Prohibido enamorarse del idiota El dichoso aparcamiento #2
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El dichoso aparcamiento #2

¿Será que he tenido un accidente mortal, tipo siniestro total, he muerto y he subido al cielo? ¿Será que San Pedro me está recompensando por toda la mala suerte que he acumulado? ¿Será este el recibimiento para la vida eterna?

Francamente ... no me importaría…

Si el cielo es así, creo que se me va a dar mucho mejor el mundo de los muertos que el de los vivos… Con este hombretón que parece una mezcla entre Dios griego, un vikingo y un modelo de anuncio de colonia pasaba yo la eternidad con gusto. Con mucho gusto. Y a poder ser, también con poca ropa.

Parpadeo incrédula, entornando la mirada en el alto y atractivo hombre que tengo enfrente.

Cabello rubio, ondulado y alborotado, piel bronceada, ojos con el mismo azul e intensidad que el maldito océano.

No creo que sea español; tiene pinta de provenir de Europa del Norte, tipo sueco o danés.

Aunque he podido comprobar que habla un perfecto castellano.

Continúo observándolo boquiabierta, brazos fuertes y musculados, que se dejan ver en su plenitud con esa camiseta oversize de tirantes blanca, que a cualquier otra persona en el universo le quedaría ridícula.

No a él. El resto del atuendo se compone de unas chanclas verdes y unos pantalones cortos de aire surfero con unas líneas multicolores horrorosamente feas.

Creo que por un momento me he quedado embobada.

Blanca, reacciona.

Por un microsegundo, me siento tentada a dedicarle una mueca amable y darme la vuelta para meterme en el coche antes de que las palabras se me atraganten en la garganta y solo consiga emitir sonidos guturales, parecidos a los de un pavo a punto de desplumar el día de Navidad.

Además, comienzo a percibir cómo el rubor se me está subiendo a las mejillas de la impresión que he experimentado solo con verlo; va a pensar que, por tentempiés, en vez de gusanitos, tomo chiles, porque mis mejillas van a explotar.

¡Maldita sea! ¡Siempre estoy igual!

Por suerte, recobro la compostura, y me vuelvo a centrar en lo importante.

Que es… ainsss qué ojos y qué boca.

No. No. Vuelve en ti, Blanca. Céntrate

Este chico es muy despistado y, por puro descuido, no te ha visto.

Eso es, me autoconvenzo . Tiene pinta de ser un encanto, y a la gente encantadora, que además está como un queso, le dejarías el sitio si no fuera porque estás derrotada del larguísimo viaje y necesitaras descansar.

Díselo. Seguro que se disculpa y te lo cede.

Y lo mismo con suerte… hasta surge una bonita, fantástica e increíble historia de amor… muy de peli romántica.

—Disculpa, supongo que no te habrás dado cuenta —aclaro mi voz, dulcemente.

Lo que menos quiero en estos momentos es incomodarlo por su pequeñito e insignificante despiste.

Porque es obvio que debe haber sido un error.

El resplandor de las farolas lo ha debido cegar, y no ha visto mi diminuto coche dando marcha atrás—, pero yo estaba esperando con los intermitentes para aparcar justo ahí. —Señalo, muy respetuosa.

Una amplia sonrisa se despliega lentamente en su rostro y, joder, siento maripositas revoloteando en mi estómago.

—¿No me digas? —contesta con aire insolente, mirándome fijamente. Lo que me hace percibir que algo no va bien.

—¿Me habías visto? —pregunto estupefacta, borrando de un plumazo el efecto de atontamiento que me borbotea por la sangre.

—Como para no verte, llevas más de diez minutos para dar marcha atrás —suelta, descarado.

—¿Y aun viéndome, te has metido? —Parpadeo varias veces, confusa.

—Es obvio, ¿no? —vuelve a contestarme de nuevo con ese aire de suficiencia pegado a sus labios.

Espera, Blanca, ¿hay algo que no estás entendiendo? ¿O este tío está vacilándote?

Vaya mierda de primera impresión. El personaje que tengo enfrente no es un alma cándida, es un sinvergüenza, un maldito ladrón de aparcamientos en un lugar donde escasean bastante.

Tienes que recuperarlo, me ordeno .

Como sea.

—Pues es mi aparcamiento. —Le sonrío tensamente, acercándome a él y situándome a menos de una cuarta de su rostro—. Retira el coche, por favor.

