Prohibido enamorarse del idiota Diagnóstico
27%

Diagnóstico

Creo que algo malo me pasa. Aunque no logro determinar exactamente el qué.

Me siento como diferente, extraño. Además, me sorprendo a mí mismo haciendo cosas raras de pelotas.

Como hace una hora, cuando le he dicho a la imponente rubia con la que estaba flirteando que me iba a casa, pero sin ella. Lo que digo: inaudito. Insólito.

Grave de cojones.

Yo, que presumo de que mi máxima en la vida es pasármelo bien y disfrutar, sobre todo de los placeres de la carne, acabo de rechazar a un pibón de tía sin ningún motivo.

¿Estaré malo? ¿Tendré algún virus mortífero?

¿Será que sus patadas en los huevos me han dejado con la libido en coma?

¿Me habrá neutralizado el cohete? Comienzo a ponerme muy nervioso, tanto que un sudor frío comienza a acartonarse en mi frente.

No sería la primera vez que un golpe acaba con el sistema reproductor masculino, vamos, que le funde los plomillos para siempre.

El aire se me corta antes de llegar a los pulmones, creo que estoy hiperventilando, y también…

quizás, exagerando un poco. Domino lo suficiente en la materia como para saber que, en el fondo, dramatizo.

Lo que me cuelga ahí abajo sigue estando lozano.

Pero estoy con mi pataleta personal, y no es tan fácil salir de ella.

Tomo asiento en la minúscula barra de la cocina.

Repaso la vista por los anticuados muebles de color anaranjado.

Quién cojones elegiría este color, hay que tener mal gusto, divago.

Me bebo dos vasos de agua del tirón. Y cuando me siento más relajado, me palpo por encima de los gayumbos, y termino entrando en razón.

Mi retirada con esa rubia puedo achacársela única y exclusivamente a que aún me duelen los cojones, sobremanera. Que es lo más normal del mundo, después de ¡la puñetera tarde de locos que he tenido!

Si alguien me hubiera dicho que, de todas las personas del jodido pueblo, para darle clases, iba a aparecer otra vez la tarada de mi vecina, me hubiera descojonado en toda su puta cara. ¿Qué probabilidades había? ¿Una entre cien mil?

Lo cual me lleva a la siguiente premisa, esto empieza a olerme muy mal.

Algo me descuadra. Soy un tío de matemáticas, y algo en la ecuación falla.

Comienzo a sospechar que o me sigue, o que todavía quiere vengarse.

Puede que sus palabras reiterando con vehemencia que firmaba la paz solo fueran patrañas para poder pillarme desprevenido cuando me asestara el golpe maestro de hoy.

A lo mejor, era pura mentira y me tenía preparado todo este circo para desacreditarme como instructor y de paso aniquilarme el sable.

Mi teoría va cobrando fuerza, tanta, que casi estoy convencido de ella, hasta que caigo en el detallito sin importancia de que la tocapelotas —nunca mejor dicho— lo ha pasado hoy peor que yo.

Solo había que verle la cara de espanto cuando ha despegado del suelo y el color escarlata de sus mejillas cuando la he hecho aterrizar.

Le iba a dar un infarto. Aunque la culpa de todo es de ella, y nada más que de ella.

A quién se le ocurre no prestarme la más mínima atención cuando explicaba y, encima, luego, pasarse mis órdenes por el forro de los cojones.

Cuando he visto que tenía los pies en volandas y que si no la aguantaba se la tragaban las nubes, por mi mente han pasado dos cosas.

La primera, déjala que se la lleve Dios, que dejará más paz de la que da.

Y la segunda, me cago en la puta, Charles me mata como le pase algo, recupérala cagando leches.

Si el negocio no hubiera sido de mi amigo, otro gallo hubiera cantado.

Sí que es cierto, que cuando ha empezado a gritarme que la cogiera más fuerte, ahí he titubeado.

Me he ablandado. E incluso deseado con todas mis ganas salvarla y acunarla en mi pecho para que se sintiera protegida.

A salvo. Para ello, he utilizado toda la fuerza y capacidades que tenía en mis manos.

Optando por la opción, quizás, menos decorosa, pero más efectiva. Agarrarla del trasero.

Primero, porque tiene un buen trasero. Muy bueno, por cierto, tras tocárselo por la inminente emergencia. Si tuviera que puntuarlo, y no soy de esa clase de tíos… tendría que darle un diez, sobre diez.

Y segundo, porque era de lo único de lo que podía tirar. Sus piernas y sus pies no cuentan, estaban muy ocupados intentando derribarme a patadas.

Repito de nuevo para que quede claro, lo he hecho, con la única y exclusiva intención de ayudarla. Quiero dejarlo patente. No soy ningún tocón, ni mucho menos me hace falta serlo, tengo bastante público.

Y ya que estoy confesándome, conmigo mismo, debo admitir, aunque nunca lo haré en voz alta, permanecerá para siempre como un secreto íntimo, que cuando la he agarrado del trasero, algo en mi interior, y puntualizo, SIN MI CONSENTIMIENTO, se ha prendido, adquiriendo vida propia.

