Bochorno, es poco
Me escabullo entre la gente como puedo. Es julio, la playa está a reventar y yo he dado un espectáculo tremendamente estelar.
Ni la pirotecnia en plenas Fallas es tan magnética, potente y estruendosa como mi autosabotaje.
Juro que se me ha salido el alma por la boca.
Me he acordado de Herminio, pero bien. Mira que el hombre nos lo advirtió un millón de veces.
Es muy peligroso, quitaros la idea de la cabeza, vais a acabar con las piernas amputadas.
¿En qué maldito momento se me ocurrió la brillante idea de darle el gusto por su cumpleaños a la traidora de Desiré?
Soy idiota, tremendamente idiota. Estas cosas solo me pasan a mí, por no quedarme quietecita y regalarle un dichoso jersey estrambótico.
Por no hablar de lo otro…, del rubio que tenía pegado a mis nalgas, desplegando sus tentáculos, TODOS ELLOS, sobre mi cuerpo.
Estoy segura de que lo ha hecho a propósito.
Esa cometa estaba trucada, es imposible que fuera la única a la que el viento ha arrastrado como si fueran unas bragas sorprendidas por un jodido huracán en mitad de un tendedero.
Literalmente, he volado. Y para todos aquellos que aseguran que su sueño es volar, tipo si les concedieran un superpoder, ya les digo yo que eso de levitar en el aire no se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Es como ser una piñata en mitad de un cumpleaños y que te aticen enanos diabólicos con enormes palos, sin saber cuándo vas a explotar y desintegrarte a cachos.
Desiré aumenta el ritmo de sus pasos y logra ponerse a mi lado. Está un poco asfixiada. Y me alegro. Estoy tan enojada que mi vena malvada ha comenzado a aflorar.
—Ha sido lo más divertido que he presenciado en años.
La desintegro con la mirada.
—Eh, no te pongas así. Deberías estar contenta por haberte refregado con ese dios del Olimpo. ¿De verdad tenía un gusanillo? —indaga, socarrona.
Vuelvo a girarme hacia ella, mientras acelero el paso, con aire letal.
—No la pagues conmigo —añade, guasona—. Venga, anda, vamos al chiringuito a tomar algo.
—Ni de coña. Me voy para casa —rehúso tajante, subiéndome a la pasarela de madera, dirección al coche como un toro miura.
—Venga ya, Blanca, ¿qué vas a hacer en casa? ¿Martirizarte? Vamos a tomar algo. Esto era por mi cumpleaños, y dudo que vayas a querer regresar los dos días que nos quedan de curso. —Me mira con cara de perrito degollado, intentando hacerme chantaje emocional por si cuela.
—No vuelvo ni aunque te arrodilles y me lamas el dedo gordo del pie —suelto por la boca la primera locura que se me ocurre. Tomo aire y suelto otra barbaridad, muy impropia de mí—. Ni aunque dependa de mí el futuro de la humanidad, os podéis pudrir todos —zanjo, indignada.
—Valeeee, pero tomémonos una cervecita entonces —pide suavemente con un tonito meloso y dulce para llevarme a su terreno.
—No me apetece.
—Lo sé, pero no es buena idea que te encierres en casa —me aconseja cariñosamente, pasándome un brazo por el hombro—. Vamos.
La sigo arrastrando los pies, no muy convencida aún. Y solo porque, a pesar de todo, en el fondo tiene razón. Como me vaya a casa, voy a estar toda la tarde rememorando la escena una y otra vez. O lo que es lo mismo, crucificándome hasta perder la consciencia.
Miles de rostros se voltean a mi paso al entrar al chiringuito, y unas molestas risillas van circulando a mi alrededor. Genial, me reconocerían en estos momentos hasta en Australia. Me siento superincómoda y desubicada. Ojalá pudiera borrar de un plumazo todo lo que ha sucedido en esta última hora.
—¡Joder!
—¿Qué te pasa ahora?
—Que acabo de darme cuenta de que seguro que estoy rulando por todo Internet. —Me echo las manos a la cabeza horrorizada, con los ojos desencajados y el pulso desbocado.
—Te diría que no, para consolarte, pero he visto más de un centenar de móviles alzados grabando tu épica aventura. Si no te conviertes en trending topic será un milagro. —Ríe entre dientes Desiré.
Alzo mis manos, sujetándome la sien. Me siento mareada.
El aire comienza a faltarme, y tengo unas tremendas ganas de llorar.
Como mi jefe vea esto, me puedo olvidar del ascenso.
