Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

Manuel, detrás, asintió y me dio dos besos, con las manos ocupadas de dos botellas de vino.

—Para el local —dijo—. Que esto hay que estrenarlo bien.

Pepín llegó al rato, con su sombrero de paja y un ramo de flores del mercadillo, y se quedó en la puerta mirando el local entero sin decir nada.

—Pepín. —Me acerqué—. No me digas que te has quedado mudo.

—Candy. —Se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho—. Es que... no sé qué decirte, hija. Me has emocionado. —Miró el cartel de Raíces—. De los geranios de Simón Verde a esto en nada de tiempo…

—Gracias, Pepín. —Le di dos besos, y él me apretó el brazo con una mano que sabía lo que era trabajar la tierra.

—Ya. —Se secó un ojo con el dorso de la mano, disimulando—. Pues anda, enséñame el patio ese que me ha dicho Martín que tienes, que a mis años todavía me queda buen gusto.

Lo cogí del brazo y se lo enseñé, y me di cuenta, mientras le enseñaba las macetas y el limonero, de que él, que me había visto llegar a Simón Verde con las uñas limpias y salir con las uñas negras de tierra, era de los pocos que entendía de verdad lo que aquello significaba.

Llegó Amalia, con la elegancia de siempre y una sonrisa que no se le borraba en toda la mañana. Miró el local, la barra, los geranios, el limonero, y se quedó un momento en la puerta, asintiendo.

—Candy —me dijo, bajito, al darme dos besos—. Qué bonito es esto. Qué bonito que lo hayáis hecho vosotros sin pedir permiso a nadie.

—Gracias, Amalia.

—No me des las gracias. —Me cogió la mano—. Yo he vivido cuarenta años en una casa donde todo lo decidía otro. Ver a mi hijo así, con esto, con una mujer así... —Se le quebró un poco la voz—. No sabes lo que me alegro.

La abuela, desde el rincón, llamó a Amalia.

—Señora Amalia, venga pa´cá. —Le señaló una silla—. Que me cuente usted cómo ha hecho para aguantar al marido ese cuarenta años, que eso tiene mérito.

Amalia se rió, con una risa de verdad, y se sentó junto a la abuela. Yo las miré un momento, a las dos, a mi madre que hablaba con Manuel del precio del piso, a Rocío que ya estaba detrás de la barra sirviendo cervezas y a Martín que me miraba desde la puerta con una sonrisa.

Y fue entonces cuando apareció Alberto.

No lo oímos llegar. De pronto estaba en la puerta, con la chaqueta azul marino y una botella de cava en la mano, mirando el local sin decir nada.

Se hizo un silencio raro, de esos que se cortan.

Mi madre se calló a mitad de frase. Rocío dejó la cerveza en la barra.

Amalia se levantó de la silla, despacio.

Alberto se quedó un momento en la puerta, y luego entró, dejó la botella de cava en la barra y se quedó en medio del local, con las manos en los bolsillos.

—He venido a felicitaros —dijo.

Nadie dijo nada. Martín se puso a mi lado, sin decir nada tampoco, pero yo noté que se le tensaba el brazo.

—Gracias —dije yo, porque alguien tenía que decirlo.

Alberto asintió. Miró el local, los geranios, el limonero, y dijo, con una voz rara, como si le costara:

—Esto está bien. —Hizo una pausa—. Está muy bien. —Miró a Martín—. Lo has hecho bien, hijo.

Martín se quedó mirándolo sin saber qué decir. Yo tampoco, porque en el tiempo que llevaba conociendo a aquella familia, nunca había oído a Alberto Lombardo decirle a su hijo que había hecho algo bien.

—Papá... —empezó Martín.

—No me lo agradezcas. —Cortó Alberto, con la misma voz rara—. Solo digo que está bien. Y que lo has hecho tú sin mi nombre ni mi dinero. —Se ajustó la chaqueta—. Me gusta.

