Prohibido enamorarse del idiota La tarada
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La tarada

Llevo tan solo unos meses en el nuevo empleo y ya he llegado cinco veces tarde. En mi defensa diré que en ningún caso han sido imputables a mí.

La primera vez, una vecina se empeñó en darme la bienvenida con un túper de solomillo al Pedro Ximénez...

Ahí descubrí que el tal Pedro no era su marido, sino una salsa espesa que celebré que en Noruega no existiera, porque estaba realmente asquerosa.

Ahora intento esquivarla cada vez que la veo de lejos para que no vuelva a abordarme.

Se nota a leguas que esa mujer está demasiado aburrida y necesita abducir a alguien.

La segunda, no encontraba las llaves. Bueno, esa vez quizás, sí que tuve algo de culpa.

Supongo que sería yo, quien las colocó debajo del asiento del sofá, o quizás fue esa rubia, con la que hice esas posturas…

sí…eso estuvo muy bien… vaya noche… rememoro, seguramente las extravié cuando arqueaba su espalda y me pedía que le diera duro en el sofá…

La tercera, me llamó mi madre llorando, y no podía dejarla así.

Cada vez que tiene uno de sus bajones, el alma se me cae a los pies.

No logro acostumbrarme. Es superior a mis fuerzas.

A pesar de que lleva la vida entera instalada en esa tortuosa espiral emocional que, de un modo u otro, termina absorbiéndome.

La cuarta y la quinta fueron por el aparcamiento. No sé qué pasa en este pueblo, que es imposible encontrar un maldito hueco. Creo que por eso me puse tan estúpidamente gallito con la chica que acaba de darme mi merecido estampándome una fabulosa —y a la vez exquisita— tarta en toda la cara.

Y, sí, pagué los platos rotos con ella. Ni siquiera estaba yendo al trabajo, venía de vuelta de surfear unas olas.

Pero es que me desquició. Me sacó de mis casillas.

Quién en su sano juicio va a diez por hora.

Y lo qué es peor, quién sabiendo que no hay ni un maldito aparcamiento en todo el pueblo, pone los intermitentes y da marcha atrás como si se pavoneara de que ha encontrado el maldito Oro del Dorado.

Se lo merecía.

Así aprenderá , es lo que pensé.

Aunque debo reconocer que cuando abrí la puerta y me estrellé con sus enormes ojos del color de la miel, y esa forma tan delicada de solicitar lo que era suyo, titubeé.

Por un segundo, casi vuelvo a montarme en la furgoneta y a cederle lo que por derecho le correspondía.

Pero luego, vi su rubor y me hizo tanta gracia, que me obstiné en llevarle la contraria.

Estaba tan encendida, le ardían tanto las mejillas solo con verme que no pude resistirme.

Y luego sacó ese carácter tan explosivo, que me hizo querer desafiarla una y otra vez.

Se la veía tan descolocada, tan enfadada, que tuve que reprimir varias veces las carcajadas mientras le vacilaba.

La verdad es que no me tomé en serio su amenaza, de que iba a romperme el espejo de mi furgoneta.

Se notaba a leguas que iba de farol, cantaba a chica buena a cien kilómetros a la redonda.

Ese tipo de chicas, no hacen cosas así. No se dejan guiar por sus impulsos, o al menos, eso es lo que mi experimentado radar de tías me gritaba.

Aunque puede que me fallara un poco, vistos los últimos acontecimientos, porque debo reconocer que hoy me ha dado una lección, y de las gordas.

No estoy acostumbrado a que me pongan en mi sitio. Digamos que suelo tener bastante éxito con las chicas. A menudo, caen rendidas bajo mis encantos.

Puede sonar pretencioso, e incluso, durante bastante tiempo lo pensé de mí mismo, lo de que era un creído como la copa de un pino.

Un gilipollas suertudo. Pero luego entendí, que aceptar la verdad y saber gestionarla a mi antojo, no es ser presuntuoso, es sencillamente no ser un hipócrita que juega a hacer ver a los demás que no sabe de su atractivo.

Porque seamos sinceros, el que es guapo lo sabe.

Y si dice otra cosa, miente como un cretino. Y yo no lo soy.

En mi caso, lo acepto, y lo que es mejor, lo aprovecho en mi absoluto beneficio.

Termino de ducharme, y voy corriendo al armario a por otra camiseta y otros pantalones, los de antes tienen que ir directamente a la lavadora, parece que se ha cagado en ellos un maldito elefante.

Me pongo unas zapatillas deportivas, me aseguro de que llevo las llaves y salgo dándome patadas en el culo para llegar lo menos tarde posible.

Porque a tiempo ni de coña. Antes de dirigirme a las escaleras, echo un pequeño vistazo hacia atrás, movido por la curiosidad por si la veo. Pero no. No está.

Bajo corriendo y diviso mi furgoneta. Por un instante, se me pasa por la mente que le haya hecho algo, con lo de la tarta me ha descolocado. La repaso con la vista rápidamente, y suspiro con brío al cerciorarme de que está intacta. Me subo de un salto, acelero, y tomo carretera.

Durante todo el día en el trabajo, no logro pensar en otra cosa que no sea, en cómo devolvérsela.

No es que sea rencoroso, es que, no sé por qué me gusta tensarla, desafiarla.