¿Quién va a querer contratarme como analista de riesgos, si mi trasero está en primera plana en todos los medios digitales del maldito mundo?
Que parezco la jodida Bridget Jones bajando por la maldita barra de bomberos.
Confianza, lo que se dice confianza, no transmito.
Además, si no soy ni siquiera capaz de analizar el riesgo que conlleva este asqueroso deporte, quién va a confiarme a mí su dinero para considerar los riesgos del mercado bursátil.
Ya te lo digo yo. Nadie. Absolutamente nadie.
Maldita sea la hora en la que decidí regalarle el pack de experiencias a mi amiga.
Si lo hubiera sabido, el regalo estrella de este año seguiría siendo el tupper de chorizo frito que le regaló la abuela Herminia, con la nota de «Un buen chorizo de Cantimpalos quita todas las penas y da muchas alegrías; si no logras encontrar uno, al menos quítate la pelusilla comiéndote este» .
Pedimos dos cervezas con la esperanza de que el alcohol, me haga olvidar el espectáculo dantesco que he protagonizado, o al menos me disuelva las incipientes ganas de llorar que se me agolpan en el pecho.
¿Cómo es posible que esté arruinando toda mi vida así?
En menos de una semana, he pasado de ser una tía inteligente, con ambiciones, responsable, que cuida los detalles, las formas, que se enorgullece de su autocontrol, de su capacidad para que todo vaya a la perfección, siguiendo los trazos marcados por una cuidadosa planificación, a esto…
Una perturbada que se putea con su vecino, y va enseñando el pandero por el mundo entero, para acabar restregándoselo al primer gilipollas de turno. Mi vida va en declive. Estoy acabada.
El chiringuito está a reventar, miles de personas bailan en mitad del césped. Otras se sientan en dirección al mar, como nosotras, que estamos vueltas de espaldas al gentío, intentando pasar desapercibidas, en la medida de lo posible.
—Por nosotras. —Acerca Desiré su botellín al mío.
—Por nosotras —ahogo mi vocecita como alma en pena.
Dura poco. La tranquilidad. Si es que alguna vez la tuve.
Lo distingo, mucho antes de acercarse al chiringuito.
Sigue con el torso desnudo, con el cabello despeinado y esa expresión en su cara, que diría que esta vez es de pura irritación.
Va tirando de uno de los equipos de Kite.
Estoy segura de que es mi cometa, la tengo grabada con fuego en mis córneas y en mi maldito cerebro.
Voy a tener pesadillas con esto hasta el día de mi muerte.
A su lado, un chico alto y bastante atractivo parece estar metiéndose con él, porque tuerce los labios en una mueca de protesta que se acrecienta cuando me ve.
Se vuelve y noto cómo me señala descaradamente.
El otro chico se gira y me escudriña con la mirada con cierto disimulo, apareciendo impresa en su rostro una amplia sonrisa, o al menos es lo que desde aquí interpreto.
—Otra vez no. —Volteo los ojos.
—Uhh, esto se vuelve a poner interesante. —Palmea mi amiga tan emocionada, que ni siquiera intenta disimular su euforia por respeto a mí. La muy asquerosa está disfrutando de lo lindo de mi sofoco.
—¿Buscando otra presa para aniquilarle el sable?
—¿Te refieres a tu gusanito?
—¿Quieres palparlo de nuevo? Creo que estabas tan asustada que no has medido bien sus dimensiones —dice arrugando el ceño con altivez.
Tuerzo el gesto con disgusto, y me llevo dos dedos a la boca, en señal de «me das arcadas».
—Tarada —gruñe, mosqueado, siguiendo su paso enfurecido.
—No se lo tengáis en cuenta, últimamente está un poco irascible. Soy Charles —se presenta con una desbordante sonrisa que hace bizquear a Desiré.
—Encantada. —Se levanta de un salto mi amiga, retirándose la gran melena pelirroja del rostro y estampándole dos jugosos besos, que el chico recibe con cierta timidez.
—Y tú debes de ser la vecina.
—Sí, la máxima perjudicada —respondo, pesarosa.
Charles ríe a carcajadas.
—Te doy el pésame —bromea.
—Gracias.
—No es nada. Con lo poco que me ha contado Markus sobre ti, ya me caes mejor que él.
Le dedico una tímida sonrisa. La primera, después del lamentable alboroto, que soy capaz de esbozar.
—¿Vienes o qué? —gruñe Markus haciendo aspavientos desde la barra.
