Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

La tregua

El lunes por la mañana, Pepín me encontró silbando entre los rosales y me dijo que el jefe se había ido a Madrid.

—Esta mañana tempranito lo ha visto Matías desde recepción —dijo, con su paso lento—. Con una maleta y el traje de los días importantes. Dice que se ha ido una semana entera.

Me quedé con la tijera en la mano, sin saber muy bien si aquello era bueno o malo. Una semana sin Alberto Lombardo por medio. Una semana de tregua.

—¿Y eso, Pepín?

—Eso es que la guerra se ha parado un rato, niña. —Se quitó el sombrero y se lo puso en la rodilla—. Y las guerras, cuando se paran, o se arreglan o se pierden. Tú verás lo que haces con esta.

Y se fue con su paso lento, dejándome con la tijera en la mano y una sonrisa que no sabía si esconder o enseñar.

Esa misma mañana, Martín bajó al jardín con dos cafés y la camisa sin planchar, que era su manera de decir que su padre no estaba. Se sentó a mi lado en el banco de los geranios y me miró con los ojos brillantes, de los que se le ponían cuando algo le hacía de verdad ilusión.

—Mi padre se ha ido a Madrid —dijo.

—Me lo ha dicho Pepín.

—Y me ha dicho otra cosa. —Me cogió la mano—. Que esta semana no tengo que ser yo. Que puedo ser yo, sin más.

No entendí del todo, pero algo se me calentó por dentro.

—¿Y qué hace el yo, sin más?

—El yo, sin más, se toma el día libre. —Se levantó y me tiró de la mano—. Y te lleva a desayunar a la Alameda, que para eso ha venido su madre a verle.

Y así, sin más, me encontré una hora después desayunando churros con chocolate en la Alameda, con Martín al lado.

Pedimos dos raciones y él se comió la mitad de la mía sin pedir permiso, y yo le dejé, y me di cuenta de que no me importaba que me robara los churros, que era una cosa tonta pero que me hacía feliz de una manera que no sabía explicar.

—Tu madre me dijo que tenías una cafetería en el centro —dije, mojando un churro—. Y que las decisiones del día a día las tomaba ella.

—Es verdad. —Se encogió de hombros—. Mi padre decide lo grande, y ella lo pequeño. Pero lo pequeño es donde se vive, ¿no crees?

No supe qué contestar. Me quedé con el churro en la mano y la frase dándome vueltas, porque era de esas que se te meten dentro y no se te van. Lo pequeño es donde se vive.

***

El martes, después del trabajo, subí al ático. Martín me estaba esperando con una caja de cartón en el regazo y una sonrisa de las que le salían cuando estaba nervioso por algo bueno.

—Te dije que te iba a enseñar mis cuadernos —dijo—. Pues aquí están.

Abrí la caja despacio, como quien abre un tesoro, y dentro había cuadernos viejos, de esos de tapa dura que se compraban en los quioscos, con las esquinas dobladas y el lomo gastado.

Los fui abriendo uno a uno, y en cada página había dibujos: un superhéroe con capa, un coche de carreras, un perro que sonreía, una nave espacial con las ventanillas cuadradas.

Estaban firmados en la esquina, con una letra temblorosa, «Martín», y debajo un número, como si fueran las páginas de un cómic de verdad.

—Los dibujé entre los nueve y los trece años —dijo, en voz baja—. Mi padre me los escondía porque decía que perdía el tiempo. Y un día dejé de dibujar. No porque quisiera, sino porque me acostumbré a que no me dejaran.

Se me hizo un nudo en la garganta. Miré el dibujo del perro, el de la nave, el del superhéroe que firmaba «Martín», y pensé que aquel niño no se había ido del todo, que estaba ahí, escondido como sus cuadernos, esperando a que alguien los abriera.

—Ese perro —dije—. ¿Se parece a alguno que tuviste?

—No tuve perro nunca. —Se rió, bajito—. Pero siempre quise uno y como no podía, me lo dibujaba.

Lo miré. Sin pensarlo le dije:

—Yo dibujaba flores. Y mi madre las tiene todas en una caja debajo de su cama. Cuando quieras, te las enseño.

Se quedó mirándome un momento, con esa sonrisa que se le subía a los ojos, y me dio un beso en la frente.

—Es un trato —dijo.

Pensé que llevábamos toda la vida esperando a enseñárnoslas el uno al otro.

***

Aquella semana fue la más bonita de mi vida.

Sin Alberto por medio, Martín era otro. Bajaba al jardín a media mañana, se sentaba en el banco a verme trabajar y me contaba cosas de su vida sin que yo se las preguntara.

Me contó que su madre le había enseñado a bailar sevillanas en el patio de su casa, que odiaba el gimnasio que su padre le había montado en el ático pero que lo usaba para no dar guerra, y que su sitio preferido de toda Sevilla era la azotea de un bar de Triana, donde se veía la Giralda al atardecer.

—Pues yo soy del Cerro —le dije—. Y mi sitio preferido de Sevilla es el sofá de mi casa, con una serie de crímenes y mi madre callada a mi lado, que es lo más cerca que se está de la paz.

Se rió, con una risa que le salió de dentro, y me dijo que a él la paz nunca le había sonado a sofá y que conmigo, por primera vez, le sonaba a las dos cosas, y yo pensé, con la tijera en la mano y el corazón en la garganta, que aquella semana estábamos aprendiendo a contarnos las cosas sin miedo, y que eso, para los dos, era más difícil que cualquier guerra. Pero que nos estaba saliendo bien.