Ver esa cara de incredulidad que parece desbordarla cuando algo contraviene las normas, como si la gente siempre fuera cívica y se dejara guiar por lo que está bien, por lo educado, en lugar de desviarse por las ramas para conseguir lo que desea, pateándole el culo a la ética.

Su estupefacción, me divierte, y yo vivo sometido a la búsqueda de la diversión.

—¡Lo tengo! —exclamo, sin venir a cuento, delante de la mujer a la que estoy atendiendo, que me observa con cara de preocupación.

—¿Qué ocurre? ¿Hay algo mal?

—No es nada. No se preocupe —murmullo, blasfemando muy bajito para que no me oiga. Ahora soy yo el que parece que está tarado.

La jornada se me hace interminable. Estoy deseando acabar mi turno para volver corriendo a casa.

Se va a cagar.

Siempre se ha dicho que la venganza se sirve en plato frío, pero yo soy demasiado impaciente como para retrasar la jugada, y más, cuando tengo tan claro cuál va a ser el siguiente paso en la guerra que me ha declarado.

Tan pronto enciendo la luz del apartamento, me froto las manos con impaciencia, saboreando el momento previo. Estoy seguro de que no aguantará ni una hora sin desear pegarse un tiro. Al pasar he visto su salón iluminado, así que está en casa.

—Vamos a darle un poco de ritmo a esa chica —susurro con una sonrisa maquiavélica, mientras abro mi Spotify y busco el álbum de Rock más duro que conozco. Back in Black de AC/DC. Selecciono el disco y subo el volumen al máximo—. Es insoportable —celebro, henchido de orgullo.

Cierro la puerta con sigilo, dejando mi luz prendida para que piense que estoy dentro.

Echo la llave, y salgo del residencial. Voy a comprarme una pizza para cenar y una Coca Cola, quiero disfrutar de la sesión nocturna de «cómo acabar con tu vecina» al completo.

Cuando ya tengo la comida en mi poder, vuelvo y me instalo en una de las hamacas del jardín comunitario, para observar la función desde el cobijo que me proporciona la oscuridad de la noche.

—¡Apaga la maldita música! —grita a pleno pulmón, mientras aporrea mi puerta con los puños.

Una mueca autosuficiente me tira de los pómulos y me achina los ojos, fruto del recochineo que me embarga.

—Voy a volverte loca. Vas a desear quedarte sorda, querida vecina.

Como estoy bastante cerca, puedo controlar el Spotify desde mi móvil.

Apago la música con un gesto de triunfo, mientras la veo bufar y meterse de nuevo en casa con un cabreo de narices. A los diez minutos, retomo la canción, y a los segundos vuelve a salir echa un basilisco.

—¡Psicópata! ¡Los platillos retumban en todo mi apartamento! ¡Desconéctalo! ¡YAAAAAAAAAAA!!

Hago lo que dice y vuelve a entrar.

Cinco minutos después vuelvo a la carga.

Esta vez, sale con una especie de bata de satén que deja ver un minúsculo camisón de encajes, que…

¡Joder! ¡Es bastante sexy! Deja al descubierto sus largas piernas por el tren inferior y por el superior, un escote pronunciado que me jode bastante no poder ver con total claridad desde aquí.

—¡Maldita sea! Si estuviera dentro de casa, las vistas serían magníficas —me lamento—. Aunque, creo que me hubieran reventado los tímpanos. —Río para mis adentros.

—¡Voy a llamar a la policía! ¡Te van a meter un paquete! —se desgañita chillando. Saca el móvil y hace lo prometido. En respuesta, vuelvo a quitar la música. Así que no le queda otra que cortar la llamada.

—¡Como la vuelvas a poner, te juro que bajo a por tu furgoneta y te la destrozo! ¡Retrasado!

Trago saliva. Esta vez ha parecido bastante convincente.

Será mejor que deje de darle por culo un ratito.

O puede que mi coche acabe rayado de lado a lado.

Me levanto, y con la satisfacción llenándome el cuerpo, vuelvo a mi casa.

Con la tontería, es más de la una de la madrugada, y quiero terminar de hacer unas cosas antes de la traca final.

Porque esto, no ha acabado.

Me pongo el pijama y me tomo de postre un yogurt con miel que me hace relamerme los labios.

Estoy enviciado a ellos, son altamente adictivos.

Cepillo mis dientes, y saco del congelador la comida que tengo prevista para mañana.

Cuando ya estoy listo para irme a la cama, saco el taladro, me coloco junto a la pared donde intuyo que está su cabecero y aprieto el gatillo, blandiéndolo en el aire con orgullo como si llevara un Kaláshnikov.

—¡¡Para de una maldita vez!! —aúlla como si fuera un hombre lobo que acaba de ver la luna nueva—. ¡¡Eres insoportable!!

Reprimo la carcajada y, dándome por satisfecho, me meto en la cama.

Debo reconocer que ha sido un día emocionante.

Lo necesitaba. Saborear un poco de diversión, sin pensar, sin darle vueltas a la pelota.

Estos meses han estado repletos de sombras.

Venir aquí. Instalarme. Intentar hacer desaparecer esa mala sensación que me ha acompañado toda mi vida.

E incluso, tratar de congraciarme con todo, a la par de olvidar los fantasmas del pasado.

No está siendo una tarea fácil, y reírme a carcajadas, aunque sea un rato, me alivia un poco la pesada carga que llevo sobre mis hombros.