La clase de kitesurf
Atacada. Así estoy. A duras penas puedo sostener el vaso de Cola Cao que tengo entre mis manos, me tiemblan tanto que temo que se me escurra de entre los dedos en un santiamén y termine hecho añicos en el suelo.
Por no hablar de la galleta de chocolate que estoy comiéndome para acompañar la bebida.
Percibo que está incrustada en mi tráquea, y en cualquier momento me provocará una insuficiencia respiratoria.
Con suerte, terminaré en urgencias por esto, y no por las dos piernas rotas y un brazo dislocado que pronostico.
Llevo toda la noche repasando mentalmente las fotos que Herminio nos obligó a ver de pequeñas.
Juro que las tenía olvidadas; si no, ni en broma hubiera contratado el dichoso regalo.
Pero el subconsciente debe ser así de traicionero y retorcido, porque ha conseguido recuperar las imágenes de algún lugar de mi mente, ubicadas hasta ayer, entre el olvido y el desinterés.
Y ahora… ya… es demasiado tarde. Ya no puedo echarme atrás.
Desiré me ha dicho que en diez minutos estará aquí para recogerme.
El curso se impartirá a las afueras del pueblo, por la zona de Valdevaqueros, en el ala derecha del Tumbao, chiringuito muy de moda, con buena música y mejor ambiente, que arrasa durante todo el verano.
Estoy convencida de que terminaremos el día allí, siempre y cuando no acabemos ninguna en el hospital.
Que, por cierto, para más inri, no hay. Sí, ya lo he mirado, para algo soy tan organizada y controladora.
El hospital más cercano, si la cosa es grave, tipo fractura de miembros, está en Algeciras.
Una media hora que podría significar la muerte.
Y no, no estoy siendo dramática, sino realista.
He anotado en la agenda el número de la ambulancia, por si acaso.
Nunca está de más. Mujer prevenida vale por dos.
Acabo de oír el claxon y sé que es Desiré, porque su coche tiene un sonido bastante agudo y peculiar.
—Vale, Blanca, el gas está cerrado por si la cosa se tuerce —me hablo a mí misma en tercera persona frente al espejo—.
El pelo lo llevas recogido. No puedes permitirle al levante alborotar tu melena y arruinarte la visión.
Necesitas estar concentrada y tener un enfoque de águila para no terminar en el cementerio.
El material te lo darán allí. El chico prometió que era seguro.
Ojalá tuviera razón —me persigno antes de coger las llaves, el bolso y salir de casa—. Allá vamos.
Me subo al coche como una gelatina en mitad de un terremoto de escala cuatro.
Me tiemblan hasta las pestañas. Desiré me mira por el rabillo del ojo, intentando disimular la risa, aunque no lo consigue, y varios ruiditos divertidos se le escapan de la garganta.
Se está regocijando de mi crisis nerviosa tanto como un cerdo lo haría en un charco de barro.
—No me digas que estás arrepentida…
—¿Lo anulamos? —pregunto tan ingenua como esperanzada, con un brillo de anhelo en los ojos, deseando escuchar un sí.
—Ni muerta —se jacta mi amiga, cachondeándose con desparpajo de mi desesperación—. Es lo que más ilusión me ha hecho desde que mi abuela me regaló el jersey ese de punto gordo, amarillo fosforito, que mi madre, nada más ponerle la vista encima, quería tirarme a la basura.
—Recuerdo ese jersey, era dañino para los sentidos.
—Era lo más —asegura, suspirando con añoranza, convencida—. Recuerdo el trágico día que tuve que llevarlo al contenedor de ropa. Las mangas me quedaban por la mitad de los antebrazos y me entraba un correntío de viento que me subía hasta el escote.
—¿No estás ni un poco asustada? —indago, extrañada, cambiándole de tema—. Ayer por la noche solo podía ver las imágenes que nos enseñaba tu padre de pequeñas, que, por cierto, ahora serían dignas de una denuncia por lo penal. Una pierna y un brazo rotos no son cosas que deban ver unos críos.
—¡Mi padre siempre ha sido un exagerado! ¡Parece que no lo conoces! —rechista, mientras aparca y nos bajamos del coche.
—Tenemos que buscar las banderolas rojas. La escuela se llama KitePassion Tarifa.
—Sí. Lo sé.
—Allí. —Señalo, bajando por las tablas que se insertan firmes en la arena hasta alcanzar la playa.
—Vamos.
Recorremos solo unos metros hasta que mi corazón se para en seco. Parpadeo varias veces. Me quito las gafas de sol. Me las vuelvo a colocar. Y me las vuelvo a quitar. Y el resultado sigue siendo el mismo. Lo que acabo de ver parece real. No hay dudas.
—¡¡No puede ser verdad!! —digo entre dientes horrorizada, mientras me froto los ojos como si en vez de dedos tuviera un estropajo mágico que consiguiera borrarlo de la maldita faz de la tierra.
Mi amiga, ante mi sobresalto, dirige la vista hacia el mismo lugar al que apunta la mía.
—¡Virgencita de los pectorales! ¡Ahí iba yo con gusto a rezarle todas las noches! ¿Pero ese hombre es de verdad? ¿O es una alucinación?
—Es imposible —farfullo.
—Eso mismo pienso yo, es imposible que ese hombre sea de carne y hueso. Gracias, Virgencita, o… —titubea Desiré— gracias, abuela Herminia. Mil gracias, abuelita de mi corazón.