—Estoy bien aquí —le vacila divertido Charles, fijando la vista de nuevo en nosotras, ignorándolo deliberadamente—. Yo quiero una cerveza —alza la voz.
—¡Pues ven a pedirla! —ruge Markus, ofuscado.
Aún se puede palpar el cabreo en sus palabras, parece que lo del gusanillo le ha hecho pupita en su enorme ego.
—Voy a ir, antes de que empiece a echar chispas e incendie el local —bromea el amigo—. Encantado de conoceros, espero que nos veamos pronto —agrega con simpatía, mientras se aleja.
—Me he enamorado —suspira sonoramente Desiré.
La observo de reojo.
—¿Exactamente de cuál de ellos? —rezongo.
Hacía menos de dos horas, estaba bizqueando, encandilada de amor, por mi vecino.
—De Charles, claro. Markus está ya cogido. Nunca le haría eso a una amiga —dice con teatralidad.
—Estás chalada. —Arrugo el labio molesta, dándole un sorbo a mi cerveza, deseando emborracharme lo antes posible para olvidar el ridículo tan bochornoso que he hecho.
Desiré se gira y deja escapar un profundo suspiro. Con la vista concentrada en ellos, como si Cupido hubiera hecho muy bien su trabajo.
—Parecen los dos salidos de un catálogo de ropa interior. Si no lo hubiera visto como monitor, diría que son chicos de compañía de alto standing .
Volteo con disimulo la mirada hacia ellos y, muy a mi pesar, pienso —aunque me muerdo la lengua— que tiene razón.
Destacan. Entre todos los hombres. Y mira que hay hombres, y guapos, en este sitio.
Esto parece un culto a la belleza. Todos están enseñando músculos.
Con gafas de sol. Repeinados, aunque intentando aparentar que no.
Aun así, todo el personal femenino está pendiente solo de ellos.
Veo varios grupos de amigas cuchicheando y mirándolos. Otras son más directas, y les sonríen.
Dos chicas despampanantes están caminando hacia ellos. Una de ellas, la rubia de piernas kilométricas, labios carnosos, ojos cielo, está susurrándole algo al oído a Markus, cuyas comisuras se marcan poderosamente, alzándose traviesas, antes de contestarle algo que, desde aquí, no soy capaz de oír.
¡Maldita sea! ¡Qué leches le estará diciendo! Escudriño la mirada en un vano intento por leerle los labios. No entiendo por qué motivo tengo tanto interés en saberlo.
¿Será que empiezo a ser masoquista o algo peor?
No. No. No. Ni loca.
Ese tío es grosero. Engreído. Antipático. Y molesto, muy molesto.
A pesar de ello, parece que soy incapaz de dejar de mirar en su dirección, mientras instintivamente aprieto los puños cada vez que la rubia acerca sus pegajosos dedos a él.
—Sabes que me estás dando la razón, ¿no? —deja caer Desiré, con expresión burlona.
—Vámonos. No es lo que piensas —concluyo más rabiosa de lo que debería—. Es el maldito día que llevo, que me tiene trastocada.
Caminamos hacia el coche en silencio. Yo sigo con un humor de perros y Desiré está absorta en su móvil.
Cuando tomamos asiento, mi amiga sube la radio y tararea la canción de Sidecars, Locos de atar .
Tiene una voz angelical, si no hubiera conseguido ser bióloga, seguro que hubiera triunfado como cantante.
—Blanca, ¿sabes en lo único que he podido pensar cuando estabas en el aire?
—¿En que ojalá me salvara y no muriera tan joven?
—No.
—¿En que el hospital estaba a más de media hora?
—No.
—¿Entonces en qué? —pregunto con inocencia.
—En que, por la Virgencita de los abdominales, no se te saliera el alga marina que tienes en la entrepierna. —Ríe a carcajadas mientras intenta secarse con las manos las lágrimas que se le escurren por las mejillas.
Fulminarla con la mirada se queda corto. La estoy desintegrando.
—Piénsalo unas horas… y cuando recapacites… que sepas que ya te he cogido cita con mi esteticista mañana para despejarte el matojo del mejillón.
Salgo del coche sin decirle ni adiós, dando un portazo que hace retumbar las ventanillas. Mi nivel de paciencia hoy está en números rojos. Estoy que trino.
—Será asquerosa —farfullo a media voz—. Aunque… quizás, sí que tenga algo de razón con eso de ir a depilarme. Si se me hubiera visto… estaría siendo un meme durante los próximos mil años.