Capítulo 25 #2
—Digo yo que poco, hija, que para eso os vais. —Se ajustó las gafas—. Ese chico va en serio. Para llevarte a Granada y a un hotel, va en serio. No como tu abuelo, que me llevó a la feria de Mairena y me pidió la mano entre dos casetas.
Me reí, y el nudo se me aflojó un poco. La abuela era así siempre.
Rocío, en cambio, me tuvo toda la noche entretenida con los mensajes. El último, a las dos: «¿Y qué te pones para el jacuzzi? Que luego me lo cuentas TODO.» Le contesté: «Un bañador, Roci.» «Mentirosa. Que yo te conozco.»
Bajé con la maleta y el corazón en un puño. Martín me esperaba en la puertade mi casa con el Mercedes y una sonrisa de las de los días buenos.
—¿Lista?
—No. —Me reí—. Pero me voy contigo.
***
El viaje fue de los que se quedan. Paramos en un pueblo de la sierra a desayunar, y Martín pidió dos cafés y un mollete y me enseñó a comérmelo con aceite, como hacía él, y nos manchamos los dedos y nos reímos de lo lindo.
En la radio sonaba Manuel Carrasco, y él cantaba bajito sin darse cuenta, y yo lo miraba y pensaba que aquello era lo que no se sabe de una persona hasta que la ves en su sitio: que era un hombre que cantaba en el coche, que se manchaba los dedos con el aceite y que no le importaba que yo lo viera así.
—Mi madre me traía aquí de pequeño —dijo, cuando dejamos el pueblo atrás—. Los veranos eran suyos. Los inviernos, de mi padre. En verano me llevaba a un cortijo de mi tía abuela, y yo corría descalzo por los olivares. —Se quedó mirando la carretera—. No le he contado esto a nadie.
Me giré a mirarlo. Tenía la cara de aquel niño con gafas de la foto, la que me había enseñado su madre.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
—Porque contigo me salen las cosas. —Se encogió de hombros—. Y porque quería que supieras que esto no es una escapada cualquiera. Es la primera vez que voy a algún sitio queriendo estar.
Se me hizo un nudo en la garganta, y no dije nada, porque no me salía nada que estuviera a la altura de aquello.
Llegamos a Granada a media mañana. El hotel estaba en una calle estrecha, con una fachada de piedra y un portero que nos abrió la puerta como si fuéramos de la realeza.
Martín había reservado la mejor habitación, y cuando abrió la puerta me quedé clavada en el umbral: una cama enorme con las sábanas blancas, una terraza con vistas a toda la ciudad, la Alhambra dorada por el sol al fondo y, en la terraza, un jacuzzi humeando con Sierra Nevada detrás.
—¿Te gusta? —preguntó, y la voz le salió rara, de las que no saben si lo han hecho bien.
—Martín. —Me di la vuelta—. Esto es... no sé ni qué es esto.
Sonrió, aliviado. Entonces le sonó el móvil. Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y la sonrisa se le apagó un segundo. Lo volvió a guardar sin contestar.
—¿Quién era?
—Nada. —Me cogió la mano—. Trabajo.
—¿Alberto?
—Está en Madrid. —Me miró—. Y hoy no existe mi padre. Hoy no existe nada fuera de aquí.
Aunque lo dijo con la boca firme, yo vi la sombra. La tregua se acababa el lunes, y los dos lo sabíamos. Pero no dije nada, porque no quería traer a Madrid a Granada.
—¿Dónde estás? —me preguntó Rocío, cuando contesté el móvil, y la oí masticando algo.
—En un hotel de Granada.
—¿has visto ya el jacuzzi?
—Sí, Roci, sí.
—Hija de mi vida. —La oí dar una palmada—. Me alegro más por ti que yo el día que me pedí la mano yo sola. Y oye, ¿está “caliente”? ¿o “está frío”?
Me reí.
—Ay, Candy. —Se le puso una voz rara, de las que se le ponían cuando se emocionaba—. Cuéntamelo todo el lunes. Pero despacio, que me lo quiero gozar.
***
Pasamos la tarde andando por el Albaicín, entre calles blancas y macetas, y Martín me contó que de pequeño subía con su madre a un mirador donde se veía la Alhambra entera, y que ella le compraba un helado y le decía que aquello era lo más bonito que había en el mundo.
Lo decía con una ternura que no le había oído nunca, y yo pensé que aquel hombre llevaba toda la vida escondiendo a aquel niño, y que solo me lo enseñaba a mí.
Al atardecer, en el mirador, me cogió la mano y me miró.
—¿Sabes lo que me apetece? —dijo, con la Alhambra de fondo—. Que el lunes no llegue nunca.
—¿Por qué?
