O me rindo o acabo detenida
Estoy preparándome un exquisito Cola Cao cuando una peste horrible me invade de repente.
—Serán las cañerías —asumo, asomándome al baño por si el olor sale del desagüe o de la ducha—.
No, no es aquí —confirmo, volviendo a la cocina, inquieta.
Lo que me faltaba era tener un problema con las tuberías.
Una vez en Madrid se nos atascaron los conductos y nos estuvo saliendo la mierda por el váter a borbotones. Casi muero del asco.
Termino de untarme las tostadas con manteca y un poco de mermelada de higo, y otra vez el hedor se incrusta en mis fosas nasales.
—¡Qué raro!
Continúo desayunando, pero el tufo cada vez es más apestoso, y me está quitando el apetito.
Vuelvo a recorrer la casa. Inspecciono el baño, las dos habitaciones, e incluso meto la cabeza en el cubo de la basura.
No satisfecha, me examino el calzado, por si ayer, en un descuido, me dio por pisar mierda y la he esparcido por la casa.
Pero nada. No encuentro el foco y la peste es cada vez más insoportable.
Pienso, hasta en telefonear a mis padres, por si alguna vez les ha pasado y existe alguna explicación lógica, pero lo desecho en el último instante para no preocuparlos.
Luego caigo en la cuenta de que hacía algunos años, a veces, olía fatal en esta zona del pueblo por una fábrica conservera afincada a unos metros del paseo marítimo.
—Si no recuerdo mal, la quitaron. ¿La habrán vuelto a poner? —me cuestiono, cogiendo el móvil para llamar a Desi para que despeje mis dudas.
—¡Hola! Me pillas en el súper de enfrente de tu casa. ¿Quieres que te acerque algo? ¿Unas bandas de cera para despejar el felpudo de tu almeja? —agrega guasona.
—¡No! Solo Ivanka tiene permiso para hacerme la cera. Yo lo he intentado hacer varias veces, y juro que no puedo. Eso de infligirme dolor a mí misma es superior a mí.
—¿Te doy el número de mi esteticien?
—No, me moriría del bochorno al tener que abrirme de piernas frente a una desconocida.
—¡Por Dios, Blanca, que no es para tanto! —Ríe mi amiga.
—Sabes que soy muy pudorosa, solo voy a Ivanka porque me conoce desde los quince años, cuando me salió aquel espeso entrecejo.
—¡Que tienes ya veintiséis, amiga! Hay que evolucionar y quitarse la vergüenza. Imagínate que tienes un accidente, tienen que operarte de urgencias y llegas con la cococha sin podar —agrega guasona con ese tonito agudo que siempre le sale cuando se mete conmigo por mis reparos.
—Si me pasa eso, estaré inconsciente y me dará igual.
La escucho reírse.
—Desi —carraspeo para que pare ya con el temita, y me atienda—. ¿La fábrica esa de conservas la volvieron a poner?
—No, ¿por qué?
—Porque desde que me he levantado huele a basura de veinte días al sol.
—¿Y sacaste ayer la basura?
—Sí.
—¿Serán los desagües?
—Qué va, lo he comprobado.
—Pues no sé. Si quieres, me acerco a tu casa, por si puedo ayudarte a encontrar el foco.
Diez minutos después, Desi me vuelve a telefonear.
—Creo que ya tengo la clave de lo que sucede.
—¿Qué? —Me remuevo agitada.
—Sal y lo verás —zanja, aguantándose a duras penas la risa.
Mis ojos se salen de mis órbitas cuando salgo al pasillo común, y advierto semejante despliegue desperdigado por todas y cada una de las losas del pasillo que comparto con el condenadamente astuto, engreído y, por qué no pensarlo, rompebragas de mi odioso vecino.
—¡Maldito imbécil! —rujo, histérica, con una cara de estúpida bastante épica.
—Se ve que donde las dan las toman —se burla Desi, observando las seis cajas de pescado que invaden todo el suelo y que, literalmente, no me dejan alcanzarla sin meter mis pies de lleno en ellas.
Si quiero salir a la calle, las opciones se reducen a: o las piso, o las quito.
Debato internamente si quedarme para siempre en casa, modo ermitaña, pero mi lado obsesa del orden me abofetea al instante, poniéndome en mi sitio. No me queda otra, tengo que retirarlas, es eso o morir de vieja.
—Te han encarcelado —se mofa mi supuesta amiga con las lágrimas resbalándole por los mofletes—. Este tío sin duda tiene ingenio
—¡Lo que es, es un psicópata! ¡Un malnacido! ¡Satanás, ascendido directamente desde los infiernos! —lloriqueo angustiada, aguantándome como puedo las arcadas—. ¡Cómo voy a salir de aquí sin tocar esto!
—Usa guantes —se carcajea tapándose la nariz con los dedos.
