Prohibido enamorarse del idiota El regalo
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El regalo

Luego, he pensado en un masaje facial y un spa, pero creo que es demasiado enérgica como para disfrutar de que la mimen.

Seguramente terminaría dándole ella el masaje a la propia masajista.

También, en hacerle un collar de conchas.

Sí, creo que me está dando ansiedad, y que he retrocedido en el tiempo.

Hola, me llamo Blanca, tengo cinco años, y he sustituido los macarrones por conchas.

Aunque… esta tontería me ha llevado a recordar algo de cuando éramos pequeñas.

Nos encantaba ir a la playa. Éramos un trío inseparable, ella, Iker y yo.

Nos pasábamos el día haciendo castillos de arena, jugando a las palas y observando a la gente que hacía kitesurf.

Durante años, ella se obcecó en que quería aprender ese deporte, pero su padre se negaba en rotundo.

Decía que cada año pasaban por su consulta más de un centenar de heridos, a causa de ser arrastrados mar adentro por la inmensa cometa.

Pero ella seguía empecinada. Una vez estuvo muy cerca de lograrlo.

Carlitos se prestó a enseñarla. El pobre chico estaba que bebía los vientos por ella.

Estaba volando la cometa en la arena cuando apareció su padre y le metió una colleja tan enorme, que aún debe picarle.

Luego estuvo una semana castigada sin salir.

La idea continuó vagabundeando en ella, haciéndome prometerle que, en cuanto pudiera escabullirse de su histérico padre, las dos lo haríamos juntas.

Descartó a Iker, porque él era más de deportes terrestres.

Le encantaban el monopatín y el fútbol. El mar, solo lo visionaba para nadar o bucear.

Accedí, pero solo porque hacer algo a las espaldas de Herminio era algo ilógicamente imposible.

No sé si se debía a que le había puesto a su hija un chip localizador o una cámara a tiempo real en alguna prenda o parte del cuerpo, tal como hacen los espías, porque siempre que intentábamos perpetrar alguna trastada, allí estaba él, con esa expresión acusatoria de «sé lo que estáis planeando».

Más tarde deduje que, al ser el médico más reputado del pueblo, sus pacientes probablemente le pagaban con información.

Teníamos un pueblo repleto de acusicas a tiempo real que nos amargaban la existencia.

A mí nunca me había atraído la idea de estar colgada de unas cuerdas minúsculas e inestables que me manejaran como a una gaviota trasnochada, y si a eso le sumabas que ibas con los pies fijados a una tabla, terminaba coincidiendo con Herminio que el asunto era, cuanto menos, kamikaze.

Eso, sin dejar de lado el absoluto respeto, por no decir miedo, que siempre me había dado el mar.

Sigo pensando lo mismo. El mar es impredecible, indómito, acojonante, y ese deporte es para los que no aman su vida.

Aun así, acabo de salir de la maldita tienda con un bono de regalo de tres clases para principiantes que desean jugarse su piel por el mero hecho de creer que de alguna manera son capaces de volar.

El motivo principal es que no he conseguido encontrar nada más que pueda medianamente apasionarla.

Y sé que esto lo encumbrará como el mejor regalo de cumpleaños que ha recibido en años.

Estoy convencida de que, a pesar de vivir en la cuna del surf y todas sus variantes, no se ha atrevido a hacerlo todavía.

Desconozco si es por desinterés o porque Herminio consiguió finalmente lavarle el cerebro.

Hoy jueves es su gran día. Esta tarde iré a casa de sus padres, que, como de costumbre, le han preparado una tarta casera para soplar las velas reunidos en familia.

Y el sábado, saldremos de fiesta juntas.

Ella ha decidido que era el mejor día, y yo, como sigo con la agenda vacía, he aceptado.

No soy mucho de salir de fiesta, en Madrid son escasas las veces que piso una discoteca.

Soy más de planes durante el día. Ir a tapear, tomar un café, al cine, al teatro, un paseo por el Retiro.

Esther y María a veces me dicen que, aunque mi DNI diga que tengo veintiséis años, mi alma y mi ser entero cantan que tengo más de cuarenta.

A mí me parece una tontería. Sí, reconozco que lo normal en la juventud es salir y beberse unas copas, pero yo no le encuentro la gracia.