Hubo un silencio. La abuela, desde el rincón, dijo, sin venir a cuento:

—Bueno, ya era hora de que el hombre dijera algo bueno de su hijo.

Alberto la miró. La abuela le devolvió la mirada, sin inmutarse, con el abanico abierto y entonces, para sorpresa de todos, Alberto no dijo nada. Solo asintió, con un gesto pequeño, como si le diera la razón.

Luego me miró a mí.

—Señorita Romero. —Se acercó—. ¿Puedo hablar con usted un momento? En privado.

Me quedé mirándolo, con el corazón de pronto en la garganta. Martín me apretó la mano.

—¿Quieres que vaya? —me preguntó, bajito.

—No. —Le apreté la mano también—. Déjame.

Salimos al patio. Estaba mojado de la lluvia fina. Alberto se quedó en medio, con las manos en los bolsillos y yo me paré a su lado, esperando.

—Señorita Romero —dijo al fin—. No sé muy bien cómo se dice esto.

Llevo mucho tiempo sin decir estas cosas.

—Hizo una pausa—. Le ofrecí dinero para que se alejara de mi hijo.

Le dije que tenía un precio y la traté como si no valiera nada.

—Se pasó la mano por la corbata—. Y usted, en vez de marcharse, se quedó y en vez de odiarme, le ha dado un nieto a mi familia.

—Señor Lombardo...

—Déjeme terminar. —La voz se le atragantó—. Lo siento... por todo. Y quería decírselo aquí, en su local, delante de lo que ha hecho usted con sus manos. —Me miró—. No le pido que me perdone. Solo quería que lo supiera.

No supe qué decir. Me quedé mirándolo, al hombre que me había ofrecido veinte mil euros para que desapareciera, y vi que ya no era el mismo. Tenía los hombros más caídos, la corbata un poco torcida, y una cara que no le había visto: la de un hombre mayor que no sabe cómo pedir lo que quiere.

—Yo... —empecé, y no sabía cómo seguir.

—No me diga nada. —Cortó—. No hace falta. —Se giró un momento y miró hacia el local donde se oían las voces de las personas que me querían—. Solo quería que supiera que no voy a volver a entrometerme. —Hizo una pausa—. Pero sí quería decirle una cosa más.

—Dígame.

Alberto Lombardo se quedó un momento mirando el suelo mojado del patio, y luego levantó la vista, con los ojos brillantes.

—Que no quiero perdérmelo. —La voz se le quebró—. Que quiero verlo crecer, estar ahí aunque usted no quiera verme a mí. —Hizo una pausa, tragando—. Es mi nieto, señorita Romero. El único que voy a tener y no quiero perderme su vida.

No dije nada porque no sabía qué decir. Me quedé mirándolo, con el corazón apretado y el patio mojado alrededor, y pensé en todo lo que me había hecho aquel hombre, y en que, aun así, acababa de pedirme, por segunda vez, perdón.

—¿Puedo? —preguntó, bajito—. ¿Puedo formar parte de su vida?

—Sí —dije. Me salió sin pensarlo, con la voz rara—. Sí, puede.

Alberto asintió, se pasó la mano por la cara y volvió a entrar en el local, con las manos en los bolsillos. Yo me quedé un momento en el patio, con el corazón latiéndome todavía raro, mirando la lluvia fina que empezaba a escampar.

Cuando entré, la abuela lo tenía agarrado del brazo, contándole lo del limonero, y Alberto, el hombre que no aguantaba a nadie, la escuchaba.

Amalia me miró desde la barra y me sonrió, con una sonrisa que lo decía todo y Martín, que me esperaba en la puerta del local, me cogió la mano y me la apretó sin preguntarme nada.

—¿Todo bien? —me dijo, bajito.

—Todo bien —dije—. De verdad.

Y me quedé mirando el local, con la gente, los geranios, el limonero y a Alberto Lombardo escuchando a mi abuela con una paciencia que no le había visto nunca, y pensé que aquel día, el día de la inauguración de Raíces, algo se había abierto. No sabía si era una puerta, pero era algo.