La clase de kitesurf #3
—¿Ves cómo funcionaba? —murmura dulcemente, cerca de mi oído, provocándome un escalofrío que me recorre entera.
Gruño en respuesta.
No me gusta ni un ápice darle la razón. Y mucho menos lo inquieta que me estoy poniendo hoy con su cercanía.
Ya con la cometa arriba, en el punto más seguro, me anima a que intente controlarla siguiendo las lecciones de las ventanitas de viento.
Sigo las instrucciones que nos ha explicado, o al menos las que levemente recuerdo, porque estoy prácticamente en blanco.
Así que me muevo por instinto, hasta que empiezo a darme cuenta de que la cosa no va bien.
El momento exacto es cuando advierto que las plantas de mis pies comienzan a despegarse del suelo y la jodida cometa empieza a tirar de mí con tanta fuerza que me es imposible manejarla.
Estoy volando. Y no lo digo como una metáfora rebuscada.
Es jodidamente literal. Empiezo a parecer una longaniza humana, estirada, balanceándose sin dignidad mientras el viento me zarandea de un lado a otro y decide mi funesto destino.
Me está entrando el pánico o, mejor dicho, yo soy el pánico. Estoy temblando, me falta el aire y no sé si quiero continuar consciente o desmayarme para ahorrarme el sufrimiento de ver cómo me estampo igual que un huevo contra el suelo.
—¡¡Joder para esto!! ¡¡Páralo!!
—¡Sube la cometa! —comienza a gritarme.
—¡Me mato! ¡Ains, que me mato! —chillo, histérica—. ¡¡Ayúdame!!
—¡Eso intento! ¡Maldita sea! —grita inquieto.
Mis pies siguen subiendo, ya casi no toco la arena con los talones .
¡Estoy haciendo UP!
¡Pero, en vez de globos, me asciende una jodida cometa!
—¡¡Voy a morir!! —me desgañito.
—¡Tranquilízate! —vocifera—. Estando así de nerviosa, lo empeoras. —Tiene la desfachatez de decirme el tío.
—¡Cómo voy a tranquilizarme si no dejo de subir!
—¡Pero suelta la barra!
—¡Como si fuera tan fácil! ¡¡No!! ¡¡Noooooo!! ¡Que me lleva al agua! ¡Al agua, noooooo! —grito fuera de mis cabales mientras veo cómo el mundo se hace pequeñito debajo de mis pies.
De repente, noto que me agarran de las pantorrillas. Aleluya. Por fin hace algo el idiota este. Estoy segura de que esto lo ha provocado él. Lo ha planeado concienzudamente en cuanto me ha visto. Quiere matarme.
—¡No me sueltes! —continúo graznando—. ¡¡Más fuerte!
! ¡¡Agárrame!! ¡¡Con más ganas!! —vocifero, lloriqueando, mientras el viento me agita como cuando zarandeas un olivo para recoger aceitunas.
Ahora mismo eso soy, una aceituna horrorizada a punto de ser deshuesada por un enorme cochino, podemos aplicarle a don psicópata el papel de cerdo diabólico, en este entuerto .
Estoy viendo pasar mi vida ante mis ojos.
—Eso intento. ¡Para de mover las piernas! ¡Que llevo dos patadas en los malditos cojones!
En ese justo instante es cuando percibo que sus robustas manos están agarrándome con mucha, demasiada, contundencia, por mis voluptuosos cachetes del culo, que además tengo estampados sobre su entrepierna. Más concretamente en todo su miembro, que está haciendo de contrapeso, frenando la gravedad.
—¡Quita ese mástil de mi intimidad! —grito, espantada cuando noto la fricción en mi retaguardia.
—¡¿Estás de broma, no?! —me chilla, bastante mosqueado, arrugando tanto el entrecejo que parece un bulldog francés enfadado.
—¡Deja de aprovecharte! —vuelvo a enfrentarlo para que deje de hacerse el mosquito muerto.
—¡Tendrás cara! Encima que te salvo. Si me gritabas que te agarrara, ¿cómo era? Ahhh, sí… más fuerte, con más ganas. Dame más, gemías.
—¡Pero no del culo, SO GUARRO! Ni mucho menos embistiéndome con tu gusanillo.
—¿Gusanillo? ¿Será coña? ¿No? Querrás decir manguerón. Cañón. Sable —vocifera con un fogonazo de rabia.
—Me mantengo. El guisante —lo desafío, levantando mi brazo y colocándole a tres centímetros de su cara dos de mis deditos muy juntitos en un gesto que muestra lo pequeñito del asunto. De su asunto.
—Eres una puñetera tarada —ruge, enfadadísimo, con un color raro en la cara—. ¡Mira cómo me has puesto!
—Cochino.
—¡Morado! —increpa con el rostro color berenjena—. ¡Me la has retorcido! ¡Estrangulado! ¡Querías aplastarme la chorra! ¡Demolerme el bate de béisbol!
Dirijo la vista a su entrepierna y veo que puede que diga la verdad.
Se la está aguantando con las dos manos con expresión de horror.
Sigo observando y me doy cuenta de que más de media playa está haciendo un círculo a nuestro alrededor, explotando de risa y cuchicheando barbaridades.
No los culpo. El espectáculo que les he servido en bandeja es grotesco.
Incluso mi amiga, o debería decir examiga Desiré, la única que debería estar apoyándome en estos delicados momentos, está intentando taparse la boca disimuladamente del hipeo de risa que la muy ingrata tiene.
Estoy roja como un tomate. Los mofletes me van a estallar en cualquier momento y un ictus se me antoja la única salida digna.
Como puedo, agacho la cabeza y me hago hueco apartando a la gente. Tengo que huir de aquí. YA.
—¡Espérame! ¡Blanca! ¡Blanca! —La oigo decir, a la muy traidora mientras abandono a zancadas la escena.