Prohibido enamorarse del idiota
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El dichoso aparcamiento
Estas no son las vacaciones de verano que tenía previstas.
Siendo sincera, no se asemejan en absolutamente nada.
Tener que decirle adiós al viaje a Italia que tenía planeado, no puedo negar que me ha dolido.
Mucho. Muchísimo. Demasiado. Llevaba dos meses organizándolo todo concienzudamente.
Esther y María lo dejaron gustosamente en mis manos.
Saben que planificando soy la mejor. No es por tirarme flores, pero es un don que conservo desde niña.
No concibo la vida sin orden ni, por supuesto, una meticulosa agenda.
—¡Joder! ¡Casi se me pasa! —rebufo—. Siri, por favor, recuérdame todas las citas y compromisos que tengo durante el mes de julio —le ordeno mientras adelanto un camión enorme por la autopista.
—Tienes seis anotaciones en la agenda este mes: el día cuatro, revisión anual con el dentista; el ocho, cumpleaños de la prima Raquel; el nueve, depilación; el diez, revisión ginecológica; el quince, peluquería y el veinte, cena con directivos del trabajo.
—Siri, telefonea al dentista. Voy a anularlo.
Luego haré lo mismo con la depilación, la ginecóloga y la peluquería, pienso para mis adentros , maldiciéndome por tener que cancelarlo todo. Odio modificar lo ya agendado.
Lo de hace tres días fue una putada en mayúsculas, un verdadero hachazo a toda mi existencia. Que tu jefe, por la cara, te endose su mes de vacaciones usurpándote el tuyo es una marranada. Más, si tus vacaciones estaban aprobadas desde enero, y julio comienza en tres días.
Sabe Dios que estuve a punto de negarme en rotundo, pero…
ya casi puedo saborear el ascenso. Estoy muy cerca.
Lo sé. Y, obviamente, esa subida de categoría profesional; depende por completo de don Enrique Bautista, mi señor jefe.
Al que, al parecer, su mujer le ha regalado por sorpresa, con motivo de su vigésimo aniversario, un crucero por el Mediterráneo, justo cuando yo volaba con mis amigas a la Costa Amalfitana.
En resumidas cuentas, no quiero darle motivos para que me deje en el banquillo de los candidatos olvidados para el ascenso, unos cuantos años más.
Así que es un sacrificio de índole menor.
Todo sea por el puestazo que promete resolverme el problemilla que arrastro del alquiler compartido.
Un piso para mí solita, con mi independencia, mi silencio, mis plantitas, mi aseo.
Mmmm, qué bien suena eso, MI ASEO.
Un baño en el que poder entrar y salir en cualquier momento, sin gritos, ni interrupciones, ni esperas interminables.
Música celestial para mis oídos y cómo no, también para mi toto meón.
Sufridor constante de cistitis. Herencia —de lo mejorcito que me pudo tocar en suerte — , por parte de mi santa madre.
No pudo tocarme sus labios carnosos, ni su pelo sedoso, no.
Me tocó la infección de orina, que me tiene anclada al baño día sí, día también.
Con las consecuentes broncas con Esther y María, mis compañeras de piso e íntimas amigas, que parecen no entender mi enorme problemita.
Las quiero muchísimo, lo juro. Pero, como esto siga así, cualquier día alguna de nosotras va a hacer probar a las otras el sabor del agua del váter, y en esa batalla espero terminar vencedora.
Mejor sumergir sus cabecitas en ese nido apestoso de virus y bacterias que la mía.
Paro de divagar cuando veo indicado el cartel que anuncia el pequeño pueblo costero, en el que voy a pasar el mes de vacaciones.
No me quedaron muchas más opciones tras el cambio de última hora.
Tarifa. Un oasis al sur de la península en el que tengo los recuerdos estivales más dulces y felices de mi niñez.
A mi mente vuelve de pronto su pelo azabache perfectamente peinado, peleándose con las inclemencias del tiempo por mantenerse intacto, sus rasgados ojos grises mirándome con calidez, mientras estira su brazo y alza su mano para que la agarre.
Sus palabras repiquetean de nuevo en mis recuerdos.
—¡Vamos, Blanca! ¡No le tengas miedo al mar! ¡No te va a pasar nada! ¡Yo estoy aquí! ¡Si algo va mal, te ayudaré!
—Estaba tan colada por él —musito mientras dejo escapar un sonoro suspiro.
Diviso el desvío y sigo por la avenida principal. Bajo la ventanilla y aspiro el placentero olor a sal que trae a mis fosas nasales el suave viento de levante. A los cinco minutos, ya distingo mi urbanización.
Bueno, más bien, la de mis padres. Ahora mismo, esto costaría un riñón.
O dos. O todos mis órganos vendidos al mejor postor en el mercado negro, y temo que me quedaría corta para poder pagar la cifra.
El metro cuadrado de suelo de este perdido y minúsculo pueblo se ha revalorizado tanto que parece el maldito barrio Salamanca.
Cuando mis padres se enamoraron del lugar, todo costaba cuatro pesetas.
Antes, nadie, literalmente nadie, que no fuera de aquí, quería vivir aquí.