Muy bióloga marina ella, muy de chistecitos de bichejos con cola y escamas, pero a la hora de la verdad, el pescado fuera del mar y apestando, bien que lo evita.
—Vaya vacaciones me está dando el tío este —me quejo gimoteando, mientras entro en la cocina y rebusco en los cajones buscando los guantes de la limpieza. Me niego a tocar las cajas, es asqueroso.
No sé por dónde meterle mano al asunto para deshacerme del desaguisado que tengo desplegado por todo el suelo.
—Creo que lo mejor es que las apiles y las bajes de una en una al contenedor —ayuda mi amiga dándome lecciones, sin intención de pringarse las manos, ni un ápice.
—Aportando ideas eres la mejor, pero para el trabajo sucio bien que huyes con el rabo entre las piernas.
—Amiga, es tu guerra, no quiero darle motivos a ese hombre para ser su próxima víctima. Y, por cierto, creo que será mejor que depongas armas cuanto antes. Este tío la próxima vez te aniquila —se mofa.
Doy diez vueltas al contenedor y acabo salpicada de un líquido viscoso hasta las bragas. Huelo a pescadilla podrida que tira para atrás. Rezo por no cruzarme con ningún vecino que piense que soy una cerda, que no se lava, como diría Desiré, el mejillón.
Mi amiga, con esto de que es experta en ciencias del mar, tiene un repertorio enorme de bichos acuáticos con los que denominar a mi órgano más íntimo.
Eso, y una capacidad de inventar escandalosa.
Ama el doble sentido y hacer juegos de palabras, y si son truculentos, mejor.
Más vidilla. Más diversión. Para ella, claro.
De mi vecino, ni rastro.
Será desgraciado.
Creo que no he detestado a nadie tanto como a él en toda mi vida.
Es arrogante. Engreído. Maleducado. Incívico.
Y estoy segura de que también un desorden andante.
Lo sé, por cómo ha dispuesto las cajas en el suelo.
Podría haberlas colocado, como cualquier persona normal, todas perfectamente alineadas, formando un único bulto, buscando la simetría.
Pero no. Están lanzadas cada una para un lado. Caóticas. Como él.
Cuando acabo, friego todo el suelo, el mío y el suyo, para que el olor se disipe.
Acto seguido, me meto directamente en la ducha.
Un bote entero de champú después, empiezo a estar conforme con mi olor corporal, con lo que sigo sin congraciarme es con él.
Con el cretino con el que comparto tabique y ladrillo.
Lo aborrezco. O mejor… lo odio con todo mi ser.
Y eso que me considero muy empática, que siempre intento ver el lado bueno de las personas. Sus virtudes. Pero es que lo del tío este no tiene nombre.
Me está destrozando las vacaciones y la maldita vida.
Yo que pensaba estar todo el día de la playa a la piscina, con algún bar así de por medio.
Relajada. En paz. Huyendo del estrés que supone ser una analista de riesgos en el sector de la banca.
Pero no, él tiene que joderme la existencia todos los malditos días sin excepción.
Saco mi agenda en un impulso por restaurar el orden en mi vida.
Lo cual es absurdo, porque este mes ha terminado con un calendario vacío.
A ver qué leches programo yo para proporcionarme alivio mental y parar de pensar en las mil quinientas formas de matar a mi vecino sin dejar rastro.
Me crispo más, al venirme a la mente su absurda sonrisa de suficiencia.
Esa que tiene el noventa y nueve por ciento de las veces que me cruzo con él.
Imagino cómo habrá disfrutado preparando su fechoría, y me irrito más si cabe.
De ahí paso a rebanarme los sesos buscando la revancha. Debe ser algo insuperable, algo que lo deje KO, pero no se me ocurre nada. Creo que soy demasiado noble para pensar como Satanás. Y a quién quiero engañar, me falta práctica. Mucha. Normalmente, no suelo ir por ahí destrozando vidas.
Además, me vienen a la mente las palabras de mi amiga, y puede que lleve razón.
Quizás es demasiado retorcido como para ganarle en su juego, y lo que es peor, como siga así, voy a pasar todo el mes con una angustia enorme y cagada por no saber lo que me puede tener preparado en cualquier momento.
Yo, que odio con todo mi ser los imprevistos y todo lo que se salga de mi mundana, acogedora y planificada rutina. Me da ansiedad solo de pensarlo.
Horas después, llego al convencimiento de que necesito restaurar la paz y para eso, se acabaron las putadas. Me doy por vencida, ÉL gana.
A media tarde, bajo a la piscina. Sorprendentemente, solo hay una pareja de avanzada edad tomando el sol y dos niños chapoteando con flotadores. Odio cuando la piscina está repleta y el caos lo inunda todo, esos días suelo optar por quedarme en el apartamento aspirando tranquilidad.
Tiendo la toalla sobre el césped, ubicándome con la cabeza debajo de la sombrilla y el resto de mi cuerpo abrazado por el sol.
