Prohibido enamorarse del idiota No, a la bandera de la paz
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No, a la bandera de la paz

Hace cuatro días que no me cruzo con ella, lo que se me hace, y no entiendo por qué, demasiado raro. Es como si necesitara nuestras discusiones. Como si de alguna forma extraña me sintiera ligado a esa conexión de atracción-odio que me asalta cuando la tengo cerca.

La última vez que coincidimos fue en la piscina.

Bueno, lo de coincidir es pura ficción. La vi desde la ventana de mi apartamento y decidí ir a tocarle los cojones, otro ratito.

Lo del pescado fue un golpe maestro del que no pude disfrutar como se merecía, el trabajo me requería.

Y faltar, por mucho que me hubiera gustado, no era una opción.

Soy bastante profesional. Me gusta lo que hago.

Se me da bien. Y para más inri, estoy teniendo más éxito del que esperaba para ser un foráneo en este diminuto pueblo.

Fui a buscarla porque necesitaba restregarle mi triunfo. Aunque, cuando la vi tendida, de espaldas, con ese bikini que le hacía un culo… Joder, ¡qué culo! Mi discurso perdió fuerza.

Durante unos segundos contemplé la posibilidad de declarar una tregua. Una muy concreta. De las que se firman en horizontal y sin ropa. Al fin y al cabo, el sexo suele resolver muchos conflictos, o al menos volverlos bastante más entretenidos.

Incluso cometí la estupidez de intentar impresionarla.

Sí, ya sé cómo suena. Me paseé por allí como un pavo real convencido de que tenía la situación controlada, y ¡sorpresa! No la tenía.

La realidad me dio una hostia de las gordas. Me ignoró, tras hacer uso de su recurrente falta de amabilidad . Nada de sonrojo, ni de flirteo. Más bien, me fustigó con el látigo de su absoluta indiferencia y me invitó a pirarme lo antes posible.

Lo que me corrobora que era, es y seguirá siendo insufriblemente odiosa.

Es la primera vez que me pasa, lo de desplegar mis encantos y encontrarme con un bloque enorme de inapetencia. No esperaba que cayera rendida a mis pies, ni siquiera que me sonriera, pero sí alguna reacción. En lugar de eso, me despachó como si fuera una mosca cojonera.

Y joder, eso sí me escoció.

Aunque, siendo sensato, lo mismo lo del pescado no ayudó demasiado, creo que la irrité más de lo que estuvo dispuesta a confesar.

Pero lo que peor llevo, lo que más me jode de todo, es que la muy bruja, pretende ondear la bandera de la paz.

Por lo visto, no pretende devolverme la jugada.

Y eso me crispa. Mucho. Me seducía la idea de que me avasallara con alguna emboscada ingeniosa que me mantuviera entretenido, pero no, hasta eso me usurpa.

La paz es aburrida, y yo ya me aburro bastante. Necesito distracciones. Algo que me dé vidilla, y a la vez que me evite darle vueltas al coco. Desde que ella está aquí, he dejado de fustigarme con los pensamientos que me acribillaban diariamente. Y eso, en cierta manera, me da algo de sosiego.

Soy un culo inquieto. Necesito tener la mente y el cuerpo ocupados, y sí, hay muchas cosas en las que empleo mi tiempo, me encanta la playa, los deportes acuáticos, hacer rutas por los senderos que bordean el pueblo.

Salir de fiesta, es otro de mis hobbies.

A Charles, mi único amigo en este lugar, no le gusta demasiado eso del alcohol y el desfase, cada vez que le propongo ir a menear el esqueleto, me da una negativa como respuesta.

Si a eso le sumas que es el dueño de un negocio que no casa demasiado bien con las copas, pues no me queda otra que entenderlo y aceptarlo. Es demasiado responsable.

Vine aquí por él, en parte, y por mi pasado, en otra.

Quería saber cómo era esto. Tenía curiosidad por conocer el lugar que me lo arrebató todo.

Que me dejó sin nada, y condicionó el resto de mi vida.

Cuando Charles me dijo que se mudaba aquí, casi me da una angina de pecho al escucharlo.

¿Qué probabilidades había de que un noruego decidiera mudarse al minúsculo y perdido pueblo que escondían mis demonios?

Lo tomé como una especie de señal del destino.

Como si algo desde ahí arriba me dijera: «Oye, Markus, tienes que abandonar tu país e ir a hacer las paces con tus fantasmas».

Pero adivinad, lo de hacer las paces, firmar la paz y todas esas mierdas…

no se me da muy bien. Llevo años conviviendo con el conflicto, y eso de promover la concordia me genera estrés.

Me desenvuelvo mucho mejor en el caos, el desorden y el aprieto.

Por eso, necesito la contienda, el choque, la disputa.

Necesito a la vecina en modo peleona.

Por mucho que me pese.

Acaba de llamarme Charles para pedirme un favor. Es mi día libre y él lo sabe. Así que, aunque no me apetezca un carajo, voy a echarle una mano.

Al fin y al cabo, eso hacen los amigos, socorrerse cuando lo necesitan. Y en este sitio, de momento, solo nos tenemos el uno al otro. Dos noruegos perdidos en un minúsculo pueblo del sur de España.