¡Joder, es que olía tan bien! ¡Y está tan buena! ¡Aunque sea tan molesta como un grano en el culo!

Hasta que luego ha tenido la osadía, la muy idiota, de gritarme que era un cerdo y mil barbaridades más que me ponen de una mala hostia que me revuelven las tripas. Creo que eso es lo que tengo, inquina fluyendo por mis venas. Maldita sea su estampa, me va a volver loco de remate.

Total, que aquí estoy, con mis partes guillotinadas y a dos velas, sentado en una banqueta de la cocina, observando la horrible decoración del maldito apartamento, rememorando cómo ha osado llamar a mi polla guisante.

Sigo sin creérmelo. No salgo del bucle mental.

Decido ir a sacar la basura a ver si el aire disipa mi acritud, y a la vuelta, dirijo una mirada rápida a mi derecha, cerciorándome de que mi querida vecina está en casa con la tele puesta.

La vi largarse del chiringuito minutos después de que las dos chicas se nos presentaran.

Y no puedo afirmarlo con seguridad, pero me pareció ver de soslayo que Blanca estuvo muy pendiente de la escena.

Es más, diría que torció el gesto cuando vio que la actitud de esa chica conmigo era tan... llamémosla cercana.

¿Será que, de alguna extraña manera, estaba celosa?

Reprimo las ganas de aporrearle la puerta para tocarle los cojones y exigirle que se retracte, pero algo me dice que no es una buena idea, que el ambiente está ya tan caldeado que somos capaces de acabar los dos entre rejas.

Vuelvo a casa y me meto en la ducha, no hay nada mejor que el agua caliente recorriendo mi cuerpo después de un día complejo.

Al salir, me preparo unos burritos para cenar, mientras veo de fondo uno de esos programas musicales de la televisión a los que no se necesita prestar mucha atención.

Quiero acostarme pronto, tengo una larga semana de trabajo por delante, y necesito estar descansado para poder concentrarme y ser un buen profesional.

El reloj señala las once de la noche cuando me levanto del sofá, me pongo las chanclas y me dirijo bostezando a la habitación.

Sacudo un poco las sábanas para estirarlas.

Están hechas un gurruño, porque nunca hago la cama, me parece una pérdida de tiempo absoluta.

Cuando ya he puesto el despertador a las siete y estoy acomodándome, con los ojos ya cerrados, mi móvil comienza a sonar.

Doy un respingo, preocupado. Es demasiado tarde para recibir una llamada.

Lo primero que se me pasa por la cabeza, es que sea mi madre, que esté en uno de esos días en los que las tinieblas se apoderan de ella.

Antes, solía ser lo habitual. Ahora, gracias a la terapia y a la medicación, el número de veces ha disminuido cuantiosamente.

Lo que es un alivio. Miro inquieto la pantalla del teléfono por si aparece su nombre. Y no. No es. Es peor, mucho peor.

—¡Joder! —blasfemo viendo el emisor de la llamada.

Dudo unos instantes si cogerlo, lo que menos me apetece hoy es esto.

—Maldita sea —rebufo mientras el móvil sigue sonando en mis manos, provocando que finalmente me ablande y termine cogiendo la llamada.

—Buenas noches, Markus. Perdona que te llame tan tarde. ¿Estabas acostado?

—No, papá —contesto con desgana, omitiendo la verdad.

—Menos mal. Llevo todo el mes intentando llamarte, pero entre las reuniones, los clientes y el trabajo atrasado, me ha sido imposible. ¿Qué tal estás? ¿Te ha gustado el apartamento?

—Sí, es… acogedor —contesto, para no mencionar que la decoración la escogió un invidente.

—¿Has visto que hay toallas en el armario del dormitorio? Si te hace falta cualquier cosa, ya sabes que solo tienes que decírmelo.

—Sí, todo está bien —respondo escueto, evitando decirle lo que realmente pienso, que es: «Si después de varios meses no hubiera encontrado las toallas, probablemente estaría secándome las bolas con tus cortinas».

Aún no me siento cómodo hablando con él.

Nuestras conversaciones siguen teniendo un cariz demasiado tenso, no fluyen, siguen encorsetadas en una cordialidad impostada.

No es posible borrar de un plumazo los veintiocho años anteriores y que todo funcione entre nosotros con una normalidad sedosa. La vida real no es así.

—¿Y el trabajo? ¿Estás contento?

—Sí, no puedo quejarme, ya tengo una clientela enorme.

—Está bien, hijo. Quiero que sepas que te quiero y que, cuando estés preparado, me gustaría que nos viéramos.

—Vale —farfullo, a regañadientes, huyendo de fijar una fecha concreta.

—Un beso, hijo. —Lo oigo decir antes de colgar.

Esta llamada es lo que me faltaba para rematar el día, pienso, mientras me tumbo sobre el mullido colchón.

Vernos. Quiere que nos reunamos. Hace años, hubiera matado por escuchar estas palabras.

Por sentirlo cerca. Pero ahora, todo es difuso, complicado.

Yo di el primer paso con esto. Venir a este lugar.

Pero aún no estoy seguro de querer ir más allá. No sé si de verdad quiero intentarlo.