Prohibido enamorarse del idiota La venganza
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La venganza

A las seis de la tarde ha empezado a refrescar en la playa y hemos decidido subir al chiringuito a tomar algo, mientras urdíamos la forma de jugársela a mi nuevo vecino.

Desiré se ha empeñado en que ese imbécil, debe tener su merecido.

Al principio, he abogado por la paz. Mi lado sensato ha tomado el control tras habérseme pasado la ira de esta mañana, pues había llegado a la conclusión de que otra jugarreta de mi parte, solo conseguiría agrandar más el conflicto, y yo odio las contiendas, la hostilidad y todo lo que me quite la paz y tambalee mi codiciado orden mental y físico.

Pero luego, mi amiga ha logrado convencerme.

Es muy obstinada a veces, y un tanto intensa.

Nos hemos despedido a las siete, porque había quedado con sus padres para cenar.

Me ha insistido bastante en que la acompañara, asegurándome que a sus progenitores les encantaría volver a verme después de tanto tiempo.

Pero estoy exhausta. Necesito descansar.

Se lo he explicado entre bostezos, aunque, me temo que eso no le ha bastado para aceptar que rechazara su propuesta.

Solo la he persuadido cuando le he asegurado que iba a poner en funcionamiento nuestro macabro plan contra el vecino.

Ahí ha parecido ceder y aceptar mi decisión.

Y tal como le he prometido, aquí estoy, en casa.

Después de haber hablado con Lucas, Rober, Paco, Lucía, Sara, Bea y Lolo, una pandilla de niños del vecindario.

He cerrado el trato en cinco euros por cada vez que vayan.

Han flipado. Ya estaban gastándose mentalmente todo el dinero en chuches, antes de ni siquiera haberlo ganado.

A las nueve ha comenzado la función. Los he avisado en cuanto lo he escuchado abrir la cerradura, y me he cerciorado de que había luz en el interior de su apartamento.

—Hola, ¿está Juan? —pregunta el primer niño, tras llamar al timbre diez veces. Oigo escondida tras mi ventana.

—No, te has equivocado, chaval, aquí no vive ningún Juan.

—Oh, perdona, disculpe —interpreta, brillante.

Cinco minutos después, va el siguiente. Mismo modus operandi.

—Le acabo de decir a otro niño que no es aquí.

—Lo siento —actúa.

Seis veces idénticas después.

—¡Pero qué mierdas os pasa hoy! ¡Que no!

¡Que no hay ningún maldito Juan aquí! ¡Dejad de acribillarme el timbre!

—brama, desquiciado, mientras yo me parto de la risa agazapada en el marco de la ventana.

Hasta que de pronto, la niña, en respuesta a sus gritos, empieza a llorar desconsolada.

Estoy a puntito de salir a darle un abrazo y decirle que soy idiota, que todo es culpa mía por involucrarla en mi estúpida reyerta utilizando el soborno, que me está rompiendo el corazón con su llanto, pero entonces la escucho.

—Pues Juan nos ha dicho que era el diecisiete, y llevo esperándolo todo el año, estoy tan enamorada —solloza sorbiéndose los mocos, en una actuación digna de Almodóvar para una mocosa de cinco años con la mitad de los dientes sin salir—. Y ahora usted me grita, y yo no he hecho nada malo.

El otro titubea. Parece que después de todo tiene corazón porque a duras penas veo que se arrodilla, le pide perdón y le asegura que la va a recompensar por tratarla de esa manera, que qué necesita para sentirse mejor.

Mi boca se abre más que un buzón de Correos cuando oigo a la renacuaja pedir al menos cinco euros para comprarse unos clínex y un chupachups de fresa.

—Será lista —susurro, atónita—. Nos acaba de birlar diez euros de un plumazo con una doble jugada. Es más avispada que yo.

Diez minutos después, varían la estrategia y se limitan a llamar al timbre y a salir por patas.

