones con que tú, y ese dios del Olimpo hubierais acabado jadeando, sudorosos, bajo posturas poco ortodoxas.

—Disculpa, por chafarte la fantasía —le respondo irónica.

—¡Anda! Ahora que caigo, hoy tenías la cita con mi esteticista. ¿No?

—Sí. Y salvo que quieras que le orine encima, creo que es mejor que la anules. Lo haría yo… pero no tengo el número —chasqueo la lengua molesta.

Mi amiga se empeñó en reservar ella misma la cita, para que, según ella, no me echara atrás y terminara, palabras textuales: con un denso bosque imposible de talar en la entrepierna. Ella es así de gráfica.

—Está bien, la anulo y la cojo para la siguiente semana.

—Gracias.

—De nada.

—Y… otra cosa…

—Dime.

—¿Ana sigue pasando consulta? Porque tengo que ir a que me recete antibióticos urgentemente.

—Sí, ha montado una clínica nueva en el centro, dos calles por detrás de la iglesia. Hace unos tres meses que la ha abierto, por lo visto se le había quedado pequeño el local anterior.

—¿Tú ya has estado?

—No, aún no, me toca revisión en cuatro meses. Pero me han contado que es enorme, dicen que tiene varias consultas —chismorrea—; al final es normal, todo el pueblo acude a ella, y con el turismo que hay se le habrán multiplicado las visitas.

—Voy a acercarme, a ver si me hace el favor y me ve de urgencias… si es que consigo llegar sin mearme encima —protesto, ruborizándome solo de pensarlo. No sería la primera vez que no soy capaz de llegar a un baño.

Mi amiga se ríe sonoramente y se despide diciéndome que luego me telefonea.

Me quito el pijama y me preparo algo rápido para desayunar.

Tres galletas y un Cola Cao templado, lo suficiente para matar el hambre.

Me lavo los dientes. Me cepillo el pelo.

Y entre todos estos quehaceres me siento en la taza del váter tres veces más.

Como siga así, me voy a tener que poner una sonda.

Salgo de casa a las diez en punto. Dudo si ir andando o coger el coche, el aparcamiento sigue siendo tan insuficiente como el primer día.

Al final, decido ir en coche, como vaya andando, voy a tener que levantarme la falda en cada arbusto, rincón de la playa o esquina que vea.

Me van a confundir con un therian. Localizo el nuevo local por Google Maps y hallo un parking privado cerca de la clínica.

Logro conducir hasta allí sin altercados.

Aparco y ando con brío hasta ver el cartel que pone nombre a la clínica.

Empujo la puerta y un habitáculo amplio me recibe.

Todo es de color beige, las paredes, el mostrador, tras el que me recibe una recepcionista vestida del mismo tono, las sillas e incluso los cuadros.

Todo da una sensación de calidez, de bienestar, como si quisiera reconfortar a los pacientes.

Yo, personalmente, lo agradezco, hace que me sienta menos nerviosa.

Me da pudor todo lo que sea íntimo. Y esto lo es, y mucho.

Que una señora te pida que le abras las piernas para enseñarle tu cueva de los deseos es, cuanto menos, bochornoso.

Y que el proceso siga, con meterte un enorme aparatejo por el chichi hasta atravesarte entera y llegar casi a tu yugular, sigue siendo, al menos para mí, y no entiendo cómo para el resto de la humanidad femenina no, una soberana mierda.

En fin, por todo esto y algunas cosas avergonzantes más, yo siempre acudo a la misma persona.

No titubeo. No dudo. Aunque suban los precios de las consultas.

Aunque se trasladen. Aunque cambien de dueño.

Blanca Pinto Casas. Siempre, siempre, siempre desde que tiene uso de razón va a la clínica de Cecilia Hernández en Madrid y a la de Ana Tolosa en Tarifa.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —me recibe la joven y amable recepcionista con una amplia sonrisa.

—Quería saber si pueden atenderme de urgencias.

—No creo que sea posible —contesta mirándome por encima de sus finas y elegantes gafas—. Lo siento, tenemos la agenda completa —añade, mientras repasa con la mirada la pantalla del ordenador. Quiero imaginar que buscando un hueco—. No tengo nada libre —se reafirma, encogiéndose de hombros.

—¡Joder! —exclamo, con un nudo en la garganta y los ojos vidriosos de la angustia. Me están entrando unas ganas enormes de llorar.

La chica, al verme con el sufrimiento reflejado en todo mi ser, duda, y parece que se apiada de mí.

—Es que Ana no está. Está de vacaciones y parece que todo el pueblo, necesita una consulta —cuchichea con un tono en el que percibo cierta ironía—.

Pero lo tuyo, se ve a leguas que es algo importante.

Solo hay que verte la cara que traes. —Asiento con la cabeza y, antes de dejarla terminar la frase, le pregunto si puedo usar el baño.

—¡Me orino! —voy silbando, hasta alcanzar el baño. Gracias a Dios llego a tiempo.

Al salir, la chica de recepción me llama.

—He preguntado, por hacerte el favor. —Me guiña el ojo, con simpatía—.

Las chicas debemos apoyarnos las unas a las otras con estos problemillas tan molestos.

Vas a tener suerte, me ha dicho que te verá en cuanto pueda.

Puedes pasar a la sala de espera que está a la derecha.

Te verá en cuanto se despeje un poco la cosa.

—Mil gracias —agradezco de corazón, aliviada.

Que no me asistieran significaría ir al centro de salud, hacerme un análisis de orina y esperar tres días un resultado que necesito YA.

—Por cierto —me vuelvo—, si Ana no está, entiendo que me verá otra persona. ¿Cómo es la ginecóloga?

—Una eminencia —responde la chica con una risilla—. Desde que está en nuestra clínica, incluso viene más gente. Tenemos una lista de espera de más de un mes. Lo que he hecho contigo es una excepción. No lo cuentes por ahí o me buscas la ruina. —Me vuelve a guiñar el ojo con simpatía.

—Gracias, de verdad —agradezco antes de continuar por el pasillo y entrar en la sala de espera.

La muchacha es un verdadero encanto, ya quedan pocas personas así de serviciales y joviales.

Cuando llego, certifico con mis propios ojos que lo que me ha dicho es totalmente cierto.

Nunca en la vida he visto una sala de espera tan increíblemente repleta de gente como ahora.

Todas las sillas están ocupadas. Y al menos diez personas más esperan de pie.

Me coloco como puedo en una esquina apoyada en la pared, mientras paseo la vista con detenimiento por la sala.

Hay mujeres de todas las edades, pero lo que más me llama la atención es que todas van muy arregladas y maquilladas.

Miro mi vestimenta y me arrepiento de no haberme puesto algo mejor.

No es que vaya mal, pero comparándome con las demás, estoy un poco flojilla.

Justo en ese instante, caigo en la cuenta.

—¡Mierda! —gimo, ahogando las palabras, para que nadie me oiga.

Acabo de acordarme de que ahí abajo el molusco sigue pareciendo un erizo; vamos, que aún no se ha hecho la poda, como diría la graciosilla de Desiré.

Lo que significa que voy a pasar una vergüenza insoportable.

Si no fuera porque el pis literalmente se me escurre por las patas abajo, me daba la vuelta y me marchaba a todo correr.

La idea de que Ana fuera a ver mis partes sin depilar no me agradaba, pero podía soportarlo.

Pero que lo haga otra mujer desconocida me enciende los colores solo con pensarlo.

Relájate, Blanca. Intenta no pensarlo.