—¿Abuela Herminia? ¿Qué tiene que ver ella en esto?
—tanteo, indignada a la vez que descolocada.
Obviamente, mi amiga se está yendo por los cerros de Úbeda, el físico imponente del que parece que va a ser nuestro instructor la ha dejado catatónica.
Aunque lo de su abuela me ha dejado dubitativa, ¿estará esa mujer detrás de todo este embrollo?
—Lo mismo ha sido ella —considera mi amiga—.
¿No recuerdas lo que dijo cuando soplé las velas?
Que lo que necesitaba era un buen empotramiento, ¿o dijo rabo?
No lo recuerdo bien, pero las dos cosas me valen.
—Ríe—. ¡Me lo ha mandado ella! ¡Lo sé! Me lo ha concedido como regalo de cumpleaños.
¡Gracias, gracias, gracias, abuelita querida de mi corazón!
—canturrea Desiré, dando pequeños saltitos de emoción.
Me echo las manos a la cabeza e imploro al más allá para que suceda algo que evite lo que está por venir, aunque signifique el descenso de una nave nodriza repleta de extraterrestres, o un torpedo impactando en mitad del agua, o miles de langostas asquerosas cayendo del cielo. Lo que sea.
Esto va a ser un desastre. Y de los gordos.
Mi amiga tira de mí, mientras refunfuño algo que, para alguien que no sea yo misma, debe ser ininteligible.
—Puñetero destino. Macabra coincidencia.
Puto karma de mierda. Desde que mi indeseable jefe me llamó a su despacho, no hay nada, absolutamente nada, que me salga bien.
Estoy sufriendo un desajuste catastrófico de vida.
A tomar por saco el orden, la paz, el control y todo mi jodido universo.
Es como si alguien desde ahí arriba me estuviera diciendo: «Guapa, ya has vivido demasiado bien, ahora te toca sufrir».
Está de espaldas. Aún no me ha visto. Sus rizos de oro, despeinados, deslumbran cuando sobre ellos se posan los rayos del sol, dándole un aspecto desenfadado que, unido a ese deje rebelde que lo caracteriza, hace que me tiemblen las piernas.
Recobro la sensatez al instante, aguantándome estoicamente el impulso de mirarle el trasero.
Se gira cuando mi amiga se dirige a él y comienza a hablarle.
—Creo que nosotras también debemos estar en ese listado.
Sus ojos cielo se concentran un segundo en ella y luego, me interceptan, dos pasos por detrás. Momento en el que abre la boca con una marcadísima expresión que pasa de la incredulidad a la sorpresa e instantáneamente, a la plena satisfacción.
Blanca, algo muy malo se avecina.
—Voy a comprobarlo —emite con una voz áspera muy sexy—. Tengo aún tres plazas libres. ¿Cuál es tu nombre? —le pregunta a mi amiga, mirándome de reojo con un destello de malicia.
—Yo soy Desiré. Y ella —comienza a decir, girándose para señalarme, pero él no la deja terminar.
—Sí, ella es la tarada. No te preocupes, ya la tengo fichada —replica con fanfarronería.
Lo siguiente que veo es a Desiré abriendo sus labios y sus ojos tanto como si acabara de ver un fantasma, a la vez que su cuello comienza a girarse con lentitud, fulminándome con una mirada que intento esquivar a conciencia.
Acaba de darse cuenta de que el maldito instructor sobre el que recaerá nuestra supervivencia hoy no es otro que el puñetero vecino que atenta contra mi vida. Nadie más en el mundo me llama tarada.
—¿En qué momento se te ocurrió ocultarle a tu mejor amiga esto? —murmura señalándolo, con un cabreo acuciante, en cuanto nos apartamos tres pasos del resto del grupo.
—¿El qué? —Me hago la tonta.
—¿Hola? Tierra llamando a Blanca. No te hagas la sueca conmigo. Te lo has callado a propósito.
—No sé de qué me hablas.
—Tu enemigo. Ese con el que tienes un tira y afloja, que al principio me parecía inquietante, tipo peli de terror…
¡Joder! ¡Que he estado preocupada por tu vida!
—sisea, en tono de regañina, muy ofendida—.
¡Y resulta que está que te cagas de bueno!
¡A nivel irreal! —vuelve a arremeter—. Me lo has ocultado.
—¿Yo? Para nada, simplemente, esa información no creí que fuera determinante —intento quitarle hierro al asunto hablándole muy correcta, como si fuera uno de mis clientes del banco.
—¿No te parece determinante, ni algo que pueda interesarme, que el tío con el que te tiras los trastos sea un maldito sex symbol ?
—Bueno, ya que lo dices así… quizás… —Dejo escurrir las palabras—. No estuvo acertado del todo no mencionártelo.
La conozco, o le insinúo que tiene razón, o no va a dejar de acosarme en todo el día, y ya tengo suficientes problemas.
Carraspea un par de veces, pone los ojos en blanco, toma aire y me responde.
—Bueno, te perdono.
Lo que me parece raro. Muy raro. Que me absuelva así, sin armar follón, sin soltarme alguna frase ingeniosa, es milagroso.
—Lo de inquietante, al menos, ha pasado a ser excitante —añade, emocionada—. Desprendéis una tensión sexual sin resolver de cojones.