La clase de kitesurf #2
—¿Tensión sexual? —cuchicheo, para que no se entere don psicópata—. Tú no te enteras de nada. Nos odiamos. Es imbécil. Nauseabundo. Un engreído apestoso.
—La que no se entera eres tú. ¿Has visto cómo te ha mirado? Sí te quería comer con la vista.
—¡Déjalo ya! —replico, mosqueada.
Obviamente, mi amiga no se entera de nada. La ha idiotizado con su imponente físico, tal como me pasó a mí cuando lo vi por primera vez, antes de que abriera su bocaza.
—Acercaos —nos llama Markus—. Vamos a comenzar la clase, la persona que falta al final no va a venir.
Arrastro los pies por la arena con desgana, me pesa el cuerpo y el alma. Si ya estaba muerta de miedo… después de esto… estoy cagada a nivel máximo.
—Voy a explicaros los puntos básicos y luego practicaremos. Como somos cinco personas, lo vamos a hacer en parejas. A ver, Ezequiel, tú irás con Mario. Lucía, tú irás con Desiré, y yo… me pondré con Blanca. —Levanta las cejas, pícaro.
—¡Genial! —exclamo, resoplando como si fuera un búfalo cabreado a punto de derribar un león en plena selva.
—Me alegro de que te emocione, Blanquita —se burla—.
Lo primero que tenéis que saber es cómo funciona la ventana de viento.
Llamamos así al área semicircular del cielo donde es posible volar la cometa.
Os lo muestro. Mirad, ahora que estoy posicionado de espaldas al viento, la ventana sería el área que abarca ciento ochenta grados delante de ti, desde el suelo hasta justo tu cabeza —explica levantando sus musculosos brazos—.
Bien, la parte superior de la ventana, que equivaldría a las doce en un reloj imaginario, genera la mínima tracción o potencia.
Es decir, si os veis apurados, soltar la cometa en esa posición. Es el lugar más seguro. ¿Me seguís?
Todos excepto yo le contestan que sí. Yo continúo enfurruñada, cruzada de brazos y maldiciendo mi suerte.
—Seguimos. La zona de potencia o Power zone para los más bilingües.
—Guiña un ojo a Desiré, que casi se cae al suelo de culo de la impresión.
Tras lo que la oigo murmurar: « Power fuerte es lo que quiero que me des y, si es posible, por el ángulo bajo»—.
Es la zona más cercana del agua a ambos lados, abarcando desde las nueve hasta las tres en punto.
Cuidadito, con esto, porque la fuerza de atracción que se genera es significativa.
—Su comisura derecha se alza tras esto, en una sonrisa hacia mí, que roza lo descarado—.
Blanquita, sobre todo tú, que no queremos que termines estampándote por la fuerza de la atracción contra una piedra o contra mis bíceps.
—Me llamo Blanca —ladro, mientras atisbo cómo una mueca ladeada ilumina sus ojos—. Imbécil —murmuro entre dientes, muy bajito para que no me pueda oír.
—Después tenéis el borde de la ventana, son los extremos laterales de la zona de potencia.
Tras eso, sigue con una tediosa charla sobre la velocidad del viento, el viento inducido, cómo colocar las cuerdas de la cometa y veintiocho mil cosas más que aburrirían a un muerto.
En lugar de un deporte, parece que estamos haciendo de nuevo el examen de Selectividad.
Resultado, mi mente desconecta. Paso de tanta información.
Si el garrulo este sabe hacerlo, a una licenciada en economía con dos másteres y experiencia trabajando en análisis de riesgo en banca, importante destacar lo de análisis de riesgos, dados los peligros que entraña lo que voy a hacer…
, no debe darle ningún problema volar una cometita en la arena.
Ni siquiera vamos a intentar la inmersión en el agua hoy, que es lo que me aterra, por cierto.
El mar sigue dándome tanto respeto como cuando tenía cinco años.
—¿Lo habéis entendido? —nos pregunta a todos, esta vez más serio que de costumbre, como si fuera de vital importancia saberse bien la lección—. Si algo no os ha quedado claro, por favor, consultadme antes de comenzar.