Es tan placentero que cierro los párpados deleitándome con el silencio y con el calorcito que recorre suavemente mi cuerpo, hasta que comienzo a notar un calor sofocante, y decido zambullirme en el agua.
Momento en el que abro los ojos, y allí está, bajo la ducha, con unos abdominales tremendamente marcados, por los que le desciende un chorro de agua que, si no viera en estos instantes que es de la ducha, pensaría que es de mi baba cayendo en cascada al verlo.
Sus rizos rubios como el trigo caen mojados sobre sus densas pestañas que entrecierran una misteriosa y seductora mirada.
Su mandíbula levemente cuadrada está relajada, disfrutando del momento.
Si alguien me dijera que está grabando un spot publicitario, lo creería.
Y lo que es peor, compraría el maldito gel de baño que anuncia.
¿Me habrá visto?
Me debato entre huir o quedarme agazapada donde estoy.
El muy cretino debe estar enorgulleciéndose del atentado que me ha montado esta mañana con el pescado.
Cuando aún estoy planteándome qué hacer, noto que me observa detenidamente con la vista entornada, cierra la ducha, y comienza a acercarse.
—Hola, vecina, ¿disfrutando como pez en el agua? —pregunta, tirando de doble sentido, con esa desquiciante expresión de mofa en su cara, que me incita a querer lanzarle a la cabeza el protector solar, o un balde de ácido.
—¿No tienes a nadie más a quien molestar?
—Ahora mismo no —replica, mientras observo cómo sus ojos se posan en mis piernas, recorriéndolas.
—¿Qué miras? —lo asalto, enfadada, con la irritación cociéndose dentro de mí.
Que haya decidido parar la maldita guerra no significa que no lo tenga total y absolutamente atragantado. Es odioso. Guapísimo. Pero odioso.
—Nada. —Se sobresalta, como si no esperara que fuera tan directa y lo hubiera pillado con las manos en la masa.
O puede que, como si no estuviera acostumbrado a que le cortaran el rollo—.
Solo tenía curiosidad, por si aún te quedaban escamas —se recochinea mientras continúa estudiándome con interés.
La mirada repleta de odio que le lanzo le saca una enorme sonrisa. Tras lo que, sin permiso alguno, tiende la toalla a mi lado y se sienta, ante mi absoluta estupefacción.
—¿Qué haces?
—Sentarme.
—Esta es mi sombrilla. Mi sitio. —Alzo mi dedo trazando pequeños círculos en el aire para señalizar mi parcela.
—Hay espacio para ambos —afirma mordiéndose levemente el labio inferior, mientras sus rizos mojados inundan su rostro , que permanece atento a mí.
—Ahhh, sí, perdona, que había olvidado que eres un experto en arrebatar los espacios ajenos —refunfuño, intentando ocultar que el corazón me late a toda pastilla por el breve roce que he sentido de nuestros brazos.
—El mejor —añade con sorna.
—¿Siempre eres tan…?
—¿Arrebatador?
—Molesto.
—Es la primera vez que me lo dicen —juguetea, pícaro—. Y bien, ¿qué me tienes preparado?
—¿Cómo?
—¿Que qué vas a hacer para superar mi jugada maestra?
—La indiferencia —añado cada vez con peor humor, rechinando los dientes para contener la retahíla de groserías que con gusto le zamparía.
¿Pero el imbécil este qué coño se cree? ¿Qué quiere, que estemos tirándonos de los pelos todos los malditos días?
—¿No vas a devolvérmela? —pregunta, extrañado.
—Paso —zanjo haciendo acopio de todo mi autocontrol.
—Aburrida.
—Mira, paso de ti —digo, ignorándolo—. Lárgate.
—Uyyy, qué grosera te has vuelto, con lo educada que parecías el primer día.
Le lanzo una última mirada repleta de resentimiento antes de girarme sobre mi toalla y darle la espalda.
—Tú te lo pierdes —sisea con aire seductor, levantándose y pavoneándose hasta la piscina, donde se sumerge el muy sinvergüenza, como si fuera un puto dios mitológico.
Si dijera que no lo he seguido con la vista, mientras hacía el paseíllo a la piscina, mentiría.
Es como si mis hormonas estuvieran atentando contra mi cerebro para intentar destruirlo.
Nunca me había pasado esto antes. Me siento en una constante contradicción cuando se trata de él.
Por un lado, le tengo un asco inquietante, y por el otro, instintivamente y saboteando mi autocontrol, sueño despierta con la fricción de su piel en sitios tan indecorosos, que yo misma me abochorno.
Termino levantándome, más acalorada que antes, y yendo directa a mi apartamento. El sirenito sigue haciendo largos en la piscina. Y yo me niego a compartir alberca con él, no vaya a ser que en su próxima jugarreta le dé por usar sus potentes manos para ahogarme.