El motivo, el viento. El desapacible, molesto e incluso a veces aniquilador viento.
Pero eso sí, cuando este daba tregua, era indescriptible la sensación de plenitud que te abrazaba el alma.
La playa, la paradisíaca e inmensa playa de arena fina que bañaba todo el litoral costero con las montañas a lo lejos.
Era nuestro edén familiar, el lugar perfecto para escapar de nuestra caótica y acelerada vida en Madrid.
Me pongo en alerta, con mis cinco sentidos desplegados; es momento de encontrar aparcamiento.
Doy una primera vuelta y nada; todo abarrotado.
Una segunda, ampliando el radio, sin olvidar las dos maletas de ruedas y la mochila de las que me tocará tirar con unos brazos poco tonificados por culpa de mi constante pereza con el gimnasio. Y nada.
No hay ni un maldito hueco en varios kilómetros a la redonda. Digamos que este es el único pero que puedo ponerle a nuestra exquisita propiedad. No tiene plaza de garaje. Hace una década, no era un problema. Ahora, es peor que un dolor de ovarios. Empiezo a impacientarme a la cuarta vuelta.
—¡Maldita sea! —ladro, nerviosa.
Quinta vuelta y la suerte sigue esquivándome. O más bien riéndose de mí. Y entonces ocurre, a la sexta vez que paso frente a la urbanización de mi apartamento, advierto una familia montándose en un Peugeot azul.
—¡Por favor, que se vayan! —imploro en voz alta, rezándole al universo con ansiedad, antes de atreverme a sacar la cabeza por la ventanilla y preguntar—: Disculpen, ¿salen?
—Sí.
—¡Genial! —celebro dando pequeñas palmaditas de alegría sobre el volante, mientras pongo el intermitente, y me adelanto prudencialmente para permitirles salir.
Observo cómo el señor que me ha contestado acelera y toma la carretera. Meto marcha atrás, miro por el retrovisor, varias veces, asegurándome de que todo está en orden y comienzo a ir lentamente para atrás.
Y entonces, SUCEDE.
Una maldita camper azul repleta de pegatinas de colores llamativos, da un acelerón y por toda la cara, obviando mi intermitente, mi marcha atrás y todo mi coche, estoy convencida de que por lo visto todo este conjunto de chapa, cristalería y motor debe ser invisible , da un acelerón y se encaja, porque prácticamente queda a dos deditos de distancia del coche de delante y del de atrás, en MI aparcamiento, robándome descaradamente el sitio.
Casi me rompo el pie con el pisotón que le doy al freno para evitar el desastre. Por no hablar de mi corazón, que amenaza con salírseme del pecho y saltar por la boca.
¡Qué susto! ¡Virgen Santa!
Ha estado a punto de rozarme toda la parte trasera del coche con ese acelerón tan brusco y violento.
—¡Será imbécil! —gruño cuando veo que se me ha pasado la taquicardia y mis manos dejan de temblequear sobre el volante—.
¡Esto no va a quedar así! —bramo, mientras abro con la misma fuerza que el inigualable Thor la puerta del coche, y salto como una auténtica loca, antes de que, quien quiera que vaya en esa furgoneta, desaparezca y tenga que dar por perdido MI APARCAMIENTO.
Ese que he visto YO, solo yo. Después de más de cuarenta y cinco minutos malgastados por dar doscientas vueltas por la misma zona.
En menos de tres zancadas, y casi asfixiada, llego a la puerta del susodicho o susodicha, que aún parece no haberse bajado del vehículo. Quizás está dentro, haciendo tiempo hasta cerciorarse de que mi coche acelere y abandone la escena del delito. Su delito.
Robar.
Estoy encendida. Me lo noto. No suelo ser tan impulsiva; normalmente soy bastante sosegada.
Mantengo siempre la compostura, la cordura y las formas.
Pero esta semana, creo que estoy un poquito disparatada.
Ese cambio de agosto por julio tres días antes de que comience el mes ha conseguido zarandear como un maldito tornado mis tres mandamientos de vida, que son: la premeditación, la organización y el dominio, por consiguiente, del absoluto control de todo lo que me rodea.
Con estas tres premisas, siempre me aseguro de que todo salga como a mí me gusta.
Bien. Muy bien. Cómo debe de ser. Sin altercados ni molestos imprevistos.
Y ahora esto. No. No. Esta semana parece que me ha mirado un tuerto, o más bien una congregación mundial de tuertos.
En otra ocasión, lo hubiera dejado pasar y, a regañadientes, hubiera buscado otro hueco sin protestar. Pero hoy no. Hoy voy a reclamar lo que me pertenece.
MI APARCAMIENTO. Mío y solo mío. Para eso llegué primero.
Golpeo con fuerza, varias veces, los nudillos sobre el cristal de la ventanilla. A la cuarta vez, la puerta se abre de sopetón.
—¡Joder! —Me aparto de un salto esquivando por los pelos el metal que casi me da en toda la cara y me deja lisiada.
—¿Querías algo? —pregunta una voz ronca, con un ligero acento extranjero, en un tono muy varonil que activa instantáneamente toda mi piel.
Alzo la vista, y ¡por todos los dioses del Olimpo!