Quizás sea por mi sentido arrítmico o porque, como me beba más de una copa, acabo, opción uno; con una euforia muy excesiva e irreal, opción dos; con la cabeza en cualquier cubo de basura que haya de camino a casa.

La ocasión en la que le vomité en el asiento trasero al señor del taxi fue en la que decidí retirarme de las noches de juerga y desenfreno.

Llamo al timbre un par de veces. Me he maquillado muy sutilmente, no quiero salir pálida en las fotos que Desiré se empeñará en hacernos, estos cinco días que llevo aquí no han sido suficientes para lucir un buen bronceado.

—Pero ¡qué cambiada estás! —me dice a modo de saludo, Jimena, la madre de mi amiga—. Ven aquí, dame un abrazo.

—Está usted guapísima con esa falda de volantes —la adulo, devolviéndole el abrazo.

—Venga, entra, ya lo tenemos todo preparado.

La sigo a través del pasillo hasta el inmenso salón, que está tal y como lo recordaba desde que tenía cinco años. Sentados, localizo a Herminio, su padre, Alfonso, su hermano pequeño, su abuela Herminia y Desiré. Todos me miran fijamente cuando atravieso el umbral.

—¿Esta es la larguirucha con la que pasabas todos los veranos? —cuestiona la abuela, impactada, escaneándome con las pequeñas ranuras que le quedan por ojillos entre tanto párpado caído.

—Sí, es Blanca, abuela.

—¡No puede ser! —rebate la anciana, colocándose las  gafas—. ¡Santo Dios! Pero sí que has cambiado. Estás para mojar pan. Mira, Alfonsito, una así es lo que necesitas como novia, no el repollo ese que te has buscado.

—¡Abuela! —grita Desiré.

—¡Qué! Niña, digo la verdad. Tu amiga ha pasado de ser Betty la fea a estar como un queso, y de los buenos, de los curaditos que me gustan a mí.

—¡Abuela! Por favor, deja de decir esas cosas —interrumpe Jimena—. Blanca es, y siempre ha sido, preciosa.

—Eso lo dirás tú —vuelve a decir Herminia, arrugando el morro—. Antes parecía un bicho palo.

—Perdónala, parece que eso de cumplir años no le está viniendo muy bien. Se está volviendo descarada —reprende, regañándola con la mirada.

—Si uno no dice ahora lo que piensa, ¿cuándo lo hará? ¿Cuándo se la estén comiendo los gusanos?

Desiré comienza a carcajearse, mientras yo intento rebajar ocho tonos el rojo que se ha instalado en mi cara.

No estoy acostumbrada a tanta sinceridad.

Ni de piropos, ni de cómo de desangelada le parecía cuando era una mocosa. Me acaba de decir que era fea con todas las de la ley.

Sí, de pequeña no era demasiado agraciada, y sigo sin sentirme la guapa del baile, pero tampoco me siento un bicho. Soy aceptable. O al menos, eso es lo que intento decirme cuando me miro en el espejo.

—Venga, Blanca, siéntate junto a Desiré. He preparado algunos bocadillos y tentempiés, ¿qué te apetece beber?

—Agua —respondo.

—¿Y qué es de tu vida? —pregunta Herminio, usando el mismo tono de voz autoritario que nos amedrentaba de pequeñas.

No pienso darle el regalo delante de él.

Entre la abuela y él son capaces de colgarme de la chimenea por las patas abajo.

—Pues, vivo en Madrid, trabajo en banca y… —No logro terminar la frase cuando me interrumpe Herminia.

—¿Y qué tratamientos estéticos te has hecho? Estoy muerta de curiosidad —pregunta, dedicándome una sonrisa ladina.

—¡Herminia! —regaña la madre de Desiré, mientras mi amiga se queda sin aire de la risa.

—¡¡Qué!! ¡Quiero saberlo! Estoy pensando en hacerme unos arreglitos, con lo que cobre de pensión este mes. Ponerme un poquito de labios, así como los suyos, que lucen tan carnosos como unas buenas salchichas Frankfurt.

Alfonso, Desiré e incluso yo no podemos evitar expulsar, como si fuéramos aspersores, la bebida que nos acabamos de tomar.

—Yo… señora —tartamudeo—. No… no… son inyectados, ni operados. Son míos —aseguro, avergonzada.