Todos, incluida yo, afirmamos en un leve gesto, como si se nos hubiese quedado grabada toda la parafernalia que nos ha explicado. Cosa imposible, salvo que te hayas hecho apuntes y te los hayas empollado tres tardes seguidas sin descansar, ni para ir al lavabo.
—Está bien. Poneos en pareja y a volar.
Los demás compañeros, incluida la traidora de mi amiga, que no ha rechistado ni un momento con la repartición de las parejas, se ponen manos a la obra. Se ayudan entre ellos a colocarse el equipo y, no sin cierta complicación, comienzan a ascender por el cielo las enormes cometas.
Desiré tiene en estos momentos un ojo en la cometa de su compañera, y el otro bizquea curioso hacia mí. La ingrata parece estar disfrutando de haberme dejado en la estacada con el insoportable de mi vecino.
—Blanquita, baja de las musarañas, venga, que es para hoy —incide, burlón.
—Ya voy, ya voy —respondo mientras intento ponerme los dichosos aparatejos, que se me resisten.
—Empezamos bien. —Juguetea con la ironía pegada a su estúpido rostro.
Se inclina acercándose hasta quedar a un palmo de mí.
Es tan alto, tan corpulento, que me siento abrumada con su cercanía.
Si antes estaba nerviosa, ahora estoy atacada.
En un acto reflejo, alzo la vista hacia él, mientras sus manos comienzan a desenvolverse ágilmente alrededor de mi cuerpo, colocándome el equipo.
Nuestras miradas chocan, por unos leves segundos, en los que creo ver cómo sus pupilas se dilatan y una traviesa sonrisa vuelve a decorar sus labios, provocándome una especie de electricidad irreconocible que me atraviesa el estómago, poniéndomelo del revés.
—Colabora —gruñe poniéndome el arnés, rozando con sus dedos mi piel.
Ahogo un suspiro a duras penas cuando noto su fresco aliento mentolado acariciando mi oído—.
Blanquita, hemos empezado con muy mal pie.
Espero que se te dé mejor esto que el resto de las cosas —emite casi en un susurro, rozándome los mofletes con su aterciopelada cara.
Por Dios, Blanca, céntrate. Te está intentando desestabilizar para que acabes espatarrada en mitad de uno de esos pinos que se ven cerca de la carretera.
—Vale. Ahora intenta levantar la cometa.
Hago lo que me pide. La parte de las ventanas de viento es la única que me sé.
Con el resto dejé de prestar atención. Me coloco en la posición que nos mostró.
Determino de dónde viene el viento y me lanzo a la aventura.
Ocho veces después, sigo sin poder levantar el dichoso trozo de tela del maldito suelo.
El resto de mis compañeros… todos con la cometa surcando el cielo.
—¡Maldita sea! —bramo—. ¡Me has dado la que no vale! ¡La que está averiada! Si ya lo sabía yo… En cuanto te he visto, sabía que ibas a putearme otra vez. Nunca tienes suficiente.
—Son todas iguales. —Estalla en una carcajada—. Además, ¿cómo se avería una cometa? Lo que pasa es que eres nefasta.
—Yo no soy nefasta. Me estás boicoteando —alzo la voz, con una expresión de pocos amigos bien estampada en mi cara.
Pone los ojos en blanco. Se posiciona detrás de mí. Cerca. Muy cerca. Su cuerpo acoge al mío entre sus musculados bíceps. Y yo trago saliva como si fuera cemento, con mucha dificultad. Mis hormonas están disparatadas y no entiendo por qué si lo odio. Mucho. Muchísimo. Con todo mi ser.
Me está abrazando por detrás, o eso es lo que imagino yo, mientras un ligero olor masculino me golpea los sentidos.
En realidad, está cogiendo el palo ese, sobre el que va enganchada la cometa, aprisionándome entre el cerco que conforman sus brazos.
Y de repente, casi por arte de magia, la alza, ante mi estupor.
Pues sí que valía la dichosa cometa. Será posible.