***

El miércoles, cuando llegué al ático, Martín estaba en el sofá con el móvil en la mano y una sonrisa.

—Candy —dijo—. Mi hermana quiere conocerte.

Se me paró el corazón.

—¿Tu hermana? ¿La de Nueva York?

—La misma. —Me tendió el móvil—. Está en videollamada y te lo advierto: es peor que Rocío.

Cogí el móvil con la mano temblando, y en la pantalla apareció una mujer morena, de pelo corto, con una sonrisa burlona que le llegaba de oreja a oreja. Me miró un momento, con los ojos como platos, y soltó:

—Dios mío, Martincito. Es muy guapa.

Me quedé sin saber qué decir, con el móvil en la mano y las orejas encendidas hasta las raíces.

—Soy Alicia —dijo, con una voz rápida, de las que no se paran—. La hermana que le aguanta los humos a este desde que nació. Y tú eres Candy, la jardinera que le ha cambiado la cara. Ya sabía yo que tenía que ser especial, porque mi hermano no mira así a cualquiera.

—Yo... —dije, y no me salió nada más.

Alicia se rió, con una risa parecida a la de su madre, y me miró con una calma que no le iba con la prisa de su voz.

—Tranquila, Candy. Que estoy en Nueva York, a siete horas de aquí, y solo vengo a dos cosas: a ver si mi hermano es tan feliz como parece y a decirte que, si algún día se le ocurre hacerte algo, me lo cuentas a mí, que yo lo pongo en su sitio.

—Alicia... —dijo Martín, desde el sofá.

—Cállate tú, que esto es cosa de mujeres. —Y me sonrió a mí—. ¿Trato hecho, Candy?

—Trato hecho —dije, con una sonrisa que se me salió sin permiso.

Hablamos un rato más. Alicia me contó que trabajaba en un bufete en Nueva York, que se había casado con una abogada que se llamaba Emily, y que su padre se había pasado dos años sin llamarla cuando se lo contó. Lo dijo con una naturalidad que me heló y me calentó a la vez.

—Pero aquí estoy —dijo—. Y soy feliz que es lo único que cuenta.

Pensé, colgando la llamada con el corazón lleno, que en esa familia todos habían tenido que elegir entre ser ellos y ser lo que el padre quería, y que Alicia había elegido ser ella, y que Martín estaba aprendiendo a elegir también. Conmigo.

***

El viernes por la tarde estábamos en la terraza, con el sol bajando y las luces de Sevilla encendiéndose abajo. Llevábamos toda la semana juntos, sin prisa y sin nada que esconder, y yo me había acostumbrado a aquello, a su mano en la mía y a su risa cuando le corregía.

—Candy —dijo Martín, de pronto, mirándome—. ¿Y si nos escapamos el fin de semana?

Me quedé mirándolo, con el corazón desbocado.

—¿Escaparnos? ¿Adónde?

—Donde tú quieras. —Me cogió la mano, con esa manera suya de hacerlo, despacio—. Un sitio sin mi padre, sin la urbanización, sin nada de esto. Solo tú y yo.

—¿Y si alguien nos ve?

—Que nos vean. —Se encogió de hombros—. Ya es hora de que nos vean, ¿no crees?

Se me subió el calor a las orejas, y él se dio cuenta, se rió, y me apretó la mano.

—Piénsalo —dijo—. Tú solo dime adónde quieres ir. Yo me ocupo del resto.

Me quedé mirándolo, su mano en la mía, y pensé en todas las cosas que me había dicho aquella semana y en mí, que siempre había querido quedarme, que había aprendido a querer con cuidado para que no se me fuera nadie, y que ahí estaba, con un hombre que me pedía que me fuera con él un fin de semana entero.

—¿Y tú? —dije—. ¿Tú adónde quieres ir?

—A cualquier sitio. —Me miró, y se le escapó una sonrisa pequeña—. Mientras sea contigo.

—Pues entonces, elige tú —dije—. Que yo ya he elegido.

Se quedó mirándome un momento, sin decir nada, con la sonrisa puesta. Luego se inclinó y me dio un beso, lento, de los que se toman su tiempo, y cuando nos separamos me dijo bajito:

—Granada. Nos vamos a Granada. Te voy a enseñar la Alhambra y te voy a llevar al mejor hotel de la ciudad, que tiene un jacuzzi en la terraza con vistas a la Sierra.

—¿Jacuzzi? —dije, y la voz me salió rara.

—Jacuzzi. —Se rió—. Y no me mires así, que tú has dicho que ya habías elegido.

Capítulo 26

La escapada

El sábado a las siete de la mañana estaba delante del armario con la maleta vacía y un nudo en el estómago que no sabía si era miedo o emoción. Mi madre asomó la cabeza por la puerta, con la bata puesta y los ojos medio dormidos.

—¿No te has levantado muy temprano, hija?

—Es que el viaje es largo, mamá.

—¿A Granada? —Se sentó en la cama—. En dos horas y media estás. Lo que es largo es que te hayas puesto a hacer la maleta a estas horas para esconderme algo.

—No te escondo nada.

—Claro que no. Por eso llevas diez minutos mirando la maleta vacía.

Le di un beso en la frente y se fue a hacer café. La abuela, que se levantaba antes que el sol, apareció en la puerta con su vaso de leche y el abanico.

—¿Y se puede saber qué se pone una para irse con un hombre a un hotel?

—Abuela...