La tarta
El sol se entremezcla con disimulo a través de las cortinas azules. No sé qué hora será. Anoche di mil vueltas en la cama, no podía parar de pensar en que Iker podía estar durmiendo tan solo a un finísimo muro de ladrillo y cemento de mí. Solo con imaginarlo mi cuerpo entero se estremecía.
Casi podía recordar su olor, el de ese champú de mango que tanto le gustaba.
Una vez, en un supermercado de Madrid, olí a alguien que lo llevaba y lo perseguí por todos los pasillos.
El pobre chico debió de pensar que iba a robarle, porque huía tan despavorido que parecía entrenar para una maratón.
Tuvo la mala suerte de no ver un brik de leche roto en el suelo.
Regateó tan rápido para zafarse de mí, que el líquido le hizo patinar hasta empotrarse con el carro en el pasillo de los cereales.
Nunca he visto un tazón de crispís tan gigante como el que formé en un santiamén. Los amantes del azúcar me habrían nombrado su abeja reina.
Tras cerciorarme de que, gracias a Dios, no era él —dudo que lo hubiera enamorado emparedándolo entre cajas de Choco Krispis—, abandoné la cesta con toda la compra, y salí de allí por patas, antes de que el chico reclamara venganza.
Me levanto, me preparo el desayuno rápidamente y lo engullo sin ni siquiera sentarme en las banquetas de la cocina.
Voy a hacer lo que pensé anoche, una tarta de chocolate.
Su postre preferido. Así, tendré una excusa para llamar a su puerta, y en el desdichado caso de que no esté, tener un pretexto para que sus padres me ofrezcan pasar para sonsacarles qué es de su vida.
Necesito saberlo todo. Dónde vive. Si estudia o trabaja.
Si tiene pareja, o lo que es peor, si ya está casado.
Y, sobre todo, si tiene redes sociales. Porque lo he buscado un millón de veces, y nada.
Parece borrado de la faz de la Tierra. Estoy segura, de que se habrá puesto un apodo irrastreable que me está amargando la existencia.
Busco la receta por internet y me dirijo a comprar todos los ingredientes.
La nevera obviamente está vacía, ya que mis padres no vienen desde el año pasado.
Salgo, y echo un vistazo por la ventana de al lado, con la vana ilusión de ver su elegante silueta entre las cortinas, pero no logro divisar nada.
Dos fuentes quemadas, cuatro mejunjes incomestibles y tres horas después, porto con orgullo una superapetecible, al menos estéticamente, tarta de cacao.
Habrá que rezar para que por dentro esté comestible, y no le dé diarrea.
A ver si en lugar de enamorarlo voy a descomponerle el cuerpo hasta matarlo.
Ahora toca lo más importante, ponerme monísima, para que si me abre la puerta se caiga de culo al ver lo guapísima que me he puesto con el paso de los años.
Aplico mi máscara de pestañas con contundencia y generosidad.
Delineo mis ojos. Y me esparzo un gloss , que pienso que realza bastante mis labios y los hace muy apetecibles y jugosos.
Luego comienzo con mi melena repasándola por capas con las planchas porque no suele quedarse lacia del todo, y siempre terminan apareciéndome unas ondulaciones muy poco agraciadas por la parte baja del cabello.
Al terminar con el último mechón, me miro frente al espejo, y me doy el visto bueno.
Melena larga castaña oscura, casi negra, perfectamente peinada.
Me arrodillo y, acto seguido, comienzo a abrir todas las maletas.
Se me ha ocurrido ponerme un vestido corto de flores que me compré hace unas semanas, pero no sé en qué maleta lo metí.
Deduzco que es porque estoy nerviosa. Normalmente soy muy minuciosa.
Cuando todo está en su sitio, me siento en paz, en calma.
Cuando no encuentro algo, como el maldito vestido, me pongo tensa, estresada, cabreada… Inaguantable.
Media hora después, trago saliva. Estoy lista.