—No —zanja con una voz serena, pero confiada.

—¿Cómo que no? —Y esta vez sí alzo la voz, un poquito. Bueno, para ser más sincera, bastante. Este tío me está empezando a irritar muchísimo.

—No pienso hacerlo. —Se encoge de hombros—.

Tómatelo como que aquí impera la ley de la selva, el más rápido es el que sobrevive o, en este caso, se queda con el aparcamiento —agrega con sorna guiñándome un ojo, mientras saca una mochila del asiento del copiloto y se la echa a los hombros con la clara intención de largarse, sin hacerme el más mínimo caso.

—¡Se dice el más fuerte, no el más rápido! —lo corrijo, echando humo por las orejas.

—Pues el más fuerte —repite, adquiriendo su rostro una malicia seductora que me irrita aún más.

¡¡Pero qué leches se ha creído el idiota este!!

—Vas a quitarlo —ordeno amenazante, provocando que se pare.

—Ni en sueños.

—Mira —lo señalo con mi dedo acusador—, voy a obviar todas las tonterías que han salido de tu boca, vas a subirte al coche y te vas a largar —insisto echando chispas.

—¿O qué?

—O te vas a arrepentir.

—¿Me estás amenazando? —Y de nuevo ese tono burlón, acompañado de sus claros y retadores ojos ascendiendo lentamente por mi cuerpo con el único propósito de ponerme nerviosa, perdón, más nerviosa de lo que ya estoy.

Cuando su vista llega a la altura de mis labios, se postra en ellos, provocando que mis piernas flojeen ligeramente al advertirlo.

Al captar lo que causa en mí, ladea una arrogante sonrisa.

—Eres un imbécil —suelto indignada.

—Y tú una tarada.

—Psicópata.

—Desquiciada.

—Cretino.

Aprieto mis puños a ambos lados de mi cuerpo, intentando contener mi rabia. Creo que es la primera vez que tengo unas ganas locas de meterle un puñetazo en toda la cara a alguien. Además, más que merecido. Ese ser cincelado por los dioses lo requiere, por imbécil.

Estoy encendida y ya no es por el rubor de antes, ya es de pura ira.

—Allá tú —mascullo en tono amenazante—. Yo no estaría tranquila…

sabiendo… que mi furgoneta está en la vía pública y alguien puede, sin querer —alargo las palabras para darle más énfasis—, hacerle un roce dando marcha atrás, o lo que es peor —digo bajando la voz y achinando los ojos en un deje que a mí me parece bastante intimidante— que alguien te rompa por accidente el espejo retrovisor.

Está plantado delante de mí, observándome con la boca entreabierta y esa maldita y asquerosa expresión de suficiencia centelleándole en sus endiablados ojos. Sus hombros relajados, al igual que su cuerpo, como si lo que yo le estuviera diciendo no fuera más que una soberana sandez.

—No eres capaz.

—¿Tú qué sabes de lo que soy capaz? —arremeto, embravecida—. No me conoces —añado con tono desafiante.

Estoy completamente segura de que he sonado como la mismísima mafia.

Y el Oscar para la nueva intérprete de El Padrino es para Blanca, divago aplaudiéndome mentalmente .

—Te he calado en cuanto te he visto dar la tercera vuelta respetando las señales de velocidad, que por cierto son de veinte.

Te han adelantado siete patinetes y dos niños en triciclo.

Y…—prosigue con voz serena, pero confiada— yo he estado a punto de morirme de viejo siguiéndote, y tengo veintiocho años.

Te puedes hacer una idea… Mira, ¿ves estas patas de gallo?

—añade señalándose las sienes, donde claramente solo se ve una piel sedosa, estirada y que incita a tocarla.

Céntrate, Blanca —. Me han salido solo de cruzarme contigo.

Me muerdo los mofletes por dentro, mientras aprieto mis puños que se tornan blanquecinos por la rabia contenida.

¡Joder! ¡Quién cojones se cree! Que sea asquerosamente guapo no le da derecho a hablarle a nadie así.

Y encima, para colmo, me ha calado.

¡Maldita sea, sabe que no soy capaz! Me cagaría por las patas abajo. No dormiría en todo el mes pensando que la policía va a llamar a mi puerta y va a arrestarme de por vida en una cárcel peruana. Vale… tengo que dejar de divagar y de ver tanto el telediario que me está creando trauma.