—¿Tuyos? —cuestiona perpleja, con los mofletes haciéndole un acordeón de tantas arrugas y sin terminar de creerme—. ¿Y eso? —pregunta señalándome los pechos.

—Esto —balbuceo atolondrada— también.

Achina tanto el semblante al escucharme, que parece fundirse con el nacimiento del cabello.

—¿Estás segura? —riñe, escudriñándome con sus diminutos ojos negros levemente escondidos tras sus colgantes párpados.

—Mucho.

—Deja a la chica ya, mamá —intercede Herminio, tras la mirada asesina de su mujer que está a punto de coger la escoba y arrearle en la cabeza con el palo a su deslenguada suegra.

—Venga, es hora de la tarta —anuncia Jimena, con ella en las manos, intentando que cese el cuestionario de la abuela y se rebaje el ambiente de interrogatorio policial con el que me está atosigando.

Desiré sopla las veintiséis velas que coronan el pastel, mientras le cantamos Cumpleaños feliz , y pide un deseo.

—Niña, espero que hayas pedido un novio —instiga Herminia—. A tu edad, yo ya tenía dos hijos.

—Abuela, que los tiempos han cambiado.

—A peor.

—A peor no, al revés, ahora disfrutamos más. No necesitamos tener pareja para ser felices —afirma Desiré, orgullosa de la nueva individualidad.

—Lo que necesitáis es un buen rabo.

—¡¡Abuela!!

—¡¡Mamá!!

—¡¡Herminia!!

No soy capaz de aguantar más. Exploto de la risa. Esta mujer no tiene filtros. Ni vergüenza.

—Dejad de regañarme, solo digo verdades como puños —zanja airada.

La celebración no dura mucho más, sospecho que es porque Jimena quiere que desaparezcamos antes de que la abuela idee tocarme la pechera para cotejar que digo la verdad, y que no hay silicona en mi escote.

La he visto dirigir su mirada a mis tetas, al menos cinco veces, y la última vez ha ido acompañada de un estiramiento de brazo que casi las consigue rozar.

Ya en la calle, las dos caminamos hasta el paseo marítimo y cuando estamos sentadas en el poyete que separa el paseo de la arena, le tiendo una bolsa con dos regalos envueltos.

—¿Es para mí?

—Claro.

—¿Qué es? —pregunta agitando los paquetes en el aire, ilusionada.

—Ábrelos.

Desenvuelve hábilmente el primero y una emotiva sonrisa aparece en sus labios.

—¡Me encanta!

—¿Sí? —cuestiono, no segura del todo.

—Muchísimo —asegura observando la foto en la que salimos Iker, ella y yo, en la playa con cinco años.

Fue nuestro primer verano como amigos. Ellos se conocían del colegio, pero para mí era la primera vez en el pueblo.

Mis padres acababan de comprar el apartamento, y yo había bajado todo el trayecto desde Madrid refunfuñando por no poder quedarnos en la ciudad.

La conocí en la piscina, su tía vivía en la urbanización y le había regalado un flotador de un unicornio rosa enorme, en el que estaba sentada canturreando a pleno pulmón una canción.

Notó al instante mi interés por el flotador.

No podía apartar la mirada de él, era el sueño de cualquier chiquilla de cinco años.

Me dijo que podía montarme con ella. En media hora sellamos nuestra amistad como eterna.

Iker llegó una semana después. Sus padres y él vivían en el centro, y se mudaron al apartamento de al lado.

Desde que lo vi la primera vez, sufrí un vuelco al corazón.

Desiré lo percibió al instante. Y fue la causante de que nos hiciéramos amigos.

—Bueno, abre el otro, ¿no?

—Voy —examina el sobre antes de romperlo—. ¡No! ¡No! ¡No puede ser! —chilla, dando brincos de la emoción—. ¿Es de verdad?

—Claro.

—¿Seguro? —vuelve a preguntar con los ojos vidriosos.

—Sí. Tiene las fechas abiertas, podemos ir cuando quieras.

—¡Mañana! Mañana mismo, que no trabajo, así no te da tiempo a arrepentirte.

—Vale —mascullo a regañadientes, muy arrepentida de la locura que se me ha ocurrido.

¿Para qué me meteré yo en estos embolaos?