Prohibido enamorarse del idiota Desiré
9%

Desiré

Me desperezo aún en la cama. Acabo de desplegar mis pestañas, y la luz se extiende por todo el habitáculo, lo cual me sorprende bastante.

La oscuridad siempre suele acompañarme cuando me despierto.

Soy una madrugadora nata, que se enorgullece de serlo.

Creo fervientemente en el refrán: «A quien madruga, Dios le ayuda».

Extiendo mi mano derecha, para alcanzar mi móvil que reposa sobre la mesita de noche y al ver la hora, ahogo un grito.

—¡Joder! ¡Son las once! —profiero dando un salto de la cama con la sensación de que llego tarde al trabajo.

Dos minutos después, caigo en la cuenta de que ni estoy en Madrid, ni tengo que trabajar. Mi subconsciente había olvidado por completo que estoy de vacaciones. Debe ser porque anoche no pegué ojo hasta más allá de las tres de la madrugada, gracias a mi nuevo vecino.

No solo no está Iker es que de todas las personas que habitan en el globo terráqueo, ha ido a parar al otro lado de mi pared un auténtico imbécil.

Aprieto los puños, y me vuelvo a encender de la rabia al recordar la exasperante función de anoche. Juro que tuve ganas de amputarme los oídos, y por supuesto, de matarlo. Eso, sobre todo. Lo que hace, que me preocupe bastante.

—¿Qué me pasa? Yo no soy así —farfullo ante la idea de estrangularlo.

Es como… Como si me transformara en mi peor versión por su culpa. Yo que siempre he apostado por el diálogo, los protocolos, la educación y ahora parezco una desequilibrada que chilla, amenaza y lanza tartazos.

Ese malnacido condenadamente atractivo consigue, con su descaro, calentarme la sangre y activar mi hasta ahora desconocido lado peleón.

—Hoy, voy a ser yo, la que se la va a liar —sentencio, al verme las ojeras marcadas.

Me acicalo un poco, me visto y decido ir a desayunar al sitio que me gusta Wanaka, hacen unos croissants que están para morirse de gusto. Lo acompaño con un café largo para que me despierte un poco y cuando acabo, me dirijo a darle una sorpresa a Desiré.

Pregunto en el mostrador por ella y uno de sus compañeros me comunica que está a punto de salir con un grupo de excursionistas.

Lo medito durante una fracción de segundo y le solicito un billete.

Hace más de seis años que no me subo al barco.

De pequeña me flipaba. Bueno, nos flipaba.

Desiré siempre decía que, de mayor, ella iba a ser la guía y, fíjate, no se equivocaba. Cumplió su sueño.

Acelero el paso hacia el puerto; el chico del mostrador me ha avisado de que el barco sale en menos de cinco minutos.

—¡Por la Virgen! —exclamo, faltándome el aire en los pulmones—. Pero ¡cómo puedo estar en tan baja forma! En cuanto vuelva a Madrid tengo que ampliar los dos días que voy al gimnasio a cuatro. No más remoloneo, ahora mismo lo detallo en la agenda.

Me monto justo cuando sueltan el amarre y el pequeño barco comienza a zarpar.

Mi amiga de la infancia está vuelta de espaldas.

Lleva su melena roja fuego suelta. Le ha crecido bastante el pelo desde la última vez que la vi, ahora, le desciende más abajo de sus omoplatos.

Va vestida con un pantalón de lino y una camisa amplia, del mismo tejido, de tono azul marino, como si se mimetizara con el paisaje.

Me acerco por detrás, y le tapo los ojos con mis manos, con delicadeza.

—Manolo, no serás tú, ¿no? Mira que te voy a dar una galleta —amenaza sulfurada.

Reprimo la risa como puedo.

Pero ¿quién leches será Manolo? ¿Y por qué quiere pegarle?

Aguanto la postura un poco más, intrigada por saber si le dirá algo más al supuesto Manolo, aunque lo que me llega es un codazo directo a las costillas.

—Auchhh.

—¡Leches! No has sonado a Manolo —se sorprende, girándose.

Una mueca de sorpresa e incredulidad corona sus labios.

—¡Blanca! —chilla como loca—. ¡Eres tú! —continúa gritando, tan emocionada que parece que le falta un hervor.

—Sí —contesto a duras penas, sujetándome las costillas. Vaya codazo me ha arreado, la muy bruta.

—Ups, lo siento. —Parece darse cuenta de que me ha atizado un golpetazo de los que duelen bastante—. ¿Estás bien?

—Podría estar mejor. ¿Querías mandar a la UCI al pobre Manolo? Por cierto, ¿quién es y qué te ha hecho?

Su risa despreocupada se expande y sus brazos me envuelven rápido. Cálidos. Cercanos.

—¡¡Pero qué alegría!! ¿Cómo no me has dicho que venías? Habría cogido el día libre.

—Quería darte una sorpresa.

—Y me la has dado —afirma emocionada, sin soltarme aún de su atosigante abrazo—. ¿Cuánto te quedas? Espero que no sean solo dos días como la última vez —pregunta molesta, alzando sus cejas con cierta recriminación.

—No, esta vez voy a estar todo el mes.

—¡Venga ya! —chilla con su vocecita aguda—. ¿De verdad? ¿No me estarás mintiendo? ¿No?