Mis manos tiemblan ligeramente ante la ilusión que me gasea todo el cuerpo.
Blanca, relájate, es Iker, no Mario Casas o el demonio. Os conocéis desde niños.
Llamo al timbre con la mano que tengo libre, la otra la tengo ocupada portando la tarta en modo profesional, como si en lugar de dedicarme a la banca, fuera camarera desde los cinco años.
La puerta se abre lentamente. Mi corazón comienza a sonar frenético, mientras un nudo de emoción me atenaza la garganta.
Me sudan las manos de los nervios. Me las miro rápidamente para cerciorarme de que solo yo puedo darme cuenta de eso, de que no es perceptible para nadie más.
Y al alzar la vista, lo que veo, me mata.
Me desintegra a cachos. Me cae como un jarro de agua fría.
Bueno como un jarro no, más bien, como el puñetero diluvio universal que acabó con toda la humanidad.
Me froto los ojos por si es una alucinación. Llevo días muy tensa y acumulando imprevistos, que, por cierto, los odio a más no poder. Vuelvo a parpadear con fuerza para asegurarme de que no estoy soñando.
Pero no. No es Iker. Ni tampoco son sus padres. Es… es… El MALDITO ROBA-APARCAMIENTOS .
—Pero ¡¿qué leches haces tú aquí?! —exclamo e interrogo a la vez impactada, elevando demasiado la voz.
Por una fracción de segundo incluso aseguraría que parece descolocado.
—¿Qué te parece a ti? —me responde alzando las cejas, con una expresión entre curiosa y divertida.
—¡Has entrado a robar! —chillo nerviosa, absolutamente convencida, activando todos mis sentidos de alerta.
—Estás más tarada de lo que pensaba —me suelta con ese tonito burlón que me saca de mis casillas, mientras me mira de arriba abajo con detenimiento sin terminar de soltar la hoja de la puerta.
—¡Voy a llamar a la policía!
—Adelante —incita, dejando caer su cuerpo sobre el quicio de la puerta, cruzándose de brazos divertido, mirándome con sorna, mientras yo, hago malabares para sostener la tarta sin que se me caiga y sacar mi móvil para cumplir mi promesa.
—¿Policía? Sí, mire, han entrado a robar en el apartamento de al lado —explico atropelladamente, mientras el roba-aparcamientos me observa divertido—.
Ajá... No, no ha forzado la puerta. Tampoco ha roto la ventana.
No, he llamado y me ha abierto él… Sí cabría la remota posibilidad…
—respondo de mala gana al policía—. Pero no creo, que…
—Me cuelga antes de que termine la frase dejándome con la palabra en la boca.
—¿Vienen ya a esposarme? ¿O te han dicho que estás como una puta regadera? —carcajea con fanfarronería.
—¡Deberían! —espeto—. Esta no es tu casa, es de Iker y de su familia.
—Y desde el momento en el que las palabras se materializan, me doy cuenta de que estoy diciendo una estupidez tan enorme como un castillo.
Quizás la casa ya no les pertenezca, quizás la hayan vendido o alquilado.
Estoy tan obcecada con la idea de volver a saber de él, de verlo, que no he pensado con claridad, se me ha nublado el juicio.
—Creo que acabas de caer en la cuenta —añade mirándome con una mueca torcida y esos malditos ojos maliciosos— de que puede ser, que sí que viva aquí. ¿No me digas que somos vecinos? —Tiene la desvergüenza de preguntar con cierta diversión e incredulidad.
Gruño en respuesta, poniéndome roja como un tomate ante la sorpresiva y malintencionada jugarreta que acaba de perpetrarme el inmundo destino. No solo se han esfumado todas las posibilidades de reencontrarme con Iker, sino que encima, me ha tocado el imbécil de turno, de vecino.
Ante mi gruñido de afirmación, él amplía su sonrisa.
—Perfecto, me ha tocado en suerte la tarada de vecina.
