Desiré #2
—Por Dios, Blanca, que no tienes ahí la fuente de la fertilidad mundial. Relájate un poco, que parece que si alguien te mira te embaraza.
—Es que esto que me has dado, me lo deja todo al aire —rechisto muerta de vergüenza, con el semblante encendido.
¡Qué apuro estoy pasando!
El exhibicionismo y yo nunca nos hemos llevado bien. Siempre he procurado mantener mis atributos a buen recaudo.
—Esa es la idea, que, sino luego se quedan unas marcas horribles. Es más, si estás tan incómoda quítatelo. La perla no nació para quedarse en la concha —alega, guasona, haciendo acopio de sus refranes marinos.
—¡Ni muerta!
—¡Relájate! Que no tienes nada que la gente no haya visto ya. —Ríe, divertida, restándole importancia a la situación.
—Sabes que me muero del bochorno. Y encima —susurro cada vez más flojito—, no he podido depilarme ahí abajo, se me van a ver los pelitos —añado muy finamente.
—Venga ya, ¡pelillos a la mar! —grita, riéndose estruendosamente, mientras yo quiero enterrar mi cabeza entera en la arena hasta acabar con mi último aliento.
—¡Que no! —gimoteo lloriqueando.
—Saca a relucir el seto.
—¡Qué dices! ¡Estás pirada! —aúllo, mirando a un lado y al otro, por si alguien la ha escuchado.
—No es para tanto —asegura, orgullosa, quitándose también la parte de abajo, mientras yo la miro con horror y el grupete de chicos con una desbordante admiración.
—¡Tápate! —grito, espantada.
—Ahora tú. —Se levanta e intenta tirarme de las minibragas, mientras yo echo a correr como un pato cojo, borracho y ciego, aguantándome con una mano el chichi y con la otra el culo, por si consigue desanudarme la lazada, mientras ella se ríe a carcajadas, persiguiéndome como una posesa por toda la arena.
Estamos dando un espectáculo rocambolesco, la gente nos mira desconcertados sin entender por qué dos mujeres que superan con creces la adolescencia están corriendo como pollo sin cabeza.
La he conseguido esquivar varias veces, pero el aire comienza a no llegarme a los pulmones de tanto correr, y Desiré está cada vez más cerca. Me está entrando el pánico. Como siga a este ritmo va a alcanzarme, y mucho me temo que haré un desnudo integral delante de más de cien personas.
¡Con la pelambrera que tengo ahí abajo! ¡Me van a llamar Chewbacca!
Miro hacia atrás horrorizada. Su mano ya casi me roza.
Puedo sentir la yema de sus dedos en mi piel.
Estoy tan atenta a ella que me despisto por un segundo.
Mi campo de visión se dispersa y no veo lo que tengo delante hasta que ya es demasiado tarde.
Dos señores mayores están sentados en la orilla, charlando de sus cosas, distraídos.
La inercia me impide frenar a tiempo y, para no pisarlos, salto por encima de los dos como si fuera Spiderman.
Los sobrevuelo en el aire viendo sus coronillas desde arriba, hasta que noto un leve tirón.
Se me ha salido el pezón derecho y se lo estoy rozando por la cabeza al pobre octogenario que tengo justo debajo, con tan mala suerte, que a su paso hace efecto gancho y arrastra lo que desde el aire parece una enorme alga. Aunque no parece que sea verde.
Lo toco, y no tiene textura de alga, no es viscoso, ni está mojado.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Qué asco! ¡Qué puto asco! —grito cuando me doy cuenta de que lo que me cuelga de la teta no es un alga. ¡Es pelo! ¡Mucho pelo! ¡Y no de mi seto! ¡Acabo de arrastrarle el peluquín al viejo!
El anciano agita las manos espantado palpándose la calva, sin entender qué está pasando.
Me parece que aún no se ha dado cuenta de que una maldita loca, o sea yo, acabo de saltarle por encima de su cabeza.
Y de arruinarle su pequeño secretito. Tiene menos pelo que una bola de billar.
Ya me parecía a mí que esa enorme mata de pelo castaño repeinado era demasiado para un señor de ochenta años.
Al final, consigo zafarme de mi amiga, aunque acabo impactando en la arena, con las paletas hincadas en la orilla y tragándome para rematar una ola de veinte metros, tres pescados y un cangrejo, eso sí, mi dignidad intacta.
Y mis pelos no depilados, a buen recaudo.
Es lo que tiene haber tenido que anular la cita con Ivanka, que siempre me deja el chichi como un huevo duro, inmaculado y suavecito.
—¡¡Qué pechá de reír!! —se carcajea.
—A mi costa —rebufo, cabreada, con las tripas revolviéndoseme de tanta agua que he ingerido, mientras miro de lejos al pobre hombre al que le he rozado la cabeza con mis pechos, arruinándole el día, y la dignidad.
—Si te hubieras dejado llevar, te hubiera mirado menos gente.
—Y enseñar como Dios me trajo al mundo. No, gracias.
—Ese pobre hombre te lo habría agradecido —añade mirando al señor que se recoloca como puede el peluquín, más rojo que yo—, le ha dolido más que su pelo saltara por los aires que el tetazo que le has dado.
—Ríe ruidosamente mi amiga, mientras yo tengo ganas de echarle mis manos al cuello y ahogarla como a un pollo.
—No sabía cómo disculparme —lloriqueo—. Y he huido sin decirle nada. Ha sido el peor rato de toda mi vida.
—Eso te pasa por ser tan pudorosa. —Se seca las lágrimas de la risa con el dorso de su mano—. Estabas más colorá que un camarón cocido.
Y no puedo evitar pensar que tiene algo de razón, ella tan libre y yo con los mismos reparos de siempre. Supongo que hay cosas que no cambian ni con el transcurso de los años.
—Por cierto, ¿has visto al insulso de Iker? —pregunta mi amiga, variando la conversación cuando vuelve a recuperar el aire tras tanta carcajada.
—No —siseo, melancólica.
—Yo hace años que tampoco me lo cruzo.
—¿Sabes si vendieron la casa?
—Ni idea.
—Es que hay alguien viviendo allí.
—¿Y le has preguntado al nuevo inquilino? Se la habrán vendido o alquilado, seguro que sabe algo.
—No es alguien con quien se pueda conversar —rebato con apatía. Cosa que parece encender la curiosidad de mi amiga.
—Lo has dicho raro. ¿Quién es el vecino? ¿Lo conozco?
—Es tu Manolo —le contesto sacándole la lengua—. Al que casi le arden las costillas.
—¡Qué tonta! —Ríe, despreocupada—. Hay algo que me ocultas, Blanquita, que nos conocemos.
—Digamos que he tenido algunos encontronazos.
—¿Yaaa? Pero si llegaste ayer, no te ha dado tiempo material.
Le cuento bastante fidedignamente todo lo que pasó ayer, salvo por el pequeño, pequeñísimo detalle, que paso a conciencia por alto, de la primera impresión que tuve al ver a mi vecino.
Eso de que estaba buenísimo tipo vikingo irreal de sueño tórrido.
Total, después resultó ser Satanás. Y eso hace feo a cualquiera.
¿O no?