—Porque aquí no existe nada más. —Me cogió la mano—. Solo tú.
Era verdad. Aquella mañana, con la maleta vacía, me daba miedo. Pero allí, con su mano en la mía y la Alhambra encendiéndose abajo, el miedo se había quedado en Sevilla.
***
Cenamos en un sitio pequeño que él conocía, con un vino que no supe pronunciar y unas tapas que parecían cuadros.
De vuelta al hotel, la terraza nos esperaba: el jacuzzi humeando, la ciudad de noche abajo y la Sierra dibujándose contra el cielo.
Martín abrió una botella de cava y me sirvió una copa.
—¿Sabes lo que te dije la semana pasada? —dijo, con la copa en la mano—. Que podía ser yo, sin más. Pues aquí, contigo, soy yo sin más. Y no me había dado cuenta de lo que se sentía.
Se me calentó el pecho, y de pronto, sin pensarlo, me quité la camiseta.
—Candy...
—No digas nada. —Me quité los pantalones y me metí en el agua desnuda—. Llevo toda la semana pensando en esto, y no quiero pensarlo más. Quiero hacerlo.
El calor me subió por las piernas y me soltó por dentro algo que llevaba meses agarrado. Martín me miró desde el borde, sin moverse, con los ojos como no se los había visto nunca.
—Candy —dijo, y la voz le salió ronca—. ¿Seguro?
—Seguro. —Le tendí la mano—. Entra.
Se desnudó sin quitarme los ojos de encima, y cuando se metió en el agua a mi lado, el jacuzzi se nos quedó pequeño.
Me besó despacio, con ese beso suyo que no tenía prisa, y yo le devolví el beso con las manos en su cuello, notando el agua resbalándonos por la piel.
Se me aceleró la respiración. La noche del ático me había quedado con las ganas, con la memoria de sus dedos y su boca.
Aquello era distinto. Aquello era de verdad.
Sus manos bajaron por mi espalda, despacio, y yo me pegué a él, sintiendo su cuerpo contra el mío bajo el agua.
Se me escapó un gemido que no pude contener cuando sus dedos encontraron mis pechos, y él me besó mientras me tocaba, y yo me apoyé en el borde del jacuzzi, con la cabeza hacia atrás y el agua tibia resbalándome por la espalda.
Sus labios bajaron por mi cuello, por mi pecho, y sus dedos se metieron entre mis piernas, despacio, hasta que me agarré a sus hombros con las uñas clavadas.
—Martín...
Se detuvo y me miró. El vapor le empañaba la cara, y tenía los ojos brillantes de una manera que no era de risa.
—Dime que quieres —dijo, bajito.
—Quiero. —Le agarré de la cara—. Llevo toda la semana queriendo. Toda la vida, creo.
Entonces fui yo la que lo empujó suavemente hacia la pared del jacuzzi. Metí las manos bajo el agua y lo toqué, y él se estremeció entero, apoyando la frente en mi hombro.
—Candy —jadeó—. Espera...
—No quiero esperar. —Le besé—. Llevamos esperando toda la vida.
Me senté sobre él, despacio, y su cuerpo se tensó entero bajo el mío.
Me cogió de las caderas con las dos manos, como quien no se cree lo que está pasando, y yo me moví con calma, sin mirarlo, porque sabía que si lo miraba me iba a romper.
El agua nos rodeaba, el calor nos subía por la piel, y cada movimiento era un pequeño milagro, de los que no se cuentan.
—Mírame —pidió, con la voz ronca—. Candy, mírame.
Lo miré. Él me miró, y entonces se me saltaron las lágrimas, que no sé si eran de felicidad o de alivio o de las dos cosas, y él me las besó, una a una, sin dejar de moverse dentro de mí.
—No llores —susurró.
—No estoy llorando. —Me reí, entre el llanto y el jadeo—. Es que no sabía que esto se sentía así.
Me moví con él, con un ritmo que me salía sin pensarlo, y sentí que algo se me rompía por dentro, de la manera buena, la que te desarma.
Me agarré a sus hombros y llegué, con un gemido largo que se me escapó entre los labios, y él me siguió, con la cara enterrada en mi cuello y las manos clavadas en mis caderas.
Nos quedamos un rato abrazados en el agua, con la respiración rota, sin decir nada. La ciudad brillaba abajo, y la Sierra se recortaba contra la noche, y yo notaba su corazón latiendo contra el mío, o el mío contra el suyo, que ya no se distinguía.
—¿Te arrepientes? —preguntó, al rato, con la voz rara.
—¿De haberme metido en el agua? —Me reí—. Me arrepiento de no haberme metido antes.
—Aún estamos a tiempo. —Me besó, lento—. Tenemos toda la noche.