—Te lo juro —prometo levantando solemnemente la mano.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —vocifera como loca, mientras la veintena de personas que van en el barco nos observan boquiabiertas.

Cuando se da cuenta del espectáculo que ella misma está montando, se aclara la garganta, se pasa las manos por la camisa adecentándola y cambia por completo el tono de voz, a un registro muy sereno y autómata.

Nadie diría que es la misma persona.

—Por favor, sentaos en las sillas, dentro de unos minutos pasaremos por uno de los enclaves en los que más asentamientos de delfines se suelen ver.

Algunas veces, incluso, se han podido observar ballenas en esta zona del Estrecho.

Ojalá tengamos esa suerte hoy —relata mientras me guiña un ojo, divertida.

La hora restante pasa en un santiamén. Ocupo uno de los asientos de plástico que dan justo al mar, las gotas me salpican con más frecuencia de lo que recordaba en anteriores excursiones, aun así, es placentero.

Me encantaba subir, obligaba a mis padres a traerme sin falta cada verano.

Siempre con la cámara de fotos en mano, intentando capturar el leve segundo en el que algún delfín hacía su aparición.

No siempre había suerte, esos mamíferos a veces huían concienzudamente de nosotros.

Pero yo siempre bajaba, con una enorme sonrisa, al igual que Desiré.

Hoy, todos esos recuerdos se me agolpan en el pecho, y me siento completamente afortunada de atesorarlos.

Tuve una infancia muy feliz, y en parte, fue gracias a este lugar, y a las experiencias que pude vivir verano tras verano.

Regresar aquí, es un enorme lujo. Hacía dos años que no venía. Entre el trabajo, el máster, y el ansia de querer recorrer el resto del mundo en mi escaso mes de vacaciones, Tarifa había quedado relegado al último puesto en mi lista interminable de posibles fantásticas opciones que disfrutar.

Aún no ha terminado de atracar el barco cuando Desiré ya me tiene agarrada del brazo y me arrastra literalmente por todo el puerto.

—Voy a pedir el resto del día libre.

—¡No! ¡No te preocupes! No quiero molestar. Luego, si tienes un ratito nos vemos.

—Pero ¡qué dices! ¿Estás loca? Vamos a pasar el día juntas. Nos vamos a la playa que hace un día espléndido y no podemos desaprovechar esto —insiste totalmente convencida, arrugando el ceño molesta porque yo tenga la intención de dejarla trabajar.

—Vale —acepto sin salir de mi asombro.

Ni muerta podría yo decirle a mi jefe, ese mismo día, con medio segundo de antelación, que me voy a tomar el día libre porque hace una mañana fantástica. Acabaría de patitas en la calle y sin finiquito. Y siendo coherente, con toda la razón del mundo.

Acordamos pasar el resto de la mañana y parte de la tarde en la playa. Compramos unos bollos y nos acercamos andando al apartamento de Desiré, que está en pleno centro, para coger una sombrilla, un par de toallas y dos bikinis.

Insisto repetidas veces en que prefiero ir a mi casa para ponerme mi propia ropa, pero mi amiga está tan exaltada con mi presencia que se niega diciendo que me presta algo como en los viejos tiempos, para así no perder ni un segundo de sol, como si se fuera a extinguir para siempre.

O como si ella no viviera todos y cada uno de los días de su vida, en plena playa.

Tengo que matizar, que cuando se refiere a los viejos tiempos, se remonta a cuando teníamos seis años y estábamos planas como una tabla, por eso compartíamos talla.

Ha llovido mucho desde entonces. Mi cuerpo ahora es similar al de una guitarra española, me invaden las curvas, y ella es mucho más fina y esbelta.

En resumidas cuentas, es como si ella fuera una Barbie y yo una Bratz, aunque sin ser tan cabezona.

Digamos que estoy proporcionada y bien dotada, de pecho y caderas.

Ya en su habitación, comienza a sacar de un cajón varios bikinis, que no puedo dejar de observar horrorizada. Son poco más de tres hilos.

—¿Cuál quieres?

—¿Ninguno? —respondo sincera, esperando que saque alguno con una buena cobertura trasera.

—¿Por? —inquiere con gesto interrogante.

—Les falta tela.

—Amiga, quien tiene buen pescado, lo pone en el mostrador —zanja, obligándome a ponerme un minúsculo bikini que enseña tres cuartas partes de mis nalgas, y con suerte, por arriba, me tapa los pezones si no hago ningún movimiento brusco. Tipo andar o… respirar.

Ups, mira, uno afuera y solo he levantado mi mano para apartarme un mechón de pelo de la cara.

No sé por qué preveo que esto va a ser un auténtico desastre. No entiendo por qué me he dejado convencer.

—¿Te parece bien aquí? —Planta la sombrilla sin esperar mi respuesta, que hubiera sido claramente «no».

Hay al menos seis chicos a nuestro lado, en lo que parece ser una despedida de soltero.

Lo intuyo, porque han vestido a uno de presidiario y le han colgado un cartel que pone: «Delito, abandonar la soltería».

Tiendo la toalla, y observo cómo mi amiga, se deshace de su ropa quedándose en toples, mientras yo salto a la pata coja quitándome los pantalones, para que mis cachetes del culo en su plenitud no saluden al futuro novio, a la misma vez que extiendo la minúscula tela por mis tetas. Me faltan manos y tela. Mucha tela.