Ocho veces logran hacerlo hasta que, en el noveno intento, caza a uno de ellos y lo obliga a desembuchar con la amenaza de que, si no le cuenta lo que está pasando, irá directito a sus padres.

Lo oigo golpear la puerta un segundo después.

—¡¡¡Abre!!!

Debato conmigo misma si hacerlo o no.

—¡Abre o les ofrezco diez euros para que se pasen toda la noche acribillándote a timbrazos!

—¡Tienen toque de queda, idiota! ¡Tienen cinco años! —Abro rechistando.

Está bastante crispado, sus celestiales ojos están un tanto rojos, y sus labios se mantienen apretados en una mueca estricta. Aun así, y aunque me pese, está bastante cañón. Se le forman unas arruguitas muy sexis alrededor de la mirada cuando se enfada.

¡Joder, Blanca, qué te pasa ! Céntrate, que es el enemigo.

—Entonces, seré yo quien te fulmine el timbre. Va a sonar más que la alarma del parque de bomberos en pleno incendio.

—Ohhh, será porque estoy que ardo en llamas —espeto, notando cómo la irritación se cuece dentro de mí por su insolencia.

Su rostro se suaviza levemente al oír mi respuesta, y aparece una furtiva sonrisa torcida.

—No me extraña —murmura, retador—. Suelo provocar esas llamaradas muy a menudo —remata descarado, con un brillo de diversión resplandeciéndole en los ojos.

—Pues ten cuidadito, Casanova, no vaya a ser que me queme a lo gonzo y te churrusque esa cara de idiota que tienes.

Se ríe a carcajadas y, lejos de relajarme, me enfurezco más.

—¿Estás intentando proponerme algo? —Ladea la cabeza, pícaro, con una sonrisa amplia y presuntuosa, mientras se pasa la mano en un deje muy masculino por su pelo lleno de ondas, atrapando por unos instantes mi atención.

—¿Crees que esto es una proposición? ¡¿Pero qué tipo de problema mental tienes?!

—Si estás desnudándome con la vista.

—Tus ganas —rechisto alzando la cara con dignidad, aunque por dentro la sangre me borbotee.

—Vecinita, no digas mentiras. —Tiene la osadía de soltarme el muy cretino mientras cruza el descansillo y alza la mano para atrapar un mechón de mi pelo y, con una lentitud insoportable, deslizarlo detrás de mi oreja, rozando suavemente mi piel como si quisiera probar que tiene razón y que de un momento a otro se me van a caer las bragas por él.

Debo confesar que casi se me escurren, pero me recompongo de un respingo en cuanto vuelvo a ver su asquerosa expresión de prepotencia.

—¿Estás intentando seducirme? —pregunto torciendo la boca con un gesto de absoluto desprecio.

Él suelta una risa baja, lenta, provocadora.

—Creo que la parte divertida es que ya lo estás.

—No hay adjetivos suficientes para describir lo insoportablemente idiota que eres.

—Dijo la tarada.

—Contestó el que se cree un tentador irresistible.

—Eso querrías tú, que te tentara.

—¿Tú? Ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra —le escupo antes de cerrarle de un portazo.

Doy gracias al cielo por haberme mantenido fuerte, porque cuando me ha dicho lo de tentador, no he podido evitar imaginármelo lamiéndome el cuello.

¡Virgen Santa!

No sé si será el ambiente caldeado del verano, el espectáculo que he dado hoy con el minibikini, o que se ha presentado aquí dejando ver de nuevo sus musculados brazos y su boca carnosa, pero mis hormonas han bajado la guardia una milésima de segundo para imaginármelo entre mis muslos.

Definitivamente, este mes estoy disparatada.

Necesito recuperar a la Blanca de siempre.

YA.

Me siento en el sofá, un poco menos sofocada, y me pongo una película de fondo, mientras le cuento a mi amiga lo disparatado que lo he puesto con nuestro malévolo plan. Omitiendo, obviamente, la parte caldeada de mis fantasías.