—¡Yo no estoy tarada! —grito.
—Pues chalada.
—¡Imbécil!
—¡Loca!
No aguanto más a este tío.
—¡Te estás pasando! —increpo, encendida.
—¿Sí? ¿Y qué piensas hacer? ¿Romperme el espejo del coche o esta ventana? —Señala a su derecha el impoluto cristal desde el que se divisa el salón—. ¡Oh, no!, que no eras capaz, chica buena—se mofa descaradamente utilizando ese tonito ácido que lo caracteriza, mientras me observa.
No me siento orgullosa de lo que pasa en los tres minutos siguientes.
Tengo que dejar claro, que yo no soy así.
Soy muy pacífica. Detesto y rechazo la violencia y los actos vandálicos, por supuesto.
Es él. Ese espécimen mitad surfero, mitad pijo descuidado con una mueca de ironía tatuada en el rostro, el único capaz de sacar lo peor de mí: mi faceta más oscura.
Me vuelve a mí que me llamo Blanca totalmente negra.
O eso quiero pensar, que mi cerebro ha sufrido un apagón en toda regla.
Uno de los grandes. Tipo desconexión mundial, de esos que acaban con el exterminio del planeta y muchos zombis.
En fin, desconecta los plomillos, se hace la oscuridad y…
Lo miro de arriba abajo. Veo sus labios torcidos en esa mueca burlona, observándome.
Percibo su prepotencia y oigo sus insultos.
Tampoco me pasa desapercibida la satisfacción que muestra su expresión corporal.
Y el resto sucede a cámara lenta. Miro mi mano derecha.
Un calambre la atraviesa. Un pensamiento rápido como un chispazo llega a mi cerebro.
Levanto el brazo. Sujeto con fuerza el objeto en cuestión.
Y se la estampo de lleno en la cara, recreándome en el gesto.
Embadurnándolo a conciencia, con ahínco y orgullo.
Arriba y abajo, una y otra vez, hasta que en el plato solo queda un resto viscoso porque el grueso de la tarta termina repartido por su rostro.
Tartazo de los buenos, de los de película, de los que baja los humos a cualquiera, poniéndolo en su sitio. Sí, a cualquiera, incluso a un sinvergüenza como él.
El chocolate ha impregnado cada poro de su piel y parte de esos rizos dorados tan monos, que tenía, porque ahora son color mierda. Como su personalidad.
El orgullo y el regocijo se instalan en mi persona durante los tres primeros segundos, luego la realidad me golpea de lleno.
¡Maldita sea, se me ha ido la olla! ¡Qué acabo de hacer!
Al final va a ser verdad que estoy tarada, pienso, MUY, MUY, arrepentida.
Voy a disculparme.
—Yo… —comienzo a tartamudear cuando se me pasa el sofocón y soy consciente de que me he pasado tres pueblos.
—Tú… —responde apartándose lentamente con los dedos la plasta marrón de los ojos, bastante cabreado.
—Yo… Lo siento —balbuceo, tan roja como un hierro candente en plena fundición. Echándome las manos a la cabeza, afligida. No sé dónde meterme. ¡La que he formado Virgen Santa!
—¿Qué sientes exactamente? ¿Lo de haber llamado a la policía para que me echaran de mi casa? ¿O lo de la tarta? —cuestiona, con bastante mala hostia, por cierto.
—¿Ambas? —respondo con un hilito de voz, encogiéndome de hombros con cara de yo no he sido , ha sido un espíritu maligno que me ha poseído.
—Has empezado una guerra, querida vecina, a ver cómo la acabas —masculla molesto, antes de llevarse el pulgar lleno de chocolate a la boca y darme con la puerta en las narices.
Upsss. Sospecho que la cosa se va a poner bien fea.
—¡La que he liado! —mascullo, mientras huyo hasta mi apartamento tocándome la frente en modo melodramático, muy arrepentida.