Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

Cien años

Un año después, la vida tenía olor a leche, a tierra mojada y a pañales. El sábado amaneció con Rosa llorando a las seis y media de la mañana, que era su hora de siempre, y yo me incorporé en la cama con los ojos pegados y un cuerpo que no era mío.

—¿La cojo yo? —dijo Martín, con la voz ronca, sin abrir los ojos.

—Quédate. —Me levanté—. Ayer te tocó a ti.

Y así era mi vida, un año después: turnos de pañales, café que se enfriaba, la niña que se dormía en mis brazos a las ocho y yo que no sabía si era feliz o estaba simplemente muerta de cansancio. Las dos cosas, supongo. Casi siempre las dos cosas.

A las diez de la mañana estábamos los dos en el salón, con Rosa en la alfombra rodeada de juguetes y yo recogiendo los que tiraba según ella los soltaba. Martín, sentado en el sofá con el móvil, mirando no sé qué.

—Martín —dije—. ¿Le cambias el pañal?

—Ya se lo cambié antes de desayunar.

—Sí, antes de desayunar. —Recogí otro juguete—. Hace dos horas que ha desayunado.

—Bueno, pues ahora se lo cambio. —Dejó el móvil—. No me mires así.

—No te miro de ninguna manera.

—Me miras. —Se levantó—. Me miras como me miras cuando piensas que no hago nada y no es verdad, estoy con la niña.

—Estás con el móvil, Martín. La niña está conmigo en la alfombra.

Martín miró a Rosa, que acababa de morder un sonajero, y luego me miró a mí con una expresión que se le puso de repente seria.

—Tienes razón —dijo—. Perdona. —Se agachó y cogió a Rosa en brazos—. Vamos, princesa, que tu madre tiene razón.

—No empieces con lo de que siempre tengo razón.

—Es que siempre la tienes amor mío. —Sonrió, con Rosa pegada al hombro.

Me quedé mirándolo un momento, con el corazón que se me apretaba, y pensé que así era la vida con él. Un año después discutíamos por un pañal y cinco minutos después me decía que me quería y se me olvidaba por qué había discutido.

***

La tarde las pasábamos así, entre juguetes y siestas y algun que otro día nos visitaba Rocío con Manuel. En una ocasión entró Rocío como siempre, dando voces, con una bolsa de chuches en una mano y el carrito de la niña en la otra.

—Candy, hija de mi vida, ¿y esta princesa? —Se agachó a hacerle fiestas a Rosa—. Ven aquí, que te va a dar los buenos días tu tita.

—Se llama Rosa —dijo Martín, desde la cocina—. No "esta princesa".

—Pues Rosa. —Rocío levantó a la niña en brazos y la miró—. Pero es una princesa, lo diga quien lo diga.

Manuel, detrás, me dio dos besos y me dejó una botella de vino en la encimera.

—Para la casa —dijo—. Que ya toca.

Nos sentamos en el salón, con los juguetes de Rosa por el suelo y la niña pasando de brazo en brazo. Rocío nos contó que por fin Manuel había soltado el anillo, que se casaban en primavera, y me enseñó el anillo con los ojos brillantes. Manuel, rojo, se encogió de hombros.

—Llevaba ocho años esperando. —Se rió—. Ya era hora de darle una alegría.

La abuela apareció a media tarde, con su copita de vino en la mano, y se sentó en el sofá a mirar a Rosa dormir. Se quedó un buen rato callada, con la copita a medio camino de la boca, y luego dijo sin venir a cuento:

—Esta niña tiene los ojos de tu abuelo José, Candelaria. Los mismos. —Hizo una pausa—. Y esa manera de dormir tan callada, también.

Me quedé mirándola, con el corazón de pronto lleno, y pensé en el abuelo José, al que no llegué a conocer del todo, y en la abuela que lo esperó dos años y que ahora, a sus ochenta y seis, veía con sus ojos en una nieta que tenía ocho meses.

—¿Te acuerdas mucho de él, abuela?

—Todos los días, hija. —Bebió un sorbo de su copita—. Todos los días, pero no me da pena. —Miró a Rosa—. Es como si se hubiera quedado un poco de él en esos ojos, ¿sabes?

Se quedó dormida en el sofá, con la copita vacía en la mano y la boca un poco abierta, y yo le puse la manta por los hombros sin despertarla.

***

Aquella noche, después de acostar a Rosa, me quedé un rato en el balcón de Triana, con las luces del río encendidas y el aire que olía a jazmín. Martín salió detrás de mí, con dos cervezas, y me dio una.

—¿Estás enfadada todavía? —preguntó.

—¿Por qué? —Cogí la cerveza—. No estoy enfadada.

—Lo del pañal.

—Ah, lo del pañal. —Me reí—. Se me olvidó. Se me olvida todo cuando te veo coger a Rosa y decirle que la amas.

—Es que es verdad. —Se sentó a mi lado, con el hombro pegado al mío—. Es que la amo, pero no más que a ti.

Me quedé mirándolo, con la cerveza en la mano y las luces de Sevilla de fondo, y pensé en todo lo que había pasado desde aquel verano en que llegué a Simón Verde y en que todo aquello, lo bueno y lo malo que me había traído aquí, a un balcón de Triana, con un hombre a mi lado y una niña durmiendo dentro.

—Martín —dije.

—Dime.

—¿Tú crees en el destino? —Le señalé con la mano lo que teníamos delante: la casa, el río, la vida—. ¿Tú crees que durará?

Martín se quedó un momento callado, mirando las luces del río, y luego se giró hacia mí.

—Cien años más así —dijo—. ¿Vale?

—¿Cien años?

—Cien años. —Se rió—. Ni uno menos.

Me reí, sin poder evitarlo, con la risa que se me escapaba sola.

—Cien años más así, vale. —Lo cogí de la camisa—. Pero mañana cambias el pañal sin que te lo diga.

—Trato hecho. —Se inclinó y me besó. Un beso largo, con el sabor de la cerveza y las luces del río detrás—. Te amo, jardinera Candelaria.

Me quedé mirándolo, con la boca todavía pegada a la suya.

—Y yo a ti, pijo del ático.

—Cien años —dije, bajito, contra su pecho.

—Ni uno menos —dijo él.