No hay dos sin tres
A la sexta vez, algo comenzó a olerme a chamusquina.
No era normal que todos los malditos niños del vecindario llamaran a mi timbre a las nueve de la noche preguntándome por un tal Juan.
Como no podía usar la fuerza, los enanos esos no tenían más de cinco años y yo podía acabar entre rejas, utilicé la táctica más universal y, a la vez, más infalible del mundo.
Aviso a tus padres.
Fue decirlo y su nombre resonó alto y claro en mis oídos.
ELLA.
LA TARADA.
Ya tenemos nombre para la vecina.
Blanca.
—Parece que no te rindes—refunfuño, saliendo a cantarle las cuarenta.
Me abre con un escueto pijama que me hace escanearla entera, eso sí, muy disimuladamente, porque mi enfado es lo único palpable en estos momentos.
Eso, y la cantidad de ofensas rápidas que se me ocurren.
Acabamos, como de costumbre, con un portazo en todo mi careto, del que tardo unos segundos en recomponerme.
La idea me viene de madrugada, cuando me despierto sobresaltado por la pesadilla que estaba teniendo.
Estaba saliendo formalmente con una rubia preciosa, estábamos de viaje, tirados en una hamaca con un coco cada uno en la mano y, al girar la vista unos centímetros hacia la derecha, ELLA.
Con ese rubor prendido en sus mejillas, presentándose con una dulcecita voz, diciendo: «Voy a ser tu perdición».
La siguiente imagen es ella entrando al jacuzzi, colocándose ruborizada sobre mis pantorrillas y susurrándome algo al oído que sube treinta grados la temperatura del agua.
El mismo efecto que me provoca en el maldito sueño se traslada a la realidad. La tengo dura como una piedra.
—¡Maldita sea! —gruño rabioso.
Me levanto después de solucionar el problema y, con un cabreo monumental, me ducho, me visto y me voy directo al muelle.
Esta me la paga —farfullo, mosqueado, por meterse en mi caliente subconsciente y robarme la placidez del sueño—. Con eso no se juega, Blanquita .
—Buenos días —saludo restregándome los ojos cubiertos aún de legañas—. ¿Cuáles son los más baratos?
—Estos —señala el hombre.
—Pues deme seis cajas.
El hombre me mira de arriba abajo, como si mis pintas y la compra no pegaran ni con cola.
Y no lo culpo, tiene toda la razón. Me he puesto un bañador con un estampado de palmeras y monos, una camiseta con el cuello un tanto desbocado y unas Crocs verde militar, por las que se me filtra la apestosa y asquerosa agua.
—¿De verdad las quiere? ¿O es el Día de los Inocentes y yo no me he enterado? —pregunta, observándome con evidente sospecha.
—Sí, sí, las quiero.
—Pues son cien euros.
Menudo sablazo, pienso. Aunque pagaría el doble solo por ver la cara que se le va a quedar. Me froto las manos, entusiasmado con mi brillante idea .
Me cuesta tres viajes cargarlas en la furgoneta.
Cuando ya las tengo todas metidas, me abrocho el cinturón y bajo la ventanilla para no morir asfixiado en el trayecto.
Al llegar, doy otras tres malditas vueltas para poder subir las cajas a pulso y desplegarlas en el pasillo comunitario, justo delante de su puerta, bloqueándole el paso a casa.
Debo reconocer que, al poner la quinta caja en el suelo, he empezado a marearme del nauseabundo olor que desprende mi genial plan.
—¡Que se joda! —me enorgullezco, entrando a desayunar y saliendo escopeteado al trabajo antes de que se me vuelva a hacer tarde, dejando todo el despliegue allí.