El dichoso aparcamiento #3
Estoy que me comen los demonios, pero no soy capaz de rebatírselo… Yo no… no… voy a cargarme su coche…, aunque la sangre me hierva y tenga muchas, muchísimas ganas de hacerlo.
Él aprovecha mi perturbación y, con aire insolente, tuerce una sonrisa, antes de alejarse con total tranquilidad.
—Eso creía —afirma mirándome por encima del hombro, dibujando una mueca lenta y victoriosa, mientras continúa su marcha—. Adiós, chica buena, y gracias por el aparcamiento.
—¡Esto no va a quedar así! —le grito, a su espalda.
Ni siquiera se vuelve.
—¡Maldito idiota! ¡Más te vale no volver a cruzarte en mi camino! ¡Me oyes! —lo amenazo, sin causar el más mínimo estrago en él, que sigue caminando, dejándome con la palabra en la boca y unas ganas enormes de:
Opción uno, matarlo.
Dos, incendiar su furgo.
Tres, llamar a una banda organizada para que le despiece el vehículo y lo venda por cachitos en Marruecos.
Spoiler : no hago nada. Vuelvo a montarme en mi coche hecha una auténtica furia, y a más de cincuenta kilómetros por hora vuelvo a dar dos vueltas más, hasta que, como una temeraria, con el acelerador pisado hasta el fondo, me embuto en el aparcamiento que se acaba de quedar libre.
El coche que sale de él me pita ochenta veces y me grita varios improperios bastante merecidos.
Creo que acabo de replicar la escena, pero la idiota, esta vez soy yo, y no el rubio diabólico de antes.
Qué fácil es pasar del amor al odio, pienso .
Al final, no era tan guapo.
Siendo sincera, era horroroso. Nauseabundo.
Un verdadero asco.
Cargada como una mula, paso por al lado de su furgoneta, avivando los fogonazos de maldad que me invitan a cumplir mis amenazas, pero, como siempre, mi carácter de chica buena vuelve a circularme por las venas y continúo caminando hasta el portal, con la cabeza gacha y ese regustillo amargo que te deja el sabor de la derrota.
Minutos después, un sentimiento de felicidad se me acomoda de nuevo en el pecho en cuanto paseo mis pies por las baldosas de terrazo de la comunidad, diluyendo el enojo que hasta hacía segundos corría por mi cuerpo. Me siento en casa, y ese sentir me reconforta.
Dirijo la vista a la piscina, bordeada por el césped y las sombrillas de cañizo. Está desierta porque son más de las doce de la noche. Al final, las siete horas y algo que hay desde Madrid hasta aquí se han convertido en más de nueve.
¿Será que tenía razón, y sí que soy más lenta que un desfile de cojos?
Sigo mirando embobada la estampa y ahora mi vista se dirige hacia el mar.
Estar en primera línea de playa es jodidamente maravilloso.
Un privilegio absoluto, en manos de muy pocos.
Solo tengo que atravesar el paseo marítimo para que la arena recubra mis pies.
Siete pasos me separan de la felicidad, dieciséis de la inmensa orilla, y desde ahí solo dos hasta el embriagador e intimidante mar.
Sigo teniéndole cierto respeto; supongo que los miedos no se esfuman de la noche a la mañana.
Subo por las escaleras a la segunda y última planta, y sigo recorriendo el pasillo comunitario que comparten todos los propietarios para acceder a sus viviendas.
La urbanización está construida en forma de U, con orientación al mar.
El mío es el último del ala derecha. El pecho se me acelera incontrolablemente al ver luz en el interior del apartamento que está justo pegado al mío. Es el de ÉL. El de Iker.
Quizás esté, me digo, con los nervios a flor de piel.
Me emociono solo con la idea. Hace al menos diez veranos que no lo veo. Y aunque no quiera admitirlo, cada vez que me monto en el coche en Madrid y pongo el GPS hasta aquí, lo que más deseo en el mundo es que por fin volvamos a coincidir.
¿Sabéis el dicho ese de que el primer amor nunca se olvida?
Pues puedo certificar que es cierto. Me enamoré de él con cinco años y estuve más de diez babeando por las esquinas cada vez que él me sonreía.
Aclaro que solo fue algo platónico. Muy a mi pesar, Iker no me vio jamás como algo más que una simple amiga.
Por mucho que yo me esforzaba por salir de la zona de mejores amigos, él se había ofuscado en encasillarme allí.
Me siento tentada de llamar a la puerta; mis hormonas están hablando en este preciso instante por mí. Intento retenerlas y que no se disparen más. No son horas y no sé, si quizás, los que terminen estando dentro sean sus padres y no él.
—Mañana iré con alguna excusa —me autoconvenzo .
Entro en casa, enciendo la luz y no puedo evitar una amplia sonrisa al verlo todo como siempre.
Los muebles de madera maciza pintados de azul oscuro, la mesa tallada por los bordes, decorada con las estrellas de mar que cada verano recogíamos en la playa.
El espejo con las guirnaldas de conchas cayendo a ambos lados.
El sofá claro con los cojines con temática marina, un pez globo, un caballito de mar y un coral.
Y lo mejor, un enorme ventanal desde el que se otea todo el mar.
Suelto todas mis maletas en la que siempre ha sido mi habitación y me tumbo sobre la cama, con un vaivén de emociones golpeándome el pecho.
¿Será él?
¿Será este el verano en el que se enamorará de mí?
Ojalá…